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domingo, 7 de junio de 2015

UNA EXPERIENCIA ALUCINANTE



¡Vamos, Sandra! Llegaremos tarde— le urgía Noemí.
¡Mamá, por favor! Nos sobra tiempo para llegar a la universidad y esperar una hora al menos, ya verás.
La graduación empieza a las diez y media...
Mamá. A las diez y media comienza el protocolo de recepción de estudiantes y después se hará la imposición de becas. A continuación se hace el ensayo de cómo transcurrirá el acto, y será a las doce cuando abran las puertas para la entrada de familiares y acompañantes.
¿Tú cómo sabes todo eso si todavía no has llegado?
¡Mamá! Lo sé porque todos los años se gradúan y es siempre igual. De modo que relájate y no me pongas nerviosa.
¿Entonces por qué se ha marchado Nacho tan temprano?
Porque mi hermano ha venido a dormir a casa, si no lo hubiera hecho no habría madrugado tanto, al menos no te hubieras enterado.

Noemí se marchó gruñendo entre dientes y dejó sola a Sandra que continuaba arreglándose. Era una joven algo entrada en carnes, la cara redonda y una melena algo rizada de color castaño. Sus ojos grandes y sesgados refulgían resplandecientes con el tono azulado que se había dado, haciendo juego con su vestido en tonos azulones. Un poco de maquillaje y los labios pintados de un rosa suave resaltaba su belleza. Se colocó unos zapatos negros de tacón alto, y un bolso a juego completaban su imagen. Estudiaba segundo de arquitectura y era una excelente estudiante.

Mamá, ¿Qué haces, llegaremos tarde?
No te rías de mí— le regaño estando ya detrás de ella.
No me río de ti. Pero debes tranquilizarte. No se puede ir por ahí estresando a todo el mundo. Ya veremos si corres tanto cuando sea yo quien se gradúa.
Sabes que si tengo salud estaré allí contigo sin que se me haga tarde. Me duele que me digas eso.
Va, mamá, que no es más que una broma. Estas muy guapa. Me das envidia.
Tú también estás muy guapa. No me vengas ahora con adulaciones.

Sandra puso en marcha su renault Clio y la madre le dijo que se iban con su coche, a lo que Sandra le insistió que se iban con el Clio, que en la universidad había mucho gamberro. Noemí accedió, se recogió el vestido y subió al coche. Noemí era una mujer esbelta, de rasgos morenos, ojos grandes y negros como el azabache, y una melena larga de color castaño con mechas más claras. Sus pómulos eran marcados y su pequeña nariz hacía juego con su boca pequeña de labios algo carnosos.

Una vez en la universidad Sandra comenzó a saludar a compañeras y compañeros de aula, profesores..., era muy conocida porque pertenecía al Sindicato de Estudiantes. Se distinguía más por su capacidad conciliadora que agitadora, aunque cuando ella consideraba que eran víctimas de algún abuso no daba su brazo a torcer. Poco antes de entrar al paraninfo llegó Irene, novia de Nacho y amiga de Sandra desde niñas, tras los saludos se sentó junto a ellas.

El acto de graduación Noemí se lo pasó llorando a lágrima viva. Su hija le pasaba los pañuelos con retintín, provocando la risa disimulada de Irene que le tocaba en el brazo a Sandra para que no ridiculizara a su madre. Al acabar el acto de la graduación unos pocos graduados lanzaron al aire los birretes que se habían confeccionado para la ocasión.

Hola Irene— dijo Nacho cuando llegó hasta ellas. —¡Por fin!— Dijo a su madre abrazándola y besándola en las mejillas. Hola pequeña— le dedicó a su hermana.
¡Tú si eres pequeño!— Respondió Sandra que era algo más alta que Nacho, colgándose de su cuello besándolo.
Mamá, esto se merece una invitación a comer, ¿no?
Por supuesto. Esta ocasión es única... De momento— miró a Sandra. —Vamos donde queráis. Cómo me hubiera gustado que el abuelo estuviera aquí.
Para que pagara él...
¡No! Anda. Porque se hubiera sentido muy orgulloso de ti.
El abuelo no deja el trabajo ni si te casaras tú otra vez— dijo Sandra.

Comieron muy bien y tras los cafés, Nacho pidió unas copas. Los cuatro las tomaron y el tono comenzaba a subir. Las bromas se repetían. Repitieron las copas y sólo Noemí la rechazó. Nacho anunció que esa noche no le esperaran en pie, se iba de fiesta con compañeros de graduación y no sabía dónde acabaría. Después de advertirle a su hijo varias veces que tuviera mucho cuidado, Noemí y Sandra, se despidieron y la pareja de novios se marcharon por su lado.


Noemí andaba desesperada, después de tres días desde la graduación, Nacho no había dado señales de vida, Sandra trataba de calmar a su madre excusando a su hermano aunque ella misma sentía cierta inquietud. Una llamada de teléfono altero aún más el estado de ánimo de madre e hija. Nacho llamaba de la comisaría de policía en donde estaba detenido. La policía les comunicó que estaba detenido por camello, junto a otro más mayor que decía ser su padre. Ambos estaban pasando drogas en un instituto. Noemí casi se desmayó, tuvo un desvanecimiento, pero pronto se rehízo y pidió ver a su hijo.
Nacho— casi gritó la madre cogiéndose a su cuello. —¿Qué has hecho, hijo?
Nada. Se empeñan en que yo estaba pasando droga a unos chavales del instituto, pero no es cierto, mamá.
¿Seguro que no mientes?— Dijo su hermana.
Tú cállate— respondió Nacho fuera de sí, señalando a su hermana con el dedo índice.
Nacho, no hables así a tu hermana.
Pues que me deje en paz. Debía haberse quedado en casa.
Explícanos, pues, tu versión— intervino de nuevo Sandra.
Yo no tengo que darte explicaciones, niñata.
¡Nacho!— Le increpó su madre. —Pero a mí sí.
Tú lo que tienes que hacer es hablar con el abuelo y decirle que me saque de aquí.
Por supuesto que hablaré con el abuelo— le dijo su madre en tono condescendiente. —Pero he de saber lo sucedido, porque tu abuelo me preguntará y no aceptará una escusa por mi parte.
Cuando estábamos de fiesta apareció mi padre. No sé como me reconoció, pero lo hizo y estuvimos bebiendo mucho más y en la noche del día siguiente de la graduación estuve durmiendo con él en un cuarto que tiene alquilado por algún lugar. Al día siguiente cogió una bolsa de un armario, la echó a una mochila y salimos a la calle, en un instituto que hay a dos manzanas de su casa tiene un contacto y le pasó unas bolsas. En eso se detuvo un coche detrás de nosotros y bajaron tres policías y nos detuvieron, y eso es todo.
Nacho, pero..., ¿cómo pudiste ir con tu padre?
Es mi padre. Y me alegré cuando lo vi.
¿Pretendes que nos creamos eso?— Se dirigió Sandra a su hermano con descaro. ¿Sabe Irene algo de esto?
No te metas, Sandra— le amenazó su hermano. —Y, ni se te ocurra decirle nada a Irene de esto o te arrepentirás.
¡Nacho! No te permito que le hables así a tu hermana. El que has obrado mal has sido tú y, a mí tampoco me convence tu versión.
Haz lo que te he dicho ¡maldita sea! Habla con el abuelo y que me saque de aquí— dijo acercándose a su madre y su hermana amenazante.

Noemí y Sandra dieron un paso atrás, y un guardia tomó a Nacho por el brazo y lo retiró hasta llevárselo del cuarto. Madre e hija, permanecieron abrazadas durante unos instantes. De regreso a su casa Noemí no dijo una palabra, fue Sandra quien estuvo informando a su madre de que Nacho en muchas ocasiones había fumado porros y consumido coca.

Mamá, ¿cómo es que mi padre vive aquí y yo no le conozco?— Sandra retomó de nuevo la conversación con su madre una vez en su casa.
Yo no sabía que estuviera viviendo aquí, Sandra. Y, por otra parte, no podías conocerlo porque él se fue a los dieciocho meses de nacer tú.
¿Entonces ya traficaba con drogas?
Supongo que no. Aunque tampoco podría asegurarlo. Tu padre siempre vivió su vida y yo estuve al margen. De hecho tu viniste tras una reconciliación después de una separación de dos años.
¿Por qué se fue de nuevo?
La explicación que me dio fue que no aguantaba tus llantos.

Noemí fue a ver a su padre a la mañana siguiente y le explicó lo sucedido. El abuelo movía la cabeza en un signo claro de desaprobación. Le hizo hincapié a su hija en lo que le había venido diciendo sobre Nacho a lo largo de todos estos años. "Que era igual que su padre y que le traería muchos problemas”; "que se le había ido de las manos por haber sido tan condescendiente”. Al mismo tiempo el abuelo le prometió a Noemí que sí Nacho estaba realmente arrepentido y prometía abandonar ese mundo, dedicándose sólo a trabajar, él se haría cargo.

Noemí contó a su hija lo hablado con el abuelo y fueron a visitar a Nacho en la primera oportunidad que tuvieron. Le dijeron a Nacho lo que el abuelo estaba dispuesto a hacer, lo que recibió éste con gran alegría. Aseguró a su madre y su hermana qué era lo que iba a hacer.

A los pocos días Nacho estaba en la calle bajo fianza. Su madre le obligó a ir a visitar a su abuelo y agradecerle lo que había hecho. Nacho se había dejado una barba incipiente que llevaba sin arreglar, sus cabellos lacios le dejaban caer un mechón casi hasta la altura de los ojos. Su mirada penetrante y un gran carácter le proporcionaban una fuerte personalidad.

Hola, abuelo— saludó Nacho.
Hola, Nacho— correspondió el abuelo con semblante serio.
Gracias, por haberme ayudado.
Será la última vez que lo haga, si te ves envuelto en otro asunto similar— le dijo a su nieto.
Puedes estar tranquilo, no habrá otra ocasión como esta.
Eso espero, Nacho. Eso espero. ¿Cómo te pusiste en contacto con tu padre?
No fui yo. Fue él quien vino hasta donde yo estaba y seguí bebiendo con él. Pasé dos días en su casa, hasta que nos detuvo la policía. Abuelo te aseguro que no tenía ni idea de que mi padre pasara mierda, ni si quiera que viviera aquí.
Ya ves lo que ese mundo te puede traer. Y, también, lo que ese..., hombre puede hacer de ti. Tú verás qué es lo que te conviene.
Abuelo, yo lo tengo claro. Quiero trabajar y vivir. No he estado metido en ese mundo y no quiero estarlo. Aunque es verdad que me he fumado algún porro, pero nada más. Si tú me lo permites me gustaría venir a trabajar contigo y poder desarrollar lo que he estudiado.
Por supuesto que quiero que vengas a trabajar conmigo, pero, harás media jornada en el taller, hasta que hayas conocido todas las secciones de la fabrica. La otra media jornada la harás en la oficina a las órdenes de Jacinto, el contable...
Gracias, abuelo. Me parece bien. No te arrepentirás.
El que espero que no se arrepienta eres tú. Trata de recopilar todo lo que hagas porque un día a la semana nos reuniremos y cambiaremos impresiones.
Fenomenal. ¿Cuando empiezo?
Mañana mismo. ¿Cómo está Irene?
Muy bien, abuelo. Tan guapa como siempre.
Podías traerla a casa, tu abuela se alegrará mucho al veros. Y necesita saber de ti.
Este fin de semana iremos a verla.


Nacho después de catorce meses de trabajo en la fabrica del abuelo elaborando mármoles y granitos, ya se había instalado definitivamente en las oficinas, justo al lado del despacho del abuelo, quien cada vez declinaba más responsabilidades en su nieto, que estaba demostrando día tras día su capacidad para dirigir el negocio con más eficacia de la que había demostrado él mismo a lo largo de los años, y eso a pesar de los momentos difíciles que atravesaba el sector.

Nacho acababa de llegar a la oficina, no eran más de las ocho treinta de la mañana, cuando se personaron tres policías preguntando por él. Estaban hablando en su despacho cuando llegó su abuelo.

¿Qué pasa aquí? Preguntó el abuelo al entrar.
Abuelo. Estos policías han venido para llevarme. Me acusan de estar pasando droga con mi padre.
¿Qué hay de cierto en eso, Nacho?
Abuelo, nada. No es cierto. Yo me equivoqué aquella vez, pero ya nunca más he visto a mi padre. Me están diciendo que está en prisión en tercer grado, desde hace un mes, y que le han visto pasar drogas junto a un muchacho como yo.
Señor. Soy el capitán Miravides. Y estamos en la certeza de que es su nieto a quien han visto junto a ese presidiario y...
¿En que basan esa certeza, capitán?
En que dos de nuestros hombres han atestiguado qué le han visto.
Capitán Miravides. Diga usted a sus hombres que se aseguren de lo que dicen, porque de haber sido mi nieto, tendría que ser en domingo y que yo sepa los domingos no hay instituto.
Yo no he dicho que haya sido en un instituto replicó el capitán.
De todas formas, capitán, mi nieto está todo el día en la fábrica y eso lo pueden atestiguar los obreros.
Nacho, esté usted controlable. Seguramente lo necesitaremos en algún otro momento. Señor, creo que volveremos a vernos se dirigió el capitán al abuelo de Nacho.
Capitán siempre estaremos aquí, y a su disposición, tanto mi nieto como yo mismo.

Se marcharon los policías y el abuelo se dirigió a su nieto.

Nacho, qué has de decirme.
Que yo no tengo nada que ver con lo que pueda estar haciendo mi padre.
Nacho no me mientas, por favor le dijo el abuelo bastante crispado.
Abuelo, no te miento. Si es verdad que me he visto con mi padre. El viernes pasado. Me presionó para que le ayudara y le dije que no sólo no le iba a ayudar sino que se olvidara de mí para siempre. Que si yo volvía a la cárcel sería por haberle matado a él.
¿Por qué no se lo has dicho a la policía?
Para qué. En el momento que yo hubiera reconocido haberme visto con él me hubieran llevado detenido.
Posiblemente. Pero se hubiera aclarado todo, Nacho.
Si volvieran otra vez se lo diré, abuelo. No temas.

A los pocos días, Nacho después de acabar la jornada de trabajo, se despidió de su abuelo y se dirigió a su casa. Noemí ya tenía la cena lista y su hermana Sandra estaba duchándose. No había hecho más que sacar una cerveza del frigorífico y sentarse a la mesa, mientras esperaba a su hermana cuando sonó la señal de haber recibido un mensaje en su teléfono móvil. Lo abrió y sin mediar palabra fue hasta un armario en el que tenía la caja de herramientas, cogió un martillo de carpintero y se fue directamente a la calle, haciendo caso omiso a las llamadas insistentes de su madre. Nacho abrió la puerta de la cancela y lanzó el martillo a un coche rojo que había parado junto a la acera. El impacto fue tremendo, el cristal de la ventanilla se hizo añicos y se oyó poner el coche en marcha, derrapar las ruedas y desaparecer el coche.

¿Quien era, Nacho?— Le preguntó su madre asustada.
Mi padre— respondió con sequedad.
Nacho, ¿estás bien?— se interesó Sandra envuelta todavía en el albornoz.
Sí. No te preocupes— le dijo con la misma sequedad de antes.

Nacho volvió a la mesa donde había dejado el teléfono móvil y llamó a su abuelo.

¿Abuelo?
Sí, dime Nacho.
Mi padre ha venido a buscarme a casa. Le he arrojado un martillo y se ha marchado a toda prisa.
¿Le has dado a él?
No creo. Por la forma en que ha salido yo creo que no le ha dado, pero el cristal se ha hecho añicos.
Ese cabrón nos va a amargar la vida...
No abuelo. Ese cabrón no nos va a amargar nada. Voy a llamar a la policía.
Creo que será lo mejor. Ahora mismo voy.
No hace falta que vengas. Descansa y mañana hablamos.
De ninguna manera.

La policía no tardó en llegar, el mismo capitán Miravides y otro guardia que no estuvo en la fábrica del abuelo.

Mi padre ha estado aquí, frente a mi casa. Me ha enviado un mensaje para que saliera a hablar con él.
¿Has salido?
No. Salí hasta la puerta y le arroje un martillo, le rompí el cristal de la ventanilla.
¿Cómo era el coche?
Era rojo y pequeño, pero no sé que marca podría ser.
¿Sabe si iba solo o le acompañaba alguien?
Creo que solo. Al menos yo no vi a nadie más dentro del coche.

Entre tanto llegó al abuelo a casa de su hija. Tras besar a su hija y su nieta, saludó al capitán, que le puso al corriente sin esperar a que fuera Nacho quien lo hiciera.

Bien. Si lleva el coche a algún taller lo sabremos enseguida. Mientras tanto, ten cuidado y no te hagas el valiente— le dijo el capitán Miravides a Nacho.
Capitán.
Sí.
El otro día, cuando estuvo en la fábrica, no le dije que me había visto con mi padre, porque no lo creí importante.
¿No lo creyó importante?— Preguntó el capitán sarcásticamente.
Bueno, el caso es que me vi con él. Me llamó estando en el trabajo e intentó presionarme para que le ayudara con una mercancía, le dije que se olvidara de mí para siempre. Él se envalentonó y le dije que si yo volvía a la cárcel sería por haberlo matado.
Claro; y ahora te viene a buscar, quiere comprobar si ibas en serio. Escucha no intentes arreglar este asunto tú solo. Él tiene más experiencia que tú y mucho menos que perder. Toma esta tarjeta y ante cualquier cosa que te llame la atención no dudes en llamarme. No te metas en jaleos.
Descuide capitán que no se meterá en jaleos— dijo el abuelo con los ojos clavados en los del capitán Miravides.


Después de unos días, Nacho, salió del trabajo a media tarde, cogió el coche y se fue para su casa. A medio camino le adelantó un vehículo y se le cruzó delante, Nacho frenó bruscamente para evitar la colisión. De momento bajaron tres hombres de aquel vehículo y le sacaron a tirones de su coche. Nacho vio a su padre que le miraba con una sonrisa burlona, mientras los otros dos le sujetaban con fuerza por los brazos. Su padre se situó frente a él y tras recriminarle el lanzamiento del martillo, le propinó un puñetazo en el estómago que le hizo doblar las rodillas. A continuación siguieron una lluvia de golpes dejándole el rostro ensangrentado y las rodillas clavadas en el suelo. El rugir del motor acelerado de un coche de gran cilindrada se escuchó en un instante y a renglón seguido se oyó el golpe sobre las dos puertas laterales del vehículo que había cerrado el paso a Nacho, que salieron despedidas junto a los cuerpos de dos de los hombres que pretendían subirse a él. El tercero quedó paralizado al borde de la cuneta y ante el giro que el Q5 hizo para encarar de nuevo al vehículo siniestrado, sacó una pistola y disparó mientras pudo al Q5 que se le vino encima. Ambos vehículos y el hombre que disparó cayeron terraplén abajo. No habían más que cinco metros de altura, pero fueron suficientes para quedar los coches empotrados y el delincuente aplastado.
Nacho se incorporó rápidamente y descendió al terraplén gritando:

¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Abuelo! Al llegar a la altura del Q5 vio a su abuelo con la cara ensangrentada, la camisa blanca y la corbata de color azul igualmente llenas de sangre.

Abuelo— le llamó Nacho con tono lastimoso.
Espero que no te vuelvan a molestar— balbuceó el abuelo que le brotaba la sangre por la boca.
¡Abuelo! ¡Abuelo!— Gritó Nacho sin conseguir una respuesta más de su abuelo.


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