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miércoles, 16 de julio de 2014

SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.


Capítulo XXIII



Estaba amaneciendo cuando entraron en la población de Afhir, junto a la pared del cementerio Rahma, Sissé pidió a Sawaba que esperara un momento, él se apartó metiéndose tras unos matorrales, se bajó los pantalones y se extrajo del ano, el rollo envuelto en papel con el dinero que le quedaba. Una vez desenrollado cogió cinco mil dirams y volvió a formar el cilindro e introducirlo en el mismo lugar del que lo extrajo. Sawaba temerosa de que Sissé pudiera utilizar alguna treta lo siguió con la vista y vio la operación de Sissé, no podía reprimir la risa, mientras Sissé le pedía que se callara. A Sawaba le saltaban las lágrimas, era incapaz de dejar de reír, ante la desazón de Sissé que no había sido capaz de ocultarse lo suficiente y evitaba llamar la atención a toda costa. Unos hoyuelos se marcaron en sus mejillas al tiempo que se enturbiaba su mirada pícara. Dejando traslucir su belleza, apocada por su extrema delgadez.
Entraron en Afhir y tomaron la carretera de circunvalación Rocade d’Afhir.
––Sawaba hemos de comprar algo qué comer y agua, llevamos dos días sin comer nada y no podremos aguantar mucho más, y yo ya no bebo más agua de los arroyos.
––Sí. Será lo mejor— le dijo a continuación, ––yo me encargo de comprar en el mercado, pero tendrás que enseñarme el culo de nuevo— rompiendo a reír sonoramente, ante el gesto compungido de Sissé.
––Ya está bien. Nos vas a delatar— le rogó Sissé, que contagiado de la risa de Sawaba, rompió a reír también. ––Como si nunca hubieras visto un culo.
––Sí, he visto muchos y de todos los tamaños, pero nunca uno de cajero— apenas si pudo terminar la frase, siguiendo ambos con las carcajadas.
––Tuve que salvar el dinero en una ocasión y no se me ocurrió mejor lugar. En algún momento te lo contaré.
Se encontraban casi en las afueras de la población y una gran rotonda dividía los caminos hacia Nador y hacia la parte norte del municipio. Vieron un supermercado en el que estaban colocando canastas de frutas en el exterior y Sawaba se acercó mientras Sissé permanecía en la rotonda. Cuando llegó ella a su altura, le mostró la compra realizada: dos botellas de agua, dos botellas de leche, una bolsa de dátiles, unas aceitunas enormes y dos piezas de “khboz”; en una segunda bolsa: dos “sfenzh” calientes que los marroquíes tomaban en el desayuno, le había indicado el vendedor. Los engulleron con avidez. Sissé le hizo volver a Sawaba al supermercado para comprar dos piezas más de sfenzh. A pesar de llevar toda la noche andando, se encontraban con ánimo de seguir durante algunos kilómetros más, por lo que una vez rendida cuenta de los sfenzh, una botella de leche y unos cuantos dátiles, sentados bajo unos árboles, re-emprendieron el camino, siguieron al lado de la carretera, por el margen derecho.
––Cuéntame lo del dinero en el culo, Sissé— casi le rogó Sawaba.
––¿Tienes ganas de reírte de nuevo? Es una larga historia— se excusó él.
––Como si nos faltara tiempo.
––Te ha gustado mi culo, eh.
––Sí. Aunque más que gustarme me ha fascinado. Sobre todo su utilidad— le dijo socarrona.
––¿Vas a seguir haciendo las gracias sobre mi culo?
––No. No— se apresuró a contestar Sawaba.
––Pues aunque te haya causado risa, mi culo me ha salvado dos veces de que me saquearan todo el dinero, y era bastante, te lo aseguro.
––Bien, empieza a contármelo— le dijo, al tiempo que le cogió la mano a Sissé.
––Cuando yo viajaba desde Kidal hasta Tlemcen, lo hice con un convoy de tres camiones que llevaban mercancías diferentes, uno de ellos debía ir a Tlemcen y era en el que yo viajaba, el chófer, que era un cabrón, debe serlo todavía––, añadió, —cuando hicimos una parada en Bèchar, a la hora de retomar el viaje planearon atracarme antes de llegar al final del viaje. Cuando me di cuenta de la treta, le dije a Mohamed ––el chófer—, que debía hacer mis necesidades que volvía rápidamente y fue entonces cuando me introduje el dinero, habiendo hecho, previamente, un cilindro en papel. No encontré mejor sitio para esconderlo.
––Que asco, cómo saldría— ironizó Sawaba.
––Bien, pero continuó conmigo, aunque algo perfumado, he de admitirlo— respondió Sissé. ––Cuando llegamos a Beni Ounif, es un pueblo pegado a la frontera con Marruecos por el sur de Oujda, pararon los camiones antes de entrar a la aldea, me robaron la cantidad que yo tenía establecida pagarle al chófer que me llevó, porque así lo había preparado previamente. Me pegaron, me echaron al suelo y gracias a que los otros camioneros se interpusieron y le obligaron a marcharse. Uno de ellos, llamado Missha “El Egipcio”, me indicó por donde entrar a Fighig, en Marruecos, que está a unos diez kilómetros de Beni Ounif, y me dijo que me pusiera en contacto con la agencia de Transporte Le Champion, por cierto, Mussahid, su dueño, está hospitalizado en Oujda, me dijeron unos ancianos, porque había sufrido un accidente en la carretera. Fue quien me llevó hasta Oujda. Un buen hombre. Desde entonces siempre he llevado el dinero en semejante sitio.
¾Fuiste bastante ocurrente.
¾Días más tarde fui atracado, de nuevo, en Beni Enzar.
––Y te tocaron el culo.
––Lo tomas a risa, pero yo todavía tengo algo de dinero por llevarlo oculto en el ano. Aunque en Beni Enzar me quitaron dos mil euros.
––¿Qué dices? ¡Dos mil euros!
––Sí, por mi mala cabeza. No escuché a dos amigos que me ayudaron en el monte Gurugú y bajé a Beni Enzar para contratar a un taxista que me pasara a Melilla, me llevaron cuatro jóvenes que conocí en un bar y le mostré el dinero al taxista para incitarle a aceptar la cantidad que estaba dispuesto a darle por el servicio, en presencia de aquellos cuatro energúmenos y me lo quitaron, éstos si me propinaron una buena paliza, pero al menos el resto del dinero, seiscientos euros continuaron conmigo, porque ninguno de ellos me tocó el culo.
––Pero con esa cantidad de dinero ¿no hiciste el viaje en avión? No lo entiendo Sissé, te hubieras ahorrado todas esas penurias.
––Me hubieran devuelto enseguida a mi país de origen. Además cuando yo salí de Sikassó no tenía más que doscientos francos africanos. En Francia les devuelven a los que llegan sin contrato de trabajo o sin lugar de residencia, y en el aeropuerto te entregas tú a la policía.
––Tú podías haber entrado perfectamente como turista en algún país europeo y después desaparecer, lo hace mucha gente, sobre todo sudamericanos y personas de Europa del Este.
––Bueno, mi inteligencia es bastante corta. Y lo cierto es que tampoco he pedido consejo a nadie—. Añadiendo: ––cuando me entregaron a los gendarmes me dejaron sin nada, pero tampoco me quitaron el dinero. Me quitaron un amuleto Tuareg con una piedra preciosa, cornarina, creo que se llama.
––Cornalina–– le rectificó Sawaba. Es una piedra semipreciosa.
––Ah, no es preciosa. Pues a mí me gustaba mucho, y a los cabrones de los gendarmes también–– comentó Sissé con maliciosa ironía.
––Ja. Ja. Ja.–– Rió Sawaba el sarcasmo de Sissé. ––Yo estoy un poco cansada de todo esto. Cuando tomé la decisión de ir a Europa no pensé que pasaría por las calamidades que he tenido que sufrir. De haberlo sabido no lo hubiera intentado, hubiera permanecido en mi País. Había subsistido veintidós años, podía haber sobrevivido otros tantos más. Es cierto que teníamos que hacernos oír, pero posiblemente desde dentro también podíamos haber hecho ruido enfrentándonos a los dirigentes, a la corrupción y a las desigualdades sociales, que son muchas.
––¿Por qué saliste de Nigeria? Qué pregunta más tonta... Pienso que no diferirá mucho de mis motivos.
––No creo que fueran muy diferentes de tus motivos, efectivamente. La corrupción, la inseguridad, las violaciones. Todo un conjunto de cosas que perturbaban mis pensamientos y mis posibilidades de vida.
––Sí difieren tus motivos de los míos. Yo salí por hambre, por miseria, por necesidad…
––Sí son diferentes, pues. Yo pertenezco al pueblo Ogoni, en la región del delta del Río Níger, nacida en Port Harcourt. La compañía Shell, junto a otras tantas, explota los pozos petrolíferos de la zona y han hecho verdaderas masacres con los lugareños y el entorno. El periodista nigeriano Kenule “Ken” Beeson Saro-Wiwa, también ogoni, nacido en la población de Bory, denunció tales barbaridades y fue ejecutado en la horca después de ocho de sus compañeros activistas: Sabado Dobee, Nordu Eawo, Daniel Gbooko, Pablo Levera, Félix Nuate, Baribor Bera, Barinem Kiobel y Kpuine John, enumeró con cierta solemnidad. Estas nueve personas fueron condenadas a muerte en la época del dictador Ibrahim Babangida. Ken formaba parte del gobierno de Babangida y dimitió al poco tiempo porque se dio cuenta que no tenía intención de restaurar la democracia. Cuando acabé mi carrera ––yo soy periodista–– tuve la posibilidad de trabajar en un periódico de la ciudad de Kano, al norte del país.
––¡Qué casualidad! Joseph también es periodista–– la interrumpió.
––No podía ejercer mi profesión si no me dejaba seducir. Encima tenía que aparentar que yo quería ser seducida— comentaba con la vista obnubilada. ––Me asignaron el seguimiento de un ministro que debía recorrer varias regiones del país, anunciando unas mejoras que, lógicamente, no iban a cumplir. “Indiscutiblemente” ––arrastró la palabra–– me asignaron a un compañero, al adjunto de dirección que era quien debía cubrir la información y yo aprender de él. Bien, ya el primer día de viaje intentó abusar de mí, como no lo consiguió, me dejó tirada en aquella población. Cuando regresé al periódico y dije lo que había sucedido, me echaron a patadas. Después tuve la posibilidad de trabajar en un semanario y quise cubrir una investigación del caso del periodista Ken Saro-Wiwa. Apenas le presenté el proyecto a la dirección tuve el mismo resultado que en el anterior periódico, fui despedida sin más explicaciones. Tomé la determinación de venir a Europa. Durante el viaje, en Argelia, pararon los militares el camión en el que viajábamos, a mí me violaron junto a otras tres mujeres más, cinco soldados, uno tras otro, para después dejarme tirada, eso sí, a escasos metros de la ciudad de Tamanrasset. Lógicamente no denuncié— comentó con desesperante resignación.
––Tampoco me sorprende tanto, porque con todos los africanos que pretendían pasar la frontera y he hablado, todos, absolutamente todos, cuentan verdaderas vejaciones, escarnios y sufrimientos impensables. Pero aún así, no me hago a tanto sufrimiento. Y yo me lamentaba porque nos llevaron esposados en autobús hasta los confines de Marruecos...
––Te agradezco tu comprensión, Sissé. Pero si los hombres estáis pasando calamidades, no tienen punto de comparación con las que sufrimos las mujeres: nos violan tanto militares, como policías e incluso los propios compañeros de viaje, sin el menor pudor. Yo fui violada por tres compatriotas en el desierto y abandonada junto a otras cuatro mujeres más, de ahí mi renuncia a estar con mis compañeros en el campus. Muchas de las mujeres han desaparecido sin dejar rastro, algunas de ellas con bebés, seguramente secuestradas por mafias o grupos de delincuentes para obligarlas a prostituirse, o quién sabe si devoradas por las alimañas, ¡que más da! Tras una pausa añadió: —a nadie le importamos. ¿Sabes como nos consideran? Como nada, basura. No somos nada para ellos. No sólo para los gendarmes y militares, también para el pueblo llano somos lo mismo, ¡nada!
––¿Qué edad tienes, pues, veinticuatro?— Le preguntó Sissé.
––Veinticuatro años— respondió. ––He tomado la determinación de que esta será mi última tentativa. Si no consigo pasar y quedarme en España, me vuelvo a Nigeria y ya veremos… Yo creo que las autoridades europeas no se han planteado el considerar el resultado de estas expulsiones de sus territorios. Nosotros, los expulsados, volvemos a intentarlo una y otra vez, en un lugar u otro, en una frontera u otra, a nosotros no nos importa el país, lo que nos importa es ser aceptados en cualquiera de ellos. Sólo unos pocos consiguen su objetivo, la mayoría nos vemos una y otra vez abocados al fracaso, en el mejor de los casos. Estas devoluciones a las fronteras de origen son estériles, no benefician más que a los grupos de delincuentes organizados que nos saquean lo poco que hayamos podido esconder a los gendarmes, o nos violan tanto a mujeres como a algún joven.
––¿Cómo dices? ¿A los hombres también les violan?— Preguntó, Sissé, alarmado.
––Naturalmente. Lo que sucede es que proporcionalmente es un porcentaje bajísimo con relación a las mujeres. Pero, por supuesto que también hay violaciones de hombres— le aseguró Sawaba. ––No creas que son sólo salteadores o delincuentes comunes quienes cometen estos crímenes, igualmente perpetran estos delitos los mismos policías y militares, tanto de Argelia como de Marruecos..., no hay gran diferencia de unos a otros. Lo cierto es que no se entiende muy bien la actitud de Marruecos, por un lado te facilita un visado de corta estancia y por la otra te lo requisa si te detienen en alguna redada, junto a todo aquello que te pillan de algún valor, sobre todo dinero y teléfonos móviles. Salvo para justificarse ante la Unión Europea, no se puede comprender esa forma de actuar. Es cierto que Europa ejerce una fuerte presión, sobre todo a Marruecos, para que impermeabilice sus fronteras, a cambio de un estatus privilegiado y conseguir mejoras económicas y financieras. Les han aprobado el envío de cuarenta millones de euros para que expulsen de su territorio a todos los subsaharianos que actualmente nos encontramos aquí. ¿Has visto mayor cinismo? Pero no creas, nosotros, los subsaharianos, somos la escusa perfecta para esconder el escarnio y el drama que sufren los propios magrebíes, que nos doblan o triplican en número de emigrantes y apenas si se habla de ello.
––¿Tienes en Nigeria alguien que te espere?— Le preguntó con cierta desazón.
––No. Salvo mis padres y hermanos. ¿Tú sí?
––Sí. Yo sí he dejado a una mujer que deseo me espere–– enfatizó. ––Se llama Aicha, hace una semana que no hablo con ella. La última vez que hablé con ella fue desde Melilla.
––Qué quieres que te diga, que tienes suerte o que no. En nuestra situación es un problema añadido, tener a alguien que te pueda condicionar— le dijo Sawaba al tiempo que le soltó la mano.
––No tiene por qué condicionarte. Yo creo que puede ser un aliciente para conseguir tu objetivo.
––Yo no lo creo así. En momentos críticos te puede hacer dudar algún comentario que te hiciera antes de partir, o incluso después de emprender el viaje. Algo por lo que tú te puedas considerar en deuda con ella.
––Lo único que le prometí fue que si llegaba a tener mi vida en peligro desistiría y volvería con ella, bueno, aparte de ir a buscarla una vez instalado en Francia. Hace casi un año que nos separamos¾ dijo Sissé. Además, ¿sabes?, está esperando un hijo.
¾¿Tuyo?
¾Sí, bueno…, eso creo.
¾¿Cómo que eso creo? O es tuyo o no lo es.
¾Bien, tengo dudas.
––Y dices que no crees que te condicione esa promesa¾ hizo una pausa. ¾A caso no has tenido riesgo de perder la vida cuando has saltado la valla. Te recuerdo, que ya van varios muertos por disparos de los gendarmes, o muchos muertos en los que intentan cruzar el Estrecho desde Ceuta y Melilla. Qué te dice que no podías haber sido tú uno de ellos. O bien esos veintitantos autobuses que salieron de Oujda y fueron llevados esposados unos con otros hasta los confines de Marruecos por el sur y varios días después reconducidos hasta la frontera con Mauritania donde fueron abandonados en el desierto, sin medios.
––Yo fui en uno de esos autobuses, fui esposado junto a Joseph y nos llevaron hasta la aldea de Aouina-Souatar, justo poco antes de Figuig, el oasis de la frontera con Argelia, que ya te comenté. Visto así, puede que si tengas razón, pero hablemos de otras cosas, por favor.
––Quieres hablar de ella, ¿eh? Por eso me has preguntado si tenía alguien quién me esperara.
––No. No es eso. Ha sido sólo por cambiar de conversación. Los sucesos, casi todos terribles, me angustian bastante y...
––No te creo. Mientes muy mal–– le interrumpió. ––Aunque no creo que sirva de mucho te daré un consejo, no olvides que soy mayor que tú: vive el día a día, no te atormentes por no conseguir tus objetivos a corto plazo. Disfruta del día que ves amanecer y de aquello que tengas a tu alcance, si has de conseguir tu propósito lo conseguirás pero no porque tú decidas cuándo.
––Por favor cambiemos de tema. Mi ánimo no está para hablar de esas cosas.
¾¿Por qué no vuelves con ella, si está esperando un hijo tuyo…?
¾Ya te he dicho que tengo dudas de si será mío. Sawaba me gustaría no hablar de esto.
––¿Esta carretera nos lleva hasta Berkane?— Le preguntó Sawaba, esbozando una sonrisa maléfica.
––No, ésta nos lleva hasta Saidïa, la que lleva hasta Berkane es la N-2 que vimos anoche cuando tomamos la circunvalación.
––Pues demos la vuelta. Por Berkane se llega muy bien al Monte Gurugú y sin ver prácticamente policía. Yo conozco el camino— aseguró.
––Pero cómo vamos a dar la vuelta ahora, ya llevamos muchos kilómetros recorridos— protestó Sissé.
––Es igual, Sissé, el camino es más corto por Berkane. Hazme caso, nos lo indicaron unos lugareños de una aldea muy próxima a Ahfir.
Sissé aceptó, no de muy buena gana, la sugerencia de Sawaba y volvieron por donde habían venido. Tomaron la N-2, un cartel anunciaba la ciudad de Berkane a veinte kilómetros, ella le explicó que desde Berkane había sesenta y tres kilómetros hasta Nador. Esa seguridad de Sawaba dejó a Sissé algo más tranquilo, que recordó el viaje anterior en el que recorrería alrededor de los cien kilómetros desde Ahfir. El agotamiento empezaba a hacer mella en ambos y decidieron buscar un lugar donde cobijarse y descansar. Se adentraron unos kilómetros en la N-2 y a la altura del cruce de Aichoun, una gran pinada junto a la carretera les pareció un buen lugar donde descansar. Durmieron profundamente y sobre media tarde despertaron sin que nadie les hubiera molestado. Se sentían radiantes, estaban sentados, muy juntos, apoyados sobre un gran tronco de un cedro enorme, Sawaba dio un beso a Sissé en la mejilla, ante la sorpresa de éste.
Y ¿eso?— Le preguntó Sissé.
––El beso es simplemente por haberme hecho caso y tomar esta carretera— le dijo Sawaba con cierta picardía. ––Pero si no lo quieres me lo devuelves–– le sugirió con gesto desafiante. ¾Ahora podremos viajar de día sin tanto peligro.
––Bien. Ya veremos, si es como dices–– comentó algo escurridizo. ––Oye. ¿Cómo sabes tú que los de los autobuses abandonados en Aouina-Souatar fueron reconducidos a la frontera con Mauritania?
––Se comentó en el campus. Muchos de ellos vieron partir a los autobuses de Oujda y algunos de los estudiantes comentaron la operación, dijeron que se unirían a los de Aouina-Souatar para llevarles hasta Guelmine en la frontera de Mauritanía. Además ha habido mucho revuelo con las ONGs que lo han denunciado, asegurando que fueron abandonados en el desierto del Sahara. Por otra parte, recuerda que soy periodista y cuando veo un periódico lo leo.


domingo, 13 de julio de 2014

SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.


Capítulo XXII



A la mañana siguiente fueron a la plaza de la Mezquita a esperar el autobús que les llevara hasta Oujda. Eran las nueve de la noche del día diez de octubre cuando llegaron a la estación de Autobuses de Oujda, les recibió una noche cerrada y oscura. Un amplio despliegue de gendarmes se encontraba en los aledaños, en el interior del edificio y los andenes lo que alarmó a Sissé, que no lo vio la vez anterior, observó a Joseph de soslayo y advirtió también su inquietud. Viajaban sin equipaje y pasaron tratando de aparentar naturalidad delante de los gendarmes, que les observaban detenidamente, pero no les pidieron la documentación.
––Quizá hayan pensado que ya somos residentes–– comentaron entre ellos.
Una vez fuera del edificio observaron que seguía habiendo un gran despliegue de vehículos militares y de policía, custodiados por un puñado de guardias. No llegaba a ser un número tan elevado como en el interior, pero de todas formas era algo inusual, que no había visto Sissé, hasta ese momento. Joseph hablaba con Sissé como si tal cosa, bromeando incluso, ante los ojos de los gendarmes, a lo que correspondía Sissé de igual manera. Rodearon la Estación de Autobuses para tomar dirección Oeste, era lo que recordaba Sissé de la vez anterior, cuando tomó el autobús que le llevó a Nador. Un poco más adelante girarían a la derecha, porque la N-6 estaba más al norte de donde en esos momentos se encontraban, pero debían seguir esquivando a los gendarmes. Pasaron ante un restaurante en el que estaban de celebración, era una boda árabe y un grupo de músicos ataviados de época hacían sonar sus instrumentos y cantaban el “gharnati”. Se destacaba una voz sobre las del grupo, acompañada de un violín, un laúd, una cítara, un rabel, una pandereta y una darbuca. Se detuvieron un momento a la puerta y observaron la fiesta de la que parecían disfrutar los comensales. Unas calles más allá ya no había policía por ninguna parte.
––Ahora es el momento––, dijo Sissé, ––de buscar la N-6––, y tomaron a la derecha. ––No tardaremos en ver la Mezquita Al Khoulafae Arrachidine, y tras una gran rotonda estaremos fuera de la ciudad. Allí tomaremos hacia el Norte para buscar la N-2 que es la que nos llevará hacia Nador— anunció a Joseph.
––Oye, creo que cometemos un gran error si vamos a buscar la salida de la población. En el Campus Universitario viven muchos compañeros nuestros, creo que sería más conveniente ir allí y que nos informen de lo que está pasando, tanta presencia policial no es normal— le sugirió Joseph.
––Posiblemente tengas razón, no es normal tanto gendarme. Pero ¿estás seguro que en el Campus viven compatriotas nuestros?
––Sí, por supuesto, en mi último viaje de vuelta pasé quince días con ellos. Estábamos alrededor de trescientas personas viviendo en el Campus, nos confundíamos con los estudiantes de color y me socorrieron muy bien, hasta que decidí marcharme.
––Y no conoces la ciudad, eh. ¿Pues no has venido hasta aquí en siete ocasiones?
––Hasta aquí… ¡Claro! Nos traían a hacer una turné. Ni una sola vez nos detuvimos en población alguna, siempre en lugares apartados de las urbes. Nos llevaban hasta la frontera física y nos dejaban allí, otras veces los camiones se internaban en los confines de Argelia cuarenta, cincuenta o sesenta kilómetros, en medio del desierto y allí éramos abandonados sin agua ni comida— dijo Joseph. Añadiendo: ––en esos quince días no salí ni una sola vez del campus, no me atreví. Bueno, salvo un día que tuvimos que salir corriendo por que llegaron los gendarmes en una redada. Y de la ciudad pateé dos calles, hasta llegar al Campus.
––¡Ya! Ya me parecías muy valiente…— ironizó Sissé.
––¿Qué insinúas?
––Nada. Nada. Sólo…
––Los cementerios están llenos de valientes— sentenció Joseph, mientras desandaban lo andado para tomar hacia el Sur y llegar de nuevo a la Estación de Autobuses. ––La verdad es que allí con los universitarios tampoco se vive seguro. Cuando entra la policía hace estragos. Se vive en la más absoluta miseria, soportando unas condiciones de vida precarias, durmiendo a la intemperie y, en muchas ocasiones comiendo de la basura que dejan los estudiantes o mendigando entre ellos. Aquel día la policía vino de noche, arrestó a los que no les dio tiempo de escapar: les pegaron con palos, quemaron las mantas y lo poco que allí encontraron. Se llevaron a varios heridos. Ya verás Sissé, entre los emigrantes del campus hay intelectuales, artistas, médicos, ingenieros… En el campus viven, bailan, cocinan, rezan… Hay un lugar señalado en el suelo con piedras que hace las veces de mezquita y otro que representa a la iglesia. Cada mañana se reúnen en grupo para rezar. La humanidad que se respira en todo el perímetro es emocionante—. Y prosiguió, ––no pienses que todos los que quieren llegar a Melilla, viven en el Campus, hay muchos más que viven hacinados en pisos que alquilan o en estructuras abandonadas que les sirven de refugio, posiblemente entre unos y otros haya más de setecientas personas aquí en Oujda. En el campus se organizan, generalmente, por nacionalidades, tribus o grupos étnicos de una misma lengua. Se imponen sus propias normas que todos respetan–– concluyó.
––Bien. Eso significa que una vez allí estaremos separados, cada cual con sus compatriotas, ¿no?
––Casi con toda seguridad— le ratificó Joseph. ––Pero no te preocupes estaremos en contacto permanente, si eso sucede. No temas…— Ironizó. Ambos rieron.
Una vez en el campus, Joseph y Sissé se adentraron en le Jardin des Etúdiants, entre la ciudad universitaria y la mezquita Al Noor. Sissé a pesar de la oscuridad, sólo alumbraban los accesos unas farolas de luz mortecina, buscaba con la vista las posibilidades que ofrecía el terreno, frondoso, de arboleda tupida en muchas zonas. Pronto vieron unas chabolas hechas con plásticos y ramas de pinos, que no diferían en nada de las abandonadas en el Monte Gurugú. De una de ellas salió un joven negro a su paso.
––¿Qué andáis buscando por aquí?
––Venimos buscando a Bene— le contestó Joseph.
––¿El zaireño?
––Sí, ese mismo. Somos compatriotas suyos.
––Bene, ya no se encuentra en el campus. Fue detenido en una redada hace seis meses. Ya no hemos sabido nada de él.
––Podrías indicarnos dónde se encuentran mis compatriotas— le preguntó Joseph.
––Aquí mismo. Estamos juntos zaireños y nigerinos— le respondió mientras iban saliendo de sus chabolas varios hombres y unas cuantas mujeres, que Sissé observaba con recelo.
––¿Podemos quedarnos con vosotros?
––Por esta noche sí. Mañana ya hablaremos. ¿Queréis un té? Hoy os lo podemos ofrecer, estamos de suerte
––Sí muchas gracias, nos vendrá bien, eh, Sissé—. Sissé asintió.
––¿No lleváis equipaje?
––No. Venimos de la frontera de Argelia por el sur. Fuimos expulsados de Melilla el pasado día dos de octubre, con lo puesto, claro— le explicó Sissé.
––Tú no eres zaireño ni nigerino— le reprochó.
––No. Soy maliense— le confirmó Sissé, arrogante.
––Oye, vamos juntos, y es buena persona. Yo respondo de él— intervino Joseph.
––De acuerdo. ¡Que más da! Por hoy, mañana veremos.
Quien les interceptó les invitó a meterse bajo un techado de plásticos a modo de marquesina que daba acceso a una chabola en la que habían tres personas sentadas en el suelo. Joseph se sentó junto a ellos y les saludó, para dar cuenta del té que les habían ofrecido, Sissé hizo lo propio y tomó el vaso que le ofrecía quien les recibiera, que le miraba con fijeza. Una vez saboreado el mejunje «al menos está caliente» pensó Sissé, se puso en pie, salió de aquel chamizo y apartándose unos pasos volvió a observarlo todo; al momento le dijo a Joseph que iba a dar un paseo por el jardín, ya que quería conocer el entorno. La luna en cuarto creciente alumbraba con timidez entre la hojarasca, acompañando a Sissé que caminaba con cierta parsimonia por entre la arboleda observando cuanto le rodeaba, Sissé andaba calculando las posibilidades de huida ante una redada de la gendarmería y se convenció de que podría conseguirlo en ese caso hipotético, siempre que entraran por la entrada principal. Se encontró ante un muro no muy elevado que separaba el campus de la población. Vio el minarete de una mezquita proyectar su sombra sobre Le Jardin, lo que aumentaba sus posibilidades en caso de huida. Detectó que alguien le seguía y dio un pequeño rodeo sobre unos matorrales para averiguar quien era. Se encaminó hacia una zona más oscura en la que la noche casi sin luna, la espesura de la pinada y un poco de matorral hacían difícil la visión a unos cuantos metros. Al momento surgió de detrás de uno de los árboles, haciendo gala de su capacidad nictálope y cogió del brazo a quien le seguía. Era una mujer que se asustó y emitió un sonido gutural, mezcla de sobresalto y de miedo.
––¿Qué quieres? ¿Por qué me has seguido? Le increpó Sissé.
––¡Que susto me has dado! No quiero nada. No sé por qué te he seguido. Has hablado con arrogancia y me ha sorprendido…, sólo eso— trató de justificarse.
––No me gusta que vayan tras de mí— le dijo, mientras la miraba con fijeza a los ojos que no denotaban miedo.
––¿De dónde eres? Ha dicho Thomas que no eres zaireño ni nigerino.
––Yo soy de Malí. Se lo he dicho a ese tal Thomas, ¿no me has oído?
––No. No te oí. De haberte escuchado no te lo preguntaría— le respondió con cierta osadía.
––Pronto se te ha quitado el miedo.
––Yo no he tenido miedo. He visto en ti algo bondadoso, tu mirada no irradia odio ni maldad ni nada por el estilo.
––Ah, no. ¿Y que irradia mi mirada?, de noche y a oscuras.
––Bondad. Ya te lo he dicho. A pesar de la noche. ¿Cómo te llamas?
––Sissé. Mi nombre es Sissé.
––¿Me sueltas el brazo…? Sissé.
––Disculpa. Me había olvidado de que te tenía cogida.
––Ya.
––¿Qué insinúas?
––Yo nada. Pero me pregunto ¿y tú?
––Escucha, yo no insinúo nada, no pretendo nada. Te recuerdo que quien ha venido tras de mí has sido tú.
––Ah. Y por eso ya crees que yo pretendo algo contigo ¿no?
––Vamos a ver. Yo no creo nada… ¡Vale! Vamos a dejarlo. ¿Cómo te llamas tú?— Le preguntó como evasiva.
––Mi nombre es Sawaba y soy de Nigeria—. Y añadió––: Te has puesto nervioso.
––No. Yo no me he puesto nervioso. Pero extrañado sí. No acabo de entender cuales son tus pretensiones.
––¿Por qué debo pretender algo? Podría, únicamente, querer hablar contigo.
––Podría. Pero no creo que sea eso sólo— aseveró Sissé.
––Quizá eres un poco…, presuntuoso.
––De todas formas, ¿qué hacías tú en el grupo de zaireños y nigerinos si no perteneces a ninguno de los grupos?
––Les mentí porque no me atrevo a estar entre mis compatriotas–– se excusó.
––¿Mientes ahora o has mentido antes? Lo haces muy mal.
––No te miento–– protestó Sawaba. ––Es cierto que les mentí a ellos, pero sólo por desconfianza hacia mis compatriotas.
¾¿Por qué no confías en tus compatriotas y sí en otros grupos que no conoces?
¾Porque hay un grupo muy peligroso, son delincuentes y violadores…¾ Sawaba respondió con desazón.
––Sawaba, ¿Llevas mucho tiempo en el campus? ¿cómo es la vida aquí?— Desvió la conversación Sissé, al tiempo que intentaba ocultar su desconfianza.
––La vida en el campus no difiere mucho de la de los montes Gurugú o Rostrogordo. Es exageradamente monótona, aburrida, desesperante y al mismo tiempo, temerosa por si vienen los gendarmes, ¡esos salvajes! Aquí llevo más o menos cuatro meses.
––¿No te has planteado volver a intentarlo?
––Yo no te he dicho que haya intentado pasar la valla.
––Es cierto. Entonces, ¿como sabes de que forma se vive en los montes de Gurugú y Rostrogordo?
––Vale, de acuerdo. Claro que me lo planteo. Todos los días. Pero yo sola no vuelvo a hacer un viaje semejante. Desde que salí de mi casa, hace aproximadamente dos años, he vivido y visto situaciones terribles.
––Ves. Ya ha salido lo que pretendías cuando has venido tras de mí–– dijo Sissé con seguridad.
––Pues sí. He de confesar que he visto en ti la oportunidad que estoy esperando.
––Y, ¿has conseguido pasar a Melilla?— Le preguntó algo aturdido.
––Sí. Dos veces. Y las dos veces me han devuelto a la frontera con Argelia. La primera de ellas con un hijo de meses, abandonados en la nada y sin nada, por supuesto. Mi hijo fue víctima de una picadura de escorpión, que no pudimos curar…— dijo con la voz entrecortada y lagrimas en los ojos. Y limpiándose con el dorso de la mano añadió: ––la segunda vez de igual manera fui expulsada, esta vez sin niño.
––Lo siento Sawaba, no pretendía herirte.
––Ya lo sé, Sissé.
Continuaron hablando más distendidos, paseaban entre la arboleda, sobrecogidos por las calamidades que sufrían. Un ligero viento y el relente les calaba los huesos: Sawaba se estremeció.
¾Yo no voy a estar mucho tiempo aquí. Quiero volver a intentar entrar en Melilla¾ dijo Sissé. ¾¿si quieres acompañarnos?
¾Sí, me iré con vosotros¾ respondió Sawaba
¾Espero que Joseph no se oponga.
Casi habían llegado donde se encontraban las chabolas cuando un rumor de vehículos en circulación se oía cada vez con más intensidad. Sawaba se detuvo un momento prestando atención y obligó a Sissé a hacer lo mismo sujetándolo del brazo.
––¡Sirenas!— Anunció Sissé.
––¡Corre, corre!— Le azuzó Sawaba, que tiró de Sissé, cogiéndole la mano.
Ambos corrieron en sentido inverso al que llevaban, esquivando los árboles que se les interponían en su camino. Sissé giró la cabeza mientras corría y vio como los acampados salían a la desesperada en todas direcciones. Las luces de las sirenas iluminaban intermitentemente el campus. Se comenzó a escuchar el griterío de los infortunados que eran apresados, algunas detonaciones de disparos de pelotas de goma y, como los vehículos policiales se abrían en todas direcciones para acorralar a los acampados. Sissé se dirigió hacia el muro que vieran anteriormente tirando de Sawaba que apenas si podía seguirle; cuando llegaron a la altura del muro, Sissé, de un salto, se encaramó en él, se sentó a horcajadas y apremió a Sawaba a que hiciera lo mismo. Ésta dio un salto y ayudada por Sissé, se sentó, igualmente, sobre el muro. Descendieron con rapidez por el otro lado, tan rápido como habían subido. Corrieron en dirección a la Mezquita Al Noor, y allí rodeándola se perdieron entre las callejuelas que la circundaban. No había indicios de presencia policial. Las calles estaban desiertas y escasamente iluminadas. Caminaban presurosos, cogidos de la mano, en dirección incierta.
––Vamos hacia el Este, Sissé. Más adelante, en cuanto se acaban las edificaciones, hay un bosque, generalmente está desierto.
––¿No crees que se hayan dirigido hacia allí los acampados? No sería más conveniente encaminarnos a la ciudad y pasar desapercibidos entre la gente.
––Es imposible que los acampados hayan podido llegar hasta allí. Además, si nos ven los gendarmes o las fuerzas auxiliares, te aseguro que no vamos a pasar desapercibidos. Nos arrestarán sin más, sin pedir la documentación ni dar explicaciones.
Entonces busquemos un lugar dónde escondernos y dejar que pase el tiempo. Vamos hacia allí–– Sissé señaló con el dedo el final de la calle.
Al acabarse la calle, pegaron sus cuerpos a la pared, vieron un gran movimiento de luces girando por entre los pinos, se oían algunas sirenas que se mezclaban con lo gritos de muchos que habían huido hacia el bosque.
––Si han llegado al bosque–– dijo Sissé.
De inmediato desandaron lo andado, con premura, pero intentando no llamar la atención. Pasaron de nuevo ante la Mezquita, en sentido opuesto, y enfilaron una carretera, que no era más que la continuación de la misma calle, que les llevaba hasta una barriada más al sur de la ciudad, desde donde se observaba el Centre Hospitalier Universitaire y la Mezquita Al Chari’a, dirigiéndose hacia allí. Frente a la Mezquita estaba el Centre Dadsi de Kinesitherapie, que dejaron a su derecha adentrándose en la población. Sus corazones pulsaban ahora más ralentizados, caminaban más sosegados, la respiración agitada empezó a desvanecerse. No se oían sirenas ni gritos ni nada que delatara la redada del campus universitario. Bordearon el recinto de la Casérne Miltaire y tomaron hacia el Norte por Le Boulevard de Sidi Yahia, hasta la confluencia con Le Boulevard Mohamed Ben Lakhdar, que la tomaron a la izquierda. Sawaba explicó a Sissé, que esa avenida les llevaría hasta la Estación de Autobuses, como previamente le había sugerido Sissé, para abandonar cuanto antes Oujda. Una vez en Le Boulevard Youssef Ben Tachfine, a la altura del Oued Isly, se percataron de la presencia policial y no se atrevieron a llegar hasta la estación de Autobuses. Volvieron sobre sus pasos para girar a la derecha por Le Boulevard Hassan el Oukili. Una indicación les advirtió que estaban en la N-2, Sissé le dijo a Sawaba que esa avenida les conducía a la salida de Oujda hacia Nador. Ya no se veían gendarmes por ninguna parte y eso les relajó, aunque caminaban con paso enérgico siguiendo la N-2.
––¿Vas a soltar mi mano?— Preguntó Sawaba a Sissé.
––¡Oh! Por supuesto.
––No sé si tengo la mano sudada por el acaloramiento de lo sucedido o por el tiempo que me la llevas cogida— ironizó Sawaba.
––Pues tú también podías haber soltado la mía y no lo has hecho.
––Ha sido por el miedo. No pienses en otras cosas.
––Yo no pienso en nada. Sólo en que tú no has querido soltar mi mano— le repitió sonriendo.
¾Nos hemos librado¾ dijo Sawaba.
¾Todavía no estamos libres de que nos cojan.
Pasaron ante la estación de Ferrocarril, con cierta precaución por si había gendarmes que les pudieran detener, sin encontrarse a ninguno. Era casi media noche cuando llegaron a la altura del Campo de Golf y el Liceo Albadil II, atrás había quedado la ciudad de Oujda. Ya respiraban tranquilos y se permitían seguir bromeando. Se propusieron llegar hasta la próxima población para tomar el autobús que les llevara hasta Nador. Caminaban junto a la carretera. Dejaron a su derecha el Aeropuerto de Oujda––Angad. Eran casi las cinco de la mañana cuando llegaron a la pequeña población de Beni Drar, que parecía desierta. Caminaban contemplando las edificaciones y pronto se vieron fuera de la población. Un oued cruzaba por debajo de la carretera. A la parte derecha había algo de arboleda y Sissé le propuso a Sawaba descansar y esperar a que pasara el autobús. Se echaron bajo un gran árbol, la tierra estaba húmeda y sintieron que hacía algo de frío. Sawaba se acurrucó sobre Sissé que la recogió con sus brazos, de manera que la espalda de ella quedó apoyada sobre el torso de él. Se trasmitían calor mutuamente. Hablaron de lo sucedido esa noche y estudiaron los planes a seguir. Tomaron la determinación de viajar de noche y a pie, para evitar a los gendarmes. Desecharon la idea de viajar en autobús, al menos durante unos días por temor a ser descubiertos y apresados.
––Me gustaría saber qué suerte habrá corrido Joseph–– dijo Sissé.
––Qué más dará. Si se ha librado de ser apresado, te aseguro que no será en ti en quien esté pensando. Mientras estamos juntos nos ayudamos unos a otros pero una vez ha desaparecido alguien no es un problema que preocupe al resto. Cada cual se salva su culo.
No tardaron en quedar dormidos. Permanecieron todo el día bajo los árboles que les cobijaron durante la noche, para ponerse en camino apenas oscureció, y después de comprobar que no había ni rastro de gendarmes a la vista.


miércoles, 9 de julio de 2014

SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.



Capítulo XXI



Una redada sin precedentes se produjo ese mismo día y los dos siguiente por los montes de Gurugú, los Pinares de Rostrogordo y las poblaciones de Beni Enzar, Nador, Rabat, y Casablanca, simultáneamente. Todas las poblaciones y las zonas colindantes con Ceuta y Melilla fueron peinadas. Participaron camiones, todo-terrrenos, autobuses, coches patrullas, dos helicópteros, tanto de las fuerzas auxiliares como del ejército, y varias compañías de gendarmes a caballo y otros con perros. Muchos fueron los emigrantes capturados en territorio marroquí.
Las autoridades fronterizas melillenses entregaron, antes del amanecer, a la gendarmería marroquí a setenta y tres indocumentados de los que entraron hacía tres días en España, en las avalanchas masivas. Entre ellos estaba Sissé. Fueron conducidos a celdas de las penitenciarías próximas, cuartos con un pequeño tragaluz, de paredes sucias y suelos mugrientos, libres de cualquier camastro y aún lavabos, sólo había una pequeña bombilla casi pegada al techo. Eran dependencias para unos diez detenidos en las que habían más de cincuenta personas, quedando hacinadas sin distinción de sexo ni edad, a la espera de ser repatriados. Previamente a la entrada de las celdas, les colocaron en fila de uno y les fueron requisados todos los objetos de valor que portaban: dinero, relojes, amuletos, así como móviles, no tardaron en cambiar de manos. Sissé se sintió encolerizado cuando le quitaron el chaquetón de piel de cebú, la mochila, el teléfono móvil, el shirawt que le regalara Maharafa, al resistirse a ser expoliado fue golpeado, sólo le quedó el que le regaló Conrad y las pulseras que llevaba en sus muñecas. Los gendarmes se disputaron la pertenencia de la joya ante su belleza. Sissé ya no utilizaba los bolsillos para llevar dinero.
El día tres de octubre entre las seis y las siete de la tarde partieron cuatro autobuses con sesenta de los detenidos en las redadas de Rabat y Casablanca hacia el sur, hacia la frontera con Mauritania, en pleno desierto del Sahara. Uno de los autobuses viajaba con veintidós subsaharianos que tenían solicitado el Asilo Político al gobierno marroquí. De los apresados en la zona de Nador, partía el día seis de octubre a las cuatro de la madrugada un gran convoy compuesto por camiones militares y autobuses cargados de subsaharianos hacia Oujda, ciudad limítrofe con la frontera argelina, al Este del País. Iban estos indocumentados esposados unos con otros bajo una fuerte vigilancia policial.
Sissé se lamentaba de su mala suerte, un recuerdo de la sorciére shongäi pasó fugaz por su mente. Había sido esposado a un congoleño de nombre Joseph que le observaba.
––Yo he sido expulsado a la frontera argelina en ocho ocasiones, pero siempre he vuelto a intentarlo— le contó. ––No me han repatriado porque cada vez les digo que soy de un país diferente y como son incapaces de averiguarlo se limitan a echarme fuera del suyo, pero cada vez conozco mejor la zona, como siempre es en el mismo lugar...— se rió, entre la desolación de Sissé y el resto del funesto pasaje.
––Joseph, por favor. Cómo puedes hacer una broma de esta desgracia. Mira como vamos— levantó la mano esposada a la suya.
––Bien. Y qué. ¿Se abren las esposas porque estés con lloriqueos? La situación es difícil pero no insalvable, mírame, ésta es la octava vez que me veo en la misma situación; y seguramente habrá una novena…
––¡Joseph…!— protestó Sissé. ––Lo cierto es que tienes razón. Debemos utilizar nuestras energías cuando realmente nos hagan falta. Ahora son inútiles las lamentaciones.
Sissè se calmó y tendió la mano liberada a Joseph, que la estrechó con la suya libre. Se reclinaron en sus asientos y observaban como iban y venían los todo-terrenos del ejército y gendarmes de principio a fin del convoy. Joseph era un joven de veinticinco años, algo más bajo que Sissé, belfo y extrovertido.
––Joseph, ¿de dónde eres?
––De Zaire. De Kivu del Norte, de la ciudad de Butembo, cerca del Lago Édouard. Me licencié en periodismo y tenía que empezar a trabajar en esos días, pero surgió la fatalidad de la guerra entre etnias y soy hutu, no es preciso que te diga más, ¿no?
––No, no. Por favor. No me hables de esa maldita guerra.
––¿Es que hay alguna guerra bendita?
Sissé quedó pensativo. Luego le explicó:
––Es que conocí a un compatriota tuyo, Ibrahim, es su nombre, le conocí en uno de los campamentos del monte Gurugú. Él es de una aldea al lado de Kihindo...
––Sí, es un poblado ribereño con el lago Kivu, pero hacia el Sur— le interrumpió Joseph.
––Me contó que fue un niño soldado. Y la verdad no me gustaría oír tanta atrocidad de nuevo. Y mucho menos en esta situación.
––Tienes razón, fue muy desagradable. Aunque yo te podría contar muy poco de esa guerra en concreto. No la viví. Ha habido muchos miles de niños y niñas que fueron utilizados militarmente, pero por todas las facciones de ejércitos, no creas, desde los gubernamentales a los de las distintas milicias.
––Eso me comentó Ibrahim.
––Bien, pues, nada más empezar la contienda, mi familia se trasladó a Kinsasa. Allí estudié y me pude librar de ser reclutado, hasta que acabé mis estudios. Después tuve que huir de Kinsasa, pude salir del país y me dirigí a Melilla, no sin dificultades. Y ya te he dicho que es la octava vez que me echan¾. Y a continuación añadió: En esta ocasión no sé dónde nos llevan, pero es igual. Estos parajes no los conozco, hace una hora que hemos pasado Oujda... ¡Qué más da!
––Yo sí sé por donde vamos. Fue la carretera que hice yo desde Beni Ounif. No tardaremos en llegar a Guenfouda.
––¿Dónde está eso?— Le preguntó Joseph.
––¿Beni Ounif?
––Sí.
––Es el último pueblo de Argelia fronterizo con Marruecos por el Sur. Hasta Figuig que es la primera población marroquí tras la frontera hay sólo diez kilómetros, yo los hice a pie. Es una población que se encuentra en la Meseta del Atlas.
––Y ¿está muy lejos?
––Sobre los seiscientos kilómetros desde Melilla.
––No creo que nos lleven tan lejos, nunca lo han hecho. Bueno es que nunca me han llevado por otra ruta que la de Oujda a la frontera de Argelia, aunque es cierto que nos adentraban sobre los treinta o cuarenta kilómetros y nos dejaban allí, al amparo de Alá.
––Ves, estoy en lo cierto, el cruce de Guenfouda, y no paramos tampoco. Esta gente no piensa parar. Las personas haciendo sus necesidades aquí dentro…— Y prosiguió, ––hasta Tendrara no empieza la Cordillera del Atlas, si no llegamos..., a la izquierda está el desierto del Gran Erg: lo bordea la carretera que atraviesa el desierto de Tanezrouft.
Tras más de diez horas de viaje llegaron a un paraje montañoso y desértico, el convoy se detuvo en una pequeña aldea llamada Aouina-Souatar. Sus casas de barro mezclado con piedras, de pequeñas puertas, construidas sin orden, sin aceras. Parecía un pueblo abandonado, ni un solo vecino apareció entre los umbrales, ni se vio resquicio alguno en sus diminutas ventanas. Les obligaron a bajar de los camiones y autobuses. Con los músculos entumecidos descendieron con dificultad, trastabillándose y atropellándose unos con otros, continuaban esposados. La tensión era enorme, no se oían más que los lamentos de la muchedumbre y llantos de los niños, hastiados, corriendo la misma suerte de los mayores. A penas con los pies en el suelo les hicieron situarse delante de los vehículos y los gendarmes les iban quitando las esposas. Les forzaban a apartarse de los vehículos, disparando al aire para intimidarles. Fueron obligados a caminar por la “hamada”, aquel terreno árido, agreste y pedregoso. Muchos de los “sin papeles” estaban descalzos y caminaban con cierta dificultad por donde fueron abandonados, sin agua ni comida ni una simple manta con la que protegerse o proteger a los niños del frío. Deambulaban entre lamentos y llantos, sin saber muy bien qué hacer ni dónde ir. Comenzaba a declinar el sol y la bajada de temperatura era considerable. Alrededor de unos seiscientos subsaharianos fueron abandonados, sin la menor clemencia. Entre ellos había un buen número de mujeres, algunas de ellas embarazadas, muchas de las cuales habían sido víctimas de violaciones, y otros tantos niños. En el grupo había varios heridos de distinta consideración, todos abandonados a su suerte. No diferenciaron nada ni a nadie. Todos eran iguales: negros. “Mercancía” que Europa pagaba bien a Marruecos. La Comunidad Económica Europea había otorgado por esas fechas la cantidad de cuarenta millones de euros a Marruecos, para que impermeabilizara sus fronteras. Europa, tierra de asilo y derechos humanos, que se había jactado de ello por todo el mundo pagaba a Marruecos para que hiciera prevalecer sus fronteras. Aquellas que históricamente siempre había rechazado porque quebrantaban los derechos de asilo por motivos bélicos, políticos, religiosos o de sexo.
––Joseph, estamos a muy pocos kilómetro de Figuig, nos encontramos en los confines de Marruecos por el Sur. En el oasis de Figuig tengo un amigo, Mussahid, que tiene una agencia de transporte, me llevó hasta Oujda cuando viajé hasta Melilla.
––Y qué quieres ¿que vayamos hasta allí?
––Sí, por supuesto. Apenas tenga viaje a Oujda nos llevará.
––De acuerdo. Saldremos apenas oscurezca— aceptó Joseph.
––¿Por qué apenas oscurezca?
––¿Qué pretendes llevar a todos en peregrinación?— dijo y al tiempo movió la mano para señalar a las seiscientas personas abandonadas––. Y añadió: ––Créeme, Sissé, todos no podemos subsistir, muchos van a perecer, aquí mismo. No seré yo y espero que tú tampoco.
Sissé admitió con su silencio la propuesta de Joseph, que era el experto, había pasado por esta situación en ocho ocasiones, según dijo. Sissé, no obstante, sentía una sensación de agobio en el pecho, y en su mente se sucedían las imágenes de Marcel con la pierna rota, de su hermana Bee, de Yonaida en el campamento de Monte Gurugú, mientras observaba de soslayo a las madres que con sus niños al brazo caminaban sin orientación, retornando por donde les habían traído. Sissé se encontraba afectado por no poder ayudar a estas personas. Su gesto compungido delataba sus tristes pensamientos.
Se sentaron los dos en el suelo, esperando que oscureciera para emprender la marcha. Joseph jugaba con un escarabajo que apareció de debajo de la tierra, le empujaba con un dedo haciéndolo ir de un lado a otro, ante la irritación muda de Sissé por la tranquilidad con que afrontaba la situación. El resto de compañeros de viaje deambulaban por el camino de vuelta por donde habían llegado buscando un cobijo para pasar la noche inclemente. Nadie se interesó si ellos iban a quedarse allí sentados o iban a re-emprender el camino de vuelta como el resto. Nadie se preocupaba por nadie. Pero, salvo ellos, todos habían retomado el camino de vuelta en el mismo sentido. La ley de supervivencia no era más que una cuestión personal.
Comenzaba a caer la noche cuando Sissé y Joseph se pusieron en marcha hacia el Sureste, siguiendo la carretera que les trajo hasta Aouina-Souatar. Caminaban los dos solos, el resto de personas abandonadas habían desaparecido de su vista hacia buen rato, tomando el viaje de regreso. No quedaba más presencia humana que la de los dos, en aquel inhóspito trozo de tierra. Se aproximaron hacia la zona montañosa cobijándose en la oquedad de una roca inmensa para pasar la noche. Emprendieron el viaje apenas amanecido el día, Sissé caminaba delante de Joseph, no hablaron mucho durante el trayecto. Poco antes de alcanzar el Oasis, bien entrada la mañana, vieron una tienda Tuareg a la que se acercaron y asomando la cabeza en su interior saludó Sissé a un targui en su lengua tamasheq, que se encontraba echado en el centro del habitáculo. Invitó a pasar a los dos recién llegados y hablaron del conocimiento de su lengua.
––¿Cómo es que conoces nuestra lengua. Tú no eres targui?— Tendiéndole la mano ––Soy Hashim— se presentó. 
––Yo soy Sissé, de Malí y éste Joseph, zaireño—. Al tiempo que le estrechaba la mano y a continuación, también, Joseph. ––No, no soy targui, pero no me hubiera importado serlo. He pasado siete meses en Tessalit, en casa de unos familiares y he aprendido muchas cosas de vuestro pueblo y he sido muy feliz. He quedado gratamente sorprendido por vuestras costumbres y vuestra capacidad de supervivencia.
––Ah, Tessalit. Tierra del Hoggar. Yo he estado en muchas ocasiones por la zona del Sáhel, y alguna vez en Tessalit, Kidal, Gao, pero sobre todo Tombouctou, aunque mis raíces provienen de Agadez.
––¿De Agadez?—, se sorprendió Sissé.
––Sí, mis antepasados vienen de allí.
––En Agadez conocí a Hussein el menokhal del Air.
––Hussein, ¿de la tribu “Kel Air”?— le preguntó con incredulidad.
––Sí, el mismo.
––Pero ¿qué dices? Alá es grande. ¿Cómo lo conociste?
––Yo estaba en Tessalit, como ya te he dicho, con Conrad ––es primo del famma del clan familiar al que pertenezco en Sikasso— y Asshiá, su mujer, que es targuia, a los que quiero como a mis padres. Acompañé a Conrad a Agadez a la Feria del Ganado y Conrad es muy amigo de Hussein, hasta el punto de invitarnos a su casa y a la boda de su hijo primogénito. Estuvimos cuatro días de fiesta junto a todos ellos. Se quedó con todos los animales que llevamos desde Tessalit. Y así conocí a Husseín y a toda su familia.
––Conrad... ¿No será el que le encontró moribundo en el desierto de Tassili?
––El mismo.
––¡Husseín!… Mi padre fue súbdito de su padre y nosotros nos criamos juntos, estábamos siempre de correrías. Después, cuando ya nos hicimos mayores, el permaneció en el Air, como era su obligación y yo me movía de un lado para otro. Hasta que se inició la revuelta de 1960 en la que participamos juntos y posteriormente en el 1990 en In-Gall, Arlit y Agadez hasta el año 1995, en el que se firmó el acuerdo de paz en el macizo del Air. ¡Qué tiempos!— Dijo con añoranza.
Les ofreció un odre de agua y un plato de dátiles mientras se hacía el té, al que les invitó y mientras continuaron con la charla. Sissé y Joseph fueron invitados a comer en su jaima.
No tardó en aparecer su esposa que estaba pasturando a tres cabras y un asno que llevó a abrevar a uno de los nacimientos de agua, de los que se abastecía el oasis de Figuig. Tras las presentaciones, Hashim contó a su esposa que Sissé conocía a Hussein y su familia, y que se había esposado el hijo primogénito de aquel. Se prolongó la charla de unos y otros a lo largo de la tarde. Sissé les contó su estancia en casa de Conrad y Asshiá, de lo que quedaron encantados Hashim y su esposa. La mujer no cesaba de interrumpirlo preguntando por todos los detalles, a lo que Sissé le iba respondiendo con infinita paciencia y cortesía. De cuando en cuando la mujer se levantaba y salía de la tienda para atender a los animales. Les relataron las vicisitudes que habían pasado hasta llegar a allí y tras varias recomendaciones, Hashim invitó a Sissé y Joseph a pernoctar en su jaima los días que permanecieran en Figuig. Sissé aceptó la invitación por esa noche.

Sobre media mañana, con una temperatura muy agradable, llegaron a la población de Figuig. En la distancia se difuminaban las edificaciones con el terreno, que a su vez se ocultaban entre la zeriba. Era un contraste maravilloso el que se veía desde la distancia, entre la extensión de terreno árido una mancha de un verde espectacular de las palmeras y la exuberante vegetación de las distintas plantaciones, tanto de frutas como de hortalizas. Las casas estaban construidas con la misma tierra, sobre unos cimientos de piedra. En estos parajes se alternaban las hamadas con las zonas de arenas desérticas. Unas mujeres lavaban la ropa en una de las acequias de riego y les observaron de soslayo primero y con descaro después; dedicándoles algún comentario impúdico, limitándose éstos a sonreír al tiempo que bromeaban con los más pequeños. El agua de su subsuelo había hecho el vergel que era Figuig. Aunque últimamente por el uso desmesurado en su utilización y la escasez de lluvias, los manantiales ya no daban la cantidad de agua de antaño y mucho menos la calidad. Varios oued circundaban la población, siendo la principal fuente de donde se abastecía de agua. Su caudal estaba garantizado, aunque hubiera decrecido en los últimos tiempos, ya que su subsuelo tenía un acuífero inmenso. La zona Norte era donde se hallaban situados los nacimientos de agua más importantes, en la zona montañosa treinta y cinco manantiales proveían el agua a Figuig: el “Tzadert” era el mayor de todos ellos. Sin embargo, la zona Sur tenía mayor vegetación y los cultivos de hortalizas y cereales, debido a que existía sobre una treintena de metros de desnivel en la población de la zona Norte a la zona Sur.
Entre la zeriba condujo Sissé a Joseph a uno de los embalses y a continuación le llevó al partidor, desde dónde se dirigía el agua para las distintas direcciones de la población, con un singular sistema de partición del agua. Joseph quedó maravillado de cómo aquel dédalo de piedras colocadas en medio de la acequia, se encargaba de distribuir el agua en todas direcciones con similar caudal de agua, en cada una de ellas.
––Ejemplar, ¿eh?–– Dijo Sissé mientras ambos admiraban el partidor.
––Sin lugar a dudas, Sissé. Es una maravilla como han distribuido las piedras para que salga el agua en las distintas direcciones y con parejo caudal.
A parte de las palmeras datileras, el cultivo más importante, había árboles frutales como albaricoqueros, granados, almendros, olivos, junto a plantaciones de hortalizas de todo tipo y cereales: pimientos, tomates, trigo, mijo... Se encaminaron hasta la Agencia de Transportes de Mussahid. Estaba cerrada. Sissé propuso acercarse hasta la plaza de la Masjid Taschraft para intentar que le dieran información.
Se dirigieron hacia la Masjid Taschraft, estaba próxima a la agencia. Unos ancianos tomaban el sol sentados en un banco y les informaron de la desgracia que había tenido Mussahid.

¾Hace ya casi un mes sufrió un accidente en la carretera en el viaje de vuelta de Oujda, le mantiene todavía hospitalizado en esa ciudad.
––Debió ser en el viaje de vuelta cuando me llevó a mí–– comentó Sissé. ––Yo hace sobre un mes que pasé por aquí y también habían sentados tres hombres en ese mismo banco, como ahora ustedes y me indicaron la dirección de la Agencia Le Champions...
––¿Tú eres aquel muchacho Targui, que preguntó por Le Champions?
––Sí, yo soy. ¿Es usted uno de aquellos señores?
––Sí, claro. Yo estaba sentado al lado del que te dijo por dónde deberías ir. Ha cambiado mucho tu aspecto.
––Sí... Tiene usted razón, ha cambiado mucho mi aspecto.
––Por supuesto, no has llegado a Francia.
––Por supuesto, amigo. Entré en Melilla y a los dos días me devolvieron y entregaron a los gendarmes y en tres días más nos abandonaron a seiscientas personas, mujeres y niños incluidos, en la zona de Aouina-Souatar.
––Están perdiendo el alma. Allah no enseñaba esa doctrina, aunque la codicia del dinero pervierte los sentimientos más humanos.
Ante el interés de Sissé por saber del estado del infortunado Mussahid, los ancianos le explicaron las vicisitudes del accidente. Poco después llegó a la plaza un autobús “La Rose du Sable”, de color azul celeste y la rotulación en color amarillo, del que descendieron viajeros que explicaron que habían visto pocos kilómetros antes de llegar a Aouina-Souatar a un gran numero de personas caminar junto a la A-17 en dirección a Bouarfa. Antes de poder gestionar con el chófer su viaje de regreso a Oujda, partió el autobús. Esos mismos ancianos les tranquilizaron.
––Mañana estará aquí, de nuevo. Ahí enfrente podéis comprar los billetes— les señalaron una casa vieja con un cartel de madera despintado que apenas se leía.
En su deambular por la población que estaba dividida en siete Ksar, le iba explicando a Joseph, que habitaban varios pueblos: Bereberes, que ostentaba la gran mayoría; árabes, judíos y haratins, vieron infinidad de piscinas particulares, así como las públicas. Tenían varios jardines públicos y ensanches de terreno entre las Ksar. Pasaron junto a Jardín Municipal por el sur y se dirigieron a la Casa de la Cultura. Por la Route Azrou llegaron hasta el Hospital de Figuig, entraron para que le echaran un vistazo a la herida de Sissé.
––Debes ir al ambulatorio o al Hospital de La Luna Roja. Aquí no te podemos atender–– le dijo con amabilidad una enfermera.
––Por favor, es sólo que me echen una mirada para ver si está bien la herida.
––Aquí no puede ser. Debes ir donde te he dicho–– le repetía la enfermera.
––Oiga, no conozco la población...
––¿Qué sucede?–– Preguntó un médico que llegaba en aquel momento.
––Quiere que le vean la herida de la pierna y le estoy indicando que vaya al ambulatorio o al Hospital de la Luna Roja, y dice que no conoce la población.
––Ven. Te veré aquí mismo¾ le dijo el médico.
En el mismo pasillo el médico le cortó la venda y destapó la herida.
––Está muy bien, ese color sonrosado que presenta la cicatriz no creo que te acarree ningún problema. ¿Cómo te has hecho ese tajo?
––Pasando la verja de Melilla. Pero no me di cuenta hasta que me advirtió un guardia que me tenía cogido del brazo.
––Eres uno de los deportados a Aouina-Souatar.
––Abandonados–– le rectificó Sissé, ––junto a un compañero que me espera afuera y seiscientas personas más.
––Plantéate volver a tu casa. Hoy las cosas se han puesto muy difíciles para las personas que como tú pretenden instalarse en España.
––Gracias, doctor. Pero en mi casa no tengo ninguna posibilidad.
El médico le miró con gesto compasivo.
––Te voy a quitar los puntos. La herida tiene muy buen aspecto y ha cicatrizado muy bien. Ven entra a la consulta¾ pasaron a una modesta sala con una camilla y una mesa ambas de madera. ¾Tiéndete en la camilla. Llevarás la herida tapada dos o tres días; después te la destapas y la llevas al aire. Has de lavarla muy bien, con jabón, al menos, tres veces al día–– le dijo mientras le retiraba los puntos.

Después de agradecerle al médico la atención recibida, Joseph y Sissése marcharon vagando por la población. Volvieron al cabo de un buen rato de paseo al Jardín Municipal se sentaron a la sombra, en uno de los bancos y degustaron unos dátiles que habían comprado por el camino. Al atardecer en los alrededores del centro polivalente de Dar Al Mouwaten, se organizó un juego: “Doun Doun”. Se parecía más a una fiesta en la que al ritmo de los tambores, cantaban y bailaban moviendo las caderas. Tanto Sissé como Joseph se unieron al juego-fiesta con movimientos cadenciosos de caderas propios de sus países de origen. Una vez acabada la fiesta volvieron al jardín Municipal donde pasaron la noche.