COMPRAR EL LIBRO

miércoles, 10 de julio de 2013

ASPIRANTE A ESCRITOR





            Un aspirante a escritor se devanaba los sesos tratando de conciliar el estilo, el ritmo, el tiempo y la acción en las escenas en las que se desenvolvían los personajes. Su torpeza le hacía rectificar y en el peor de los casos rehacer sus historias. Ardua tarea que generalmente no conseguía, pero su insistencia empezaba a resultar insultante.
            Muchas veces le decían:
            —¡Ay! Si para todo hubieras sido igual de perseverante.
           
            Ante esos comentarios se encogía de hombros y seguía adelante, ni con más ni con menos tenacidad, si no con la misma. Sus escenas, las que recreaba, no se las creía él mismo. ¡Ah! Pero un buen día escribía casi inconscientemente, cuando leyó el texto, se dijo: «¡Ahora sí! Esto puede ser el principio de una gran historia». Su cabeza lisa como una sandía con algo de pelo en los costados brillaba, o creía él que brillaba, por fuera, claro; y sus ojos saltones, a pesar de que no se veía, parecían iluminar los folios, en este caso la pantalla del ordenador, que iba acumulando líneas y líneas de cosas coherentes. Pasaba tantas horas delante del ordenador que en muchos momentos le insinuaban:
            —¡Estás loco!  ¡Vas a salir maestro!
           
            Él esquivaba el sentido peyorativo de algunos comentarios mal intencionados, y se infundía ánimo, que para eso no necesitaba a nadie: besaba tres veces la estampa de Santa Rita que siempre le acompañaba y continuaba a lo suyo. En alguna ocasión se miraba al espejo y trataba de adivinar en su mirada qué propósitos tenía, cuál era su objetivo, a qué aspiraba… Algunas mañanas sólo pretendía escribir y matar así una ansiedad, otras aparecía un aire de grandeza que, obviamente, se desvanecía en el mismo instante en el que aparecía. Otras mañanas, las más, su mirada se expresaba dubitativa, inexpresiva, no decía nada. Pero cuando esto sucedía, se lavaba la cara y no volvía a mirarse en el espejo.

Una vez acabada su obra, al cabo de mucho tiempo, le animaron los amigos y la envió a uno de los tantos concursos literarios, lo que puso en conocimiento de unos cuantos. Él trataba de convencer a los demás de que no había posibilidades, pero en su interior le oprimía un atisbo de esperanza, quizá más bien de ensueño. Pasaba el tiempo y su pensamiento no se apartaba de su obra, del concurso, de los amigos. A medida que se acercaba la fecha de emitir el fallo del jurado, él, estaba más nervioso. Abría su correo electrónico repetidas veces, hasta dejarlo abierto todo el día. Dormía mal, se despertaba varias veces en la noche, lo que le tenía durante el día más irascible. Apenas si se comunicaba con los amigos, y con la familia casi no intercambiaba comentarios más que en las comidas, que hacía de forma frugal, y pronto se volvía a aislar en su mundo. Se habían acabado sus paseos matutinos, apenas si salía a la calle. Pasaba todo el tiempo encerrado en su despacho con la única compañía de su ordenador. Se sentía en la más absoluta soledad, ni si quiera sus personajes le acompañaban, se sentía incapaz de escribir una sola línea. Pasaba horas y horas contemplando la pantalla de aquel ordenador que parecía hartarse de estar inactivo y se engullía la luz quedándose la pantalla en negro. Cuando conseguía escribir alguna cosa, la borraba inmediatamente, le producía aversión. Su ánimo se había resquebrajado, y su cara pálida tomó un color entre blanquecino y azulado. La mirada perdida, sus ojos hundidos y empequeñecidos, y en sus manos enjutas las venas habían adoptado el tamaño de lombrices azules. Trataba de refugiarse en la lectura de alguno de los libros que aún tenía por leer, pero se desesperaba igualmente, era incapaz de seguir el hilo de la trama, no recordaba los nombres de los personajes, ni dónde se desarrollaba la acción. Se sentía incapaz de concentrarse, si quiera en la lectura, que había sido su pasión, su forma de vida; no tenía más pensamiento que para su obra. Su familia sobrecogida, veía con preocupación el deterioro físico que estaba padeciendo; pero sobre todo les angustiaba mucho más su estado emocional, —le oyeron sollozar en varias ocasiones en su soledad, en el despacho—, hasta el punto de proponerse que le viera su médico.
Un buen día abrió su correo electrónico y vio un mensaje extraño para él, al leerlo sus ojos se abrieron como platos, su rictus malsano se tornó en jovial y volvió el color a su rostro, aquel bendito mensaje que ansiaba decía:
Estimado señor:
         Su obra ha sido seleccionada como finalista en el XVII concurso de narrativa del Valle Perdido. Es por ello que se le invita a asistir a la divulgación del fallo del jurado y posterior entrega de premios de dicho concurso el día 28 de diciembre próximo. Para lo cual le ha sido reservada una habitación doble en el hotel Ris, de dicha población.
Unos días antes la organización del XVII Concurso de Narrativa del Valle Perdido, se pondrá en contacto con usted para concretar lo relativo a su traslado y posterior alojamiento.
¡Enhora buena! Y reciba un afectuoso saludo.

Salió del despacho como alma que lleva el diablo, apenas si podía hablar, un extraño sonido gutural sobresaltó a su familia que veía su programa favorito en la televisión. Les conminó a ver aquel mensaje que acababa de abrir y se dirigieron todos al despacho, donde su hija dio lectura en voz alta al texto. Sirvió de regocijo y celebraron más el cambio tan repentino experimentado por aquel demacrado aspirante a escritor que por la noticia en sí.

En los días sucesivos comenzó a organizar el viaje. Propuso a su mujer ir a visitar la zona, las poblaciones importantes que les cogieran de camino, para ello deberían hacer el viaje en su coche. La mujer le recriminaba que hiciera planes tan pronto, sin saber si quiera si la organización del concurso le propondría algún medio de transporte alternativo, a lo que él refunfuñaba como un niño. Volvieron las ideas y de nuevo llenaba páginas y páginas en el ordenador, aquel demacrado aspecto había pasado a la historia. Pasaban los días y no recibía ni mensajes ni llamada alguna como le anunció la organización del concurso literario. A falta de siete días de la fecha de la entrega de premios, no sabía aún que debía hacer. «Se habrán olvidado», se consolaba así mismo.

Viendo los amigos que volvía otra vez a obsesionarse, decidieron pasarle un nuevo mensaje para acabar con la ilusión de aquel pobre escritor.

Estimado señor:
Con relación a nuestro anterior correo electrónico emitido, ponemos en su conocimiento que, el Jurado ha decidido declarar desierto el XVII Concurso de Narrativa del Valle Perdido. Por tanto, y debido al excesivo coste del acto de fallo del jurado y proclamación de ganador, éste, ha quedado desconvocado. Si bien, en breves fechas recibirá, por este mismo medio, certificado de haber sido su obra una de las finalistas del mencionado Concurso, para lo que usted tenga menester.

Con nuestra más incondicional gratitud, le expresamos nuestra consideración más personal.

No salía de su asombro ante la lectura del mensaje, que parecía volvería a helar la sangre en sus venas. Cuando lo leyó a su mujer, ésta quiso animarle:

—Bueno, no pasa nada. En otra ocasión será.
—No habrá otra ocasión. No voy a escribir más.
—A sí me gusta. Que acabes de un plumazo por lo que has estado luchando toda tu vida.
—Pero, ¿no lo entiendes? Eso es que han desestimado invitarnos porque el ganador es otro u otra.
—Bien. Y qué. Si fuera como tú dices te lo habrían dicho con claridad. Cómo van a decirte que el acto no se celebra y después aparecer en los medios de comunicación que se ha otorgado el premio a fulanito de tal.
—Qué sabrás tú.
—Además. Míralo por el lado positivo. Te van a enviar un certificado reconociendo que tu obra ha sido finalista. Certificado que podrás presentar donde tú quieras.
—Sí, en eso tienes razón.
—Y tú, sigue escribiendo. Qué ibas a hacer si no. ¿Fastidiarme los programas que me gustan por ver tú el deporte?  Tú dices cosas muy bonitas en lo que escribes que a mucha gente le gustan. Escribe, escribe.
 —Sí. Creo que tienes razón. No por esto voy a dejar de escribir. Que por otra parte necesito.
—Pues claro.

Continuó escribiendo, pero no con la ansiedad de antes. Ahora alternaba la escritura y la lectura con grandes paseos, en los que meditaba a conciencia, y los encuentros con los amigos en una cafetería próxima a su casa.

—¿Cómo pudiste tragarte lo del mensaje del XVII Concurso de Narrativa del Valle Perdido?
—¿Qué quieres decir? ¡Malditos hijos de puta! No me jodas que todo ha sido cosa vuestra.
—Estabas hecho una mierda, ¡tío! Teníamos que hacer algo para sacarte del pozo en el que te habías metido…
—¡Pedazo de cabrones! Claro, ahora comprendo el que hubieran cancelado el acto de proclamación de ganador, porque hubieran declarado el concurso desierto. ¡Qué tonto soy!
—No, muy listo no eres. Aunque escribas aceptablemente—, le dijo otro de los amigos.
—Sabrás tú mucho si escribo bien o no, si no has leído una sola página de lo que he escrito.
—Bueno, pero me lo cuentan.
—Nunca creí que iba a estar tan agradecido a una pandilla de hijos de puta. Esta ronda la pago yo.
—Y las otras, no te jode.
—A cuenta del éxito obtenido—, propuso otro de ellos.
Y todos rieron con ganas.




                        — o —

sábado, 6 de julio de 2013

DIÁSPORA SUBSAHARIANA - III



                                         III


Hombres desquiciados, sin esperanza,                                 
su anhelo de vida digna frustrado;                          
cambian su tierra de lúgubre danza              
          por un largo exilio en país despiadado.                                

          Su trasiego penoso por caminos                                          
          indómitos; por techo las estrellas,                                
          por cama la maleza y sus espinos,                            
          sin comida y sin dejar ninguna huella.                                 

                                    Sin más compañía que vivos recuerdos                                                                                                        que tantas veces en el tiempo se ahogan,            
          otras, infunden ánimo en sus cuerpos                                  
          lacerados y que extraños condenan.                         

          Emigrar macabro de subsaharianos                          
sin peculio para cohechar fronteras,                         
          errando por mil caminos baquianos                          
          se forman esquivando infames guerras.                               
         
Sol implacable que su cuerpo quema.                      
          Parajes tórridos que no crece hierba,                        
          no son obstáculos para su flema                                           
          y aguardan serenos su suerte acerba.                        
                    
Agua de lluvia que escasa te muestras         
haces más duro el viaje si a raudales                        
          te entregas, ahogando ilusiones ciertas,                               
          robando su fe en ajenos misales.

Sin una estrella de oriente que les guíe,
tenaces serpentean en los caminos
que no siendo de esperanza desconfíen
de vacuas promesas en su destino.
                       
                                               *                      *                      *

lunes, 24 de junio de 2013

EL VERDUGO COMPASIVO



En el reino de Tragalot, perdido por entre las montañas, había un castillo, sobre una pequeña colina, desde el que se dominaba todo el valle. Un frondoso valle, en el que el suelo siempre estaba teñido de un manto verde, con un gran bosque; en él habitaban toda clase de animales: zorros, lobos, conejos, ardillas, ciervos, junto a una gran cantidad de pájaros. Entre el bosque y el castillo, hacia la izquierda, unas cuantas casas formaban una pequeña aldea. El rey Sinforoso, permitió que se establecieran un grupo de familias gitanas, venidas de la  India. A cambio, en las fiestas del reino actuarían como bufones, saltimbanquis o incluso como actores que interpretaban  parodias con las que criticaban la vida en la corte. Proveyeron la aldea de huertos en los que se cultivaba toda clase de hortalizas y verduras y una zona de árboles frutales en los que predominaban los manzanos, perales y membrilleros. Dentro de la fortaleza sólo vivían los nativos del reino de Tragalot, pero no por ello tenían prohibida la entrada los gitanos, que vendían sus cosechas a los habitantes de la fortaleza. Los gitanos debían llevar, al menos una vez a la semana, las mejores frutas, hortalizas y verduras al rey; en contrapartida el rey les aseguraba protección en caso de que fueran atacados por ejércitos de fuera.

En la fortaleza había una herrería, regentada por Simeón, que allí vivía; era su única pertenencia. Hombre corpulento, más bien gordo, no muy alto, con una nobleza que rayaba en la ingenuidad. Siempre andaba muy bien afeitado, él se jactaba de que se había hecho un cuchillo especialmente para afeitarse y salvo algún día que aparecía con varios cortes en la cara o el cuello —Simeón lo achacaba a que la noche anterior se había ahogado en vino—, siempre se distinguía de la mayoría que llevaban las barbas sin arreglar. Vestía con un pantalón ceñido abajo de las rodillas y bombacho en la cintura, sujeto con una soga;  con una blusa de cordones, siempre desabrochada, si era invierno, o el torso desnudo si era verano, y siempre un delantal con peto de piel de ternero que sólo se quitaba para dormir. Sus brazos eran musculosos y enormes como su cuerpo, y mugrientos. Su cara redonda y sonrosada contrastaba con su cabello oscuro y rizado, casi siempre grasiento. Los ojos de un color marrón claro proyectaban una mirada tranquilizadora. Un olor agrio lo acompañaba donde quisiera que fuera. Por nombramiento real era el verdugo, encargado de ejecutar las sentencias sumarísimas del rey; muy a pesar suyo. El reino sólo se veía alterado por las fiestas y exhibiciones de los gitanos. 

No tenía mujer ni hijos de los que preocuparse. Sólo Tin, un cachorro que una tarde, hacía ya varios años, se coló en su herrería era el único ser vivo por el que sería capaz de dar su brazo derecho. A una voz de Simeón, Tin salía por el bosque y siempre aparecía con algún conejo o faisán. Era un excelente cazador a pesar de ser un perro enorme; no se sabía muy bien si labrador o mastín, pero no tenía una raza definida. Todo lo compartía con Tin: comida, charlas, jergón. A veces mantenía largas conversaciones con Tin, que parecía escucharle pacientemente, inmutable, mientras duraba su razonamiento. El último bocado siempre era para Tin, y en el colchón de paja todas las mañanas aparecía el perro mientras Simeón se despertaba en el suelo.  

A pesar de ser un reino muy tranquilo, en algunas ocasiones, tuvo que azotar a algún menesteroso por haber quitado alguna fruta u hogaza de pan para comer. En los momentos en que lanzaba el látigo sobre la espalda del acusado, Simeón, cerraba los ojos. En una ocasión fue requerido por el propio rey para que batiera con más energía el látigo porque no llegaba a brotar la sangre en la piel del reo, siendo el hazme reír del populacho. Después se pasaba un par de días que no podía probar bocado, su abatimiento era tal que apenas trabajaba.
Un cierto día un gitano fue condenado a muerte por la corte, por haber matado a un alguacil en una disputa; a medida que se iba acercando el día de la ejecución, Simeón, se sentía peor.
La noche anterior al día señalado para dar muerte al reo, Simeón, fue conducido a la prisión donde se encontraba el gitano. Se sentó en un taburete frente a la celda. El gitano estaba echado sobre un camastro de piedra. Se respiraba un fuerte hedor a inmundicia y las paredes rezumaban agua.
—Hola—, saludó Simeón.
—Hola. ¿Qué has venido por si acaso me escapo?—, le dijo el gitano con ironía.
—No. Parece que es lo que dice la justicia que hay que hacer para estos casos— le respondió.
—Ah. La justicia.
—Escucha, yo no estoy de acuerdo con esto. Creo que ni tú ni yo deberíamos estar aquí…
—No tienes que excusarte conmigo—, le interrumpió. —A mí no me importa, ya no me importa nada, pero al menos hablamos. Si no fueras tú sería cualquier otro—.
—¿Cómo te sientes?
—¿Cómo me puedo sentir?
—Claro, que tonto soy. Perdóname.
—No te preocupes, ya no tengo tiempo para molestarme.
—Ya.
—Creo que tú estas peor que yo.
—Psche. El pueblo está contigo. Dicen que hiciste lo correcto.
—Sí, pero ya ves donde estoy.
—¿Estás seguro que fue el alguacil?
—Y tan seguro. El alguacil se encontró con mi hija en el bosque, que estaba cogiendo piñas. Era una criatura morena, de grandes ojos negros y aún no tenía trece años. La golpeó y violó, abandonándola desnuda, muerta, al menos, eso creyó él. Pero sólo estaba inconsciente. Mi hija le conocía bien, porque en varias ocasiones había intentado besarla—, argumentó el gitano.  
—¿Por qué dices que era, si está viva?
—Porque ahora no es más que una sombra de aquella chiquilla alegre, cantarina que nos alegraba los días.
—Tenías que haberle hecho pedazos y habérselos echado a los perros.
—Yo no quería ensañarme con él. Con que no viviera para contarlo para mí era suficiente.
—Ya—.  Y añadió a continuación, —parece ser que el Rey no está muy de acuerdo con la sentencia que ha tenido que dictar. Dicen que la dictó por presiones de su corte.
—Habladurías. Si no hubiera estado de acuerdo no la habría dictado. Para eso es el Rey.
—Ya. Pero dicen que como fue el alguacil…
—Por eso murió el alguacil. No te iba a matar a ti, si quien violó a mi hija fue aquel cabrón.
—Naturalmente.

Aquella noche se hizo especialmente larga, parecía no pasar las horas. El gitano estaba muy tranquilo, al menos lo aparentaba. A veces se sumía en los más impenetrables silencios, sin que Simeón se atreviera a molestarle, y otras le hablaba de las cosas más mundanas. Incluso alguna vez se reía. Amarga risa, decía él. En otros momentos se sentaba sobre el camastro. En un par de ocasiones se cubrió la cara con sus manos, a Simeón le pareció escuchar algún sollozo; pero enseguida mostraba su entereza.
—¿Por qué me miras así?— le preguntó Simeón.
Hacía ya un rato que le contemplaba sin parpadear, con una mirada tímida y esperanzadora a la vez.
—Porque creo que necesitas relajarte. No te tomaré en cuenta que separes mi cabeza del cuerpo—, dijo el gitano en tono condescendiente.
—No hables así, por favor. Se me descompone el cuerpo de pensarlo.
—Lo siento. Sólo quería animarte.
—Sabes. Yo nunca he matado a nadie y…, si pudiera salir corriendo lo haría.
—No debes martirizarte, Simeón, tú tienes que cumplir con tu trabajo. Nadie te reprochará nada.
—Gracias, gitano. Todavía no sé como te llamas—, preguntó con voz trémula.
—Lorenzo.
El alba comenzaba a romper la noche. Una ligera claridad comenzaba a vislumbrarse y, Lorenzo, el gitano, seguía mostrando una entereza que para sí hubiera querido su verdugo. Se abrió la puerta del final de aquel lúgubre pasillo, iluminado por una sola antorcha y se acercaron varios soldados de la guardia del Rey, el alcalde y el reverendo, que intentó confesar al gitano, rehusando éste. Simeón seguía a la comitiva con el gesto demacrado. Llegado el momento, se encontraban sobre el patíbulo, el reo encapuchado con la cabeza apoyada sobre un tronco de madera y Simeón con un hacha enorme, fabricada por él mismo, secundados por el capitán de la guardia del rey, el reverendo y el alcalde que se encontraban en una esquina. Simeón sudaba abundantemente, sentía los músculos flácidos y tenía las piernas temblorosas. Un griterío enorme llenaba toda la plazuela, la mayoría en contra de la ejecución; algún que otro ávido de sangre incitaba a Simeón que movía la cabeza con desasosiego. La mujer y los hijos del reo al pie del patíbulo lloraban desconsoladamente, al tiempo que pedían clemencia. A la orden de ejecución, Simeón, asestó un golpe de hacha que tronó en toda la plaza como un día de tormenta. Un tumulto de risas siguieron al golpe. Simeón abrió los ojos despavorido y vio que había seccionado la capucha y el cabello del interfecto, dejando al aire el cuero cabelludo. El rey se cubría la boca con su mano derecha, al tiempo que sustituyó a Simeón como verdugo del reino.               


domingo, 16 de junio de 2013

DIASPORA SUBSAHARIANA

                                                  
                                                                     II
        
Jóvenes esclavos de la pobreza,                  
sueñan con alcanzar la vida europea,          
donde la sequía no causa maleza,    
donde la muerte, de hambre, no se recrea.  

Comentan que es tierra de libertades,         
donde no hay yugos que les encadenen,     
donde un futuro quieren regalarles,            
donde por su color no les condenen.          
    
Cuentan que tiene unas tierras frondosas   
que brota el pasto de oportunidades,          
que libres se posan las mariposas                
           sobre inmensos campos de libertades.                    

Donde hombres y mujeres son iguales,       
donde hay un mundo mucho más humano…
¡Que sobre sus espaldas echen chales         
          y les permita Dios llegar a ancianos!                       

Donde los niños no beban, de los ríos,       
agua sucia y sangre de cuerpos muertos.    
Donde sus almas no teman a los fríos         
que los fusiles hielan a inexpertos.              


          *                      *                      *

domingo, 9 de junio de 2013

DIASPORA SUBSAHARIANA






  I


Subsaharianos de miseria cebados,               
sin futuro, amarrados al presente.                 
Pueblos de enfermedades asolados              
y de hambrunas y de guerras dementes.       
Personas de color sin más consuelo              
que ver, de penuria, sus hijos muertos.         
Como en su tierra tantos otros pueblos         
inconformes esclavos del infierno.                    
Marcados de anacrónicos prejuicios,            
aún hoy, por las gentes más miserables.        
Su pecado es soñar y dar auspicio                
de esperanza a mejor vida inefable.              
Subsaharianos a la muerte sujetos,                
niños y adolescentes secuestrados                
            y subyugados sus recreos inquietos.                           
        A enfrentarse a los suyos obligados.                      
Sus tierras agrestes de negros cuerpos          
sembradas, estepas y ríos teñidos                 
de roja sangre por salvajes lerdos      
obviando la pureza en sus sentidos.              
Cada día a muerte huele su pensamiento.     
No pueden vislumbrar mejor futuro             
que deambular hacia el norte, aun hambrientos,
en busca de un presente más seguro.

                        *                      *                      *


domingo, 26 de mayo de 2013

SILVIO





Silvio volvía a su casa al cabo de diez años de ausencia. Se había despedido de todos sus familiares y amigos. Apenas abrió la puerta del zaguán se detuvo un instante y observó que todo permanecía en su lugar, como él lo recordaba: Los dos sillones de la entrada, tapizados en un paño rojo con unas vetas en dorado muy tenues, «quizá algo descoloridos», pensó. Aquel gran espejo frente a los sillones, en el que se daba una última ojeada antes de salir, y el armario junto al espejo que hacía las veces de perchero para las visitas que muy a menudo tenían.   
El salón tampoco había cambiado en absoluto: Justo enfrente un gran cuadro de un tapiz de la batalla de Leipzig, de 1813,  en el que Napoleón y el príncipe Poniatowski cruzaban el campo de batalla a lomos de dos hermosos corceles. Su padre siempre estuvo muy orgulloso del tapiz, aunque a su madre, que no le gustaba, lo mantuvo en silencio. A su izquierda descansaban dos grandes sillones tipo chéster de piel marrón con algunas manchas, aunque muy bien conservados y un sofá a juego delante de un gran ventanal; unas cortinas blancas, algo mugrientas y un pabellón, que se recogía a los lados, filtraba la luz del exterior. La sala de estar se completaba con una mesa de madera de roble y mármol blanco de Carrara en el centro, todo asentado sobre una inmensa alfombra de lana de un color rojo-anaranjado, con motivos en color crema. Detrás de uno de los sofás un pequeño mueble con dos lámparas de sobremesa secundaban otro cuadro, un óleo del Palacio Real. Lo recordaba tal cual estaba cuando se marchó. La casa no olía como cuando estaba su madre. Ahora se respiraba un ambiente de humedad, como de estar siempre la casa cerrada. Más al interior, frente a los sofás, una mesa de madera, por la que deslizó su mano, rodeada de seis sillas tipo Luis XV, con los asientos y respaldos tapizados en un tejido satinado. Pegado a la pared, tras la mesa, una vitrina voluptuosa guardaba en su interior, sobre el lado derecho, una foto de su padre y sobre el lado izquierdo una fotografía de su madre, que se anteponían a una vajilla y un juego de café de piedra china, respectivamente. Se acercó y tomó la fotografía de su madre y le dio un beso, una lágrima furtiva se escapó a su control. «Está guapísima, sólo que la mirada triste», pensó. Silvio se marchó de su casa cuando murió su madre. Durante un buen rato, con la fotografía pegada al pecho, inmóvil, recordó su vida en el regazo de su madre que le protegía; a continuación la dejó donde estaba.
Después tomó la fotografía de su padre y tras una mirada superficial la dejó apoyada sobre la mesa, boca abajo. Esta vez había venido para quedarse. Se sentó en el sofá y observaba el salón. La mirada se fue a la gran lámpara circular con el armazón dorado y de formas góticas, toda recubierta de lágrimas de cristal, que tanto le gustaba, sobre todo cuando la asistenta subida a la escalera la limpiaba y quedaban a la vista sus muslos. Sacó un cigarrillo de la cajetilla de Marlboro que depositó sobre la mesa y lo encendió. Dio una primera calada que saboreó como hacía mucho tiempo no había saboreado. Tuvo que sacar los tres cigarrillos que aún le quedaban y dejarlos en la mesa y utilizar la cajetilla de cenicero. En la casa no había un solo cenicero. Observaba el salón, que ahora le parecía más pequeño, pensaba con qué iba a sustituir el gran tapiz de la batalla de Leipzig. «Necesita algún cambio que otro esta casa», se convenció. Iría a la mañana siguiente a la galería de arte para ver si encontraba algún cuadro que le gustara. Una ojeada le llevó a la mesa que tenía en frente, aquella mesa siempre le había gustado y muchas veces había pasado la mano por el canto para notar su torneado y la suavidad con la que se deslizaba, incluso ya siendo mayor; se percató de que hoy había vuelto a pasar la mano por el canto de la mesa... Tenía en el centro y sobre un tapete de hilo de algodón, una gran jardinera de porcelana blanca, con forma de góndola y desde sus cantos hasta el pie rosas incrustadas de diversos colores delicados. Aquel centro de mesa lo cambiaría por  otro de flores artificiales de muchos colores vivos y formas extravagantes. Así pasó un rato, lo que le duró el cigarrillo que le quemó en los dedos. Y muchos ceniceros, colocaría ceniceros por todas partes.   

sábado, 11 de mayo de 2013

ABANDERADA MARINEROS 2013





Mes de mayo de primavera florida,
color de esencia y perfume de azahar.
Fiesta añorada, estallido de pólvora,
reflejo de luz mora y cristiana.

Sol que a abanderadas enamoras,
fraguado de estelas marinas,
destellos de noble templanza
y sones de encantadas dulzainas.

Lucía, ataviada de océano y plata, 
estirpe de luna, cielo y mar,
en la comparsa de Marineros   
cumples tus ilusiones soñadas.

Festeros de las diez comparsas 
jalean a San Bonifacio en la Plaza.
Admirados de gloria en las Entradas
reverberan tu belleza innata.

Comparsa hechizada por melodías
de pasodobles llenos de magia,
embrujados por tu elegancia,
este Mayo, de primavera florida.

Constantino Yáñez.