COMPRAR EL LIBRO

lunes, 5 de agosto de 2013

DIASPORA SUBSAHARIANA IV




Suerte huidiza que indolentes aceptan, 
impertérritos continúan su viaje                        
por los senderos que la vida estrecha                
a osados a partir sin equipaje.               
   
A medida que se acercan al norte                      
su color negro extraño le contemplan,              
a veces desahuciados; en consorte                    
con la guadaña sus rodillas doblan.      
               
Por tantas policías extorsionados,         
devueltos hacia la última frontera,                    
de nuevo buscan su objetivo, dados                 
a lozanos sueños mientras esperan.                               

Atraviesan las puertas del infierno,                  
los satanes lémures allí quedaron,                     
mientras, fuera de su arrullo fraterno,
contemplando tierra europea lloraron.                                       
        *                      *                      *   

domingo, 28 de julio de 2013

EL PLACER DE VIAJAR




—¡Hola! ¡Buenas tardes!
—Buenas tardes. “Usté” dirá—, respondió un muchacho con un mono azul, sin mangas.
—Por favor. Necesito que me llene el depósito de gasolina.
—Señora, es autoservicio… Pero es igual, se lo llenaré yo. Me ha ”caío” usté bien.
—Gracias. Muy amable.
—No es “amabilidá”, señora, Es que ahora no tengo mucho jaleo. Si hubiera más coches no podría servirle yo la gasolina, tendría que haberse “servio” usté.
—De todas formas, muchas gracias. Aunque por aquí no parece que pasen muchos coches…
—No crea. Según la hora. En las horas que van y vienen del trabajo si hay más movimiento.
—Se lo decía porque tiene usted dos surtidores y parecen bastante viejos.
—Lo son, lo son. Del año 67. Yo no había nacio “niaún”. Y a lo mejor usté tampoco.
—Ya quisiera yo. Yo nací dos años antes.
—Entonces ¿cuántos años tiene usté?
—Pues si estamos en el 2005, calcule usted.
—Yo es que de cabeza, me cuesta un poco. Bueno, no sé. Tendría que coger un “boli” y aquí no tengo.
—Tengo cuarenta años.
—Está usté nerviosa. Pare de moverse un poco. Le va a dar algo.
—Es que tengo prisa, no estoy nerviosa—, le dijo al muchacho mientras movía la cabeza con gesto de resignación.
—Va un poco lento, pero es muy exacto, ¿sabe usté? Y, ¿A dónde va usté por estos parajes? Porque usté no ha “venio” por aquí nunca.
—No. Es la primera vez que vengo. Me han dicho que por esta carretera llego a Carrerizo de la Sierra. ¿Sabe usted dónde está?
—Donde Cristo perdió la boina, señora. ¿A qué puede ir una mujer como usté a un pueblucho como ése? Señora no me hable de usté, que me hace un viejo.
—Está bien. ¿Le queda mucho al surtidor? Llevas una mancha negra en la barbilla, donde el hoyuelo.
—¡Toma! Si estuviera haciendo pasteles me mancharía de merengue. Son “ganjes” del oficio, señora.
—Eres muy simpático. ¿Cómo te llamas?
—Pedro. ¿Y usté?
—Edurne.
—Edurne. ¿Qué nombre es ese?
—Significa, nieve, pureza, blancura. Me puedes decir por dónde debo ir para llegar a Carrerizo.
—¿A Carrerizo del Río o de la Sierra?
—¡Carai! ¿Es que hay dos Carrerizos?
—Claro, señora Edurne. Carrerizo del Río y Carrerizo de la Sierra.
—Carrerizo de la Sierra.
—Pues es muy fácil, señora…
—Por favor, tutéame. No me digas más veces señora.
—¡Vale! ¡Vale! Ve como sí que está nerviosa, bueno, estás nerviosa—, enfatizó. —Mi jefe dice que no hable mucho con los clientes. Pero es como yo le digo: es que los gatos no me contestan—, le dijo mientras la máquina hizo un ronroneo.
—¿Se ha estropeado el surtidor?
—No. Qué va. Eso es el freno de la máquina. Lo hace cuando se para—, comentó, al tiempo que colgaba la manguera al costado del surtidor.
—Qué te debo, Pedro.
—Pues, veinticinco euros.
—Toma.
—Aquí no tengo cambio de cincuenta. Vamos a la oficina. ¿No quieres nada de la tienda?— Le sugirió, al tiempo que se encaminaban hacia ella. —Pasa Edurne.
—Gracias—. Se detuvo al darse de bruces con la puerta de cristal que no se abrió.
—Espera. Es que esta puerta hay que empentarla no se abre ella sola—, le dijo al tiempo que empujaba la hoja de la puerta y entraba él delante.
—Venga. Dame una botella de agua—, le pidió complaciente.
—No quieres una cervecita, Edurne, te convido yo. Es que me has “caío” bien, sabes. Hasta dentro de una hora larga, no viene por aquí ni Dios, y ya lo he “limpiao” todo.
—Vamos a tomar una cervecita.
—¿Cuala quieres. Mahou, San Miguel, Amstel?
—¿Qué más dará? Una. La que tú quieras.
—Pues la Cruz Campo, que me gusta a mí.
—Me vas a decir por donde he de ir a Carrerizo de la Sierra.
—Pues claro. Pero que prisas tienes. Edurne tómate la cerveza y después te lo digo, mujer. Si es muy fácil. Y, ¿tú de que trabajas?
—De profesora en la Universidad.
—¡Anda, mi madre! Ya decía yo que te veía muy “refiná”. Yo soy un poco burro, sabes. Pero no engaño a nadie. Hace calor, eh—, dijo el muchacho pasándose un  pañuelo lleno de grasa que sacó del bolsillo.
—Sí. Hace mucho calor, ya es medio día—, admitió, moviéndose la blusa de atrás a delante, lo que provocó que se le desabrochara el botón y quedara el pecho casi al descubierto.
—¡Vaya! Edurne qué tetas.
—Disculpa Pedro. Se me ha desabrochado el botón de la blusa…
—No, no. Si tú estás “disculpá”. Pero que no hace falta que te lo abroches, si tienes calor, a mí no me importa. Mira yo también me desabrocho—, se bajó la cremallera del mono y quedo parte del pecho al aire.
—Apenas tienes pelo en el pecho.
—Pues tú aún tienes menos que yo.
Edurne se abrió la blusa como en un acto reflejo y se miró el canalillo, comprobando que efectivamente no tenía pelo, como si no conociera su cuerpo.
—Ves como no tienes pelos—, al tiempo que le pasó la palma de la mano por el centro del pecho.
—¡Pedro!
—No hagas caso Edurne, si eso no es “na”. Mira toca tú—, y se abrió el mono todo lo que pudo.
—Estás sudoroso, Pedro—, le dijo pasándole la mano por el pecho, de un lado a otro.
—Y más que voy a sudar.
—¡Anda!, tonto.
—Que si Edurne. Que me estoy poniendo burrucho. Es que a mí nunca me ha “tocao” una mujer tan guapa como tú.
—No me lo creo. Eres un chico muy apuesto y muy simpático—, Edurne notó, para su sorpresa, que se sentía excitada.
—Con la Jero, sólo, pero na. Ven—, le dijo abriendo la puerta del almacén.
—Oye, igual viene alguien.
—Aquí. Ni Dios, no te lo digo yo—, al mismo tiempo que le cogía el pecho con la mano.
—Espera un momento—, se desabrochó la blusa completamente y se sacó el faldón de entre la falda estrecha que le marcaba las caderas.
—Vaya un cuerpo tienes—, le decía Pedro, mientras besaba sus pechos.
—Pedro, lo que tienes ahí—, le echó la mano a la bragueta.
—Todo pa ti—, al tiempo que intentaba subirle la falda, pero le fue imposible.
—Espera—, se desabrochó la falda por atrás y la dejó caer al suelo con movimientos ligeros de las piernas. Ya iba a quitarse la braguita minúscula que llevaba.
—Déjame a mí—, apenas descubierto su pubis se lanzó ávido, como águila en pos de su presa y le introdujo la lengua. —Espera, espera, yo te la quito—, Edurne se inclinaba para bajar más la braguita con algo de precipitación.
—Déjame ahora a mí, Pedro—, le dijo Edurne jadeante, que se atracó de Pedro en la boca.
—¡Joer! ¡Joer!— Pedro no acertaba a decir nada más.
—Échate sobre la mesa—, la había cubierto con el papel de una bobina.
Edurne jadeaba mientras el muchacho ponía todo su empeño en las acometidas. Pedro no cesaba de mirar el cuerpo desnudo de Edurne. Y le asombraba los jadeos de ella, que casi llegaban a alaridos. Así estuvieron forcejeando durante más de diez minutos.
Sus cuerpos empapados quedaron inmóviles, y la respiración agitada. Cruzaron miradas cómplices…
—Ves como iba a sudar mucho más—, le dijo Pedro, al poco de reponerse.       —Ahora ponte a trabajar. De buena gana echaba un sueño.
—A mí también me gustaría echar un sueño, Pedro. ¿Hay toalla en el baño?
—Sí.
En ese momento en la cara de Pedro se reflejó una gran decepción: sobre la mesa en la que se echó Edurne, sobresalía, entre el papel roto, una llave inglesa. Pedro se miró su miembro incrédulo, para cruzar una mirada después con ella.
—Voy a lavarme y quitarme el sudor—, comentó Edurne con una amplía sonrisa pícara y le pasó la mano por la mejilla. —No te preocupes.
—Edurne, me tiemblan las piernas, pero lo haría otra vez.
—¡Otra vez! No puede ser… ¿Me vas a decir ahora por dónde ir a Carrerizo de la Sierra?
—Claro. Sigue esta carretera y te meterás dentro del pueblo, pero estate atenta porque si no, te saldrás.
—He de seguir esta carretera…, y ¿ya está?
—Pues claro. Ya te había dicho que era muy fácil, Edurne.
—Gracias, Pedro—, y le dio un beso.
—Cuando vuelvas, te convido a otra cerveza—, le dijo socarrón.
—No sé, Pedro, si volveré por aquí.
—Sí. Sí. Volverás por aquí.
—¿Es que no hay otra carretera?
—Para volver a la Universidá no.
—Bueno, si no hay gente igual te veo cuando vuelva.

Apenas había pasado la hora de la siesta, cuando llegó Edurne de regreso a la gasolinera.
—Hola Pedro. Qué calor hace. Tú estás bien, ahí sentado.
—Ahora no se puede andar por afuera. ¿Quieres una cerveza, o un refresco?
—No. Después—, le contestó Edurne abriendo la puerta del almacén.

viernes, 19 de julio de 2013

¡BASTA YA!




         ¡Qué triste espectáculo! Nuestros políticos enzarzados en sacarse los colores unos a otros, claro qué, de los únicos colores que se pueden desprender son los políticos, porque de los otros dan la sensación de ser daltónicos. No hace mucho tiempo, decíamos que nos salpicaba éste o aquel “asuntillo”, que por otra parte nos esforzábamos por justificar por aquello de la picaresca. Tan arraigada, por otra parte, a nuestras vidas desde antaño. Pero lo de ahora…, lo de ahora ya se pasa de castaño oscuro. 
           
            La corrupción no deja de ser sinónimo de política, por mucho que se esfuercen algunos procuradores, senadores y ediles honestos en desligar la política de la corrupción. El esperpento mediático que, a diario, se está viviendo en nuestro País por parte de quien gobierna, y es igual que sea a nivel de Estado, Comunidad Autónoma o Pueblo, ha llegado a provocar la indignación de todos los que no gobernamos. Quedamos estupefactos de como a lo largo y ancho de nuestra geografía aparecen casos de “robos espectaculares”, sin inmutarse los ladrones lo más mínimo: se pierden 48.000.000,00 € por la capital de España, o los 1.400.000.000,00  € por la zona del Sur, si es que he sabido leerlo, sobrecogido por tal cantidad de ceros; las cantidades del resto de latitudes parecen “pecata minuta”, sin dejar por ello, de ser importantes. Y, los de alrededor de estos personajes ni se han dado cuenta, no se han enterado. Todos conocemos que los políticos tienen los bolsillos grandes, pero hombre… Cuando menos resulta sorprendente.

            Unos y otros siempre se escudan en las mayorías parlamentarias que les arropan, sin importarles la indignación del pueblo que representan. Como dice D. Luís García Montero, en Público, en su artículo La Realidad y el Deseo. Unas Cortes Constituyentes: “estamos a milímetros de convertirnos en una monarquía bananera, sin crédito nacional o internacional”. Lo lamentable, a parte de todos los casos puntuales, es la impresión que se extiende a todo el mundo: “hay un olor a mar de fondo, a fin de ciclo, a crisis del sistema”, como también menciona D. Luís en el mismo artículo. Por tanto, no creo que se solucione el problema con unas pocas dimisiones, y algunas menos detenciones. Mientras unos piden la dimisión del Presidente del Gobierno, cuando al mismo tiempo deberían anunciar, por dignidad, su marcha de la política; claro que de haber tenido dignidad no hubieran existido estos casos de corrupción. Pero cuando digo marchar de la política, digo marchar todos de la política, todos aquellos que ocupan cargos de relevancia tanto en el Gobierno, como en los distintos partidos políticos, porque si han sido incapaces de detectar semejantes expolios, a ¿qué se han dedicado? ¿Qué han hecho sus acólitos en las distintas confederaciones? Que entre gente nueva con verdaderas miras de estado y de servicio al pueblo de España, independientemente del color político en el que se amparen.

            He de reconocer a D Luís García Montero, en estas líneas, que no comparto ideales políticos con usted; pero sí el sentimiento y el fondo de su erudita denuncia, y si me lo permite, hago mía su reflexión. Yo, también creo que necesitamos unas elecciones generales, de listas abiertas, porque, de que nos serviría cambiar únicamente el nombre de nuestros representantes, si su espíritu de servicio al pueblo no cambia.   

miércoles, 10 de julio de 2013

ASPIRANTE A ESCRITOR





            Un aspirante a escritor se devanaba los sesos tratando de conciliar el estilo, el ritmo, el tiempo y la acción en las escenas en las que se desenvolvían los personajes. Su torpeza le hacía rectificar y en el peor de los casos rehacer sus historias. Ardua tarea que generalmente no conseguía, pero su insistencia empezaba a resultar insultante.
            Muchas veces le decían:
            —¡Ay! Si para todo hubieras sido igual de perseverante.
           
            Ante esos comentarios se encogía de hombros y seguía adelante, ni con más ni con menos tenacidad, si no con la misma. Sus escenas, las que recreaba, no se las creía él mismo. ¡Ah! Pero un buen día escribía casi inconscientemente, cuando leyó el texto, se dijo: «¡Ahora sí! Esto puede ser el principio de una gran historia». Su cabeza lisa como una sandía con algo de pelo en los costados brillaba, o creía él que brillaba, por fuera, claro; y sus ojos saltones, a pesar de que no se veía, parecían iluminar los folios, en este caso la pantalla del ordenador, que iba acumulando líneas y líneas de cosas coherentes. Pasaba tantas horas delante del ordenador que en muchos momentos le insinuaban:
            —¡Estás loco!  ¡Vas a salir maestro!
           
            Él esquivaba el sentido peyorativo de algunos comentarios mal intencionados, y se infundía ánimo, que para eso no necesitaba a nadie: besaba tres veces la estampa de Santa Rita que siempre le acompañaba y continuaba a lo suyo. En alguna ocasión se miraba al espejo y trataba de adivinar en su mirada qué propósitos tenía, cuál era su objetivo, a qué aspiraba… Algunas mañanas sólo pretendía escribir y matar así una ansiedad, otras aparecía un aire de grandeza que, obviamente, se desvanecía en el mismo instante en el que aparecía. Otras mañanas, las más, su mirada se expresaba dubitativa, inexpresiva, no decía nada. Pero cuando esto sucedía, se lavaba la cara y no volvía a mirarse en el espejo.

Una vez acabada su obra, al cabo de mucho tiempo, le animaron los amigos y la envió a uno de los tantos concursos literarios, lo que puso en conocimiento de unos cuantos. Él trataba de convencer a los demás de que no había posibilidades, pero en su interior le oprimía un atisbo de esperanza, quizá más bien de ensueño. Pasaba el tiempo y su pensamiento no se apartaba de su obra, del concurso, de los amigos. A medida que se acercaba la fecha de emitir el fallo del jurado, él, estaba más nervioso. Abría su correo electrónico repetidas veces, hasta dejarlo abierto todo el día. Dormía mal, se despertaba varias veces en la noche, lo que le tenía durante el día más irascible. Apenas si se comunicaba con los amigos, y con la familia casi no intercambiaba comentarios más que en las comidas, que hacía de forma frugal, y pronto se volvía a aislar en su mundo. Se habían acabado sus paseos matutinos, apenas si salía a la calle. Pasaba todo el tiempo encerrado en su despacho con la única compañía de su ordenador. Se sentía en la más absoluta soledad, ni si quiera sus personajes le acompañaban, se sentía incapaz de escribir una sola línea. Pasaba horas y horas contemplando la pantalla de aquel ordenador que parecía hartarse de estar inactivo y se engullía la luz quedándose la pantalla en negro. Cuando conseguía escribir alguna cosa, la borraba inmediatamente, le producía aversión. Su ánimo se había resquebrajado, y su cara pálida tomó un color entre blanquecino y azulado. La mirada perdida, sus ojos hundidos y empequeñecidos, y en sus manos enjutas las venas habían adoptado el tamaño de lombrices azules. Trataba de refugiarse en la lectura de alguno de los libros que aún tenía por leer, pero se desesperaba igualmente, era incapaz de seguir el hilo de la trama, no recordaba los nombres de los personajes, ni dónde se desarrollaba la acción. Se sentía incapaz de concentrarse, si quiera en la lectura, que había sido su pasión, su forma de vida; no tenía más pensamiento que para su obra. Su familia sobrecogida, veía con preocupación el deterioro físico que estaba padeciendo; pero sobre todo les angustiaba mucho más su estado emocional, —le oyeron sollozar en varias ocasiones en su soledad, en el despacho—, hasta el punto de proponerse que le viera su médico.
Un buen día abrió su correo electrónico y vio un mensaje extraño para él, al leerlo sus ojos se abrieron como platos, su rictus malsano se tornó en jovial y volvió el color a su rostro, aquel bendito mensaje que ansiaba decía:
Estimado señor:
         Su obra ha sido seleccionada como finalista en el XVII concurso de narrativa del Valle Perdido. Es por ello que se le invita a asistir a la divulgación del fallo del jurado y posterior entrega de premios de dicho concurso el día 28 de diciembre próximo. Para lo cual le ha sido reservada una habitación doble en el hotel Ris, de dicha población.
Unos días antes la organización del XVII Concurso de Narrativa del Valle Perdido, se pondrá en contacto con usted para concretar lo relativo a su traslado y posterior alojamiento.
¡Enhora buena! Y reciba un afectuoso saludo.

Salió del despacho como alma que lleva el diablo, apenas si podía hablar, un extraño sonido gutural sobresaltó a su familia que veía su programa favorito en la televisión. Les conminó a ver aquel mensaje que acababa de abrir y se dirigieron todos al despacho, donde su hija dio lectura en voz alta al texto. Sirvió de regocijo y celebraron más el cambio tan repentino experimentado por aquel demacrado aspirante a escritor que por la noticia en sí.

En los días sucesivos comenzó a organizar el viaje. Propuso a su mujer ir a visitar la zona, las poblaciones importantes que les cogieran de camino, para ello deberían hacer el viaje en su coche. La mujer le recriminaba que hiciera planes tan pronto, sin saber si quiera si la organización del concurso le propondría algún medio de transporte alternativo, a lo que él refunfuñaba como un niño. Volvieron las ideas y de nuevo llenaba páginas y páginas en el ordenador, aquel demacrado aspecto había pasado a la historia. Pasaban los días y no recibía ni mensajes ni llamada alguna como le anunció la organización del concurso literario. A falta de siete días de la fecha de la entrega de premios, no sabía aún que debía hacer. «Se habrán olvidado», se consolaba así mismo.

Viendo los amigos que volvía otra vez a obsesionarse, decidieron pasarle un nuevo mensaje para acabar con la ilusión de aquel pobre escritor.

Estimado señor:
Con relación a nuestro anterior correo electrónico emitido, ponemos en su conocimiento que, el Jurado ha decidido declarar desierto el XVII Concurso de Narrativa del Valle Perdido. Por tanto, y debido al excesivo coste del acto de fallo del jurado y proclamación de ganador, éste, ha quedado desconvocado. Si bien, en breves fechas recibirá, por este mismo medio, certificado de haber sido su obra una de las finalistas del mencionado Concurso, para lo que usted tenga menester.

Con nuestra más incondicional gratitud, le expresamos nuestra consideración más personal.

No salía de su asombro ante la lectura del mensaje, que parecía volvería a helar la sangre en sus venas. Cuando lo leyó a su mujer, ésta quiso animarle:

—Bueno, no pasa nada. En otra ocasión será.
—No habrá otra ocasión. No voy a escribir más.
—A sí me gusta. Que acabes de un plumazo por lo que has estado luchando toda tu vida.
—Pero, ¿no lo entiendes? Eso es que han desestimado invitarnos porque el ganador es otro u otra.
—Bien. Y qué. Si fuera como tú dices te lo habrían dicho con claridad. Cómo van a decirte que el acto no se celebra y después aparecer en los medios de comunicación que se ha otorgado el premio a fulanito de tal.
—Qué sabrás tú.
—Además. Míralo por el lado positivo. Te van a enviar un certificado reconociendo que tu obra ha sido finalista. Certificado que podrás presentar donde tú quieras.
—Sí, en eso tienes razón.
—Y tú, sigue escribiendo. Qué ibas a hacer si no. ¿Fastidiarme los programas que me gustan por ver tú el deporte?  Tú dices cosas muy bonitas en lo que escribes que a mucha gente le gustan. Escribe, escribe.
 —Sí. Creo que tienes razón. No por esto voy a dejar de escribir. Que por otra parte necesito.
—Pues claro.

Continuó escribiendo, pero no con la ansiedad de antes. Ahora alternaba la escritura y la lectura con grandes paseos, en los que meditaba a conciencia, y los encuentros con los amigos en una cafetería próxima a su casa.

—¿Cómo pudiste tragarte lo del mensaje del XVII Concurso de Narrativa del Valle Perdido?
—¿Qué quieres decir? ¡Malditos hijos de puta! No me jodas que todo ha sido cosa vuestra.
—Estabas hecho una mierda, ¡tío! Teníamos que hacer algo para sacarte del pozo en el que te habías metido…
—¡Pedazo de cabrones! Claro, ahora comprendo el que hubieran cancelado el acto de proclamación de ganador, porque hubieran declarado el concurso desierto. ¡Qué tonto soy!
—No, muy listo no eres. Aunque escribas aceptablemente—, le dijo otro de los amigos.
—Sabrás tú mucho si escribo bien o no, si no has leído una sola página de lo que he escrito.
—Bueno, pero me lo cuentan.
—Nunca creí que iba a estar tan agradecido a una pandilla de hijos de puta. Esta ronda la pago yo.
—Y las otras, no te jode.
—A cuenta del éxito obtenido—, propuso otro de ellos.
Y todos rieron con ganas.




                        — o —

sábado, 6 de julio de 2013

DIÁSPORA SUBSAHARIANA - III



                                         III


Hombres desquiciados, sin esperanza,                                 
su anhelo de vida digna frustrado;                          
cambian su tierra de lúgubre danza              
          por un largo exilio en país despiadado.                                

          Su trasiego penoso por caminos                                          
          indómitos; por techo las estrellas,                                
          por cama la maleza y sus espinos,                            
          sin comida y sin dejar ninguna huella.                                 

                                    Sin más compañía que vivos recuerdos                                                                                                        que tantas veces en el tiempo se ahogan,            
          otras, infunden ánimo en sus cuerpos                                  
          lacerados y que extraños condenan.                         

          Emigrar macabro de subsaharianos                          
sin peculio para cohechar fronteras,                         
          errando por mil caminos baquianos                          
          se forman esquivando infames guerras.                               
         
Sol implacable que su cuerpo quema.                      
          Parajes tórridos que no crece hierba,                        
          no son obstáculos para su flema                                           
          y aguardan serenos su suerte acerba.                        
                    
Agua de lluvia que escasa te muestras         
haces más duro el viaje si a raudales                        
          te entregas, ahogando ilusiones ciertas,                               
          robando su fe en ajenos misales.

Sin una estrella de oriente que les guíe,
tenaces serpentean en los caminos
que no siendo de esperanza desconfíen
de vacuas promesas en su destino.
                       
                                               *                      *                      *

lunes, 24 de junio de 2013

EL VERDUGO COMPASIVO



En el reino de Tragalot, perdido por entre las montañas, había un castillo, sobre una pequeña colina, desde el que se dominaba todo el valle. Un frondoso valle, en el que el suelo siempre estaba teñido de un manto verde, con un gran bosque; en él habitaban toda clase de animales: zorros, lobos, conejos, ardillas, ciervos, junto a una gran cantidad de pájaros. Entre el bosque y el castillo, hacia la izquierda, unas cuantas casas formaban una pequeña aldea. El rey Sinforoso, permitió que se establecieran un grupo de familias gitanas, venidas de la  India. A cambio, en las fiestas del reino actuarían como bufones, saltimbanquis o incluso como actores que interpretaban  parodias con las que criticaban la vida en la corte. Proveyeron la aldea de huertos en los que se cultivaba toda clase de hortalizas y verduras y una zona de árboles frutales en los que predominaban los manzanos, perales y membrilleros. Dentro de la fortaleza sólo vivían los nativos del reino de Tragalot, pero no por ello tenían prohibida la entrada los gitanos, que vendían sus cosechas a los habitantes de la fortaleza. Los gitanos debían llevar, al menos una vez a la semana, las mejores frutas, hortalizas y verduras al rey; en contrapartida el rey les aseguraba protección en caso de que fueran atacados por ejércitos de fuera.

En la fortaleza había una herrería, regentada por Simeón, que allí vivía; era su única pertenencia. Hombre corpulento, más bien gordo, no muy alto, con una nobleza que rayaba en la ingenuidad. Siempre andaba muy bien afeitado, él se jactaba de que se había hecho un cuchillo especialmente para afeitarse y salvo algún día que aparecía con varios cortes en la cara o el cuello —Simeón lo achacaba a que la noche anterior se había ahogado en vino—, siempre se distinguía de la mayoría que llevaban las barbas sin arreglar. Vestía con un pantalón ceñido abajo de las rodillas y bombacho en la cintura, sujeto con una soga;  con una blusa de cordones, siempre desabrochada, si era invierno, o el torso desnudo si era verano, y siempre un delantal con peto de piel de ternero que sólo se quitaba para dormir. Sus brazos eran musculosos y enormes como su cuerpo, y mugrientos. Su cara redonda y sonrosada contrastaba con su cabello oscuro y rizado, casi siempre grasiento. Los ojos de un color marrón claro proyectaban una mirada tranquilizadora. Un olor agrio lo acompañaba donde quisiera que fuera. Por nombramiento real era el verdugo, encargado de ejecutar las sentencias sumarísimas del rey; muy a pesar suyo. El reino sólo se veía alterado por las fiestas y exhibiciones de los gitanos. 

No tenía mujer ni hijos de los que preocuparse. Sólo Tin, un cachorro que una tarde, hacía ya varios años, se coló en su herrería era el único ser vivo por el que sería capaz de dar su brazo derecho. A una voz de Simeón, Tin salía por el bosque y siempre aparecía con algún conejo o faisán. Era un excelente cazador a pesar de ser un perro enorme; no se sabía muy bien si labrador o mastín, pero no tenía una raza definida. Todo lo compartía con Tin: comida, charlas, jergón. A veces mantenía largas conversaciones con Tin, que parecía escucharle pacientemente, inmutable, mientras duraba su razonamiento. El último bocado siempre era para Tin, y en el colchón de paja todas las mañanas aparecía el perro mientras Simeón se despertaba en el suelo.  

A pesar de ser un reino muy tranquilo, en algunas ocasiones, tuvo que azotar a algún menesteroso por haber quitado alguna fruta u hogaza de pan para comer. En los momentos en que lanzaba el látigo sobre la espalda del acusado, Simeón, cerraba los ojos. En una ocasión fue requerido por el propio rey para que batiera con más energía el látigo porque no llegaba a brotar la sangre en la piel del reo, siendo el hazme reír del populacho. Después se pasaba un par de días que no podía probar bocado, su abatimiento era tal que apenas trabajaba.
Un cierto día un gitano fue condenado a muerte por la corte, por haber matado a un alguacil en una disputa; a medida que se iba acercando el día de la ejecución, Simeón, se sentía peor.
La noche anterior al día señalado para dar muerte al reo, Simeón, fue conducido a la prisión donde se encontraba el gitano. Se sentó en un taburete frente a la celda. El gitano estaba echado sobre un camastro de piedra. Se respiraba un fuerte hedor a inmundicia y las paredes rezumaban agua.
—Hola—, saludó Simeón.
—Hola. ¿Qué has venido por si acaso me escapo?—, le dijo el gitano con ironía.
—No. Parece que es lo que dice la justicia que hay que hacer para estos casos— le respondió.
—Ah. La justicia.
—Escucha, yo no estoy de acuerdo con esto. Creo que ni tú ni yo deberíamos estar aquí…
—No tienes que excusarte conmigo—, le interrumpió. —A mí no me importa, ya no me importa nada, pero al menos hablamos. Si no fueras tú sería cualquier otro—.
—¿Cómo te sientes?
—¿Cómo me puedo sentir?
—Claro, que tonto soy. Perdóname.
—No te preocupes, ya no tengo tiempo para molestarme.
—Ya.
—Creo que tú estas peor que yo.
—Psche. El pueblo está contigo. Dicen que hiciste lo correcto.
—Sí, pero ya ves donde estoy.
—¿Estás seguro que fue el alguacil?
—Y tan seguro. El alguacil se encontró con mi hija en el bosque, que estaba cogiendo piñas. Era una criatura morena, de grandes ojos negros y aún no tenía trece años. La golpeó y violó, abandonándola desnuda, muerta, al menos, eso creyó él. Pero sólo estaba inconsciente. Mi hija le conocía bien, porque en varias ocasiones había intentado besarla—, argumentó el gitano.  
—¿Por qué dices que era, si está viva?
—Porque ahora no es más que una sombra de aquella chiquilla alegre, cantarina que nos alegraba los días.
—Tenías que haberle hecho pedazos y habérselos echado a los perros.
—Yo no quería ensañarme con él. Con que no viviera para contarlo para mí era suficiente.
—Ya—.  Y añadió a continuación, —parece ser que el Rey no está muy de acuerdo con la sentencia que ha tenido que dictar. Dicen que la dictó por presiones de su corte.
—Habladurías. Si no hubiera estado de acuerdo no la habría dictado. Para eso es el Rey.
—Ya. Pero dicen que como fue el alguacil…
—Por eso murió el alguacil. No te iba a matar a ti, si quien violó a mi hija fue aquel cabrón.
—Naturalmente.

Aquella noche se hizo especialmente larga, parecía no pasar las horas. El gitano estaba muy tranquilo, al menos lo aparentaba. A veces se sumía en los más impenetrables silencios, sin que Simeón se atreviera a molestarle, y otras le hablaba de las cosas más mundanas. Incluso alguna vez se reía. Amarga risa, decía él. En otros momentos se sentaba sobre el camastro. En un par de ocasiones se cubrió la cara con sus manos, a Simeón le pareció escuchar algún sollozo; pero enseguida mostraba su entereza.
—¿Por qué me miras así?— le preguntó Simeón.
Hacía ya un rato que le contemplaba sin parpadear, con una mirada tímida y esperanzadora a la vez.
—Porque creo que necesitas relajarte. No te tomaré en cuenta que separes mi cabeza del cuerpo—, dijo el gitano en tono condescendiente.
—No hables así, por favor. Se me descompone el cuerpo de pensarlo.
—Lo siento. Sólo quería animarte.
—Sabes. Yo nunca he matado a nadie y…, si pudiera salir corriendo lo haría.
—No debes martirizarte, Simeón, tú tienes que cumplir con tu trabajo. Nadie te reprochará nada.
—Gracias, gitano. Todavía no sé como te llamas—, preguntó con voz trémula.
—Lorenzo.
El alba comenzaba a romper la noche. Una ligera claridad comenzaba a vislumbrarse y, Lorenzo, el gitano, seguía mostrando una entereza que para sí hubiera querido su verdugo. Se abrió la puerta del final de aquel lúgubre pasillo, iluminado por una sola antorcha y se acercaron varios soldados de la guardia del Rey, el alcalde y el reverendo, que intentó confesar al gitano, rehusando éste. Simeón seguía a la comitiva con el gesto demacrado. Llegado el momento, se encontraban sobre el patíbulo, el reo encapuchado con la cabeza apoyada sobre un tronco de madera y Simeón con un hacha enorme, fabricada por él mismo, secundados por el capitán de la guardia del rey, el reverendo y el alcalde que se encontraban en una esquina. Simeón sudaba abundantemente, sentía los músculos flácidos y tenía las piernas temblorosas. Un griterío enorme llenaba toda la plazuela, la mayoría en contra de la ejecución; algún que otro ávido de sangre incitaba a Simeón que movía la cabeza con desasosiego. La mujer y los hijos del reo al pie del patíbulo lloraban desconsoladamente, al tiempo que pedían clemencia. A la orden de ejecución, Simeón, asestó un golpe de hacha que tronó en toda la plaza como un día de tormenta. Un tumulto de risas siguieron al golpe. Simeón abrió los ojos despavorido y vio que había seccionado la capucha y el cabello del interfecto, dejando al aire el cuero cabelludo. El rey se cubría la boca con su mano derecha, al tiempo que sustituyó a Simeón como verdugo del reino.               


domingo, 16 de junio de 2013

DIASPORA SUBSAHARIANA

                                                  
                                                                     II
        
Jóvenes esclavos de la pobreza,                  
sueñan con alcanzar la vida europea,          
donde la sequía no causa maleza,    
donde la muerte, de hambre, no se recrea.  

Comentan que es tierra de libertades,         
donde no hay yugos que les encadenen,     
donde un futuro quieren regalarles,            
donde por su color no les condenen.          
    
Cuentan que tiene unas tierras frondosas   
que brota el pasto de oportunidades,          
que libres se posan las mariposas                
           sobre inmensos campos de libertades.                    

Donde hombres y mujeres son iguales,       
donde hay un mundo mucho más humano…
¡Que sobre sus espaldas echen chales         
          y les permita Dios llegar a ancianos!                       

Donde los niños no beban, de los ríos,       
agua sucia y sangre de cuerpos muertos.    
Donde sus almas no teman a los fríos         
que los fusiles hielan a inexpertos.              


          *                      *                      *