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Al Cristo del Calvario
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Caminaba humillado, arrastrando los pies por el fango, |
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sus manos temblaban, su destino era la nada. |
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Cubrían sus pies descalzos con harapos
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y su cuerpo con algunos jirones de lana; |
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la muchedumbre miraba amontonando distancias. |
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Sus heridas sangrantes por el látigo de la rabia. |
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La Cruz lo convertía en marioneta mofada |
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de ojos pesarosos que no ven nada; |
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de triste mirada con su corona de espinas. |
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Los corazones estremecidos en cada caída.
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Hincó en el suelo su rodilla entre pasos agostados,
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era tan frágil su cuerpo que lo lastimaba la brisa. |
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A medida que ascendía por aquel sendero empinado |
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iba perdonando a todo el que le ofendía,
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y de nuevo entre gritos, en el suelo, clavó su rodilla. |
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Pesada carga: la Cruz acuestas y su corona de espinas, |
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hasta llegar al Monte Calvario donde le crucificaran; |
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los cielos se rasgaron tras punzarle el costado la lanza |
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y derramaron lágrimas de fuego en cascadas. |
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Perdonó al mundo sus pecados; brilló la esperanza.
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Todavía hoy sigues en la cruz clavado y porfías |
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para que las personas nos llenemos de dichas. |
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La palidez de tu rostro amenaza campanas. |
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Tu mirada sonríe al ritmo de las hojas muertas. |
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Y yo lo miraba, sin atreverme a cruzar su mirada. |
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Sus ojos se posaron en los míos, y algo vislumbró su mirada. |
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--¿Por qué me miras?--Me preguntó; ¿Acaso me conoces?-- |
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--¡Si! ¡Si te conozco, Tú quisiste redimir a la raza
humana!--
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Y yo lo miraba suplicando que…Tuviéramos otro mañana. |
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Caminamos juntos con rumbo a la desesperanza. Poema publicado en la revista de Semana Santa de Elda 2008 Constantino Yáñez. |
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Blog de literatura. En él cabe cualquier tipo de manifestación literaria, sujeta a las críticas más dispares, siempre dentro del máximo respeto.
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lunes, 3 de noviembre de 2014
AL CRISTO DEL CALVARIO
domingo, 26 de octubre de 2014
PLEGARIA AL CRISTO DEL MONTE CALVARIO
PLEGARIA AL CRISTO DEL MONTE CALVARIO
(La esperanza
perdida…?)
Escapa impasible mi pensamiento.
Me detengo en aquello que no entiendo.
Se agolpan tantas ideas en mi mente
en las sombras de una noche silente,
que me pregunto: ¿porqué en este mundo
hay guerras, hambre, muerte?...¿Quién lo entiende?
¿Porqué cuitas para el menos pudiente?
¿Porqué represión en lo más profundo
de lo humano? –¡Libertad! - ¿Quién comprende?
Dime, Tú, Señor, con quien he de hablar
si Tú cuando te lo ruego no puedes,
pido a la Madre y parece no escuchar
mis plegarias, y si a los Santos pides...
Dime, pues, Padre, ¿puedes remediar
tantas desgracias, como tantos males?
Desdichas que a las personas afligen.
¡Dime, Señor!, ¿a quien he de rogar?
¡Santo Cristo! ¿A quien debo suplicar?
Para que lo humano por cuanto efímero
resulte justo; emane el reverbero
del alma por humanidad. ¡Amar!
Con una palabra tuya, bastar
podría para la envidia ser sendero
del alma, para que las guerras primero
no existan, después la gloria alcanzar.
Dime, ¡Santo Cristo! ¿Cuándo será?
Constantino Yánez
PASEANDO POR EL PARQUE
PASEANDO POR EL PARQUE
CUENTO
Paseaba siempre solo por el parque, deambulaba
meditabundo y de vez en cuando se sentaba en el primer banco que
tenía más a mano, sacaba un pequeño bloc de notas y un bolígrafo
y anotaba cualquier cosa. Guardaba su pequeño bloc y el bolígrafo y
hasta otro momento en el que volvía a realizar la misma operación.
Unas veces permanecía sentado un buen rato, otras, apenas guardados
sus útiles de memoria se levantaba con relativa torpeza y retomaba
el paseo.
Día tras día, repetía los paseos. Repetía
la acción de sacar la libretita y anotar y volverlos a guardar, en
ocasiones muy despacio, casi ceremoniosamente. A veces, cuando
permanecía largo tiempo sentado en algún banco parecía extasiado,
como perdido en el tiempo y en el espacio. Le invadía el ambiente.
<<Él, decía que le penetraba la vida>>.
Lo que en aquel momento carecía de
importancia, después a los días plasmaba sobre papel lo que
recordaba de aquellos momentos, o lo que creía recordar. Lo que
había sucedido o no había sucedido, pero podía haber ocurrido. Y
de ahí llenaba folios y folios, muchos de ellos de cosas que
guardaban una relación, otros tantos de cosas inconexas, pero que no
destruía, no tiraba, los guardaba después de clasificarlos.
Aquella mañana de otoño estaba sentado en
uno de los bancos del parque, observaba como se mecían las hojas en
el aire antes de llegar al suelo. Los árboles iban cambiando de
aspecto, los que unas semanas atrás tenían un manto verde de hojas
ahora resultaban esqueléticos y con las hojas que le quedaban
amarillentas, ocres. A veces pensaba que la naturaleza en eso se
había equivocado, cuando más frío hacía los árboles perdían su
manto, aunque no era más que un pensamiento irónico con el que
distraer su mente en un momento determinado.
Estaba anotando en su libreta aspectos que le
llamaban la atención cuando, a su lado, se sentó un chico, de unos
diez años, cargado con una mochila voluminosa.
–¿Qué haces?– se interesó el chico.
–Escribo.
–¿Para qué?
–Para saber más. Tú, ¿no escribes
también?
–Sí. A veces.
–Cuando vas al colegio...
–Si, pero es un rollo– respondió con
desgana.
–Sí, tienes razón. Aprender es un rollo.
–¿Qué es lo que has escrito?
–Toma, léelo tu mismo. Mis ojos están
cansados– le tendió la libreta.
–¿Por qué escribes y después haces rayas?
–Para separar unas cosas de otras. ¿Por qué
hoy nos ha ido al colegio?
–Sí he ido, pero tenía que ir al médico–
le mintió.
–Te crecerá la nariz.
–Es verdad. Un man-to o-cre, ama-ri-llento.
No entiendo tu letra– se excusó el muchacho.
–Sí la entiendes, leías lo que había
escrito, sólo que sin fluidez. Te falta práctica, como no entras a
clase no aprendes–. Y sin dejarle comentar –ya sé que es un
rollo…
–Yo sí que sé leer, en los libros leo
bien, pero tu letra no la entiendo... ¿Para qué escribes esas
cosas?
–Para escribir luego cuentos, novelas…
Para escribir libros.
–¿Tú escribes libros? A mí me gustaban
mucho los cuentos. Yo leía los libros de Espinete. Tenía un libro
que me gustaba mucho y lo leí varias veces: La Cabaña del Tío Tom.
–¡Ah! La Cabaña del Tío Tom, de Beecher
Stowe, qué buen libro. ¿Y ahora ya no lees?
–No.
–¿Por qué?
–Porque me voy por ahí, con mis amigos. Mi
casa es un rollo.
–¿Cómo puedes decir que tu casa es un
rollo?
–En mi casa, mi papá y mi mamá, siempre
están chillando. ¿Tú vives solo?
–No. Vivo con mi mujer. Un día le diré que
me acompañe para que la conozcas. Hace unos rollitos buenísimos.
Pero sería después del colegio, no has de hacer novillos.
–¿Qué son novillos?.
–Pues..., no acudir a clase. ¿Cómo le
llamas tú?
–Hacer “boína”. Bueno me voy. Otro día
vendré a hablar contigo.
–Pero será después de salir de clase. Yo
nunca vengo a estas horas al parque. Escucha, si quieres el jueves a
partir de las cinco nos vemos aquí, vendré con mi mujer y te traerá
unos rollitos para que los pruebes.
–¡Vale!– Y se marchó despidiéndose con
la mano. –¿Como te llamas?
–José Luis. ¿Y tú?
–Iker.
–Adiós, Iker. Hasta el jueves.
–Adiós.
Mientras le veía marcharse sintió algo de
pena. Iker daba la sensación de ser un niño despierto, no debería
tener dificultad para aprender. Pero el problema que tenía detrás
le estaba condicionando, «es una lástima» se dijo, al tiempo que
se reincorporaba.
Resultaba curioso, aparentemente, en sus
paseos, parecía que todo su alrededor no le inmutaba, que carecía
de importancia, pero más tarde cuando escribía en los folios
reflejaba hasta los más ínfimos detalles. Describía minuciosamente
los olores de las calles, los perfumes de las plantas del parque, la
visión de algún animalito y su protocolo frotando sus antenas o
mandíbulas antes de coger cualquier hoja o piel de pipa caída en el
suelo, que anteriormente escupieran las cuadrillas de jovenzuelos.
Los cambios de tonalidades de las hojas de los árboles según
hubiera caído el rocío o no. Cómo se filtraban los rayos de sol
por entre la hojarasca. El piar diferente de los distintos pajarillos
que habitaban los parques y las calles. Las charlas de los ancianos,
sentados al sol o la sombra, según la estación del año en que se
encontraban. Los gritos de los niños si jugaban o se mecían en los
columpios, o los gritos de las madres si sus retoños no les
obedecían o corrían algún riesgo. Le gustaba, especialmente, tocar
con sus propios dedos las hojas de los árboles, de los setos, de las
flores, el césped…, para más tarde plasmar sus impresiones sobre
el papel; qué hojas eran suaves, cuáles eran rudas, ásperas,
aquéllas que dejaban perfumes en los dedos, otras que se mecían,
frágiles, y a las que no perturbaba con su contacto. Le gustaba
especialmente un rosal solitario, sobre un rincón del parque, que
echaba unas rosas grandes, de color rojo púrpura intenso y su
perfume se percibía varios pasos antes de llegar a él. Siempre se
detenía ante el rosal y acariciaba sus capullos, frotaba sus dedos
en los pétalos de las rosas para que permaneciera su perfume y más
tarde seguir oliéndolo; y le hablaba… Cada día le parecía más
hermoso. Apenas si escribía sobre él, no quería compartir con
nadie su intimidad con el rosal.
Generalmente llenaba folios y folios con una
escritura dulce, apasionada; aunque algún que otro su lectura
resultaba abrupta, quebradiza, cuando esto sucedía, solía encogerse
de hombros, como disculpándose por algo, pero no los destruía, todo
lo guardaba por si en alguna ocasión pudiera servirle.
Aquel jueves a las cinco de la tarde volvió a
sentarse, junto a Olga, su mujer, en el mismo banco en el que hablara
con Iker. Apenas unos minutos después, apareció el muchacho cargado
de su mochila, que dejó junto al banco.
–Hola, Iker, esta es Olga, mi mujer.
–Hola– saludó el chico.
–Hola, Iker. Eres muy guapo– correspondió
ella.
–Gracias. Sabes, ya no he faltado a clase–
se dirigió a José Luis.
–Perfecto. Me parece maravilloso que no
faltes a clase, así aprenderás mucho y de mayor podrás ser lo que
tú quieras. Mira, Olga te ha traído los rollitos que te dije.
–Son pequeños, mi abuelita hace…, bueno
hacía, unos rollos más grandes. Sabían a anís, ahora ya no los
hace, siempre dice que está cansada, pero lo que le pasa es que está
enferma.
–¿Los vas a probar?– Se interesó Olga.
–Sí– se echó uno a la boca. –¡Hum!
Qué bueno.
–Ya te lo dije, Iker.
–¿Te gustan?–
Preguntó Olga.
–Sí me gustan mucho.
–Pues te haré siempre que quieras.
–Están muy buenos. Gracias– al tiempo que
le devolvía el paquetito de los rollos.
–Cómo. ¿No los quieres? Son para ti–
dijo José Luis.
–¿Todos para mí? Gracias– le dio un beso
y luego hizo lo mismo con Olga.
Un sentimiento emocionado invadió al
matrimonio.
–He vuelto a leer La Cabaña del Tío Tom.
–No me digas que estás leyendo de nuevo.
–Sí. Quiero escribir libros como tú–
comentó, echándose otro rollo a la boca.
José Luis y Olga no pudieron evitar
emocionarse de nuevo.
–Eso sería estupendo, Iker. Él escribe muy
bien.
–¿Tú me ayudarías a escribir?– le
consultó con voz melosa.
–Naturalmente que sí. Iker, me haría mucha
ilusión leer antes que nadie lo que hayas escrito.
–Vale– respondió ilusionado.
¿Tienes
que escribir algo para el colegio?
Sí.
–Sobre qué tenéis que escribir.
–Sobre lo que queramos, es un concurso de
redacción de todos los colegios. Pero no sé lo que escribir.
–Ya se te ocurrirá algo.
–Por qué no escribes la historia del Tío
Tom en este tiempo– le propuso Olga.
–Ahora no hay esclavos– repuso algo
desilusionado.
–Bien, pero si que hay personas que han
venido del extranjero y trabajan en lo que pueden– le animó José
Luis.
–¡Sí! Y puedo poner que los secuestran,
porque ahora no se venden las personas.
–Perfecto, Iker. Es una idea buenísima. Les
cambias los nombres a los personajes, si quieres, y ya está.
–Sí, eso haré. Me encerraré en mi
habitación y haré la redacción– añadió con cierta tristeza.
–Siguen chillando tus padres.
–Sí. Se riñen siempre. Y, a mí me da
mucha rabia.
–¿Se pegan también?
–No. Se chillan mucho y se dicen palabrotas
y mi hermana pequeña se pone a llorar y no le hacen caso. Yo cuando
estoy en casa la cojo y me la llevo a mi habitación. A ella también
le da rabia, por eso llora.
–Has de ser fuerte, Iker. Y ayudar a tu
hermanita. Haces muy bien al recogerla y llevártela a tu habitación
cuando gritan.
–Diles a tus padres que no se chillen
delante de vosotros– le sugirió Olga.
–Ya se lo digo que no me gusta que se riñan,
pero no me hacen caso. Me dicen: ¡tú cállate!
–Bueno, debes ser valiente. Y haz como te ha
dicho Olga. Es lo mejor.
–Ahora me tengo que marchar a casa.
¿Volveremos a vernos?
–Claro. Cuando tú quieras, Iker.
–¿El jueves también?
–Si a ti te parece bien, nos vemos el jueves
a la misma hora.
–Vale, hasta el jueves–. Y les dio otro
beso de despedida.
–Gracias, Iker. Hasta el jueves.
El matrimonio observaba como se alejaba Iker.
Se marchaba contento, silbando. José Luis y Olga se miraron sin
decir una sola palabra. A medida que se acercaba el día del jueves
crecía la ansiedad en el matrimonio, que no veían que llegara la
hora del encuentro con Iker. Olga por nada iba a renunciar a la cita,
a aquel crío lo llevaba en el corazón. Llegada la hora estaba el
matrimonio sentados en el banco de costumbre, miraban el reloj sin
cesar, algo de inquietud comenzaba a asomar en sus rostros, Olga no
lo disimulaba y trasladaba la preocupación a su esposo que pretendía
aparentar más insensible, aunque los nervios comenzaban a
traicionarle.
–¡José Luis! ¡Olga!– Gritaba Iker,
desde lejos, que llegaba corriendo con la mochila a cuestas.
–¡Gracias a Dios!– Irrumpió la mujer.
–<<¡Por fin!>>– Se dijo para
sí mismo José Luis.
–¡Hola!– Saludó jovial Iker, que
jadeaba. Dejó la mochila en el suelo y besó al matrimonio.
–Hola, Iker. Pensaba que ya no venías– le
dijo Olga, que había cambiado el semblante.
–He tardado porque a la salida del colegio
ha habido “bulla” entre dos chicas– se excusó.
–¿Se han reñido?– Consultó José Luis.
–Sí. Y se tiraban de los pelos. La más
gordita, de la que se reían, ha tirado al suelo a la jefa de la
pandilla que se ha ido llorando a su casa.
–No deberías meterte en las riñas. Es más,
deberías haber avisado a los profesores– le reprendió José Luis.
–Yo no me meto en las “bullas”. Pero si
aviso a los profesores me dicen chivato y vienen a por mí. No he
traído la redacción porque no la he terminado, al otro jueves ya la
traigo y la ves.
–De acuerdo, Iker. Entonces ¿la has
empezado?
–Sí, claro. He de marcharme ya, tengo que
quedarme con mi hermana, mi mamá ha de llevar a mi abuelita al
médico.
–Muy bien, Iker. Pero toma llévate esta
bolsita de rollitos para ti y para tu hermana– le tendió Olga.
–Muchas gracias–. Después de darles
sendos besos se marchó. –¡Adiós!.
–Adiós, Iker, respondieron al unísono.
–El próximo jueves te traeré una tarta de
chocolate– dijo Olga levantando la voz.
–¡Vale! ¡Hasta el jueves!
lunes, 13 de octubre de 2014
RELATO: RICARD
RICARD
Ricard iba de un lado a otro, sin reparar con
quien se cruzaba. A todos les había de decir alguna cosa o un
chascarrillo. Lo mismo tenía que ver con una persona mayor, ya fuera
hombre o mujer, que con un niño. Se reía hasta de su sombra. Jamás
se había molestado porque le hubieran dicho cualquier majadería o
grosería. Siempre tenía la respuesta adecuada para cada cual,
aunque no tuviera mucho o nada que ver con lo que le habían dicho.
Era un joven de mediana estatura, con una tripa incipiente, cabello
negro rizado, de ojos grandes y mirada lánguida.
Hacía recados a unos y otros, siempre de poca
importancia, por unas monedas con las que solía comprar helados o
chucherías. A veces, Ricard, se encontraba haciendo algún encargo,
cuando alguien le llamaba para pedirle que hiciera otro. En ocasiones
había hecho el que acababan de darle porque había olvidado el
primero que estaba realizando. Otras veces cambió el destinatario. A
pesar de los entuertos que organizaba de cuando en cuando, era muy
querido por todos sus vecinos.
Anselmo, “pescatero” del pueblo, a pesar
de su ligera calvicie conservaba perfectamente su atractivo, había
encargado a Ricard que llevara a su casa una bandeja con dos lubinas
para su mujer, así aprovecharía él para pasarse por la taberna y
tomar unas cervezas con los amigos.
–Ricard, dile a mi mujer que las prepare que
cuando yo llegue nos vamos a comer hasta la cola.
Caminaba Ricard canturreando, no se sabía
bien qué, con la bandeja de las lubinas en una mano y una moneda de
cien pesetas que le había dado Anselmo en la otra, bajo el sol
decadente de las ocho de la tarde. La calle estaba bien engalanada de
jazmineros, geranios, rosales..., se detuvo para oler una alhábega
en la ventana de casa de doña Venancia, que a sus cincuenta y cinco
años tenía muy buena presencia. Se encontraba en el vano de su
puerta regando dos hermosos geranios, le llamó y dio a Ricard un
recado para su hija y le alargó una moneda:
–Ricard, dile a mi hija que vienen a cenar
la tía Rosana y sus hijos, que les espero a ellos también, que
tienen muchas ganas de verlos.
Muy gustoso aceptó el encargo Ricard.
A continuación, Venancia, llamó a su yerno,
Policarpo, y le dijo que cenaban en su casa, que venía la tía
Rosana y su familia, y ya había avisado a su hija. Una vez acabada
la conversación con su yerno llamó a don Ramón, el cura, y le
invitó también.
Ricard no tardó en llegar a casa de Merche,
la hija de doña Venancia, que vivía al otro extremo de la calle, y
era la esposa del señor alcalde, quince años más joven que él.
Pasaba los treinta y tenía una vitalidad arrolladora, bella mujer,
de grandes ojos verdes, labios carnosos y una melena negra
ligeramente rizada. Sus movimientos de caderas embelesaban al más
pintado. En lugar de darle el recado de la madre, Ricard, le dio la
bandeja con las lubinas.
–De parte de Anselmo, que las prepares que
en cuanto llegue os vais a comer hasta la cola.
A pesar del estupor de la mujer, que pilló un
sofocón impresionante, más por si alguna vecina había podido
escuchar el comentario y sacar conclusiones erróneas, que por el
regalo en sí, Merche ni rechazó el regalo ni protestó, más bien
todo lo contrario. Se sintió alagada e invitó a Ricard a pasar a su
casa con el ánimo de sonsacarle. Le obsequió con una coca-cola,
que, éste, bebió con ansiedad; un golpe de tos por la acumulación
de los gases de la bebida puso a la mujer perdida, la bata ligera que
llevaba manchada de arriba abajo. En su afán de reparar lo que había
hecho, Ricard, sacó un pañuelo del bolsillo hecho un ovillo y lo
pasó por todo el cuerpo de la mujer, que no conseguía evitar que
Ricard la tocara, desinteresadamente, eso sí. Merche ante la
imposibilidad de detener a Ricard se dejó hacer, sintiendo un
cosquilleo placentero en algunos momentos e incomodándose, sin
exteriorizarlo, cuando Ricard decidió finalizar. Merche se
recomponía la bata entre excusas tratando de apagar su excitación.
–Eso
no se hace con la mujer del alcalde–
dijo.
Ricard se iba dando de pescozones calle abajo,
intentando a toda costa sacarse de la cabeza el haber manchado a
Merche, hasta que creyó recordar que tenía que darle un recado a la
mujer del “pescatero”.
Se encaminó hacia su casa y cuando la tuvo
delante le dijo:
–Socorro, me ha dicho Anselmo que van a
cenar en casa de doña Venancia.
–¿De doña Venancia?– Preguntó
incrédula.
–Sí. Sí, eso me ha dicho.
–Muchas gracias, Ricard.
Socorro era una mujer entrada en carnes, que
iba muy arreglada y perfumada hasta los pies, para ocultar el olor a
pescadilla de su marido; y todo temperamento. Ricard que andaba de
regreso pasó por el bar próximo a la pescadería de Anselmo, cuando
éste lo vio, le llamó.
–Tómate una cerveza, Ricard. ¿Le diste el
recado a mi mujer?
–Sí– dijo, al tiempo que se daba
pescozones. –Y..., me dijo que cenaban en casa de Merche que viene
su tía y sus sobrinos y tienen muchas ganas de verlos.
–¿En casa del alcalde?
–Sí.
–Bien. ¡Muy bien! Ahora mismo me voy para
allá.
Al poco tiempo se presentó Anselmo en casa
del alcalde y tras tocar en la puerta apareció Merche, con un salto
de cama de tul, color turquesa y le invitó a pasar.
–¿No ha llegado mi mujer?– Preguntó, al
tiempo que se secaba el sudor con la mano.
–¿Tú mujer? No. No ha llegado.
–Ah, pues muy bien.
–Claro y tan bien. ¿Un vinito?– Le
propuso Merche que le invitó a sentarse a la mesa.
–Venga, tomaremos un vinito.
Un buen plato de quisquilla acompañado de
unos cuantos vinos de moscatel seco, de la Marina Alta, muy frío y
elaborado en una pequeña bodega propiedad del señor alcalde, entonó
la cena.
–¡Nos vamos a comer hasta la cola!– Dijo
con picardía Merche al colocar una gran bandeja con las lubinas
abiertas y excelentemente condimentadas en el centro de la mesa.
«¡La madre que lo parió! Menuda metedura de
pata de Ricard. ¡Bendita sea!» se dijo Anselmo.
La bandeja quedó limpia como una patena, sólo
las colas delataban que antes había exquisito pescado en ella.
Habían rebañado hasta el aceite.
–No nos hemos comido las colas– ironizó
Anselmo.
–Eso después– le respondió Merche,
picarona, mientras se comían con los ojos.
Entre tanto, el alcalde, don Policarpo, tocó
el timbre de casa de su suegra y le saludó con dos besos. Era un
apuesto hombre maduro que ya pintaba canas, alto, delgado y muy
admirado por las mujeres.
–¿No ha llegado Merche?
–No, Policarpo, no ha llegado todavía. El
que está en el salón es el señor cura.
Es
al único que no se le hace tarde cuando es para comer
susurró el alcalde a su suegra. –¿Qué tal, don Ramón?– Saludó
el alcalde tendiéndole la mano.
–Muy bien, Policarpo, muy bien.
–¿Un vino, don Ramón? Mi suegra tiene un
vino excepcional, ahora verá.
A poco apareció con una botella de vino tinto
de crianza, que proveía él mismo, y tres copas. Don Ramón,
sacerdote chapado a la antigua, bajito, regordete, de mofletes
sonrosados, siempre vestía con sotana y alzacuellos. Muy
dicharachero, buen catador de vinos y mejor comilón.
–Pruebe, don Ramón, pruebe– le sugirió
el alcalde.
–Está muy bueno, efectivamente.
–Este vino es de cosecha propia.
Iban por la segunda copa cuando tocaron al
timbre de la puerta. Doña Venancia salió a abrir.
–Hola..., Socorro.
–Hola, Venancia. Muchas gracias por la
invitación– le dijo mientras se encaminaba hacia el salón. –No
sabes las ganas que tengo de saludar a tu hermana.
–¿Ah, sí? Pues si os llevabais a matar. No
sabía que erais tan amigas.
–No tardará en llegar mi marido–
dijo dando un respingo.
–Claro..., tu marido
dijo Venancia incrédula.
Era un salón amplio con vetustos muebles de
época, pero muy bien conservados, un sofá y dos sillones con brazos
de madera vista torneada, con tapizado de terciopelo rojo y unos
tapetes reposa cabezas blancos de ganchillo. Una lámpara de ocho
brazos con grandes tulipas en el centro del salón emitía una luz
atenuada por la decoración. Bajo de la lámpara una hermosa mesa con
dos grandes pies torneados hacía juego con las paredes recubiertas
de madera de roble oscuro, con dos quinqués a juego en uno de los
lados, y en el otro un gran cuadro del mar con oleaje bajo un cielo
gris. En el otro costado un gran ventanal por el que se accedía a un
balcón, desde el que se contemplaban unos montes cubiertos de
esparto y algún que otro pino y desde los pies del monte hasta la
casa huertos de naranjos. Un agradable olor a azahar se filtraba por
el ventanal entreabierto.
–Hola Policarpo, ¿cómo estás?
–Muy bien, Socorro. Pero no mejor que tú–
correspondió el alcalde.
Socorro hizo un giro coquetón. Llevaba un
vestido negro que le quedaba ajustado, con estampados grandes en
tonos rosas y la media melena suelta.
–Y, ¿usted don Ramón?
–Bien, muy bien, también. Gracias. Casi
también como el señor alcalde.
Policarpo ya llegaba con una nueva botella y
una copa y volvió a escanciar vino. Doña Venancia le seguía con un
plato colmado de jamón serrano.
–Hum. Está muy bueno– dijo Socorro,
después de un buen trago.
–¡Es Sangre de Cristo!– bromeó don
Ramón.
–Don Ramón que se va usted por las ramas–
advirtió Policarpo.
–Sí, me parece que la “Sangre de Cristo”
les ha sacado los colores– apuntilló Socorro, entre risas.
–No hagas caso Socorro– dijo el alcalde,
al tiempo que servía otra ronda de vino.
Una llamada de teléfono acabó con las
carcajadas del momento.
–Mi hermana, no puede venir– anunció a
los asistentes. –Se les ha estropeado el coche. Espero que Merche
no tarde.
–Pues sí. Yo ya tengo hambre– reconoció
su yerno.
–Bueno, la espera no está siendo
desagradable– admitió el cura que tiraba la mano al plato de
jamón.
Una nueva botella de vino se colocó sobre la
mesa y una ronda más inhibió a los comensales de los pocos
prejuicios que aún les quedaban. Doña Venancia y Socorro sirvieron
la cena: unos entrantes y codillos de cordero al horno que estaban
para chuparse los dedos. Ya no se acordaban si faltaba Merche ni la
hermana de doña Venancia... Como colofón a la suculenta cena unos
orujos de hierbas, de café y de miel acabaron por poner la guinda.
Un poco de música a ritmo de paso-dobles hizo bailar hasta a don
Ramón. El alcalde y Socorro bailaban exagerando los movimientos,
algún traspié que otro se intercalaba en el baile chocándose unos
con otros, lo que provocaba las risas de todos. Don Ramón que se
contoneaba como podía con doña Venancia, se había desprovisto del
alzacuellos y se había desabrochado la sotana hasta la mitad del
pecho. La velada se alargó mientras quedó vino.
Don Ramón se despertó en la madrugada en la
cama con doña Venancia. Socorro y el alcalde dormían en fenomenal
revuelto de cama en una habitación contigua. En el intento de salir
apresuradamente del lecho, don Ramón, se enredó entre las sábanas
y tiró al suelo la lámpara de la mesita de noche y despertó al
resto que se levantaron con la mayor brevedad de que fueron capaces
y sin mediar una palabra siquiera.
Don Ramón salió de casa de doña Venancia
con cierta cautela, y se tropezó de bruces con Ricard.
–Ha madrugado don Ramón.
–Sí, hijo mío. Las obligaciones... Doña
Venancia que se encontraba mal y he venido a ver que tal estaba.
–Voy a verla...
–No. No. No hace falta, ya se encuentra
mucho mejor.
–Mi padre dice que en este tiempo de
primavera, se quitan la ropa y se resfrían.
–Sí... Claro, hijo, es el tiempo, la
humedad...
No había terminado el comentario cuando
salieron Socorro y el alcalde.
–¿Está mal doña Venancia?– Se apresuró
Ricard a preguntar al alcalde.
–¿Mal doña Venancia...?– Le hizo un
gesto don Ramón. –Ah, sí, le duele un poco la cabeza, Ricard,
pero nada más.
–Socorro, ¿también le duele a usted la
cabeza?– Le consultó Ricard.
–No, a mí no me duele nada– respondió al
tiempo que se ponía colorada.
En ese momento se oía cantar a doña
Venancia.
–Ves, Ricard, como no le pasaba nada– dijo
el alcalde.
–Sí, está contenta.
Don Ramón se despedía de Socorro y Policarpo
que se iban para sus casas y les cogía en la misma dirección,
cuando le advirtió Ricard:
–Padre, lleva mal abrochada la sotana.
El cura pilló un gran sofocón. Angustiado,
no acertaba a ver como se había abrochado los botones.
–Qué indiscreto eres, Ricard. Por un botón
de nada..., que ahora no me puedo abrochar. Está mal abrochado el
primero...
–Mi padre me enseñó que suelta el que está
mal y lo sube y ya puede abrochar los otros bien– al tiempo que le
desabrochó el que estaba mal.
Don Ramón en su precipitación por retirarle
las manos a Ricard, no pudo evitar que le cayera el alzacuellos al
suelo, y quedó a la vista la etiqueta de la camiseta.
–¡Hay que ver, Ricard...!
–Bueno, don Ramón, que nos vamos, no vaya y
le desnude– ironizó el alcalde.
Don Ramón se despidió de Ricard, que
continuó con su paseo matinal propinándose algún cachete de cuando
en cuando.
Esa misma tarde, en casa de doña Virtudes,
muy cristiana ella, acudía todos los domingos a la Iglesia a oír
misa de doce, se celebró una reunión de la catequesis, junto al
señor cura y a otras compañeras, entre las que se encontraban doña
Venancia, Socorro y Merche. Eran reuniones que se hacían en casas
particulares muy a menudo. A muchas de estas reuniones acudía Ricard
a degustar las pastas o pasteles o cualquier otra vianda, que siempre
las había. Estando disertando unos y otras distendidamente, comentó
Ricard:
–El padre Ramón se ha comido un coñito.
Al cura le salió una polvareda de la boca del
polvorón estepeño que estaba comiendo, al tiempo que su cara
atocinada parecía un tomate. Las mujeres quedaron impávidas. Doña
Venancia y Socorro se miraron, Merche se cubría la cara con el
abanico. Las mujeres se movían incómodas en sus asientos mirando de
soslayo al señor párroco, que seguía sin poder hablar, «¡Santo
Dios!, cómo se habrá enterado el cabrito este» pensó don Ramón.
Un silencio sepulcral acompañaba la desolación del señor cura que
no podía hablar al haberse atragantado.
–¿Cómo se lo comió? Ricard– Se atrevió
a consultar doña Virtudes, reflejando cierto pavor en el rostro.
Doña Venancia que le vino un acaloramiento
tremendo salió de la sala aduciendo que iba al baño, Socorro que
igualmente le salieron los colores permaneció en su silla con la
vista baja.
–Le mordía y le metió la lengua–
respondió espontáneamente.
La indignación se reflejaba en las caras de
las señoras, que comenzaron a hacer aspavientos y moverse incómodas
en las sillas. Socorro que ya no podía con la presión anunció que
también iba al baño.
–Y ¿cuándo fue eso, Ricard?–
Volvió a preguntar doña Virtudes.
–Ayer.
–¿Antes o después de la misa?
–Antes.
Ante las respuestas de Ricard, don Ramón se
retorcía en su silla lleno de ira y más rojo que un pimiento
morrón, y sin poder pronunciar palabra. Entre tanto las dos mujeres
que habían ido al baño se preguntaban como podía haberse enterado
Ricard, echándole la culpa doña Venancia a su vecina que decía le
tenía mucha envidia. Decidieron confesar ante las demás su desliz.
–Y, Ricard ¿estabais solos cuando se comió
el “coñito”?– Interrogó doña Virtudes, nuevamente, con un
poco de retintín.
–No.
En ese momento llegaban doña Venancia y
Socorro dispuestas a confesar su falta. Mientras seguía el
interrogatorio a Ricard.
–Y tú, ¿también te lo comiste?
–Sí.
–¿Cómo...?– Le volvió a preguntar,
asombrada y con elocuente malhumor.
–Yo me lo comí a bocaditos chiquititos–
señalaba con los dedos.
–¡Santísima Trinidad!– Exclamaron
algunas de las señoras.
Doña Venancia y Socorro se miraron
contrariadas, pensaba cada una de ellas que don Ramón había estado
con la otra. Un respiro de alivió permitió hablar al señor cura,
que parecía que iba a explotar en cualquier momento.
–Señoras, he de decir que los “coñitos”
son unos postres dulces, pequeños y redondeados, que me obsequió
doña Rosario, la esposa de don Jacinto, que en algún punto están
huecos por dentro..., a los que invité a este desdichado y a Joaquín
el sacristán, que también estaba en la casa parroquial.
–¡Bendito sea Dios!– Respondieron todas
las mujeres, recomponiéndose en sus asientos.
Una risa irónica de doña Venancia y de
Socorro que todavía permanecían de pie, hizo que se volvieran todas
las señoras presentes; al mismo tiempo cruzaron unas miradas
cómplices con don Ramón que propinaba unos pescozones cariñosos a
Ricard.
POEMA: A LA MUJER QUE SIEMPRE AMÉ
A LA MUJER QUE SIEMPRE AMÉ
Hace ya muchos años que verte quiero
tus rizos caracoleando con el viento,
tus pequeños ojos y tus labios tiernos
para silentes susurrarme ¡te quiero!
Y quisiera ser yo ese dulce viento
que contempla y acaricia tu figura
sobre tu lecho, inerte, desnuda,
porque enloquecer y morir me siento.
Como gota de agua ser quisiera
para correr tu cuerpo sin mesura,
besar tu piel como sublime tortura
y volver a la eterna primavera.
También quisiera ser rayo de luna
y que penetrara por tu ventana
para llegar al fondo de tu entraña
y que parieras nuestra gran fortuna.
Para siempre quisiera tu hermosura
contemplar, tu terso y redondo seno
libar y oprimiendo contra mi seno
sentir junto a mi tu dulce ternura.
Me juraste amor, tu mejor veneno,
me sacié y lentamente fui muriendo
entre las mas bellas ninfas, queriendo
jurarte, también yo, amor eterno.
Constantino Yánez Villaescusa
miércoles, 8 de octubre de 2014
RELATO: EL BOSQUE NOS COBIJA
EL BOSQUE QUE NOS COBIJA
Una ardilla, vivaracha ella, andaba
preocupada, muy preocupada. No se atrevía a bajar de los árboles,
como antes solía hacer en el bosque en el que habitaba junto a otros
tantos animales. Se acercó lo más que pudo al principio del bosque
en donde el olor a madera era muy intenso, en momentos se mezclaba
con el olor del gasoil. Para su estupor, observó como los árboles,
muchos de ellos centenarios, estaban desparramados por el suelo.
Mientras las excavadoras trabajaban sin cesar en medio del estridor
de sus cadenas; unas motosierras pequeñas limpiaban los troncos de
ramas que iban amontonando, otras más grandes talaban por su base
los pinos, abedules, robles... Las grúas cargaban los camiones que
transportaban los troncos hasta la orilla del río. Se acababa el
invierno y tenían que aprovechar la paralización de la sabía para
cortar la arboleda. Sólo en las cumbres se podía ver aún la nieve.
Los gancheros se encargaban de su traslado hasta la serrería a unos
quince kilómetros más abajo. Un manto de troncos que cubría el río
se deslizaba suavemente. Por la maderada caminaban en muchos momentos
los gancheros con sus pértigas de unos dos metros de largo con un
pincho y un gancho en la punta. Guardaban la dirección de los
troncos para que no quedaran atascados: con el pincho empujaban los
troncos y con el gancho los atraían si había que corregir el rumbo.
Sólo los tocones que salían un palmo del
suelo parecían denunciar con sus lágrimas de resina aún
endurecida, que antes hubo un hermoso bosque.
El
capataz, un tipo rudo, de ojos negros y mirada inquisidora, tenía un
parpado caído que casi le cerraba el ojo izquierdo; la nariz ancha y
achatada denotaba su afición al boxeo, con los hombros cuadrados
como un armario y un bigote espeso, gritaba y daba órdenes sin ton
ni son. Escupía incesantemente por entre el hueco del incisivo
central, que perdió en su juventud:
–Vamos holgazanes, quiero ver la ladera más
limpia que una patena.
Centenares de operarios subidos unos en sus
máquinas y otros cargados con motosierras, se afanaban en cumplir
sus órdenes.
Mientras se retiraba, la ardilla, pensaba en
cómo parar aquella masacre que estaban cometiendo y decidió reunir
a los animales para entre todos tomar alguna decisión con la que
parar la destrucción del bosque. Un viento ligero, húmedo, acercaba
unas nubes amenazantes. «Si lloviera intensamente nos podría ayudar
mucho» pensó. Corría de rama en rama, de árbol en árbol, para
avisar a todo el que veía e incitarles a que, a su vez, corrieran la
voz.
Llegado el momento, se concentró en el plano
una cantidad ingente de animales de las mas variadas especies: Lobos,
ciervos, ardillas, conejos, palomas, pájaros, gusanos, osos...
Subida sobre una rama, desde la que divisaba a todos los reunidos, la
ardilla, se dispuso a llamar la atención de todos los animales, que
hablaban entre sí.
–Escuchad. Escuchad. ¡Escuchadme!– Gritó.
Enmudecieron todos sorprendidos. –Sabéis que nos estamos viendo
amenazados con la tala de tanta arboleda. Estamos en serio peligro...
–Pero qué dices– le interrumpió un lobo.
–Para que acaben con el bosque necesitarán muchos, muchos días.
–Eso no significa que no lleguen a acabar
con él– replicó la ardilla, molesta por la interrupción. –Y
deberíamos anticiparnos...
–Y para eso nos hemos reunido aquí–
volvió a interrumpirle el mismo lobo.
–Sí, efectivamente, nos hemos reunido
porque debemos hacer algo para evitar que eso llegue a suceder–. El
comentario de la ardilla fue correspondido con un murmullo de
asentimiento del resto de animales.
–Y qué vais a hacer, ¿ir a darles un
susto, todos juntos? Ja,ja,ja.– Insistió el lobo, despectivo.
La irritación de la ardilla era absoluta, no
podía entender como alguien fuera capaz de despreciar el peligro que
se cernía sobre todos ellos. Pero lejos de demostrarlo, en lugar de
recriminarle utilizó la estrategia de la adulación.
–No se trata de darles un susto, sino de
impedirles que acaben con todos nosotros– replicó la ardilla.
–Vosotros sois fuertes, rápidos y valerosos, podríais conseguir
distraerlos mientras los demás boicoteamos la maquinaria y
herramientas para que no las puedan utilizar– acabó sugiriendo la
ardilla.
–Eso me parece bien– apuntó el lobo,
altanero. –Aunque lo que pretendes no hará más que retrasar su
trabajo. Y, qué sugieres.
–¡Bien!– Susurró la ardilla. –Creo que
sería conveniente que os acercarais a los empleados y al salir
detrás de vosotros, el resto pondríamos piñas y piedras en la
maquinaria de motor y tierra con un poco de resina en las
herramientas de mano, tantas veces como haga falta. Eso, salvo que se
os ocurra algo mejor.
–¡Hum! Bueno no está mal la idea,
partiendo de una ardilla...– aceptó el lobo.
Llegada la tarde cuando estaban en plena faena
los obreros aparecieron los lobos, sigilosos, cual formación militar
dispuestos a atacar, causando el pánico entre los hombres, que
retrocedieron; el capataz los increpó:
–¡Vamos atajo de señoritas! Coged esos
vehículos ligeros y salir tras los lobos y ahuyentarles. O seréis
vosotros quienes corráis con el rabo entre las piernas– para
escupir a continuación.
Momento que aprovecharon el resto de los
animales para llevar a cabo el plan previsto. Introdujeron piñas y
piedras en los tubos de escape de las retro-excavadoras y de la grúa
e impregnaron las herramientas de mano, motosierras, carretillas,
hachas, azadas..., con la tierra y la poca resina de los pinos que
pudieron conseguir. Después de varias escaramuzas en las que los
lobos huían en todas direcciones, los empleados volvieron
satisfechos porque habían hecho desaparecer a las alimañas.
–¡Mierda!– Gritó uno de los obreros al
coger una motosierra, lo que hizo que se giraran sus compañeros.
–¿Qué te pasa, ahora? ¡Maldita sea!– Le
gritó el capataz.
–La motosierra está llena de resina.
–¡Qué asco!– Vociferó otro más allá.
–Ésta también está impregnada de resina.
La azada también. Y la carretilla–,
gritaron al unísono otros dos.
–La excavadora no arranca–. Protestaba el
maquinista mientras lo intentaba incesantemente.
Entre tanto el capataz, rojo de ira, iba de un
lado a otro maldiciendo al tiempo que escupía por el hueco del
diente que le faltaba.
–¡Maldita sea vuestra estampa! No quiero
ver un animal más a un kilómetro a la redonda. Vamos, ¡cabrones!,
a qué esperáis para limpiar las herramientas, no tenemos toda la
tarde.
Otra excavadora, una grúa y dos camiones
tampoco arrancaban, los chóferes se veían incapaces de poner sus
motores en marcha.
–Vosotros, los de los camiones, ¡atajo de
inútiles!, arrancad esos camiones o les vais a empujar con los
cuernos.
Comenzaba a caer la tarde y no habían
conseguido derribar un solo árbol más. Acabada la jornada subieron
los obreros a los camiones para regresar a sus casas, entre los
continuos insultos del capataz. Desde el interior del bosque eran
observados por los animales, que se felicitaban unos a otros porque
habían conseguido que esa tarde no se talaran mas árboles, todos
comentaban felices el caos creado entre los operarios. Cuando se
marcharon los humanos se reunieron en el plano los animales que
llevaban en volandas a la ardilla.
–No ha estado mal, eh– comentó el lobo.
–He de reconocer que has estado brillante. Pero mañana volverán,
y qué haremos entonces– urgió a la ardilla.
–No lo sé– respondió con cierta
desolación. Pero estoy segura que entre todos encontraremos otros
medios de paralizar a las máquinas y las personas. Seguro que tú ya
has pensado alguna cosa al respecto– comentó, de nuevo, en tono
adulador.
–Bien..., bueno, sí, pero he de madurar un
poco más la idea– se excusó el lobo, que se vio en un aprieto
ante el resto de los animales.
A la mañana siguiente, apenas había
despuntado el día, se encontraban los obreros dispuestos a iniciar
la jornada. Los gritos del capataz hicieron que los pájaros
levantaran el vuelo y buscaran unas ramas más seguras. Las
excavadoras y el resto de maquinaria que habían sido cubiertas con
lonas, fueron descubiertas y cada cual cogió la que le correspondía.
Tras varios intentos de arrancar una de las excavadoras, soltó un
pistonazo y expulsó una piña de dentro del tubo de escape.
–¡Malditos animales!– Gritaba como un
energúmeno el capataz. –Revisad los tubos de escape de todos los
vehículos y empecemos a trabajar de una vez. Si aparece un animal
más por aquí quiero su pellejo colgado en la pala de la excavadora,
¡malditos seáis! ¡A trabajar!– Volvió a escupir.
De nuevo aquel ruido infernal volvió a
invadir la paz del lugar. El ir y venir de la maquinaria era
incesante y los gritos e insultos, entre escupitajos del capataz, un
ritual. El cielo amaneció cubierto, unas nubes negras amenazaban
lluvia, y los pájaros se encontraban alborotados. La ardilla se
frotaba las manos ante la posibilidad de que esas lluvias, que seguro
iban a caer, fueran intensas. Los operarios tomaron el trabajo donde
se quedó el día anterior, reprendidos incesantemente por el
capataz. A penas si llevaban una hora de trabajo y comenzó a llover,
para a los pocos minutos tornarse en un agua torrencial que les
obligó a cesar en el trabajo. Los operarios se cubrieron con las
lonas y dejaron las herramientas al lado de los camiones. La ladera
del monte pronto empezó a escupir agua como nunca se había visto.
Una impresionante riada acabó arrastrando las herramientas y las
motosierras, que junto a los troncos de los árboles cortados se
perdieron de vista ante la mirada atónita del capataz, quien subido
a la grúa, maldecía su suerte. Los gancheros que se encontraban en
la orilla del río se protegieron con sus chubasqueros bajo la
arboleda, sobre un pequeño alcor próximo. Mientras observaban como
se zambullían en el río las herramientas, muchas de ellas
destrozadas, junto a troncos y ramas que bajaban volteando velozmente
ladera abajo. No tardó en llegar la crecida del río.
Después de dos días de intensas lluvias
amaneció una mañana espléndida. El sol radiante presagiaba lo peor
para el bosque. Un barrizal enorme y una impresionante crecida del
río se habían aliado con los animales. La ardilla se encontraba
sobre las ramas del pino desde el que se dirigió a sus compañeros
del bosque y no mordisqueaba ninguna piña, con sus pequeñas manos
colocadas sobre el mentón pensaba qué otras medidas de contención
podrían adoptar, pero no se le ocurría ninguna. Al poco tiempo se
percató de que se había llenado el plano y todos los animales, en
silencio, la observaban. Aquello le emocionó.
–¿Qué haremos si vuelven?– Consultó un
gran oso a la ardilla.
–No lo sé– reconoció abatida.
–Si vuelven utilizaremos la misma estrategia
del otro día– propuso el lobo. –Pero en esta ocasión que
sean los osos los primeros en provocarlos.
–No puede ser– dijo la ardilla. –Pero,
sí, es buena idea– alentó al lobo. –Sólo que deberíais ser
vosotros los lobos los primeros en incordiarlos, sois mucho más
rápidos que los osos y los camiones corren mucho y los alcanzarían;
y a continuación ellos, porque los hombres se habrán prevenido y no
abandonarán tan fácil sus utensilios, al menos hasta que vean a los
osos; y el resto iremos inmediatamente después para boicotear las
máquinas y herramientas una vez más. Has tenido una gran idea–
felicitó al lobo, que se enorgullecía al ser correspondido por
todos.
Comenzaron a desperdigarse todos los animales
integrándose de nuevo en el bosque, más lentamente que de
costumbre, comentando entre ellos. La ardilla que permanecía en la
misma rama, observaba con evidente tristeza la marcha de sus
compañeros. Pero de pronto, decidió saltar de rama en rama, bajaba
y volvía a subir a los árboles y de nuevo saltaba por entre las
ramas, el resto de los animales que la vieron, sorprendidos,
decidieron hacer lo que cada cual hacía antes de aparecer los
hombres. La ardilla finalmente subió a la rama más alta de todos
los árboles, desde donde divisaba todo el bosque, y se recreó en el
paisaje.
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