COMPRAR EL LIBRO

jueves, 2 de abril de 2015

SOPHIE



                                         CUENTO PARA EL RECUERDO.

Jugábamos en el descampado que había frente a mi casa, a juegos inocentes y siempre con un desgaste de energías, necesario por otra parte, para una vez conciliado el sueño, dejar descansar a nuestros padres, que, generalmente, estaban agotados por el trabajo y la dura vida cotidiana, que se vivía en la época de los años sesenta. Estábamos en los albores del verano que se abría paso a codazos entre los vientos y lluvias de la primavera que se resistía a dejarle paso. El colegio había cerrado la jornada vespertina, por lo que el tiempo de juego de los pequeños se había multiplicado para fastidio de los padres, que no sabían que hacer con nosotros.
Apenas si había parques, hecho que se compensaba con la cantidad de descampados que bordeaban la población, con sus olivos, higueras, palmeras y almendros que cohabitaban con los intrépidos visitantes diarios proporcionándonos porterías cuando se jugaba a fútbol o escondrijos si se jugaba al escondite. Por su parte, a las niñas les ofrecían excelentes sombras donde jugar con sus muñecas o cocinaban gachas de barro. Para algunas mujeres de la otra parte del descampado le servían de improvisados tendederos en los que secar la ropa recién lavada, lo que en muchas ocasiones provocó alguna airada discusión con los incipientes futbolistas. Al mismo tiempo servían de desahogo para las madres que, al menos, por unas horas, dejarían de gritar a sus hijos sus impertinencias. Siempre tendré un grato recuerdo para el abuelo de Manolín. Las tardes se las pasaba sentado en una hamaca bajo la sombra de la higuera. De cuando en cuando nos decía cómo jugar la pelota, si pasarla a un compañero o chutar a portería, eso sí, siempre desde su hamaca. En muchas ocasiones nos libró de haber acabado mal con la vecina que tendía la ropa en los árboles, siempre salía en nuestra defensa enfrentándose a la señora, a veces, con discusiones airadas.
Aquella tarde, ya comenzaba a declinar el sol, que se había dejado notar, nos encontrábamos sentados en el pórtico amplio del edificio, agotados y sucios de las correrías y partidos de fútbol, cuando apareció una joven inmaculada, guapísima, alta, con el cabello claro, sin llegar a ser rubia, con un corte de pelo descarado que no se veía en el pueblo; ojos grandes y azules, la nariz pequeña, y una media sonrisa cautivadora, junto a aquella cara de piel blanca y sonrosada. Portaba una maleta mediana de tejido y tiras de piel, se veía nueva. Los cuatro amigos que allí estábamos de cháchara quedamos pasmados ante la belleza de aquella joven, varios años mayor que nosotros. Nos resultó extraña la aparición de aquella chica, en esa tarde calurosa. No menos extraña que la maleta, diferente a las que habíamos visto, polvorientas, en alguna ocasión por nuestras casas. Una fugaz mirada de la joven al pasar a nuestra altura, fue suficiente para advertir la dulzura de su mirada. Se introdujo en el portal contiguo al que nos encontrábamos sentados.
Se acabaron las conversaciones insulsas y muchas veces despóticas de los cuatro chicos, para hablar sólo de la aparición de la que hubiera sido una diosa bajada del Olimpo, de no haber llevado aquella extravagante maleta. Su belleza, su cuerpo y la imagen que había quedado en nuestras retinas, fue el único tema de conversación.
A la tarde del día siguiente, volvió a aparecer la chica con otro vestido distinto, más atrevido que el anterior, y allí estábamos nosotros tan sucios o más que la tarde que llegó y comenzaron nuestras elucubraciones. Llegamos a la conclusión de que era rica. Dos vestidos en dos días, eso era un despilfarro. Otra mirada de la joven musa, ésta más incisiva y prolongada, dio pie a Manolín, el más intrépido de los chicos, a decir:
¡Hola!— “Holá”—, respondió ella en tono amable. Nos levantamos de nuestro asiento y le cerramos el paso colocándonos delante de la chica.
¿Cómo te llamas?— Le preguntó Manolín.
Sophie.
¿De dónde eres?— Preguntó Jesu.
A que eres francesa— dijo Rodolfo, que tenía familiares en Nantes.
Sí. Soy de Francia.
Entre tanto, yo me limitaba a contemplarla, con mi cara y cuerpo llenos de polvo después del partido de fútbol en el descampado. Sophie iba pulcra y olía muy bien. Además era simpática y con una voz muy agradable.
Y vosotros, ¿cómo os llamáis?
Yo Rodolfo.
Yo Manolín.
Yo Jesu.
Yo Constantino— le dije.
Constantin.
Éste es Constan— me corrigió Jesu con desparpajo.
Mucho gusto. Ya nos iremos viendo.
¿Vas a vivir siempre aquí?— Pregunté con timidez.
No. Sólo estaré dos semanas en casa de mi tío Paco, el taquillero.
Me paso la mano por la cabeza deshaciéndome el pelo, aunque los rizos volvieron enseguida a su sitio de siempre.

Los días siguientes no fueron diferentes, salvo que cuando la veíamos de nuevo nos preguntaba: ¿quién había ganado? Y nos saludaba a cada uno por nuestro nombre.

Se unieron al grupo de los cuatro amigos varios más, ansiosos de conocer a Sophie, porque no dejábamos de hablar de ella antes y después de los partidos. Todos quedaban maravillados.
Pasaron varios días y tanto Rodolfo, como Manolín, como Jesu y yo mismo, intentábamos saber algo más de ella. No era suficiente saber su nombre, que venía de Francia y que su tío era Paco, el taquillero. Todas las tardes salía temprano y regresaba cuando ya hacía rato que habíamos terminado el partido de fútbol. Después de haber imaginado las más dispares barbaridades sobre Sophie, decidimos seguirla a la tarde siguiente, aún, a sacrificio del partido de fútbol. Sólo se suspendía si el asunto era muy importante. Y aquel, decidimos que lo era.
Fuimos tras ella, y llegó a una plaza que estaba en la parte alta del pueblo: La Plaza de Arriba. Le vimos acercarse a un hombre joven, sentado en un banco. Se saludaron con un beso en la mejilla, bueno tres, nos escandalizamos. Rodolfo nos dijo que los franceses se daban tres besos en las mejillas, aquello nos tranquilizó. Cuando reconocimos al hombre, varios años mayor que Sophie, nos echamos las manos a la cabeza.
No podía ser— dijimos. —Es Ricardo, el moro, Tiene novia, Geltru, la del castillo— no salíamos de nuestro asombro.
En nuestras ansias de saber qué hacía, dónde iba, con quien paseaba, nos encontramos que se había enamorado de Ricardo, el moro, que la estaba engañando. Nuestras pueriles imaginaciones viajaban tan rápidas que nos eran inalcanzables.
Tú decías que iba a misa a confesarse— le dijimos a Jesu.
Y tú, que decías que tendría alguna tía enferma y se iba todas las tardes para hacerla compañía— me reprocharon.
Pues tú, Rodolfo, con que iba a Acción Católica al taller de costura y confección…

Sólo, Manolín, el más pequeño de los cuatro acertó, decía que se había echado un novio. Y vaya novio. Nos miramos los cuatro. En aquel momento Ricardo le pasó el brazo por los hombros, se lo retiró Sophie. Él insistió, se la acercó y la besó en la boca, de pronto vimos que Sophie forcejeaba por deshacerse de Ricardo, lo que consiguió y se fue corriendo calle abajo. Nosotros, en la lejanía, quedamos enojados, mientras Ricardo soltaba sonoras risotadas.
Volvimos decepcionados a nuestra barriada. Estaban esperándonos para echar el partido de todas las tardes. El abuelo de Manolín nos reprendió porque no sabía dónde nos habíamos metido. Después del partido de fútbol, nos sentamos en el pórtico de siempre; como era amplio cabíamos todos sentados en el mismo escalón. Comentamos sobre lo que habíamos presenciado aquella tarde, y tomamos la decisión de que había que decírselo a Sophie. Ricardo, el moro, tenía novia y la estaba engañando. Pero, ¿quién se lo iba a decir?
Sobre las nueve de la tarde, a la misma hora de costumbre, andaba de regreso a casa de sus tíos y la llamamos. Se sentó con nosotros, a mi lado, yo estaba en una esquina. Se cogió la falda entre las piernas. El olor a perfume era extraordinario, o me lo parecía a mí. Un rictus serio había sustituido a su sonrisa espontánea de siempre.
Bien, ¿qué me tenéis a decir?
Nos miramos los cuatro, que permanecíamos en silencio, esperando a ver quién se decidía a hablar…
Sophie, el chico con el que estás saliendo es Ricardo, el moro, y tiene novia, se llama Geltru y vive en el castillo— dijo Rodolfo sin rodeos.
Unas lágrimas surcaron por sus mejillas, que enseguida se limpió.
Gracias— dijo. Otra vez me pasó la mano por el pelo para despeinarme, sin conseguirlo.
¿Me habéis seguido?
Te hemos visto salir y queríamos saber dónde ibas— le respondí. — Ese Ricardo es un idiota.
Ella no respondió, pero me dio un beso en la mejilla. En su cara se dibujó de nuevo aquella sonrisa triste. Luego se excusó y se marchó a casa de su tío Paco.
Ya había pasado diez días de estancia entre nosotros. Aquella tarde caía un aguacero por una tormenta de verano, que nos impidió jugar a fútbol, y nos encontrábamos sentados en el mismo pórtico de costumbre, taciturnos. La vimos aparecer llevando su maleta, pero esta vez no nos pareció una maleta tan elegante. Sophie, se volvió a sentar con nosotros, su sonrisa había desaparecido de su rostro. Nos anunció que se marchaba. Todos protestamos.
¿Volverás?
Sophie nos miró con los ojos más tristes que habíamos visto hasta ese momento.
Puede. No lo creo. Adiós, chicos.
Y Sophie volvió a revolverme el pelo, aunque como siempre los rizos regresaron a su sitio inmediatamente.
Luego salió a la lluvia, que había amainado, sin importarle que se mojara su precioso cabello, ni el vestido elegante, ni que sus zapatos se llenasen de barro. Fue la última vez que vimos aquella chica. Sentí una gran contrariedad y una sensación de vacío inmensa se apoderó de mí.



1 comentario:

  1. De este sí me acuerdo. Muy bueno, sí señor. UN gran cuento, muy recomendable.

    Un saludo,

    Manolo

    ResponderEliminar