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lunes, 4 de febrero de 2019

RICARD


RICARD







Ricard iba de un lado a otro, sin reparar con quien se cruzaba. A todos les había de decir alguna cosa o un chascarrillo. Lo mismo tenía que ver con una persona mayor, ya fuera hombre o mujer, que con un niño. Se reía hasta de su sombra. Jamás se había molestado porque le hubieran dicho cualquier majadería o grosería. Siempre tenía la respuesta adecuada para cada cual, aunque no tuviera mucho o nada que ver con lo que le habían dicho. Era un joven de mediana estatura, con una tripa incipiente, cabello negro rizado, de ojos grandes y mirada lánguida.

Hacía recados a unos y otros, siempre de poca importancia, por unas monedas con las que solía comprar chucherías. A veces, Ricard, se encontraba haciendo algún encargo, cuando alguien le llamaba para pedirle que hiciera otro. En ocasiones había hecho el que acababan de darle porque había olvidado el primero que estaba realizando. Otras veces cambió el destinatario. A pesar de los entuertos que organizaba de cuando en cuando, era muy querido por todos sus convecinos.

Anselmo, el “pescatero” del pueblo, a pesar de su ligera calvicie conservaba perfectamente su atractivo, había encargado a Ricard que llevara a su casa una bandeja con dos lubinas para su mujer, así aprovecharía él para pasarse por la taberna y tomar unas cervezas con los amigos.

—Ricard, dile a mi mujer que las prepare que cuando yo llegue nos vamos a comer hasta la cola.

Caminaba Ricard canturreando, no se sabía bien qué, con la bandeja de las lubinas en una mano y una moneda de cien pesetas que le había dado Anselmo en la otra, bajo el sol decadente de las ocho de la tarde. La calle estaba bien engalanada de jazmineros, geranios, rosales..., se detuvo para oler una alhábega en la ventana de casa de doña Venancia, que a sus cincuenta y cinco años tenía muy buena presencia. Se encontraba en el vano de su puerta regando dos hermosos geranios, le llamó y dio a Ricard un recado para su hija y le alargó una moneda:

—Ricard, dile a mi hija que vienen a cenar la tía Rosana y sus hijos, que les espero a ellos también, que tienen muchas ganas de verlos.

Muy gustoso aceptó el bonachón de Ricard.

A continuación, Venancia, llamó a su yerno, Policarpo, y le dijo que cenaban en su casa, que venía la tía Rosana y su familia, y ya había avisado a su hija. Una vez acabada la conversación con su yerno llamó a don Ramón, el cura, y le invitó también, quien se excedió en lisonjas palabras, como cada vez que le invitaban a algún banquete.

Ricard no tardó en llegar a casa de Merche, la hija de doña Venancia, que vivía al otro extremo de la calle, y era la esposa del señor alcalde, quince años más joven que él. Pasaba los treinta y tenía una vitalidad arrolladora, bella mujer, de grandes ojos verdes, labios carnosos y una melena negra ligeramente rizada. Sus movimientos de caderas embelesaban al más pintado. En lugar de darle el recado de la madre, Ricard, le dio la bandeja con las lubinas.

—De parte de Anselmo, que las prepares que en cuanto llegue os vais a comer hasta la cola.

A pesar del estupor de la mujer, que pilló un sofocón impresionante, más por si alguna vecina había podido escuchar el comentario y sacar conclusiones erróneas, que por el regalo en sí. Merche ni rechazó ni protestó, más bien todo lo contrario. Se sintió alagada e invitó a Ricard a pasar a su casa con el ánimo de sonsacarle. Le obsequió con una coca-cola, que, éste, bebió con ansiedad; un golpe de tos por la acumulación de los gases de la bebida puso a la mujer perdida, la bata ligera que llevaba resultó manchada de arriba abajo. En su afán de reparar lo que había hecho, Ricard, sacó un pañuelo del bolsillo hecho un ovillo y lo pasó por todo el cuerpo de la mujer, que no conseguía evitar que Ricard la tocara, desinteresadamente, eso sí. Merche ante la imposibilidad de detener a Ricard se dejó hacer, sintiendo un cosquilleo placentero en algunos momentos e incomodándose, sin exteriorizarlo, cuando Ricard decidió finalizar. Merche se recomponía la bata entre excusas tratando de apagar su excitación: —eso no se hace con la mujer del alcalde— le dijo.

Ricard salió dándose de pescozones calle abajo, intentando a toda costa sacarse de la cabeza el haber manchado a Merche, hasta que creyó recordar que tenía que darle un recado a la mujer del “pescatero”.

Se encaminó hacia su casa y cuando la tuvo delante le dijo:

—Socorro, me ha dicho Anselmo que van a cenar en casa de doña Venancia.
—¿De doña Venancia?— Preguntó incrédula.
—Sí. Sí, eso me ha dicho.
—Muchas gracias. Ricard.

Socorro era una mujer entrada en carnes, que iba muy arreglada y perfumada hasta los pies, para ocultar el olor a pescadilla de su marido; y todo temperamento. Ricard que andaba de regreso pasó por el bar próximo a la pescadería de Anselmo, cuando éste le vio, lo llamó.

—Tómate una cerveza, Ricard. ¿Le diste el recado a mi mujer?
—Sí— dijo, al tiempo que se daba pescozones. —Y..., me dijo que cenaban en casa de Merche que viene su tía y sus sobrinos y tienen muchas ganas de verlos.
—¿En casa del alcalde?
—Sí.
—Bien. ¡Muy bien! Ahora mismo me voy para allá.

Al poco tiempo se presentó Anselmo en casa del alcalde y tras tocar en la puerta apareció Merche, con un salto de cama de tul, color turquesa y le invitó a pasar.

—¿No ha llegado mi mujer?— Preguntó, al tiempo que se secaba el sudor con la mano.
—¿Tú mujer?... No. No ha llegado.
—Ah, pues muy bien.
—Claro y tan bien. ¿Un vinito?— Le propuso Merche que le invitó a sentarse a la mesa.
—Venga, tomaremos un vinito.

Un buen plato de quisquilla acompañado de unos cuantos vinos de moscatel seco, de la Marina Alta, muy frío y elaborado en una pequeña bodega propiedad del señor alcalde entonó la cena.

—¡Nos vamos a comer hasta la cola!— Dijo con picardía Merche al colocar una gran bandeja con las lubinas abiertas y excelentemente condimentadas en el centro de la mesa.

«¡La madre que lo parió! Menuda metedura de pata de Ricard. ¡Bendita sea!», se dijo Anselmo.

La bandeja quedó limpia como una patena, solo las colas delataban que antes había exquisito pescado en ella. Habían rebañado hasta el aceite.

—No nos hemos comido las colas— ironizó Anselmo.
—Eso después— le respondió Merche, picarona, mientras se comían con los ojos.


Entre tanto, el alcalde, don Policarpo, tocó el timbre de casa de su suegra y le saludó con dos besos. Era un apuesto hombre maduro que ya pintaba canas, alto, delgado y muy admirado por las mujeres.

—¿No ha llegado Merche?
—No, Policarpo, no ha llegado todavía. El que está en el salón es el señor cura.
—Es al único que no se le hace tarde cuando es para comer— susurró el alcalde    —¿Qué tal, don Ramón?— Saludó el alcalde tendiéndole la mano.
—Muy bien, Policarpo, muy bien.
—¿Un vino, don Ramón? Mi suegra tiene un vino excepcional, ahora verá.

Al poco apareció con una botella de vino tinto de crianza, que proveía él mismo, y tres copas. Don Ramón, sacerdote chapado a la antigua, bajito, regordete, de mofletes sonrosados, siempre vestía con sotana y alzacuellos. Muy dicharachero, buen catador de vinos y mejor comilón.

—Pruebe, don Ramón, pruebe— le sugirió el alcalde.
—Está muy bueno, efectivamente.
—Este vino es de cosecha propia.

Iban por la segunda copa cuando tocaron al timbre de la puerta. Doña Venancia salió a abrir.

—Hola..., Socorro.
—Hola, Venancia. Muchas gracias por la invitación— le dijo mientras se encaminaba hacia el salón. —No sabes las ganas que tengo de saludar a tu hermana.
—Ah, sí. Pues si os llevabais a matar. No sabía que erais tan amigas.
—No tardará en llegar mi marido, dando un respingo.
—Claro..., tu marido— dijo Venancia, que no entendía nada.

Era un salón amplio con vetustos muebles de época, pero muy bien conservados, un sofá y dos sillones con brazos de madera vista torneada, con tapizado de terciopelo rojo y unos tapetes reposa cabezas blancos de ganchillo. Una lámpara de ocho brazos con grandes tulipas en el centro del salón emitía una luz atenuada por la decoración. Bajo de la lámpara una hermosa mesa con dos grandes pies torneados hacía juego con las paredes recubiertas de madera de roble oscuro, con dos quinqués a juego, en uno de los lados y en el otro un gran cuadro, una marina con fuerte oleaje bajo un cielo gris. En el otro costado un ventanal por el que se accedía a un balcón, desde el que se contemplaban unos montes cubiertos de esparto y algún que otro pino y desde los pies del monte hasta la casa huertos de naranjos. Un agradable olor a azahar se filtraba por el ventanal entreabierto.

—Hola Policarpo, ¿cómo estás?
—Muy bien, Socorro. Pero no mejor que tú— correspondió el alcalde.
Socorro hizo un giro coquetón. Llevaba un vestido negro que le quedaba ajustado, con estampados grandes en tonos rosas y la media melena suelta.
—Y, ¿usted don Ramón?
—Bien, muy bien, también. Gracias. Casi también como el señor alcalde.

Policarpo ya llegaba con una nueva botella y una copa y volvió a escanciar vino. Doña Venancia le seguía con un plato colmado de jamón serrano.

—Hum. Está muy bueno— dijo Socorro, después de un buen trago.
—¡Es Sangre de Cristo!— bromeó don Ramón.
—Don Ramón que se va usted por las ramas— advirtió Policarpo.
—Sí, me parece que la “Sangre de Cristo” les ha sacado los colores— apuntilló Socorro, entre risas.
—No hagas caso Socorro— dijo el alcalde, al tiempo que servía otra ronda de vino.

Una llamada de teléfono acabó con las carcajadas del momento.

—Mi hermana, no puede venir— anunció a los asistentes. —Se les ha estropeado el coche. Espero que Merche no tarde.
—Pues sí. Yo ya tengo hambre— reconoció su yerno.
—Bueno, la espera no está siendo desagradable— admitió el cura que tiraba una vez más la mano al plato de jamón.

Una nueva botella de vino se colocó sobre la mesa y una ronda más inhibió a los comensales de los pocos prejuicios que aún les quedaban. Doña Venancia y Socorro sirvieron la cena: unos entrantes y codillos de cordero al horno que se chupaban los dedos. Ya no se acordaban si faltaba Merche ni la hermana de doña Venancia... Como colofón a la suculenta cena unos orujos de hierbas, de café y de miel acabaron por poner la guinda. Un poco de música a ritmo de paso-dobles hizo bailar hasta a don Ramón. El alcalde y Socorro bailaban exagerando los movimientos, algún traspié que otro se intercalaba en el baile chocándose unos con otros, lo que provocaba las risas de todos. Don Ramón que se contoneaba como podía con doña Venancia, se había desprovisto del alzacuellos y se había desabrochado la sotana hasta la mitad del pecho. La velada se alargó mientras quedó vino.

Don Ramón se despertó en la madrugada en la cama con doña Venancia, Socorro y el alcalde que dormían en fenomenal revuelto de cama. 

Don Ramón en su intento de salir apresuradamente del lecho, despertó al resto que se levantaron sin mediar una palabra siquiera.


Salió Don Ramón de casa de doña Venancia con cierta cautela, y apenas cerró la puerta de la calle se tropezó con Ricard.
—A madrugado don Ramón.
—Sí, hijo mío. Las obligaciones... Doña Venancia que se encontraba mal y vine a ver qué tal estaba.
—Voy a verla...
—No. No. No hace falta, ya se encuentra mucho mejor.
—Es que este tiempo de primavera..., don Ramón.
—Sí. Claro, hijo, es el tiempo, la humedad...

No había terminado el comentario cuando salieron Socorro y el alcalde.

—¿Está mal doña Venancia?— Se apresuró Ricard a preguntar al alcalde.
—Mal doña Venancia...— Le hizo un gesto don Ramón. —Ah, sí, le duele un poco la cabeza, Ricard, pero nada más.
—Socorro, ¿también le duele a usted la cabeza?— Le consultó Ricard.
—No, a mí no me duele nada— respondió al tiempo que se ponía colorada.

En ese momento se oía cantar a doña Venancia.

—Ves, Ricard, como no le pasaba nada— dijo el alcalde.
—Sí, está contenta.


Don Ramón se estaba despidiendo de Socorro y Policarpo que se iban para sus casas y les cogía en la misma dirección, cuando le advirtió Ricard:

—Padre, lleva mal abrochada la sotana.

El cura pilló un gran sofocón. Angustiado, no acertaba a ver como se había abrochado los botones.

—Qué indiscreto eres, Ricard. Por un botón de nada..., que ahora no me puedo abrochar. Está mal abrochado el primero...

—Mi padre me enseñó que suelta el que está mal y lo sube y ya puede abrochar los otros bien— al tiempo que le desabrochó el que estaba mal.

Don Ramón en su precipitación por retirarle las manos a Ricard, no pudo evitar que le cayera el alzacuellos al suelo, y quedó a la vista la etiqueta de la camiseta.

—Hay que ver, Ricard...,— dijo el cura.
—Bueno, don Ramón, que nos vamos, no vaya y le desnude— ironizó el alcalde.

Don Ramón, que seguía liado con los botones, se despidió de Ricard, quien continuó con su paseo matinal propinándose algún cachete de cuando en cuando.



Esa misma tarde, en casa de doña Virtudes, muy cristiana ella, acudía todos los domingos a la Iglesia a oír misa de doce, se celebró una reunión de la catequesis, junto al señor cura y a otras compañeras, entre las que se encontraban doña Venancia, Socorro y Merche. Eran reuniones que se hacían en casas particulares muy a menudo. A muchas de estas reuniones acudía Ricard a degustar las pastas o pasteles o cualquier otra vianda, que siempre las había. Estaban disertando unos y otras distendidamente, cuando comentó Ricard:

—El padre Ramón se ha comido un “coñito”.

Al cura le salió una polvareda de la boca del polvorón estepeño que estaba comiendo, al tiempo que su cara atocinada parecía un tomate. Las mujeres quedaron impávidas. Doña Venancia y Socorro se miraron, Merche se cubría la cara con el abanico. Las mujeres se movían incómodas en sus asientos mirando de soslayo al señor párroco, que seguía sin poder hablar, «¡Santo Dios!, cómo se habrá enterado el cabrito este» pensó don Ramón. Un silencio sepulcral acompañaba la desolación del señor cura que no podía hablar.

—¿Cómo…, se lo comió? Ricard— Se atrevió a consultar doña Virtudes, reflejando cierto pavor en el rostro.

Doña Venancia que le vino un acaloramiento tremendo salió de la sala aduciendo que iba al baño, Socorro que igualmente le salieron los colores permaneció en su silla con la vista baja.

—Le mordía y le metió la lengua— respondió espontáneamente, ante la indignación y los aspavientos de las señoras. Socorro que no podía más con la presión anunció que también iba al baño.

—Y ¿cuándo fue eso, Ricard?
—Ayer.
—¿Antes o después de la misa?
—Antes.

Ante las respuestas de Ricard, don Ramón se retorcía en su silla lleno de ira, más rojo que un pimiento morrón, y sin poder pronunciar palabra. Entre tanto las dos mujeres que habían ido al baño se preguntaban cómo podía haberse enterado Ricard, echándole la culpa doña Venancia a su vecina que decía le tenía mucha envidia. Decidieron confesar ante las demás su desliz.

—Y, Ricard ¿estabais solos cuando se comió el “coñito”?— Interrogó doña Virtudes, nuevamente, con un poco de retintín.
—No.

En ese momento llegaban doña Venancia y Socorro dispuestas a confesar su falta y Socorro tuvo que sujetar a doña Venancia que pareció se iba a desplomar. Mientras seguía el interrogatorio a Ricard.

—Y tú, ¿también te lo comiste?
—Sí.
—¿Cómo...?— Le volvió a preguntar, asombrada y con elocuente malhumor.
—Yo me lo comí a bocaditos chiquititos— señalaba con los dedos.
—¡Santísima Trinidad!— Exclamaron algunas de las señoras.

Doña Venancia y Socorro se miraron contrariadas pensaba cada una de ellas que don Ramón había estado con la otra. Un respiro de alivio permitió hablar al señor cura, que parecía que iba a explotar en cualquier momento.

—Señoras, he de decir que los “coñitos” son unos postres dulces, pequeños y redondeados, que me obsequió doña Rosario, la esposa de don Jacinto, que en algún punto están huecos por dentro..., a los que invité a este desdichado y a Joaquín el sacristán, que también estaba en la casa parroquial.

—¡Bendito sea Dios!— Respondieron todas las mujeres, recomponiéndose en sus asientos.

Una risa irónica de doña Venancia y de Socorro que todavía permanecían de pie, hizo que se volvieran todas las señoras presentes; al mismo tiempo cruzaron unas miradas cómplices con don Ramón que propinaba unos pescozones cariñosos a Ricard.


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