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miércoles, 15 de abril de 2015

ENTRE LA RESPONSABILIDAD Y EL DESEO



Una brisa placentera acariciaba el tiempo de sobremesa, después de una sabrosa comida, en un chiringuito de playa, en la que un poco de vino blanco, seco, de moscatel, adormiló a las tres comensales que se habían reunido a requerimiento de Marian. Era una mujer de mediana edad, como sus dos amigas, de tez morena, dulce mirada y voz aterciopelada. Sus pómulos eran algo marcados, su boca proporcionada y bien dotada de nariz, sin llegar a ser exagerada.

Era una costumbre: cada tres meses se reunían las cuatro amigas en un chiringuito de playa, comían y bebían de forma exuberante al tiempo que hablaban de sus cosas, aunque en esta ocasión fueron más comedidas.

En el recuerdo de las tres estaba Esperanza, de la que ya hacía tres meses que no sabían nada y a la que homenajeaban en esa reunión. Esperanza trabajaba como Trabajadora Social en un centro de acogida. Era esbelta, de grandes ojos sesgados y labios carnosos. Sus cabellos eran rubios y una gran melena que se le rizaba en las puntas le llegaba hasta media espalda. Tenía un carácter introvertido, le gustaba escuchar. Y, siempre tenía una palabra de aliento.

Se habían reunido las tres amigas, Marian, Úrsula y Lola, con motivo de no perder de la memoria a Esperanza. Siempre se reunían los viernes porque eso les liberaba algo más de sus ocupaciones. Intervino Úrsula para salir del sopor de la sobremesa:

¿Recordáis aquella comida en la que Esperanza nos preguntó por lo qué íbamos hacer cada una de nosotras en Semana Santa?
Naturalmente, ¿quién va a olvidar aquella comida? — Dijo Marian.
¿Y su familia sabe ya algo de ella?— preguntó Lola.
La semana pasada hablé con su hermano. Me dijo que la policía no sabe nada, que la embajada está detrás del asunto, pero no hay noticias todavía— respondió Marian.
No entiendo por qué Esperanza tuvo que ir hasta Marruecos para hablar con el padre de Rachida, podía haberle llamado por teléfono— protestó Úrsula.
Según el hermano de Esperanza, en la embajada, valoran la posibilidad de que haya desaparecido por propia voluntad— continuó Marian.
Pero cómo pueden decir una cosa así... Eso lo dicen porque no conocen a Esperanza― añadió Lola.
Os acordáis de lo que nos contó la última vez que estuvimos juntas..., — dijo Úrsula tras una pausa.
Sí, fue todo muy extraño. Se la veía muy preocupada. Empeñada en ayudar a esa chica, cómo se llamaba...
Rachida. Según explicó Esperanza, querían casarla con un primo suyo. Con sólo catorce años, ¡que barbaridad!— Dijo Marian.
Esperanza conoció a esa niña el año pasado. Creo que se encaprichó con ella― comentó Úrsula.
Normal, era tan dulce— añadió Marian.
Yo creo que la han secuestrado— apuntó Lola.
¡Mujer no digas eso!— se sobresaltó Úrsula.

Siguió un silencio después de las palabras de Lola, como si las otras amigas, sin decirlo, pensaran lo mismo.

Esperanza estaba muy preocupada por Rachida. Ella que nunca había permitido que su trabajo le afectara personalmente. Aquella niña..., desde que la vio en el centro de acogida se convirtió en la hija que nunca llegó a tener. Hablaba febrilmente de todo lo que hacía aquella pequeña. Algo cambió en el interior de Esperanza. El amor que sentía por Rachida añadió preocupaciones a su existencia.

Cuando la pequeña le contó a Esperanza que sus padres habían concertado su matrimonio, se indignó. Sólo era una niña. Desde aquel momento Esperanza pasaba todo el tiempo que le permitían sus obligaciones con Rachida.

Un día Esperanza les contó a sus amigas, en una de sus habituales reuniones en la playa, que había planeado ir a Marruecos para hablar con los padres de Rachida.

A pesar de la apariencia decidida que reflejaba hacia fuera, a Esperanza, en su interior, le abrumaban muchas dudas. Pensaba que posiblemente tuvieran razón sus amigas al tratar de disuadirla de sus propósitos. Aquello no hizo más que confirmar sus propios temores. Quizá se había precipitado al decirle a Rachida que iría a hablar con su padre. Según le contó la propia Rachida, en alguna ocasión, su padre y, sobre todo, su hermano mayor, eran muy respetuosos con sus creencias y su religión. Seguían la Sharia al pie de la letra. No son malas personas, aseguraba ella, pero sí muy cerrados en lo suyo. La Sharia era la columna vertebral de sus vidas. Un mohín triste justificaba su estado de ánimo. Esperanza iba perdiendo día a día el aplomo que siempre le caracterizó, a medida que se aproximaba el día de su viaje.

Finalmente Esperanza partió hacia Rabat, aprovechando las vacaciones de Semana Santa. La familia de Rachida vivía en un pueblo llamado Aïn El Aouda, distante veintiocho kilómetros, desde el aeropuerto. Un taxi le llevó hasta la casa de la Familia de Rachida, situada en un callejuela al noreste de la población. El padre de Rachida se negó a recibirle y fue la madre quien salió a ver a Esperanza, con la preocupación en su rostro.

¿Qué le ha sucedido a mi hija?― Preguntó sobresaltada.
Nada. Nada. Rachida está muy bien, tranquilícese.
¿Quién es usted?
Mi nombre es Esperanza y soy la tutora de Rachida en España. Su hija está muy bien. Les manda muchos besos, y está aprendiendo mucho.
No le diga eso a mi marido, ni a mi hijo. Ellos no ven muy bien que la mujer sepa de cosas fuera de la casa― casi le suplicó la madre.
Yo precisamente vengo desde Valencia para hablar con su esposo sobre ella.
¿Qué es lo quiere decirnos?
Sería mucho mejor que hablásemos dentro y con su marido delante, ¿no le parece? ― Dijo Esperanza.
¿Rachida ha hecho algo que está mal?
No. No. Al contrario. Rachida es una niña muy dulce.
Entonces no entiendo qué cosa debe ser tan importante para que usted se haya molestado en hacer el viaje hasta aquí― dijo la madre de Rachida.
Es sobre su boda.
Ah. Es eso. No sé si mi marido o mi hijo querrán recibirla. Es un asunto cerrado― dijo la mujer en tono apesadumbrado. ―Espere aquí, se lo diré a mi marido.
Después de unos minutos volvió a salir la madre de Rachida:
Discúlpelo usted, pero mi marido dice que no hay nada que hablar sobre la boda. Está todo acordado...
Pero es sólo una niña― protestó Esperanza.
Son nuestras costumbres..., Esperanza ¿dijo usted?
Sí. Soy Esperanza. Señora, dígale a su marido que no me iré sin hablar con él.

Se lo prometí a su hija y así lo haré, aunque tenga que abordarlo en medio de la calle.

Esperanza, póngase usted un hiyab― le rogó con voz dulce y se introdujo después en su casa.

Esperanza estaba encolerizada, había hecho un viaje muy largo para dejarse persuadir tan fácilmente. Volvió al taxi que la condujo hasta el hotel que tenía contratado. Después de haber deshecho la maleta y darse una ducha se tumbó sobre la cama. Una lámpara heptagonal de cristales de varios colores colgaba del techo. Una ojeada posterior le convenció de que la habitación tenía muy arraigado el estilo árabe. Le había causado muy buena impresión la madre de Rachida, la veía con los mismos rasgos y la misma dulzura de su hija. Pensó en lo que le había dicho de colocarse un hiyab y se convenció de que si tenía alguna posibilidad de hablar con el marido tendría que ser llevando el velo.

A la mañana siguiente volvió a tomar un taxi y se presentó en casa de Rachida. De nuevo fue recibida por la mujer. Llevaba un jilyab que le cubría hasta la cintura, sobre un abaya hasta los pies de vivos colores, cuello de pico y mangas largas. A Esperanza le pareció una mujer muy bella.

Salam malecum― dijo Esperanza al verla.
Malecum salam. Se ha puesto usted el hiyab.
Sí. He hecho lo que me dijo. ¿Me recibirá ahora su marido?
No podrá recibirla porque no está aquí. Hasta la tarde no volverá, fue a Rabat.
¿Cuál es su nombre? Al menos que pueda dirigirme a usted.
Fátima.
Fátima, ¿usted no puede oponerse a esa boda?
No puedo, es la voluntad de Alá.
Cómo la voluntad de Alá, es la de su marido― dijo alzando la voz.
Por favor señora Esperanza, pase.

Tenía una casa muy modesta pero limpia, observó Esperanza. Un aroma a té de hierba buena inundaba la casa.

Por favor siéntese en el sofá― la invitó solícita Fátima, accediendo Esperanza.
Le queda muy bien el velo― añadió complaciente.

Esperanza se limitó a mirarla dubitativa.

¿Quiere un té de hierba buena? Lo estoy haciendo.
No lo he probado nunca de hierba buena; pero, bien sí, se lo aceptaré.

Fátima se acercó a la cocina y al momento entró con una bandeja en las manos con el borde bañado en oro y una franja de unos dos centímetros pintada con detalles morunos, y en el centro dos vasos de cristal, uno marrón y otro verde, con la embocadura a juego de la bandeja.

No piense que mi marido es mala persona. Tampoco mi hijo. Son nuestras costumbres.
Pero, Fátima, Rachida no es más que una niña― dijo echando un trago de té y asintiendo con la cabeza.
Lo sé. Pero aquí la vida es así― dijo con un tono de resignación.
Usted no está de acuerdo con el casamiento de su hija, ¿verdad?
Qué más da, si yo estoy de acuerdo o no.
Fátima debe oponerse al deseo de su esposo. No lo debe permitir.
Señora, eso aquí no es tan fácil. Yo podría tener problemas muy graves por desobedecer a mi marido.
Ya. Entiendo.
Yo convencí al padre de Rachida para que ella fuera a España porque este casamiento estaba convenido desde que nació mi hija. Su futuro esposo tiene cuarenta años. Yo no quiero que Rachida vuelva aquí. Esperanza, si usted pudiera conseguirlo...
Fátima para eso estoy aquí, para evitar ese casamiento. Ahora que sé su postura todavía me da más fuerza para luchar por ella.

Esperanza le dio a Fátima una tarjeta del centro, en la que anotó el nombre del hotel donde se hospedaba y el número de habitación. Después de beber el té, Esperanza le dijo que volvería a la mañana siguiente y se despidió con un beso.

A media tarde Esperanza se encontraba en su habitación y una llamada de teléfono la sobresaltó un instante.

La esperan en recepción― le anunciaron.

El recepcionista le indicó con el dedo el señor que la esperaba, que había tomado asiento en uno de los sofás del hall. Ella cuidadosamente se había colocado el hiyab sin ceñirlo a la cara, dejándolo caer hasta el pecho y llevar las puntas del pañuelo hasta la espalda.

¿Me buscaba?
Es usted Esperanza Martínez― dijo mirando la tarjeta que llevaba en su mano.
Sí. Soy yo.
Mi nombre es Abdul y soy hermano de Rachida― anunció tendiéndole la mano.
Mucho gusto en conocerle, aunque esperaba que fuera su padre.
Siento decepcionarla, pero mi padre no ha podido venir; tenía cosas que hacer.
Más importantes que la felicidad de su hija.
La felicidad de mi hermana está garantizada― respondió Abdul irónico.

Abdul iba vestido con un zobe hasta los pies, de color blanco, las mangas hasta los codos y las bocamangas y el cuello, de pico, con una tira de pasamanería de color marrón y dorado. Calzaba babuchas de cuero marrón y un reloj aparatoso en la muñeca izquierda. Su pelo era negro, rizado y entrando en canas; los ojos negros como el azabache, de mirada intensa y una barba prominente. Estaba delgado y era algo más alto que Esperanza.

Bien usted dirá― dijo Esperanza.
Prefiere que nos sentemos o le apetece tomar algo― le propuso Abdul.
¿Podemos tomar una cerveza?
Me temo que no. Pero siempre podemos sustituirla por un refresco o un té.
¿De hierba buena? Esta mañana lo tomé en su casa con su madre y estaba muy bueno.
Puede ser de hierba buena o de cualquier cosa que usted quiera― le dijo mirándola a los ojos.
Tomaré el que usted tome. Por cierto, he venido para hablar con su padre de Rachida.
Mi madre lo ha comentado al medio día y mi padre se ha molestado un poco dijo Abdul con autoridad, pero manteniendo una agradable sonrisa.

Abdul y Esperanza se vieron todos los días a partir de aquel momento, cuando no iba ella al pueblo, acudía él al hotel. Mantenían una relación cordial. La ansiedad de Esperanza por resolver el asunto que le llevó hasta Aïna El Aouda, se había convertido en sosiego cuando estaba con Abdul.

Abdul, me quedan dos días aquí y todavía no he podido hablar con tu padre.
Te aseguro que no hablarás tan sosegada como conmigo.
He de resolver el asunto de la boda de Rachida antes de marcharme.
No te marches.
Que no me marche, dices. Tengo un trabajo, unas amigas que me esperan, y tu hermana que estará desesperada por saber qué he conseguido.
Yo puedo hacer que mi hermana se quede en Valencia, si hablo con mi padre.
Y no estás dispuesto a hablar con él...
Sí, si tú estás dispuesta a cambiarte por mi hermana.
¿Estás loco? Cómo voy yo a cambiarme por tu hermana. No conozco a tu primo.
No tendrías que quedarte con mi primo añadió Abdul mirando con intensidad a los ojos de Esperanza. Sino conmigo.
¿Cómo? ¡Me has tomado por una mercancía! Dijo con voz torpe.
No. Te tengo como a una mujer con la quiero estar.

Esperanza tembló como una hoja, y enrojeció.

Tienes una forma muy particular de declararte a una mujer. Desde luego no me la habría imaginado nunca.
No tengo mucha costumbre, Esperanza. La última vez que lo hice fue a cambio de diez ovejas y desde que murió mi mujer jamás me había interesado ninguna otra, hasta ahora. Piénsalo si quieres. Yo de todas formas hablaré con mi padre.
Gracias Abdul― dijo Esperanza con la voz entrecortada.

Esa noche en la habitación del hotel Esperanza no cesaba de darle vueltas a las palabras de Abdul. Pensó en renunciar a todo y quedarse allí con él. Pensó, también, que todo aquello era una locura.

Las tres amigas se enjugaban las lágrimas recordando a Esperanza. En esos momentos llegó un camarero y les sirvió tres cafés, ante la extrañeza de las amigas, que no habían pedido nada. El camarero les señaló tras de ellas: habían sido invitadas.

Sabía que os encontraría aquí.
¡Esperanza! ― Gritaron las tres, al tiempo que se incorporaron y se fundieron en un abrazo.

Esperanza se hallaba junto a Rachida y su hermano Abdul. Llevaba en la cabeza un Jilyab que le cubría la cabeza y hombros, llegando hasta la cintura.




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