COMPRAR EL LIBRO

jueves, 9 de abril de 2015

RAIMUNDO




Comenzaba el otoño y en la población de Pedro Muñoz, en Ciudad Real, habían acabado la vendimia. Un buen año de cosecha abundante y excelente uva negra de cencibel. Era una variedad de gran finura y muy aromática, con la que elaboraban vinos de gran calidad y muy afrutados, de envejecimiento prolongado debido a su escaso nivel oxidativo. La uva de cencibel era muy apreciada para la elaboración de vinos jóvenes, de un color rubí característico.
Se habían tomado unos días de un relativo descanso. Ya no se trabajaba al ritmo frenético de días pasados con la recolección de la uva y su correspondiente traslado a la bodega. Raimundo, muchacho joven de veintitrés años, bajó de su habitación y entró en la cocina, donde estaba su madre acabando de preparar el desayuno. Se sentó a la mesa frente a su padre, como todos los días. Un olor a fritura de embutidos inundaba la amplia cocina.
Padre, me voy a la ciudad. No voy a trabajar más en el campo— le dijo.
¡Tú eres tonto!— Le gritó el padre. —¡Eres idiota! ¿Dónde te crees tú que vas a estar mejor que aquí?
A la madre se le cayó el plato que llevaba en las manos y se apresuró a recoger los tiestos rotos.
¡Sois los dos iguales. No servís para nada!— Gritaba el padre de Raimundo.
La madre lloró desconsolada, sin atreverse a intervenir.
Mírala, una inútil, todo lo paga llorando—. Y, a continuación se dirigió a su hijo. —¡Qué sabes tú de la vida!
Por eso me voy, para saber de la vida. Padre tengo veintitrés años y no he salido de aquí más que al pueblo en contadas ocasiones…
Muchas han sido. Te tenía que haber encerrado aquí con los cerdos— le interrumpió.
La madre, sin dejar de llorar, colocó delante de su marido un plato de embutidos y panceta fritos, rebosando en aceite. Salió de la cocina sin decir una palabra, llena de rabia contenida y con la desazón de saber que perdía a su hijo. Era una mujer bajita y entrada en carnes, de piel muy blanca, ojos pequeños y negros como dos olivas, de mirada huidiza. Hablaba poco, sobre todo cuando estaba su marido delante. No pudo darle más hijos, lo que su marido jamás le perdonó.
Si te vas aquí no vuelvas en tu vida— Continuó gritándole su padre. —Pero que sepas que de aquí no vas a sacar nada. Te vas con las manos vacías, así aprenderás a ser agradecido. ¡Mal nacido!
Raimundo permanecía en silencio, observando a su padre, con indiferencia: un hombre de media estatura, cabello abundante, cano, con un bigote prominente, también cano y ojos negros de mirada inquisidora. Era lo más parecido a una barrica de las que guardaban el vino en la bodega. Y déspota. Siempre había menospreciado a su mujer y a todo ser viviente de la casa.
En Raimundo no había, siquiera, odio en su mirada. Ya hacía algún tiempo que se compadecía de su padre. No probó bocado. Al momento se levanto de la silla en la que estaba sentado.
¡Adiós!— dijo y girándose salió de la cocina.
Así te pudras por ahí. ¡Idiota! Te tengo que ver mendigando y te escupiré. ¡Ojala no hubieras nacido! Tenías que haberte muerto, tu y tu madre. Que no servís para nada.
Raimundo, se echó la mochila a la espalda y no rechistó a su padre, malcarado, que seguía echando espumarajos por la boca. Abrió la puerta y Can que estaba echado en el porche de la casa esperando a Raimundo, como todas las mañanas, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Su madre también le esperaba en el porche y apenas salió se abrazó a Raimundo. La mujer no cesaba en su llanto, no era capaz de esgrimir una palabra, ahogada por el sopor de ver marchar a su hijo y sabedora de que no le volvería a ver.
Tú deberías hacer lo mismo, madre— le dijo Raimundo, imperturbable.
Toma— le tendió un manojo de billetes de veinte euros que llevaba en el bolsillo del delantal.
Madre no lo necesito. Me llevo la cartilla con casi treinta mil euros, de la venta de corderos y demás. Si lo supiera padre…, entonces sí que no.
No lo sabrá, por usurero. Si te hubiera dado un sueldo no habría habido necesidad de hacer esto— le tranquilizó la madre.
¡Venancia! ¡Venancia!— Se oía gritar desde el interior de la casa.
La madre le besó y se soltó de su hijo, sólo salió de sus labios —“cuídate mucho, cariño”— casi inaudible y entró a la casa veloz.
Raimundo dejó su casa en la que temblaban hasta los pilares ante la ira desatada de su padre, sin volver la vista atrás. Nada ni nadie iba a hacer que cambiara de opinión, Raimundo se había propuesto conocer la gran ciudad y decidió irse a Madrid. Poco antes de abandonar las lindes de la finca, Can, le tocó la mano con su hocico húmedo, moviendo incesantemente el muñón de rabo que le dejara su padre. Una caricia de Raimundo en la testuz del animal fue suficiente para que Can, brincara sin parar delante de él. Can era un perro sin raza definida, pero al mismo tiempo, un animal astuto y capaz de cazar como ninguno, no muy grande, más bien pequeño, de pelo corto y hocico alargado, orejas siempre bien plantadas y echadas un tanto hacia atrás, su mirada mostraba tanto de dulzura como de vivacidad.
Raimundo y Can subieron al autobús que les llevaría hasta Madrid, no sin antes rogarle al chofer, que no permitía animales, que hiciera una excepción. Finalmente accedió, ante la promesa de Raimundo de llevarlo encima de él. Llegaron a Madrid, a la Estación Sur de Autobuses; descendió el último y se quedó parado al pie de la escalerilla, observando el trasiego inmenso de personas de un lado para otro. Aquella mudanza le recordó a un hormiguero, en el que las hormigas iban de un lado a otro en perfecto orden sin molestarse las unas a las otras. Dejó a Can en el suelo que le miraba.
¡Vamos chaval! Que voy a cerrar las puertas— le dijo el chofer sentado, todavía, al volante.
Salieron del recinto por dónde habían entrado con el autobús, Can seguía mirándolo de cuando en cuando, Raimundo no atendía más que a observar la gran urbe en la que todo el mundo se movía frenético. Caminó por la calle de Méndez Álvaro hasta llegar a la Estación de Ferrocarril Puerta de Atocha. Aquel nombre ya le sonaba, exhaló un suspiro de alivio. Otra vez el ir y venir de personas: que parecía que todos llegaban tarde a sus destinos. Nadie hablaba con nadie. Tomó la calle Atocha y la siguió sin abandonarla en ningún momento, hasta que se encontró en La Plaza Mayor. Una gran satisfacción se reflejó en su rostro.
Mira Can, ya hemos llegado, La Plaza Mayor— mientras el animal observaba el gentío que se movía y los diferentes perros, que llevaban algunos transeúntes, algunos de ellos extravagantemente enjaezados.
Dejó la mochila en el suelo y se sentó como vio que había muchos jóvenes sentados, Can se echó a su lado. Ordenó a Can que no se moviera de allí. Raimundo se acercó a un bar próximo y compró un bocadillo y una botella de agua. Sacó un recipiente pequeño de plástico y vertió agua en él, Can bebió con avidez. Del bocadillo dieron cuenta casi mitad por mitad.
¡Vaya mierda de bocadillo, Can! Yo los hago mejor— le dijo al perro, que le miró inclinando la cabeza ligeramente hacia la derecha.
Descansaron durante un buen rato, allí sentados. Hasta que decidió que habría que encontrar una pensión donde pasar la noche.
Caminaron sin saber hacia dónde y llegaron a Chueca, después de mirar unas cuantas pensiones todas caras y sucias. Raimundo vio una pensión que tenía buen aspecto, limpia y con un buen baño. Se acercó al ventanal y dentro había un salón con varias mesas ocupadas, la gente merendaba churros con chocolate, las chorreras de los tazones lo delataban. Una joven servia el salón con mucha soltura, mientras que una señora mayor atendía tras la barra. Cogió a Can bajo el brazo y entró al zaguán, a la izquierda estaba la entrada al comedor y a la derecha recepción. Esperó unos minutos hasta que apareció la joven que servía las mesas.
¿Qué se te ofrece?— Le preguntó al tiempo que hacia una caricia a Can sobre la testuz.
¿Tenéis una habitación?
¿Con el perro incluido?
Sí, claro. A Can no lo puedo dejar en la calle.
Hola, Can— lo volvió a acariciar, dándole el perro varios lametones en la mano. —Si Can molesta o se hace pipí aquí dentro tendréis que marcharos.
No te preocupes, Can no molestará.
La 117— le dijo tendiéndole la llave. —La cena es a partir de las nueve.
¿Dónde está la habitación?
En el primer piso, al final del pasillo.
Gracias.
Si necesitas alguna cosa llámame— al mismo tiempo dio un respingo y volvió al comedor.
Raimundo recorrió un pasillo tenuemente iluminado por dos apliques en la pared y abrió la puerta. La habitación no era muy grande, la cama tampoco lo era. Dejó la mochila sobre un taburete que quedaba a su derecha y Can olfateó toda la habitación. A la izquierda una puerta daba acceso al baño, muy discreto pero disponía de todo lo necesario. Frente a la cama, que estaba secundada por una mesita y un pequeña alfombra, una mesa de escritorio, sin cajones, la televisión sobre ella y un cuadro pequeñito de una campiña colgado en la pared, más en alto. Un pequeño armario con una cajonera de tres cajones y un perchero con cuatro perchas diferentes, a continuación de la pared del baño. Y, al otro lado de la cama, tapado por una cortina gruesa una puerta de aluminio blanco por la que se accedía a un balcón reducido.
Está muy bien, eh Can.
Se echó sobre la cama y el perro de un brinco se subió también. Antes de que se echara, Raiumndo le ordenó bajar, le colocó la alfombra entre la mesa y el balcón y Can se acostó sobre ella. Después de un rato viendo la televisión, se dio una ducha y tras advertir a Can que no se moviera de allí, bajo a cenar.
¿Te gusta la habitación?— Le preguntó la chica.
Sí, Está bien.
No tiene mucho lujo pero…
A mí me sobra.
¿Qué vas a cenar?
¿Qué tenéis?
Tortilla francesa con ensalada de primero y bistec de ternera de segundo.
Vale. Me está bien.
Le sirvió los platos bien colmados de los que Raimundo no dejó ni rastro.
Tenías apetito— le dijo la chica.
Sí. Hoy no he comido. Con el viaje… He guardado algo para Can le mostró un envoltorio con una servilleta. Oye, ¿cómo te llamas?
Almudena— respondió. —Espera, te traigo un trozo de papel de aluminio.
Muchas gracias— le dijo Raimundo, envolviendo de nuevo los restos de la cena para Can.
A los pocos días Raimundo y Almudena mantenían una relación muy cordial, entre la sutil vigilancia de Virginia, la madre, que no quería que su hija confraternizara con los clientes. Almudena tenía veinticuatro años, de mediana estatura, pelo castaño, liso, que siempre llevaba recogido con un casquete de tela blanco. Andaba entradita en carnes sin ser gruesa. Casi siempre vestía el uniforme de la pensión: falda por bajo de las rodillas y blusa negras, bajo un delantal blanco, haciendo juego con el casquete con el que cubría el cabello. Su carácter jovial y su simpatía aumentaban su belleza. Por aquellos días se notó un aumento de clientela en el comedor.
Ya era hora de que se acabaran las vacaciones— comentó Virginia.
Por las tardes se reunían una cantidad ingente de jóvenes en una plazuela, que quedaba justo enfrente del hostal. Raimundo con su bondad se había ganado la confianza de Virginia. Can pasaba los días en la habitación, sólo le sacaba por la mañana temprano y bien entrada la tarde. Raimundo, después de pasar todo el día de un lado para otro en busca de trabajo, como venía haciendo habitualmente y, haber regresado de su paseo vespertino con Can, se sentó en el comedor junto a una ventana. Observaba a los jóvenes que charlaban en la plaza y de cuando en cuando se acercaban a una máquina expendedora de snacks, para comer alguna cosa.
¿Qué miras con tanta curiosidad?— le dijo Almudena que se acercó mirando junto a Raimundo.
Observo a los jóvenes. No cesan de acudir a la maquina a retirar bolsitas para comer cualquier cosa. Si hubiera un local pequeño ahí mismo, me ponía a vender bocadillos.
Oye, pues no sería mala cosa— convino Almudena.
No encuentro nada para trabajar…, creo que podría ir bien.
Yo también lo creo— y le dejó a Raimundo observando.
Virginia salió hasta la puerta de la calle y comprobó cómo los jóvenes de los que le había hablado su hija, se comportaban tal cual le dijo. Se acercaron ambas hasta la mesa donde se encontraba Raimundo.
Tienes buen ojo— le dijo Virginia a Raimundo.
¿Por qué me dice eso?
Me ha comentado Almudena lo que le has dicho sobre los bocadillos.
Ah. Es eso. Es que mire, la máquina no para.
¿Tú sabes cocinar?
Sí. Aunque para hacer bocadillos no hace mucha falta saber cocinar, creo yo.
¿Qué harías bocadillos fríos?
Y calientes, de tortilla, de carne, embutidos… De lo que pidieran.
Pero para eso, necesitarías un buen local…
¡Qué va!, Virginia. Un local pequeño y los chavales que se coman los bocadillos en los bancos.
Dos puertas más allá, había un local cerrado, que antes tuvo un quiosco de prensa, un despacho de pan, y no se sabe cuantas cosas más. Virginia se encargaría de preguntar por él al dueño, del que tenía su número de teléfono, hombre enjuto y malcarado al que no veía desde hacía algún tiempo. Después de tres días Virginia anunció a su hija y a Raimundo que ya se podía disponer del local.
Raimundo se volcó en cuerpo y alma en el acondicionamiento de su bocatería. En menos de un mes había abierto al público. El local era poco ostentoso, las paredes blancas y con algún póster de apetitosos bocadillos sujetos con grapas. Un pequeño mostrador a no más de tres metros de la puerta de entrada, en el que se exhibían amontonados aunque debidamente colocados los bocadillos fríos. Tras el mostrador una tostadora y a continuación una plancha de buen tamaño. Sobre la derecha un frigorífico grande en el que guardaba las carnes, embutidos y otros productos perecederos. Y, pegado al mostrador un botellero. Una caja registradora, algo antigua, al otro lado de la tostadora.
El primer día se vio agobiado con la cantidad de jóvenes que acudieron a probar los bocadillos que Raimundo ofrecía. A partir de tres Euros tenían bocadillo y un refresco, según un cartel anunciaba en la misma puerta de entrada. Almudena se acercó varias veces a echarle una mano ante el gentío que se acumuló en la puerta. Can ya no pasaba los días en la habitación, desde hacía tres semanas estaba constantemente en la puerta del local, al que Raimundo le había prohibido entrar.
En un par de meses Raimundo había dado trabajo a dos personas más, un muchacho que le ayudaba en la entrega de bocadillos y una chica que llevaba la cocina elaborando bocadillos calientes. Almudena también le echaba una mano en los huecos que le permitía el hostal. Can se marchó una tarde y ya no volvió. Raimundo se fue a buscarlo por los alrededores y no le pudo encontrar. Preguntó a gran cantidad de gente por si le hubieran visto, pero nadie le dio razón alguna sobre Can. Tenía una clientela de lo más variopinta, por la que amplió el horario de apertura. Abría desde mediodía hasta bien pasada la media noche.
Raimundo compró un coche grande de segunda mano que le servía para llevar la compra cada vez más abundante, al mismo tiempo pretendía ir al pueblo una mañana y ver a su madre, con la que hablaba por teléfono muy de tarde en tarde.
Una mañana casi a medio día, Almudena andaba ayudando en la limpieza, sustituyendo a una empleada que había faltado a última hora y entró en la habitación de Raimundo, que yacía en la cama, desnudo. Se quedó contemplando al muchacho, inerme. Almudena se desnudó y sin mediar palabra se echó a su lado. Fue una mañana inolvidable.
Pasaba el tiempo y Raimundo sentía la necesidad de ver a su madre. Un domingo se levantó temprano cogió su coche y se dirigió a su casa. Sabía que su padre aprovechaba los últimos días de caza y eso le permitiría estar un buen rato con su madre. Antes de bajar del coche ella ya le esperaba en el porche. Bajó los tres peldaños casi de un salto y se echó a los brazos de su hijo, besándolo insistentemente. Al momento unos ladridos, que conocía bien, le avisaron de la presencia de Can, que movía el muñón de rabo como enloquecido, al tiempo que le daba lametones primero en el pantalón, y en las manos y la cara después.
Con que volviste a casa. Eres un perro listo, Can.
Raimundo dejó al perro en el suelo.
Madre, ¿cómo no me has dicho que Can había vuelto a casa? He estado muy preocupado. Puse carteles por todo Madrid. Sabes que quiero a ese perro como a un hermano.
Tu padre me prohibió decírtelo. Y ya sabes cómo se pone cuando le llevan la contraria. Además, Can no quiere vivir en Madrid. ¿Por qué te crees que se ha vuelto?
Madre e hijo rieron. Quizá por primera vez en años. Raimundo, a continuación, sacó de su cartera una foto de Almudena.
Parece buena— dijo la madre mirando la foto. —¿La quieres?
Raimundo se puso colorado.
Entraron en la casa y su madre le obsequió con unos rollos fritos que tanto le gustaban. Estuvieron hablando largo rato, en el que Raimundo le explicó a su madre lo bien que le iba en Madrid, con la bocatería y la relación de noviazgo con Almudena. Su madre le contó el sobresalto que se llevó cuando apareció Can.
Hijo, no vuelvas. No vuelvas nunca. Bueno, ven a verme de vez en cuando, si no está tu padre. Pero no vuelvas a casa. Yo lo haría si pudiera.
Madre, intentaré traer a Almudena, para que la conozcas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario