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viernes, 29 de agosto de 2014
domingo, 3 de agosto de 2014
SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.
¡Hola! Quedan los dos últimos capítulos de la novela: el capítulo XXVIII y XXIX. Permitidme que no los cuelgue, al menos, de momento. Si alguno de vosotros está interesado en conocer el final de la historia que no dude en pedírmelos al correo: constan-2@hotmail.com. Estaré encantado de enviarlos a título personal.
Espero que quien haya leído los capítulos o esté en ello haya disfrutado. Muchas gracias a todos por vuestra paciencia. ¡Hasta la próxima!
miércoles, 30 de julio de 2014
SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.
Capítulo
XXVII
Había pasado casi
un año desde que Sissé y Sawaba, se presentaran en casa de Rachid.
Sissé llevaba unos días muy inquieto, irascible, algo impropio en
él, sobre todo desde que supo de la muerte de Be. Fátima les
anunció a Sawaba y Sissé que en breves días sería la Fiesta del
Cordero, sobre mediados de diciembre, por lo que todos deberían
estar contentos, les dijo, con la intención de calmar el ánimo de
Sissé. El anuncio de Fátima le dio pie a Sissé para concretar la
fecha de partida, que sería inminente. Antes quería comentarlo con
Sawaba a pesar del distanciamiento ostensible entre ambos. Esa misma
noche estando en la cama con ella le cogió sus manos con ternura y
le contó sus planes.
––Sawaba, he
pensado en que ha llegado el momento de marchar e intentar pasar la
frontera por Ceuta— le dijo. ––Y creo que la fecha más idónea
para hacerlo es en Febrero, una vez hecha la siembra. Tú ¿qué
dices?
––Sissé, le
estás dando demasiadas vueltas a tu partida.
––¿Cómo? ¿Tú
no tienes intenciones de partir?— La interrumpió.
––No. Yo no me
voy. Estoy muy bien aquí. Tengo trabajo, me respetan y posiblemente
empiece pronto a trabajar en el periódico de Nador. Yo no voy a
arriesgar más mi vida, por conseguir qué...— le dijo Sawaba.
––Sawaba, no me
esperaba tu decisión. Creía que buscábamos lo mismo.
––Buscábamos,
tú lo has dicho. Pero creo que yo sería un estorbo para ti en estos
momentos… Tú tienes tu corazón y tu cabeza en otra mujer y yo no
voy a ser un impedimento para que puedas ser feliz, Sissé— le dijo
con lágrimas en los ojos. Y añadió: ––lo que te pido es que se
lo comuniques a Rachid cuanto antes, ellos se merecen saberlo con
tiempo para poder preparar la nueva situación en la hacienda.
––¿Qué hay de
aquello que me dijiste cuando me cuidabas: “Estás pasando un mal
momento. Nada más. Mañana volverás a tener la misma ilusión de
siempre por llegar a Francia y pasaremos, un día pasaremos, no lo
dudes”.
––Nada. No queda
nada, Sissé––. Sissé comprendió que Sawaba había tomado su
decisión y tenía las ideas muy claras.
––Había pensado
comunicárselo en la Fiesta del Cordero.
––Sissé, díselo
después de la fiesta. No estropees ese momento de alegría, sabes
que eres muy querido en esta casa y tu marcha les va a afectar— le
reprochó Sawaba.
––Quizá tengas
razón. Se lo diré después de haber pasado la fiesta––. Y tras
una pausa añadió. ––Aunque he decidido intentarlo por otra
mujer: mi madre. No te voy a negar que hay otra chica, tú ya lo
sabías¾.
Después de una pausa dijo: Mi hermana Be, mi pequeña Be... Ella era
una luz en mi vida y ahora se ha convertido en una piedra en mi
corazón; y he de reiniciar el viaje, no me perdonaría otra muerte
más mientras yo estoy aquí–– se reprochó.
––Lo siento
Sissé.
Sissé no quiso
rogarle a Sawaba que pensara en reconsiderar su postura. Su sitio
estaba junto a Aicha y no estaba dispuesto a soportar una situación
diferente. Permanecieron, ambos, largo tiempo en silencio antes de
dormirse, cada uno vuelto a un lado dándose la espalda. Aunque se
había acostumbrado a la convivencia con Sawaba, Sissé nunca había
estado conforme en el modo de irrumpir de esta mujer en su vida. A
pesar de no atreverse a dejarla, tuvo muchos momentos en los que
pensó que no debía haber continuado con ella, debería haberla
dejado que viviera su propia vida. Era cierto que se había apoyado
en Sawaba muchas veces, que le había sacado adelante en sus peores
momentos, que tenía una personalidad arrolladora, pero no era la
mujer de su vida. Alguna que otra vez se lamentó por no habérselo
comunicado en Nador, tras la redada y haber permitido que se hubiera
ilusionado inútilmente. Estaba quejumbroso por su falta de decisión.
«Una mujer sola en
aquellos parajes, aquellas situaciones, y lo que Sawaba había
sufrido...» se repetía así mismo, para justificar que no era por
falta de personalidad o por debilidad, sino simplemente era una
cuestión de humanidad, que después se convirtió en algo muy
distinto.
Sissé no había
sentido por Sawaba lo mismo que por Aicha en ningún momento. Pensaba
que podía haber actuado de forma egoísta, pero a ella también la
ayudó a sobrevivir con una relativa tranquilidad. Creía que a
partir de ahora sería más llevadero porque tendría que preocuparse
sólo de sí mismo. La negativa de Sawaba a partir con él, a pesar
de que le turbó en un principio, estaba comenzado a considerar que
era lo mejor que le podía pasar, evitando el penoso deber de decirle
un día que todo se había acabado.
En su insomnio,
pensó en la actitud de Aicha, parca en palabras y evasiva, con la
que hacía tiempo que no hablaba. No acababa de entender qué era lo
que estaba sucediendo. Su pensamiento se dirigía hacia Sekou, que
posiblemente la estuviera acosando. Leopold no le había llamado ni
una sola vez. En cada momento que Sissé había pretendido hablar del
pequeño enseguida había desviado la conversación.
No era capaz de
conciliar el sueño y recordaba el año que había pasado en la Villa
de Farhana. Lo agradecido que estaría de por vida tanto a Rachid
como a Fátima, «no sé que hubiera sido de mí si en aquellos
momentos no nos hubieran cobijado» se preguntó. En ese año, en el
que había trabajado a las órdenes de Rachid, se adaptó a sus
gentes y sus costumbres perfectamente, había establecido amistades
que nunca iba a olvidar. Se consideraba integrado perfectamente en la
comunidad magrebí «hasta he asistido en varias ocasiones a la
Mezquita» se dijo.
El inicio de los
cánticos del almuédano desde el minarete de la mezquita al fayr,
le indicó que era hora de abandonar el lecho. No había dormido. Era
hora de reincorporarse y empezar el nuevo día. Su cuerpo se
encontraba entumecido, sus párpados pesados, pero su espíritu
reconfortado por la parte de Sawaba, aunque herido y convulso por la
muerte de la pequeña Be. Se había quitado un gran peso de encima
con la negativa de Sawaba a acompañarle. Sawaba se levantó y vistió
en silencio, saliendo antes que Sissé del dormitorio.
La Fiesta del
Cordero era un gran día para la comunidad musulmana. Ayudó en todo
a Rachid y a su hijo que había llegado de Rabat para pasar la
festividad en familia, como era costumbre. Rachid era feliz de
hacerles participar en todo, tanto a su hijo como a Sissé. Fátima,
por otra parte, también estaba radiante con la participación de
Sawaba en los preparativos. Además porque la veía contenta, había
vuelto a ser ella: dicharachera y bromista como antes.
Rachid, en la
víspera de la fiesta, obsequió a los empleados que no residían en
la hacienda con un cordero a cada uno. Todos los residentes acudieron
juntos a la Mezquita a honrar la figura de “Ibrahim” por medio de
los rezos y los cánticos de los congregados, ataviados todos con sus
mejores vestimentas. Tras la ablución y terminar la ceremonia se
dirigieron a la hacienda de Rachid.
Mediada la tarde
llegaron varios invitados que fueron recibidos con grandes agasajos.
Rachid realizó el sacrificio del cordero en presencia de su hijo y
de Sissé, así como de los invitados varones. Las mujeres
rápidamente limpiaron la sangre y las vísceras concienzudamente
para a continuación, una parte, ser asadas en las brasas y otra
dispuesta para ser cocinada. Mientras tanto, el cordero se colgó por
las patas para que se enfriara para ser comido en los días
siguientes. Tras una comida copiosa, que consistió en Tajín
de cordero, guisado a fuego muy lento con parte de las vísceras y
trozos de cordero y membrillo caramelizado. Se combinaba la carne
salada con el dulce de los membrillos, servido en el recipiente que
daba nombre al plato. Era un recipiente de gran diámetro de barro de
poco fondo y con una tapa de forma cónica, utilizada para mantener
la comida caliente después de la cocción. Tras unos postres
variados de frutas naturales, acompañadas de dátiles y limones
caramelizados, y posteriores dulces diversos, llegó el momento del
té, que en esa ocasión fue preparado por Sissé a requerimiento de
él mismo, al puro estilo Tuareg, haciendo el ritual de las tres
tomas. Los comensales se obsequiaron con regalos, entre cánticos,
bromas y bailes, a medida que aparecían los distintos tés que
preparaba Sissé.
Transcurridos cinco
días desde la Fiesta Grande, y vuelta la normalidad en la casa,
mientras tomaban el té, Sissé anunció a Rachid su intención de
marchar.
––Rachid, quiero
decirte que en el mes de febrero, tras la siembra me marcharé para
intentar pasar a España.
Las caras joviales
de ese momento, se tornaron en rictus compungidos, ni la propia
Sawaba sabía que era el momento elegido por Sissé para anunciar su
marcha. Nadie quería que llegase ese momento, tras un año, poco más
o menos, de convivencia extraordinaria y resultados magníficos en
cuanto al trabajo realizado.
––Os marcháis
en febrero— Rachid meditaba en voz alta.
––No. Yo no me
voy— se apresuró a decir Sawaba, mirando a Fátima, esperando su
complacencia. ––Se va él sólo.
––Ah. ¿No
marchas tú?— Le preguntó Rachid a Sawaba, algo desconcertado.
––No, no. Yo,
no.
––Supongo que lo
has pensado muy bien–– dijo dirigiéndose a Sissé. Y sin dejarle
responder, continuó. ––Cuando dices que te marchas para Febrero
es por que lo has pensado. Es cuando menos perjuicio me puedes crear.
Te agradezco el detalle, Sissé—. Y le preguntó ––¿Es
definitivo? O todavía cabe la posibilidad de reconsiderar la
decisión.
––Es definitivo
Rachid. Debo intentarlo, al menos una última vez. Si no lo consigo
me vuelvo a Malí, con los míos.
––Eso me parece
razonable. Sin embargo si hay algo que yo pueda hacer con el fin de
que cambies de opinión no tienes más que decirlo. Muy gustosamente
te escucharé— le propuso Rachid. Y añadió, —porque no creo que
sea porque te encuentras a disgusto.
––No. No. Ni
mucho menos, yo estoy muy a gusto con vosotros. Desde que me
acogisteis aquí tanto tu mujer como tú os habéis portado
excelentemente conmigo y yo he tratado de corresponderos, pero mi
vida está en Francia o en mi País. Debo…, tratar de conseguir el
objetivo que me ha traído hasta aquí— comentó emocionado.
––Te entiendo
Sissé y respeto tu decisión, pero permíteme que haga lo posible
para que permanezcas con nosotros. Te subiré el sueldo un cincuenta
por ciento más de lo que ganas ahora. Eso no lo he hecho yo en mi
vida con nadie.
––No es una
cuestión de dinero. Por dinero, sabéis tanto tu mujer como tú que
no me movería de tu casa nunca. Yo te agradezco tu interés. Jamás
podré olvidaros, os habéis portado conmigo como unos padres. Os
aprecio sinceramente, Rachid, pero comprende que mi sitio no está
aquí.
––Me creas un
problema, Sissé, aunque tengamos dos meses para resolverlo. Pero no
será lo mismo, seguro. La confianza que he depositado en ti ni en
mis paisanos la podré depositar. Pero creo que tienes razón. Un
hombre debe echar raíces allá donde su corazón le indique. Siempre
me tendrás a tu disposición. Si necesitaras alguna cosa no dudes en
decírmelo. Y si en algún momento quisieras permanecer con nosotros
ya sabes la oferta que te he hecho, que te la mantengo firme— le
ratificó Rachid.
––Gracias
Rachid. De momento no cabe esa posibilidad, pero si en algún momento
surgiese con mucho gusto te lo haría saber.
––Ah. ¿Qué
sucede que tú no vas con él?— Preguntó Rachid a Sawaba, con
semblante estupefacto. ––¡Yo no me entero de nada!––
protestó.
––Nada. No
sucede nada. Sólo que hay una mujer que estaba algo olvidada por
motivos de miseria— le respondió Sawaba.
––Disculpa no
entiendo lo que dices.
––Tampoco es
necesario que entiendas mucho más— intervino Fátima para
desembarazar un tanto la situación.
Rachid se encogió
de hombros y anunció su propósito de irse a la cama, conminando a
los demás a hacer lo mismo. Fátima se acercó a Sissé y le colocó
una mano en el hombro al tiempo que le miró a los ojos con
complacencia, marchando a continuación en pos de su marido. Sawaba y
Sissé se miraron con cierta ternura durante un instante, sin mediar
palabra, ella se giró para ir a la habitación. Sissé permanecía
de pie, no se había movido del lugar que ocupara mientras hablaba
con Rachid. Pensaba en la situación tensa que se había establecido
al final de la noche y las palabras con cierto retintín de Sawaba.
No se sentía bien, porque no quería bajo ningún concepto crear
desazón a esa familia. Recogió la I’barrade y los vasos y los
acercó a la pileta con excesiva parsimonia.
Meditaba sobre el
tiempo que llevaba conviviendo con Sawaba, los momentos felices que
había pasado con ella. Las situaciones comprometidas, incluso de
cierto riesgo, que habían vivido juntos como consecuencia de su
condición de emigrantes.
Cuando llegó Sissé
a la habitación Sawaba se encontraba acostada, vuelta de espaldas a
la puerta de entrada. Se echó él a su lado y le dio la espalda
también, no se atrevió a tocarla siquiera, sabía que estaba
despierta, pero pensó que era mejor no decir una palabra. Fue ella
quien tomó la iniciativa y se giró sobre sí, se abrazó a Sissé,
que le correspondió con entusiasmo. Estaba completamente desnuda y
pidió a Sissé que hiciera lo mismo, la complació al instante.
Pasaron una noche de una intensidad casi apocalíptica, quizá
esperando algo que no se iba a producir, por ninguno de los dos.
––Te recordaré
siempre. Quiero que sepas que no te guardo ningún rencor, más bien,
todo lo contrario. Nunca he querido a un hombre como te quiero a ti,
Sissé.
––Gracias
Sawaba. Yo también te he querido mucho, quizá no lo suficiente. Te
pido perdón por ello. Porque si te hice concebir alguna esperanza,
nunca en mí existió el ánimo de hacerte daño.
––Ya lo sé,
Sissé. Pero a veces las mujeres nos creemos unas cosas, quizá
infundadas, pero que nuestra ceguera por un hombre no nos permite
ver.
––Sawaba, yo
nunca te prometí nada...
––No te reprocho
a ti mi desazón, Sissé. Sé que sólo es un problema mío, por ir
por delante de los acontecimientos.
––De todas
formas quiero que sepas que te estoy muy agradecido, y te lo estaré
mientras viva por tus desvelos en mis peores momentos en Rostrogordo.
Soy consciente de que de no haber sido por ti, yo ahora no estaría
aquí.
––Hice lo que
tenía que hacer. Lo mismo que hubieras hecho tú.
––No sé si yo
hubiera hecho por ti lo que tú has hecho por mí. Me duele
reconocerlo, pero te aseguro que no lo sé.
––Yo, sí lo sé.
Eres muy buena persona, Sissé. Y lo habrías hecho, no tengo la
menor duda.
––Sawaba te
agradezco la estima en que me tienes. Seguramente no lo merezca, pero
te lo agradezco de corazón.
––Te mereces eso
y mucho más, Sissé. Y quiero que sepas que te deseo lo mejor. Que
tengas mucha suerte en la vida y consigas aquello que te propongas––
le dijo al tiempo que le besaba los labios con ternura.
—Sawaba quiero
decirte algo.
—Dime lo que sea.
—Tengo un hijo…—,
tras la cara de estupefacción de Sawaba, Sissé continuó, —no sé
por qué Aicha no quiere que hablemos de él. Se llama como yo. Y ya
corretea.
—Pero eso es
extraordinario. Seguro que es tan guapo como tú. ¿Cuándo lo tuvo?
¾Ya
hace casi un año.
¾Sissé
ahora comprendo tu ansiedad por continuar el viaje…
—Por una parte sí.
Pero tengo muchas dudas, Sawaba. Hay un chico por medio que la
pretendía y con el que tuve un altercado, que no sé si la estará
acosando. Ella me dice que no, pero le dije que le diera mi número
de teléfono a su primo Leopold para que me llamara y no lo ha hecho
después de tanto tiempo. Pero me preocupa el no poder hablar de mi
hijo con ella.
—Bueno, no creo
que debas preocuparte— dijo poco convencida, —lo importante es
que esté bien…
—Sí, eso sí. Al
menos es lo que me dice Aicha.
—Pues eso es lo
verdaderamente importante, Sissé.
domingo, 27 de julio de 2014
SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.
Capítulo
XXVI
Sawaba comenzó a
trabajar al segundo mes de estancia en Farhana, en un hotel propiedad
de Mohamed, amigo de Rachid, en la población de Beni Enzar. Rachid
le prestó una bicicleta con la que cubrir los siete kilómetros que
le separaban de su trabajo. Sawaba compaginaba su trabajo diario con
la ayuda a Fátima en los quehaceres de la casa. Entre tanto, Sissé,
se ocupaba del cultivo de toda clase de hortalizas, que parecían
algo descuidadas. El trabajo de Sissé satisfacía plenamente a
Rashid y pronto dejó de supervisar los trabajos de éste. Le propuso
que se hiciera cargo de la supervisión y control de todos los
cultivos de la finca, lo que Sissé aceptó encantado. La convivencia
en la casa era magnífica, salvo pequeños problemas puntuales, fruto
de las diferencias de pensamientos y el concepto de sociedad que unos
y otros tenían, pero se diluían inmediatamente.
La vida en la
hacienda de Farhana era muy placentera tanto para Sissé como para
Sawaba. Gozaban de plena libertad de movimiento gracias a los
visados, que por la mediación de Rachid, obtuvieron con suma
rapidez. El trabajo que realizaba cada cual satisfacía plenamente a
sus patrones lo que les permitía vivir con máxima tranquilidad. Se
habían integrado sin dificultad en la comunidad de Farhana.
Era viernes y por
tanto fiesta, por lo que no se trabajaba. Estaban reunidos Rachid y
Sissé en el patio interior de la casa, después de haber arreglado a
los animales y guardados los aperos. En breve marcharían a la
Mezquita para la oración de los viernes.
––Sissé ¿te
atreves a cortarme el pelo?
––Sí, claro. Si
tú te atreves a ponerte en mis manos...
––¡Sissé!
––Seguramente
las orejas las seguirás manteniendo, después del corte de pelo.
––Bueno eso ya
me tranquiliza.
Entraron en la casa
y Rachid pidió a Fátima unas tijeras y un peine, anunciando que
Sissé le iba a cortar el pelo. Rostros de incredulidad e
incertidumbre se precipitaron en sus semblantes y se miraron las dos
mujeres.
––Sólo le voy a
cortar el pelo–– casi protestó Sissé.
Unas risas irónicas
siguieron a aquellas palabras. Sissé les demostró su destreza con
la tijera y el peine, dejando constancia de que no era el primer pelo
que cortaba. Rachid quedó muy satisfecho.
Después de haber
recogido el segundo salario, Sissé, compró un teléfono móvil y
llamó a Aicha. Se encontraba muy emocionado. Después de varios
intentos sin conseguir hablar con ella. Al poco de caer la noche lo
intentó de nuevo.
––Hola Aicha––,
un grito de ella le hizo retirar el teléfono del oído. Un momento
de silencio continuó, mientras escuchaban los sollozos, el uno del
otro. ––¿Cómo estás?–– Apenas pudo pronunciar Sissé.
––Bien y Tú.
––Yo estoy
bien–– no alcanzaban a decir más de tres palabras sin
interrupción.
-¿Por
qué has tardado tanto en llamar?
––Porque me
quitaron el teléfono, el dinero...
––¿Pero tú
estas bien?
––Ahora estoy
muy bien Aicha. Estoy trabajando en una hacienda en una población
pequeña de Marruecos.
––¿No crees que
te puedan engañar?
––No. Son unas
personas muy amables. Me acogieron y vivo con ellos, En cuanto he
podido he comprado un nuevo teléfono para llamarte.
––¿No estabas
en Melilla?
––Conseguí
entrar en Melilla. Pero nos devolvieron a Marruecos y..., bueno que
te llamé desde allí.
––¿Qué has
estado haciendo todo ese tiempo?
––Esperando otra
oportunidad. Pero que no se ha dado. Y se me ha presentado esta
ocasión y voy a aprovecharla. Trabajaré unos meses aquí y después
volveré a intentarlo.
––Lleva mucho
cuidado.
––No te
preocupes. Si no lo consiguiera en esta ocasión me vuelvo contigo.
––No te
precipites, yo estoy bien.
––¿Qué diste a
luz?
—Un niño
precioso.
—¿Un niño? Debe
estar ya muy grande ¿no?
—Sí.
—¡Cómo me
gustaría tenerlo en mis brazos!
—Ya lo imagino,
Sissé.
—¿Sekou te ha
vuelto a molestar?
—No… Nunca me
llegó a molestar…
—¿Aicha me
ocultas alguna cosa?
—No, ¿Por qué
piensas eso?
¾No
sé tengo mis dudas sobre Sekou…
¾Sekou
es un buen chico.
—¿Cómo se llama
el niño?
—Sissé
—¡Sissé! Estoy
muy emocionado, Aicha. ¿Cómo es? Dime como es.
—Es muy guapo,
alto y ya corretea.
—Ya corretea…
Cómo pasa el tiempo— dijo Sissé con la voz entrecortada.
Y Leopold y los
demás ¿cómo están?
––Bien. Están
todos bien. Se acuerdan mucho de ti.
––Yo, también
me acuerdo mucho de ellos. De los días que pasé junto a todos
vosotros. Fueron inolvidables. Les he tenido muchas veces en mis
pensamientos, en mi soledad, y eso ha mantenido vivo mis
sentimientos, Aicha... Dales muchos recuerdos y espero poder veros a
todos pronto.
¾No
tengas demasiada prisa, ve con calma.
—Dame el teléfono
de Lepold. Me gustaría hablar con él.
—No soy capaz de
sacar su número de teléfono al tiempo que hablo.
—Bien, pues dale a
tu primo mi número de teléfono y dile que yo no tengo su número.
Sissé le contó a
Aicha cómo le había ido, entre medias verdades y pequeñas mentiras
para que no se inquietara. No quiso entrar en detalles de las
detenciones, las deportaciones, la depresión sufrida y su vida con
Sawaba, que sabía que no aprobaría. Ella, por su parte, ya no hizo
hincapié en que volviera, la había notado como algo escurridiza.
«No ha hablado constantemente» se dijo. Sawaba llegó en ese
momento y escuchó cómo se despedía de Aicha.
¾¿Con
quién hablabas?¾
le preguntó Sawaba a pesar de saberlo.
¾Con
la familia¾
le mintió Sissé.
Pasaron los meses y
cada cual seguía con sus actividades. Fátima encantada con la ayuda
de Sawaba y en algunos casos de Sissé; y Rachid igualmente
satisfecho con la decisión que tomó en su momento de darles
trabajo, obteniendo unos resultados extraordinarios. Sissé seguía
manteniendo el mismo proyecto en vigor. En su pensamiento no estaba
más que en pasar la frontera, y en Aicha, con quien había hablado
en muy escasas ocasiones. Siempre evitaba que Sawaba estuviese
presente.
De cuando en cuando
hablaba con Sawaba de intentar pasar la frontera y ella, que no
sentía la misma ansiedad que Sissé por cambiar su vida actual, le
iba dando largas. Le recordaba, cada vez que Sissé lo planteaba, lo
mal que lo habían llegado a pasar, aduciendo a la situación estable
que disfrutaban en la actualidad. Sawaba sabía que Aicha no había
desaparecido del pensamiento ni del corazón de Sissé. Sabía que él
la llamaba cuando ella no estaba delante. Ya hacía algún tiempo que
era conocedora que no tenía posibilidades de permanecer junto a
Sissé indefinidamente. Había oído a Sissé en alguna conversación
telefónica con Aicha. Aquella llama que prendió en su día había
rebrotado con fuerza en el corazón de Sissé. Sawaba jamás le
ocultó su amor y Sissé parecía corresponderla, a su manera, eso
sí. Llegó a creer que le había embaucado, que Sissé también se
había enamorado como ella, hasta que le escuchó hablar con Aicha
después de tanto tiempo. La relación entre ambos no era la misma
que habían mantenido hasta entonces. Aunque continuaban viviendo en
la misma casa y durmiendo en la misma cama. Sawaba se resignó y se
había impuesto el no interponerse entre ambos, «Sissé debe
sentirse libre de adoptar la decisión que su conciencia le dicte»
se repetía constantemente.
Sawaba se encontraba
a gusto con su trabajo y su estancia en aquella casa que le hacía
muy feliz, con aquella familia que tan extraordinariamente la había
acogido. Su aspecto físico había mejorado ostensiblemente, había
ganado unos kilos, abandonando el aspecto esquelético de cuando
llegaron a Farhana. Su cara se le había rellenado un tanto mejorando
sus facciones, que eran de una belleza extraordinaria, su cuerpo se
había proporcionado y resultaba espléndido. No obstante, su
carácter había experimentado un cambio demasiado elocuente, ya no
reía ni bromeaba como cuando llegaron. Su gesto se tornó huraño.
––Sawaba, ¿estás
molesta por algo o por alguien de esta casa?–– Le preguntó
Fátima.
––No. No.––
Y se le abrazó a ella con lágrimas en los ojos. ––No estoy
molesta con vosotros, para nada. No, no es una cuestión relacionada
con vosotros...–– un nudo en la garganta le impidió continuar.
Ambas mujeres se
sentían muy a gusto juntas, cambiando impresiones habitualmente. Se
habían encariñado la una con la otra hasta tal punto de que se
contaban intimidades que sólo la una o la otra conocían. Llegaron a
convertirse en cómplices perfectas y artífices de la bonanza y el
bienestar de la hacienda de Rachid.
––Es un problema
con Sissé...–– comenzó a contarle, cuando le oyeron que llegaba
hablando sobresaltado.
––¡No! ¡No!
¿Qué me estás diciendo?–– Sissé lloraba sin poder contener
las lágrimas, desconsolado. ––¿Cómo ha ocurrido?
––...
––¿Por qué no
me habéis dicho nada en las anteriores conversaciones que hemos
tenido?
––...
––Lo siento,
madre. Yo estoy, aún, en Marruecos, trabajo en un pueblo llamado
Farhana, con una buena familia. Rachid y Fátima me acogieron hace
algunos meses y estoy muy bien con ellos. Pero, ha llegado la hora de
intentarlo de nuevo.
––...
––Sí, madre. He
estado en Melilla, pero me devolvieron a Marruecos. Y lo he intentado
en varias ocasiones pero no lo he conseguido. Pero te prometo que
esta vez lo conseguiré–– le dijo a su madre con la voz
entrecortada y las lágrimas deslizándose por su rostro.
––...
––¿Por qué no
me habéis dicho la verdad de cómo estabais viviendo? Os hubiera
enviado dinero y posiblemente...
––...
––Adiós, madre.
Cuida de todos.
Sissé estaba solo,
sentado en una de las sillas del porche, tapándose la cara con ambas
manos, sollozando. Había dejado caer el teléfono a su lado. Era la
primera vez que comentaba a los suyos que después de haber
conseguido entrar en España le habían devuelto a Marrruecos, nunca
antes quiso inquietarles con su infortunio. El anuncio de su madre de
que, Be, su hermana más pequeña, había muerto de malaria hacía
tan sólo un mes, le había conmocionado. «Mi pequeña Be» se
repetía.
––¿Qué te pasa
Sissé?–– Le preguntó Fátima.
Sissé se levantó
de la silla y se abrazó a las dos mujeres que estaban juntas, entre
sollozos.
––Mi hermana Be.
Mi hermana pequeña, ha muerto hace un mes de malaria–– les dijo
barbotando las palabras.
––Lo siento,
Sissé–– dijo Sawaba que irrumpió, también, en un llanto.
––Lo siento––,
pronunció igualmente Fátima, muy afectada.
No tardó en llegar
Rachid, de Nador. Había pasado el día en la ciudad realizando unas
gestiones administrativas, y fue informado puntualmente por su esposa
de lo sucedido a Sissé.
––Siento mucho
lo de tu hermana, Sissé–– le dijo a penas le encontró en el
patio, sentado en el suelo con la espalda apoyada sobre la pared y un
polluelo entre las manos.
––Gracias,
Rachid–– se limitó a decir Sissé.
Sissé apenas tomó
bocado, y se retiró a su habitación. No tardó en llegar Sawaba que
hizo una cena frugal. Se echó a su lado y se abrazó a él. Sissé
le contó lo mucho que quería a aquella niña, a la que cuidó
durante el primer mes de vida, hasta que se marchó. Sawaba trataba
de consolarlo. Aquella noche durmió con dificultad, no acabó de
conciliar el sueño y se despertó varias veces, despertando a Sawaba
en alguna ocasión. No hacía más que pensar en su casa y su
familia, la desolación se instaló en Sissé.
La mañana fue
bastante movida en la hacienda, yendo de aquí para allá, atendiendo
a las necesidades de los trabajadores que le requerían
constantemente. En un momento de respiro llamó a su madre y le pidió
el numero de cuenta. A lo que su madre le dijo que según había
dicho su padre no hacía falta que enviara dinero, de momento estaban
bien. Por otra parte le dijo que lo sucedido a Be, no se hubiera
evitado aunque él hubiera mandado dinero, que dejara de
martirizarse. Le aseguró que este año estaba siendo mucho mejor que
el pasado.
miércoles, 23 de julio de 2014
SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.
Capitulo
XXV
Después de nueve
meses, desde que cayera en la depresión, en los que habían cambiado
el campamento otras tantas veces a distintos lugares en los pinares
de Rostrogordo, Sissé se encontraba algo mejorado, aunque todavía
parco en palabras. Su semblante era bien distinto a pesar de mantener
un rictus serio. Sus ojos ya no estaban hundidos, como antes. Ya no
arrastraba los pies al caminar, aunque no gozaba de la energía de
meses atrás. Su mirada iba recuperando poco a poco su viveza y ya
era capaz de mantener una conversación coherente, aunque con frases
muy cortas y muy de largo en largo. Los cuidados de Sawaba estaban
dando su fruto. Ella se quedó muchas veces sin comer para que
comiera él. Pasó muchas noches enteras sin dormir. No se apartó un
solo instante de aquel hombre al que quería con toda su alma y
complacía en todo lo que podía.
En uno de los paseos
vespertinos que seguían realizando a diario, Sissé, recordó lo que
le comentara Ibrahim, sobre el tiempo que pasó trabajando en la
aldea de Farhana y tal idea comenzó a girar en su cabeza. Sissé no
cesaba de agradecerle a aquella mujer su dedicación y su esfuerzo, y
sobre todo su compañía.
––Sawaba,
necesitamos recoger dinero para subsistir–– le dijo un día
cuando ya caía la tarde. ––En una ocasión, Ibrahim, un
compañero de campamento me dijo que él había trabajado en la aldea
de Farhana. ¿Qué habrá sido de él?... Podríamos hacer lo mismo
nosotros. Al menos intentarlo.
––Sissé, me
parece fenomenal. Si tú lo quieres así yo también. Nos vamos
cuando tú quieras, y si no conseguimos trabajar nos volvemos aquí,
o vamos a cualquier otra parte.
Apenas despuntó el
día, salieron ambos del campamento en dirección Sureste, buscando
el camino que les llevara a Farhana. Era casi mediodía cuando
llegaron al Monte Gurugú divisaron en lo alto el Castillo de Basbel.
Más adelante a la altura del barranco de El Lobo y el de Las Agujas,
observaron una manada de jabalíes, a Sawaba le llamaron la atención
los jabatos y sobre todo los rayones, que la enternecieron.
––Mira, Sissé.
Qué vista tan bonita–– se detuvo a la salida de una curva que
hacía el sendero por el que caminaban.
––Si es cierto.
Es una vista espectacular de la Bahía de la Mar Chica y Nador desde
la altura.
Al poco vieron el
Castillo Hundido y el camping. Llegaron, después de salir de una
fosca de pinos, a una zona en la que había un extenso cultivo de
habas, de las que se proveyeron sobradamente. Sentados al borde del
habar, dieron buena cuenta de las viandas que tenían delante.
Aprovecharon para descansar, pues la temperatura era agradable. Se
echaron de bruces, uno junto al otro y al momento Sawaba se incorporó
y besó a Sissé en los labios. Sawaba no perdía la ocasión de
demostrar a Sissé el cariño que sentía por él y volvía a sonreír
después de tantos meses de desazón.
Después de
descansar un par de horas tomaron, de nuevo, el camino y poco más
adelante en un manantial natural bebieron agua y aprovecharon para
lavarse. Comenzaba a declinar el sol cuando llegaron a los aledaños
de Farhana, desde donde se veían sus casas y una alquería desde la
ladera del monte. Decidieron pasar la noche en el monte y acercarse
una vez despuntado el día.
Los cánticos del
muecín a las oraciones del fayr les despertó. Aún
permanecieron un buen rato echados, Sawaba se pegaba con ahínco a
Sissé para mitigar el frescor de la mañana, éste la tenía
abrazada y cobijada en su enorme cuerpo. Salieron de entre los
árboles y se aproximaron a la hacienda que tenían delante. La tarde
anterior observaron que, una considerable extensión de terreno a su
alrededor estaba dedicada a cultivos. Frente a la casa, había un
tractor, una muela y aperos de labranza. Un intenso olor a jazmín de
dos plantas que secundaban la entrada principal les recibió.
––¡Señor!
¡Señor!— Llamó Sissé, desde la puerta que se encontraba
abierta.
––¿Quién es?—
Contestó desde el interior una mujer.
––Señora. ¿Nos
podría dar un poco de agua?— Solicitó Sissé alzando todavía más
la voz.
––Naturalmente—
le contestó la mujer, al tiempo que aparecía por el porche de la
casa secándose las manos con un paño de cocina. ––Ah. Un
momento que les saco el agua—.
Llevaba una jarra de
agua y dos vasos, y les dijo solícita: ––pasad, pasad. Tomad el
agua—. Se volvió, de nuevo, hacia el interior de la casa, por
donde había venido, y sacó un plato con frutas: dátiles, naranjas,
plátanos y un racimo de uvas. ––Comed, tendréis hambre— les
invitó.
––Gracias,
señora— se apresuró a decir Sawaba, al tiempo que cogía una
naranja. Sissé también se apresuró a coger un poco de uva.
––Señora, no
queremos molestarla— dijo Sissé.
––No os
preocupéis, no molestáis. Comed cuanto os apetezca. Os vendrá
bien— se aprestó a responder. ––Mi nombre es Fátima. Y ¿el
vuestro?
––Él se llama
Sissé y yo soy Sawaba.
––Gracias, de
nuevo. Esta noche pasada hemos podido saciar el apetito en un habar
que hay en la ladera del monte. Nosotros queríamos saber si tendrían
trabajo para darnos— le preguntó Sissé.
––Bueno, eso
debe ser mi marido quien te habría de contestar, él, hasta pasado
el mediodía no llegará. Si deseáis esperarle, podéis hacerlo
aquí— les invitó la mujer conmovida ante la presencia de aquella
pareja de jóvenes recién llegados.
––Si no le
molestamos, nos gustaría esperarle y hablar con su esposo— aceptó
Sissé.
––Estoy
preparando “tajine” de cordero y verduras, a mi marido le
gusta mucho. Nos gustaría que comierais con nosotros, sólo que
habrá que esperar.
––Aceptaremos
con gusto, si cuando llegue a su marido no le importa— comentó
Sawaba adelantándose a Sissé.
––No le
molestará, estad seguros.
––Fátima, ¿le
importaría que nos aseáramos un poco?— Consultó Sawaba.
––No. Claro que
no. Venid.
Fátima les
proporcionó ropa limpia de ella y su marido de unos cuantos años
atrás. Sawaba pretendía lavar la que ellos portaban. Pero Fátima
se negó y les obligó a desprenderse de sus ropajes para quemarlos a
continuación.
Fátima era una
mujer de mediana edad, no llegaría a los cuarenta y cinco años y
llevaba un velo sobre la cabeza. Estaba entrada en carnes. Su cara
era redonda y morena, como tantas otras en aquel país, su voz dulce
y melodiosa irradiaba paz a raudales. Tenía grandes ojos sesgados y
negros de dócil mirada.
Una vez aseados
permanecieron conversando con la mujer de la casa. Se interesó por
todo cuanto habían pasado hasta llegar allí. Le indicaron sus
lugares de procedencia, así como los motivos de cada uno para
realizar ese viaje. Se compadeció de ellos y de tantos otros que
habían muerto en sus intentos de mejorar sus vidas o en ocasiones de
salvarlas.
––Nosotros
estamos pendientes de cuanto comentan en televisión, que no es
mucho, sobre la situación de los emigrantes. Al menos os ayudan de
vez en cuando proporcionando agua y asistencia sanitaria.
––¿Cómo? No,
Fátima. No nos dan agua, y la asistencia sanitaria a la que se
refieren es la que proporcionan a los heridos que los gendarmes
provocan con sus redadas o cuando se intenta pasar la valla––
puntualizó Sawaba.
––Pero incluso
han llegado a decir que os han proporcionado mantas...
––Señora
Fátima, no sólo no nos han dado mantas, si no que, cuando hemos
sido apresados nos han tenido un par de días o tres amontonados a
hombres, mujeres y niños en celdas sin darnos agua siquiera.
Quitándonos, antes, las pocas pertenencias que pudiéramos tener, ya
fueran teléfonos móviles, ropa, amuletos y por supuesto dinero––
le aclaró Sissé con ternura ante el azoramiento que presentaba la
mujer.
¾Nosotros
no creímos a personas que como vosotros nos lo dijeron antes. No
tenía nada que ver con los comentarios de televisión y pensamos que
exageraba intencionadamente¾
dijo Fátima algo azorada.
Sawaba se brindó a
ayudar a Fátima en la preparación del tajine, con el fin de
aliviarla en su desazón. Entre tanto Sissé le pidió autorización
para dar una vuelta por los cultivos próximos a la casa.
Las dos mujeres se
dirigieron hacia la cocina y Sissé observó que en el porche donde
se encontraba había cuatro sillas dispuestas unas frente a las
otras, cada dos pegadas a la pared. Colgados sobre las sillas había
aperos antiguos, en desuso, que adornaban las paredes blancas
encaladas y desconchadas. Hacia el interior un patio dividía las dos
alas de la casa. A una parte se advertían las cuadras para los
animales y a la otra, seguramente, almacenes donde guardar las
cosechas, cerrados por dos grandes portones de madera. Desde lo alto
del techo, en el que estaban a la vista unas vigas de troncos de
madera desiguales, colgaba un cable de luz del que pendía una
bombilla más grande de lo habitual. Por la izquierda un vano daba
acceso a una sala en la que había dos mesas sobre dos grandes
alfombras, una mayor que la otra, rodeadas de sendos almohadones. A
la derecha había una puerta pequeña, cerrada. Pegado a la fachada
de la casa, un almacén con un gran portón de madera, entreabierto,
por el que se asomó y vio que era utilizado para guardar los
vehículos de la hacienda. El sol calentaba algo el ambiente,
reconfortaba. Volvió a oler aquel intenso olor a Jazmín y poco más
adelante a eucalipto. A uno de los lados del ensanche que había
delante de la casa, tenían un pequeño jardín en el que cultivaban
rosas, margaritas, claveles... Algo más adelante había una gran
extensión de terreno plantado de tomates, que estuvo observando con
detenimiento. Le sorprendió verlos enramados en altura. Aunque había
oído hablar de este tipo de plantaciones, jamás las había visto.
Tomó uno y lo mordió, comprobó que tenía un sabor excelente.
Recorrió las plantaciones más próximas a la casa. Tenían
naranjos, olivos, manzanos y una buena extensión plantada de
remolacha azucarera. Después del paseo Sissé regresó a la casa.
Alrededor de la una
de la tarde llegó el marido de Fátima.
––Rachid, estos
son Sawaba y Sissé. Han llegado esta misma mañana y te esperan para
hablar contigo. Éste es mi marido, Rachid— dijo, dirigiéndose a
la pareja.
––Perdonad que
me presente así, pero vengo de trabajar en el campo— se excusó.
––Vosotros me diréis.
––No se debe
preocupar— respondieron al unísono, tendiéndole, ambos, la mano.
––Rachid, les he
invitado a comer con nosotros— intervino Fátima.
––No podía
esperar menos. Serán nuestros invitados— le respondió. Y añadió
––en ese caso, me vais a permitir que me asee y después de comer
hablamos, consideraos en vuestra casa.
––Muchas
gracias, señor Rachid–– respondieron ambos con entusiasmo.
Rachid cojeaba
ligeramente, por un accidente con el tractor, que le rompió el
tobillo, pero no le mermaba su actividad. Tenía una buena altura,
sin llegar a la de Sissé, un cuerpo musculoso y una prominente
barriga. Su cabello moreno y rizado comenzaba a pintar canas. Su
semblante era un tanto serio pero detrás había un aspecto bonachón.
Fátima les comunicó a sus invitados que iba a hablar con su marido,
quería anticiparle el objeto de su visita, ––para que recapacite
antes de contestaros–– dijo, haciendo una mueca de complicidad.
La comida fue
distendida y los comensales felicitaron a la cocinera por el menú
presentado.
––Fátima es muy
buena cocinera— aseguró Rachid.
––Lo ha
demostrado–– dijeron a un tiempo Sawaba y Sissé. ––La comida
ha sido muy buena, y no vea cómo nos ha sentado— intervino Sawaba.
Pasaron a la mesa
más pequeña donde tomarían el té a indicación de Rachid.
––Lleváis
muchos días sin comer, ¿no?— Se interesó Rachid, al tiempo que
les servía el té desde la I' barrade.
––Bastantes—
le confirmó Sissé. ––Yo, ya no recuerdo cuando comimos algo
caliente, pócimas que preparábamos en el campamento con raíces y
tubérculos que encontrábamos por el monte.
––Hace casi dos
semanas que comimos un khboz cada uno que nos dio una señora
que habita en una casa cercana a los Pinares de Rostrogordo, por
cierto estaban deliciosos. Últimamente vivimos de la mendicidad—
intervino Sawaba.
––No lo parece,
aunque estáis muy delgados.
––Porque nos ve
ahora recién lavados y aseados. Su señora nos ha permitido utilizar
el baño y nos ha proporcionado ropa limpia. Si nos hubiera visto al
llegar...–– dijo Sawaba.
––Ya me había
parecido a mí reconocer esas prendas. Mi mujer ha hecho lo que
debía. Y bien ¿de qué queréis hablarme? Aunque creo que ya me ha
adelantado algo Fátima.
––Verá Rachid—
dijo Sissé, ––estamos buscando trabajo para poder comer primero
y costearnos el viaje a España después.
––Y ¿qué es lo
que sabéis hacer?
––Yo en mi País
he trabajado en el campo: el mijo; las hortalizas; las frutas, como
el mango y el plátano; el algodón. También sé cuidar del ganado y
cortar el pelo— le indicó Sissé.
––¿Cortar el
pelo… del ganado?
––No. No. De las
personas, de los hombres en concreto— le respondió Sissé entre
risas de todos.
––Bueno, no está
mal— aceptó Rachid. ––Lo que vosotros pretendéis es trabajo
para los dos, imagino, ¿no?
––Sí.
Naturalmente— intervino Sawaba, ––yo podría ayudar a su esposa
en los quehaceres de la casa, o cuidar de los niños, ¿si los
tienen? Yo del campo no sé nada, soy periodista y me he pasado toda
mi vida estudiando— añadió a modo de excusa.
––¿Periodista?
Y no tenías oportunidades en tu País. Para dar el paso que has
dado…— Y continuó, ––sí, tenemos un hijo, pero ya quisiera
él que le cuidaras, está en l'Université Mohamed V Souissi, en la
Faculté de Medécine et Pharmacie, estudiando Farmacia, en Rabat,
será más o menos de vuestra edad.
––Podrías
intentar ayudarles, Sissé te puede aliviar a ti y podrías hablar
con Mohamed, para ver si le da trabajo a Sawaba en algún hotel en
Beni Enzar— le dijo Fátima a su esposo.
––Veamos. Sissé
yo me comprometo a darte trabajo durante tres meses, después no sé
si podrás continuar con nosotros, siempre y cuando antes no tenga
que despedirte si no haces las cosas como yo quiero. Y en cuanto a
ti, Sawaba, hablaré como dice Fátima con mi amigo Mohamed, pero no
te garantizo nada.
––No se preocupe
Rachid, que no tendrá queja de mí— le respondió Sissé,
entusiasmado.
––Tendréis la
comida y una cama… Y un sueldo. Si te pudiera conseguir trabajo
Sawaba, sería lo mejor. Pero si no lo consigo, ayudarás a Fátima
en los trabajos de la casa y en lo que ella te indique. ¿De acuerdo?
––Sí, sí,
señor. De acuerdo— aceptaron ambos.
––Y tomaos el
té, que se está enfriando.
Fátima se abrazó a
Sawaba, que no ocultaba su alegría. Al menos de momento no les
faltaría la comida y podrían vivir decentemente. Entre tanto Rachid
y Sissé cerraron el trato con un apretón de manos. Rachid volvió
a servir el té verde con menta en los cuatro vasos y charlaron
distendidos durante buen rato, interesándose por las vicisitudes que
habían vivido en sus carnes los dos. Quedaron muy impactados por la
narración de las atrocidades sufridas por ambos, especialmente por
Sawaba.
––Os conseguiré
un visado de tres meses para que podáis trabajar aquí sin ningún
problema.
––Gracias––
dijeron los dos a un tiempo.
––Necesitaré
vuestros pasaportes.
––Sissé lo
tiene en la mochila que hemos dejado en la cocina. Ami me lo quitaron
la primera vez que me prendieron–– dijo Sawaba.
––Bien, ahora no
es necesario que me lo des, Sissé. Lo preparas y mañana por la
mañana me lo llevo y hago las gestiones, tú pasarás por su
esposa––, dijo dirigiéndose a Sawaba.
––Muchas
gracias, señor Rachid–– dijeron Sawaba y Sissé, que se
abrazaron sin ocultar su alegría.
Fátima les miraba
complacida, y ellos estaban radiantes. Rachid les conminaba a tomar
el té antes de que se enfriara definitivamente. Después de un buen
rato de tertulia, Rachid, conminó a Sissé a acompañarle a conocer
la finca, regresando bien pasada la tarde, empezaba a oscurecer.
Después de la cena, se sentaron cómodamente alrededor de la mesa
pequeña y Fátima posó en ella una bandeja con cuatro vasos y la
tetera echando humo.
—¡Vamos a tomar
el té! ¿Cómo es qué habéis venido hasta Farhana para trabajar?
––Un tal
Ibrahim, me dijo, cuando estaba en mi primer campamento del monte
Gurugú, que estuvo trabajando aquí en Farhana y lo recordé y eso
fue lo que nos hizo encaminarnos hasta aquí— dijo Sissé.
––Ibrahim...,
¿el zaireño?— Se interesó Rachid.
––Sí, era de
Zaire.
––Sííí, el
bueno de Ibrahim. Trabajó para nosotros. Espero que si te has de
portar mal lo hagas como él. Dejó un grato recuerdo en mi casa. Él
y mi hijo se entendían a la perfección. Era un tanto extraño,
parco en palabras y muy escurridizo, aparecía y desaparecía casi
sin enterarnos. Pero siempre fue muy solícito. Muy atento, espero
que el Profeta le haya ayudado.
––Lo que sé de
él es que consiguió entrar en Melilla y perderse por sus calles.
––Eso lo creo.
Era especialmente hábil en desaparecer.
––No me habló
en ningún momento de su buena relación con su hijo, señor Rachid,
aunque es verdad que estuvimos juntos poco tiempo. A pesar de eso nos
hicimos muy amigos. Siempre andábamos juntos a todas partes.
––Es muy buena
persona. Y aquí en mi casa se portó muy bien. No tenía mucha idea
de los quehaceres del campo, pero fue muy servicial. Y ya te he dicho
que se llevaba muy bien con mi hijo. La verdad es que lo sentimos
cuando se marchó.
––Es que
nosotros, supongo que Ibrahim no sería una excepción, tenemos en la
cabeza un objetivo y por él nos movemos.
––Sí. Eso está
claro. Pero en Ibrahim coincidió con la marcha de mi hijo a la
Universidad y, supongo, que él pensó que ya no sería lo mismo.
Bueno, creo que sería prudente irnos a descansar, mañana amanece
muy temprano. Ahora Fátima os dará la habitación.
––No se
preocupe, señor Rachid. No seremos ningún problema para ustedes.
––Ah, por
cierto. ¿No tendréis antecedentes policiales? Si los tenéis será
mejor que me lo digáis.
––No, señor
Rachid. No tenemos ningún antecedente penal, ni él ni yo–– se
anticipó Sawaba.
––Bien, mejor
así. Buenas noches. Ah Sissé, a las seis estamos en pie.
––Muy bien de
acuerdo— dijo Sissé. —Buenas noches–– le respondieron ambos.
domingo, 20 de julio de 2014
SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.
Capítulo
XXIV
Sissé permaneció
bastante tiempo en silencio mientras caminaban a la luz del día.
Pronto llegaron a la pequeña población de Ain Reggada. Sissé
compró una mochila para llevar a la espalda y dejar las bolsas de
mano que eran incómodas para caminar. Tras reponer algo de comida
retomaron el camino hacia Berkane, que alcanzaron sobre media noche.
Dejaron la urbanización de Bab Al Madina a su derecha y siguiendo
por la N-2, que en la ciudad estaba reseñada como Boulevard Mohamed
V, se adentraron hasta el mismo corazón de la población. Quedó
atrás la Biblioteca Laymoun y el Hotel Zaki, el Estadio Municipal de
Berkane, la Mezquita, la Plaza de Mohamed V y el gran Parque de las
Cigüeñas Blancas. Salieron de la ciudad por el barrio de Sidi
Slimane Charaá, sin haberse cruzado con un solo gendarme.
Tras cuatro días de
viaje sin sobresaltos, llegaron al pueblo de Selouane, a diez
kilómetros de Nador, más al norte, en el interior. El día
diecinueve de octubre alcanzaron el Monte Gurugú por su cara sur,
desde la población de Segangan, evitando así entrar a Nador y Beni
Enzar. Una vez en Beni Chiker tomaron dirección Noreste ascendiendo
y descendiendo barrancos, hasta que avistaron la ciudad de Melilla,
Beni Enzar y Nador desde lo alto. Sissé no tardó en reconocer el
terreno como le explicó a Sawaba, que mostró su satisfacción. Al
poco de caminar llegaron al lugar donde estaba ubicado el campamento
en el que Sissé, junto a Ibrahim, Huffam y otros tantos se lanzaron
al asalto de la valla. Se dirigió hasta el pino en el que enterró
su documentación, rescatándola de nuevo. A medida que recorrían la
zona del monte en la que estaba asentado el campamento, Sissé, le
explicaba a Sawaba todo lo que se hizo en aquellos días y cómo se
planeó la estrategia del asalto a la verja. Le habló de la mujer y
la niña de Huffam. Pronto se presentó un hombre negro que les
sobresaltó, reconociéndose al momento, se fundieron en un abrazo,
ante la mirada de Sawaba que parecía reconfortada.
––¡Simone! Es
uno de los encargados de grupo que se reunió para diseñar la
estrategia a seguir en el asalto masivo del día veintinueve de
septiembre–– le presentó a Sawaba.
––¿Cómo es que
estás aquí?— Le preguntó Sissé.
––Yo no pude
saltar. Tropecé en la carrera y caí, mi mujer y mi niña si
pasaron.
––Sí pasaron,
yo estuve con ellas.
––¿Estaban
bien?
––Sí. Sí. La
niña estaba perfectamente, jugueteaba con Huffam. Tu mujer sólo
tenía una pequeña herida en la pierna, pero salvo eso estaba muy
bien¾ evitó
decirle la importancia de la herida de su mujer. ¾Se
lamentaba de que tú hubieras quedado atrás. Pero ya no sé cómo
quedaron ellas, porque a mí me entregaron a los marroquíes y me
llevaron hasta el sur de Marruecos y he estado vagando hasta ahora.
––Te agradezco
la información. No sabía nada de ellas–– dijo con lágrimas en
los ojos. ––A mi me molieron a golpes y quedé inconsciente en el
suelo, cuando desperté oía a lo lejos las sirenas y los gritos de
los perseguidos, no había nadie alrededor mío y emprendí la vuelta
al monte. Supongo que me darían por muerto y pensarían pasar a
recogerme más tarde, pero el caso es que no me quedé para
comprobarlo. Todavía me quedan restos de mi desdicha–– les
mostró su pie izquierdo bastante inflamado todavía. ––Entonces
tú ¿conseguiste saltar?
––Sí, lo
conseguí. En el asalto de la noche— le aclaró. ––Al día
siguiente coincidí con Huffam, su mujer y su niña, y con tu
familia que estaba junto a ellos. Huffam si tenía un herida más
profunda que le mantenía vendado y caminando con dificultad. Yo
también resulte herido con cortes y poco más— al tiempo le mostró
la cicatriz.
––Sissé, el
corte no fue pequeño.
––No, pero curó
bien. Tampoco fue excesivamente profundo. Después tuve que ir a un
hospital y me limpiaron la herida y me curaron de nuevo y ya no hizo
falta más.
––¿Sabes qué
ha sido de Ibrahim y de Huffam?
––No. Ya no he
sabido nada más. Te iba a preguntar yo por ellos, si tú habías
oído algo.
¾De
Ibrahim, me contó Huffam, que después de dejar sanas y salvas a su
mujer y a su niña, él desapareció entre las calles del Polígono
Industrial y cuando a mi me expulsaron Huffam todavía permanecía en
el C.E.T.I., junto a su familia y la tuya; pero ya no he sabido nada
más de ellos.
––Por aquí
tampoco se ha oído ningún comentario sobre ellos. Sí se ha hablado
de que varios convoyes de camiones y autobuses han salido para Oujda
en varios días distintos, pero tampoco sabemos nada más. Pero
cuéntame cómo viste a mi familia, por favor.
––Es que no te
puedo decir nada más, que lo que te he dicho. Lo cierto es que
estaban muy bien, al menos mientras yo estuve con ellas, porque a los
dos días me entregaron a los gendarmes marroquíes y me llevaron a
unas celdas en Nador. Y tú, ¿dónde estás? ¿Estás solo o
acompañado?
––Hemos montado
el campamento más hacia el Este, hacia la parte en la que yo estaba
anteriormente. Pero hemos sufrido varias redadas, incluso con perros
y helicópteros. Han detenido a muchos, Sissé. Ahora vivimos con
inquietud, aunque en varios días no nos han molestado. ¿Queréis
venir?
––Sí. Te
acompañaremos, aunque no te aseguro que nos quedemos, quiero probar
por Rostrogordo, ver qué posibilidades hay.
––Las
posibilidades son muy similares Sissé. No hay grandes diferencias.
––¿Habéis
vuelto a intentarlo?
––No. No. Ya te
he dicho que hemos tenido varias redadas. Están muy vigilantes desde
que se saltó la verja dos veces en el mismo día. Aunque siempre hay
alguien que lo intenta. Ahora están reparando la verja. Y se oyen
rumores de que la van a elevar a seis metros.
––¿Seis metros?
Se encaminaron hacia
el nuevo campamento que se hallaba situado a un kilómetro más o
menos del que ocupaban antes. Desde éste se divisaba muy bien Beni
Enzar y Nador, La bahía de la Mar Chica y la parte sur de Melilla,
donde está el puesto fronterizo de Beni Enzar. Era una zona de
cedros y encinares que colmaban el ambiente de su perfume, remarcado
por una humedad que se posaba sobre la arboleda. <<Es mucho más
pequeño que el que teníamos más arriba>> se dijo Sissé.
Como si Simone hubiera adivinado el pensamiento de Sissé, les guió
por un sendero amplió que giraba hacía la izquierda, desde donde
vieron un amplio despliegue de chabolas. Empezaba a caer la tarde y
el crepúsculo era espectacular, le recordó a Sissé las
conversaciones con Ibrahim sobre la belleza de las puestas de Sol en
Melilla. Sawaba no se separó ni un momento de Sissé, hasta el punto
de llevarlo cogido de la mano.
Caída la noche,
Sissé y Sawaba ocuparon un pino libre cerca de dos chozas, aunque
sólo contaban con unos cartones pinchados entre el ramaje que
cubrían del relente nocturno. Durmieron abrazados. Sawaba le dijo
que siempre tenía frío, aunque Sissé estaba convencido que no era
ésa toda la razón. Sawaba era una mujer menuda, de media estatura.
Sissé estaba convencido de que su delgadez se debía a la falta de
alimentación. Sus cabellos ondulados y cogidos en una pequeña cola
y negros como el azabache contrastaban con sus dientes blancos,
homogéneos y de un tamaño medio. Su nariz pequeña y sus ojos no
muy grandes le daban más un aire europeo que africano; salvo por su
tez, igualmente, de un negro de intenso brillo. Pero si algo le hacía
más atractiva era su mirada pícara y su lengua vivaz, siempre
encontraba un motivo para hacer una broma, incluso de sus propias
desgracias personales, destacando unos hoyuelos en sus mejillas
cuando reía.
A la mañana
siguiente se marcharon hacia Rostrogordo, tras despedirse del hombre
que les trajera hasta el campamento. En Rostrogordo habían montado
un nuevo campamento, después de varias redadas de los gendarmes y
fuerzas auxiliares de Marruecos. Cuando llegaron Sawaba y Sissé,
muchos de los habitantes de los Pinares, saludaron con cariño a
Sawaba, y ella les correspondió de igual forma. Se contaron entre
ellos las distintas suertes corridas por unos y por otros. Se
escucharon infinidad de historias, todas ellas horrendas. Cada día
que pasaba se sentían más inseguros porque las redadas habían
aumentado tanto en número de operaciones como en cantidad de medios
y de policía, ya bien militares o gendarmes o ambos cuerpos
coordinados. Sissé y Sawaba buscaron un lugar donde cobijarse y en
un pino bajo colocaron varios cartones atravesados por las ramas que
hicieron de dosel.
––Sawaba, este
campamento es una ratonera de la que no podremos salir si hubiera una
redada–– le advirtió Sissé, que desde que llegaron lo estaba
escudriñando.
––¿Por qué
dices eso?
––Porque está
en una hondonada sobre las faldas del monte. Para salir de aquí
tenemos que ascender. Todos los accesos están en alto, los gendarmes
no tendrían más que esperarnos sentados...
––Bien, si no te
gusta nos iremos, Sissé. Pero después de unos días, descansemos
unos días y luego nos marchamos a donde tú quieras.
Sissé ya no le dijo
nada más, quedó con su quimera.
Al día siguiente de
estar en el campamento les sorprendió una redada. Bloquearon a todos
los que vivían en él. Gendarmes con perros, militares con el apoyo
de dos helicópteros un gran número de todo-terrenos perseguían y
detenían a todo ser viviente, del que no se escapó Sissé de ser
detenido. Sawaba había bajado esa misma mañana a un caserío que
había tras el Parque Forèt Trifa, junto a los Pinares de
Rostrogordo, para pedir algo de comida y agua. A su regreso los dos
únicos ocupantes del campamento que se habían librado de la redada
la informaron de lo sucedido.
––Se los han
llevado a todos detenidos en furgones policiales y camiones del
ejército.
––¡Maldita
sea!–– Gritó. ––Sissé me lo advirtió que esto era una
ratonera de la que no podríamos escapar y yo le pedí quedarnos unos
días–– decía en medio de un llanto incontenible.
––Me voy a
buscarlo–– dijo, mientras se golpeaba en la cabeza con ambos
puños.
––¿Estás loca?
¿Dónde vas a ir? Es mejor que te quedes aquí. Él sabrá dónde
buscarte cuando pueda regresar.
Un mes tardó Sissé
en volver al punto del campamento del que fue arrancado. El encuentro
con Sawaba resultó de lo más emotivo. Se abrazaron con fuerza, él
la levantó en el aire y giró varias vueltas con ella en volandas.
Un mar de lágrimas invadió el ambiente, no sólo de ellos dos,
también de muchos de los nuevos congregados en el campamento que
sabían de su separación. Sawaba le besaba incesantemente. La cara
de Sissé, sucia, llena de polvo, surcada por las lágrimas, y
tachonada por los besos de Sawaba, le daba un aspecto siniestro. Uno
de los acampados trajo un poco de agua en una botella y se la ofreció
para lavarse. Sissé se lo agradeció, se lavó la cara con energía.
Pasó su brazo por los hombros de Sawaba que le sujetaba por la
cintura y se apartaron del resto. Ella apoyaba su cara sobre el pecho
de Sissé con una ligera presión, su rostro irradiaba alegría, y su
sonrisa volvió en aquel mismo instante que vio llegar a Sissé,
después de muchos días sumida en la pesadumbre.
––Perdóname
Sissé–– le repetía una y otra vez por haberte retenido en aquel
agujero.
––Ahora ya estoy
aquí. No te atormentes más. Tampoco nos dio tiempo a cambiar de
lugar, nos cogieron al tercer día de llegar.
A pocos metros de
allí se detuvieron entre dos pinos no muy altos, en los que Sawaba
había dispuesto unos plásticos que hacían de dosel, bajo el que se
guarecía. Habían desplazado el campamento varios centenares de
metros más al Oeste, sobre un alcor desde el que se dominaban los
caminos de acceso.
Aquellos cuerpos
demacrados eran una sombra de lo que fueron, pero al menos ahora
estaban juntos de nuevo. Sawaba besaba de forma constante a Sissé
que le correspondía de cuando en cuando. El semblante de Sissé
había cambiado al mismo tiempo que su cuerpo; lo que antes era un
rostro alegre, vivaz, ahora no reflejaba más que un rictus penoso,
desdibujado, a pesar de haber cobrado algo de ánimo al llegar de
nuevo al campamento y encontrarse con Sawaba.
––Llegaron por
sorpresa los gendarmes y las fuerzas militares¾
comenzó a relatar Sissé. ¾Llevaban
perros y habían bloqueado todos los caminos. Después de haber
iniciado la celada aparecieron todo-terrenos por todas partes––
relataba a Sawaba. ––El campamento lo tenían bien controlado
desde hacía tiempo, estoy seguro. No pudimos ni movernos¾
hizo una larga pausa.
¾Fuimos
llevados a la comisaría de Nador y de allí a unos pabellones en las
afueras, en los que estábamos hacinadas más de seiscientas
personas, llegadas de todas partes: de Beni Enzar, Nador, Tánger. No
teníamos aseos, ni comida, apenas nos daban un poco de agua, de
nuevo se repetía la historia. A los dos días nos subieron a los
autobuses y nos llevaron a Oujda y de allí, sin detenernos en el
camino, a un punto fronterizo de Argelia, por el que pasamos de noche
y nos adentramos durante más de dos horas, entre montañas. Habían
mujeres embarazadas, niños…, fue horrible. Yo sabía que tenía
que caminar hacia el Oeste, y eso hice cruzando barrancos, arroyos
––al menos agua no me faltó–– (dibujó una sonrisa macabra);
¾al
cabo de una semana me encontré en Guenfouda, y mi alegría fue
inmensa. Ya sabía dónde estaba, había pasado por allí, Oujda
estaba más al norte. Seguí caminando hacia el Oeste, con la certeza
de que algún día llegaría hasta aquí, estaba en el camino
correcto. Cuando llegué a El Aioun, me di de bruces con un cartel
que anunciaba Sidi Bouhria, por una carretera que salía por la
derecha, hacia el norte y recordé esa población que estaba
anunciada en la N-2 cuando vinimos juntos caminando y volví a hacer
la ruta que hicimos hasta aquí— finalizó Sissé, dándole un beso
en la frente a Sawaba, que no podía pronunciar palabra por la
emoción.
Se desprendieron de
la ropa raída que llevaban y sus pechos se apretaron el uno con el
otro. El roce de sus carnes hizo que subiera la excitación de los
dos. No hablaban, sólo de cuando en cuando algún gemido acompañaba
al fulgor del momento. Sawaba sentía el peso del otro cuerpo que,
oprimiéndole sus senos, le transmitía calor. De cuando en cuando
Sawaba se apretaba aún más contra el cuerpo de Sissé, como si
quisiera fundirse en el cuerpo de él. Un gozoso placer empezó a
fluir del cuerpo de Sawaba que se estremecía, abandonándose a su
ansiada suerte.
Pasaron muchos meses
desde su regreso a los Pinares de Rostrogordo, librándose de varias
redadas. Siempre que habían cambiado de ubicación, Sissé, elegía
el punto en el que situarse. Sissé se encontraba desesperado, hacía
más de diez meses que se había quedado sin dinero. Tanto él como
Sawaba habían llegado a beber agua de los charcos cuando había
llovido, incluso agua del mar cuando no tuvieron otra para beber. Una
extrema delgadez se reflejaba en sus cuerpos. Sissé tenía los ojos
hundidos, los pómulos resaltados, la suciedad se adueño de él. Su
carácter se había vuelto irascible, hasta el punto de haber tenido
un par de riñas por cosas banales. Sissé se había convertido en un
espectro de lo que fuera, Sawaba ya lo era cuando se cruzó en la
vida de Sissé.
––Sawaba, mañana
si el mar está bien intentaré pasar a nado a Melilla.
––Qué dices.
¿Tan buen nadador eres para salvar la distancia y las corrientes?
––No aguanto
más. He de intentarlo o me volveré loco, Sawaba. No quiero seguir
viviendo así. Me niego a vivir así.
––La situación
es desesperada, desde luego, pero lo que pretendes es un suicidio.
––¡Pero
moriremos aquí!
––No, Sissé. No
moriremos aquí. Sólo tenemos que tener la voluntad de vivir y
luchar para conseguirlo. Podemos intentar encontrar trabajo y llegar
hasta Ceuta, allí con mil euros podemos pasar el estrecho en una
patera. Pero no debemos desesperar. No podemos perder la cabeza.
Debemos trazarnos un plan, crear un proyecto y luchar por él, Sissé.
No desmayes tú ahora, tú no, por favor— le suplicó casi en un
sollozo, abrazándose a él con fuerza.
––Siento mucho
darte esta imagen— le dijo con lágrimas en los ojos y con su brazo
por encima de los hombros de Sawaba, —pero me encuentro muy
desanimado. No esperaba verme en esta situación al cabo de casi dos
años fuera de mi casa. En este tiempo ya daba por sentado que
estaría debidamente instalado.
––Hagamos el
amor, Sissé. Después nos encontraremos mejor. Veremos las cosas
desde otro punto de vista.
––Perdóname,
Sawaba. Mi cabeza ni mis sentimientos están en estos momentos en
disposición de nada–– se disculpó apoyando la cabeza sobre el
hombro de ella, sollozando.
––¡Eh! Sissé.
¡Ya está bien! Vamos a dar un paseo. ¡Anda! ¡Vamos!— le propuso
enérgicamente, al tiempo que tiraba de él.
––Creo que he
pretendido nadar en un mar embravecido. Sin tener en cuenta la fuerza
de las mareas-
divagaba en voz alta. Mientras frotaba sus ojos con el reverso de su
mano. ––Creo..., pero hay que ser idiota..., me pareció que
apenas llegara al monte Gurugú, un día me encontraría
tranquilamente en España y me brindarían pasar a la Península y
después proseguir viaje hasta Francia. Qué ingenuo... No he
encontrado una buena acción desde que salí de Malí, salvo de
algunos acampados como nosotros.
––No te
atormentes más, por favor. Tú eres fuerte. Siempre te has
sobrepuesto a las adversidades...
––Te parezco un
hombre fuerte... No soy más que un fracasado, Sawaba. He dejado a mi
familia a su suerte, yo podía haber perdido la vida y todavía estoy
en el mismo lugar, no he avanzado nada. Y sabes lo peor de todo esto,
que no puedo decirle a mis padres cuál es mi situación real. Todo
lo bueno que me sucedió dentro de mi País, creo que no eran más
que trampas que el destino me puso para continuar adelante, así como
el ir superando los traspiés que fui padeciendo desde que entré en
Argelia y más tarde en Marruecos. No podían ser otra cosa. Tenía
que convencerme a fuerza de sufrir en mis propias carnes toda la
infamia del ser humano...
––No debes
pensar así, Sissé. Aquí también hemos encontrado gente bondadosa,
que nos ha socorrido al darnos agua, o algo de comer.
––Estoy cansado,
muy cansado–– le decía a Sawaba, mientras lloraba con amargura.
––Estás pasando
un mal momento. Nada más. Mañana volverás a tener la misma ilusión
que siempre has tenido por llegar a Francia. Pasaremos, un día
pasaremos, no lo dudes. Vamos Sissé, demos ese paseo.
Sawaba volvió a
tirar de Sissé hasta hacerlo caminar.
Después de un buen
rato de paseo volvieron al campamento y Sissé se acostó en la
improvisada tienda, bajo los pinos. Se encontraba muy mal, su
respiración era descompasada, no dejaba de llorar como un niño y
temblaba. Sissé estaba irreconocible y Sawaba se sentía muy
preocupada.
––«Campos
llenos de hienas que emana la tierra vienen hacía aquí, Aicha.
Montones de hienas me rodean y me acechan y luego se sumergen en la
arena. Hay miles de hienas, vienen por todas partes–– decía con
voz trémula, casi inaudible. ––Yo clavo mis uñas en la tierra
pero no consigo excavar y esconderme. ¡Cada vez están más
cerca!»–– Deliraba entre convulsiones.
Sawaba le pasaba su
mano por la frente para enjugar aquel sudor frío, al tiempo que le
echó unos cartones por encima. El nombre de Aicha todavía le
sacudía en las sienes, pero ella no cejaría en su empeño, sabía
que era fruto de la fiebre y que pronto pasaría. Sissé consiguió
dormir y Sawaba no se apartó un momento de su lado. Un abundante
relente caía aquella noche por una densa niebla que ocultaba el
campamento y calaba hasta los huesos. Un fuerte olor a eucaliptos y
pinos se respiraba en aquella siniestra noche de Rostrogordo. Sawaba
de cuando en cuando lloraba al ver a Sissé desvalido, hundido,
perdido en su inconsciencia.
Los días se
sucedían y Sissé apenas si experimentaba mejoría, más bien al
contrario, apenas si hablaba, sólo respondía a Sawaba con
monosílabos y no a todas sus preguntas. Tenía la vista perdida, los
ojos empequeñecidos, hundidos. Los llantos se habían hecho
compañeros inseparables de aquel hombre. Sawaba estaba inquieta y
muy preocupada por Sissé, cada vez le resultaba más difícil
hacerle hablar, ni siquiera su familia ni sus recuerdos ni sus planes
eran motivos dinamizadores para sacarle dos palabras seguidas.
Aquella angustia la ahogaba.
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