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miércoles, 11 de junio de 2014

SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.



Capítulo XIII


Alrededor de las diez de la mañana alcanzaron Tessalit. Michel entró en una casa de adobe y al momento salió acompañado de un hombre de avanzada edad con un turbante enorme sobre su cabeza. Tenía su cuerpo algo corvado, pero con una vitalidad envidiable. Era de tez más clara y con muchas arrugas, curtida por los años y el clima agreste de la zona, gesticulando al tiempo que hablaba con Michel. Sissé se situó en la trasera del camión preparado para descargar. En una hora habían descargado el camión, Michel les acercaba los sacos desde lo alto del camión y Sissé y otro muchacho los introducían dentro del almacén. Sissé se acordó de la temperatura de la noche anterior, «cómo habría agradecido tenerla esta mañana» pensó. Había más de cuarenta grados que mitigaban con agua de un pozo que tenía en el interior del almacén y les había facilitado su dueño. La bebieron generosamente. Sissé preguntó al comerciante por Conrad.
––¿Qué quieres tú de ese targui?
––¿Cómo targui? Conrad no es targui... Él es de Sikasso.
––Qué importa dónde naciera... Conrad es, como su mujer y yo mismo, Tuareg–– enfatizó aquel hombre viejo.
––Conrad es primo del famma de los duungomá a donde pertenezco y le traigo un recado de él––, dijo sin atreverse a contradecirle.
––Vive a las afueras de la población. Al finalizar la calle giras a la derecha y una vez salgas de la población verás una casa que tiene delante un gran baobab. Está muy cerca, justo antes de llegar al oued, en el que hay una gran cantidad de palmeras de todas clases.
––Muchas gracias señor–– le dijo y dirigiéndose al camionero, ––Gracias Michel, por haberme traído hasta aquí. Toma tus doscientos francos.

––Gracias a ti Sissé. Toma partiremos el viaje–– devolviéndole cien francos. Me has hecho compañía y me ha venido muy bien tu ayuda en la descarga–– comentó con una mirada cómplice al muchacho del almacén, que asintió. -De todas formas si nos hubieran robado habríamos quedado peor.
––Sí. En eso tienes razón.
––¿Os han asaltado?–– Preguntó el señor Madaye, que así se llamaba quien regentaba el almacén.
––Lo intentaron anoche, en Kidal— responsó Michel.
––Michel le dio un golpe en el brazo al que amenazaba con una bayoneta, con una barra de hierro que lleva en el camión, y ahí se acabó el asalto–– intercedió, Sissé, con satisfacción.
Cada vez son más frecuentes los asaltos por toda la zona— se lamentó el señor Madaye, asintiendo Michel.
Sissé se despidió del señor Madaye y del muchacho, e hizo lo mismo con Michel, encaminándose a continuación a localizar la casa de Conrad, siguiendo las instrucciones del anciano.
No caminó más de cinco minutos cuando vio un gran baobab que sobresalía con holgura de una casa que se confundía con la arena. A medida que se acercaba, observó con placer, como a pocos metros de la casa se extendía un pequeño palmeral rodeado de una vegetación exuberante y verde, muy verde, que contrastaba con los parajes áridos que venía observando desde que salió de Gao.
Una cortina de tela gruesa de muchos colores cubría la puerta de entrada. Levantó con una mano la cortina e introdujo la cabeza y llamó a Conrad. Alguien le respondió a su espalda. Se giró y vio como desde la otra parte del tronco del gran baobab le observaban con atención.
––¿Qué quieres muchacho?
––Vengo en busca de Conrad, el duungomá. Me envía Françoise, el famma de Sikasso.
––¡Oh! Mi buen primo Françoise. Yo soy Conrad. Ven, acércate muchacho— le invitó. ––¿Cuál es tu nombre?
––Me llamo Sissé, hijo de Samuel, de Sikasso.
––¡Ah! Samuel, sí lo recuerdo bien—. ¿Cómo están tu padre y tu madre?
––Bien, bien, muchas gracias–– respondió Sissé entre fuertes carcajadas de ambos.
––¿Y tus hermanos? Porque tienes hermanos, ¿no?
––Sí, señor. Somos cinco, tres hombres y dos mujeres, una de ellas tiene tres meses. Están muy bien. Gracias.
––¿Qué tal están de salud mi primo Françoise y su mujer?
––Muy bien, también. Les envían muchos saludos a usted y a su señora.
Cada respuesta se cerraba con una carcajada sonora y espontánea de Sissé, que a su vez provocaba otra carcajada tan sonora y homérica en la persona de Conrad.
Conrad era un hombre de buena estatura, enjuto, con una barba corta y anillada, blanquecina. Sus ojos pequeños se confundían con las arrugas de su cara. Tenía su rostro un rictus de alegría, generoso, transmitía tranquilidad. Conrad, con un gesto más serio preguntó:
––¿Qué te trae por aquí, Sissé?—, dijo en tono conciliador.
––Voy de viaje a Francia y su primo Françoise me pidió que viniera a saludarle. Me dijo que me ayudaría y me orientaría para localizar a sus familiares en Lyón.
––¡Hum! ¿Y en que medida necesitas tú mi ayuda?— Le preguntó mirándole fijamente a los ojos.
––Bien. Lo que necesito es poder trabajar una temporada y conseguir algo de dinero con el que poder costearme el viaje— le respondió, Sissé, que no le rehuyó la mirada.
––Para eso necesitarás trabajar una larga temporada. El viaje es costoso.
––No. Yo necesito algo de dinero para poder cruzar el desierto. Después en Marruecos o en España trabajaré otra temporada para poder finalizar el viaje.
––Aún así, Sissé. Aún así... Bien. En mi casa eres bien recibido. Estarás el tiempo que tú quieras estar. Me ayudarás en las labores con los animales y en el campo a mi mujer, hasta que encuentres un trabajo que te permita ahorrar. Mi mujer, Asshiá, estará igualmente encantada de tenerte como huésped.
Conrad se dedicaba a la cría de animales: dromedarios, cebúes, cabras y algunos caballos y asnos, que todos los años vendía en el mercado de Agadez.
––Gracias, señor Conrad. No seré un estorbo para ustedes. Después necesitaré que me oriente para cruzar el desierto— le dijo Sissé.
––Seguro que lo necesitarás, hijo, seguro que lo necesitarás.
Conrad llamó a su mujer dando una voz, y al instante se presentó: llevaba un caftán de muchos colores vivos y un ”afer” que le cubría la cabeza y los hombros hasta la cintura. A pesar de su edad aún se podía apreciar la belleza que debió ostentar cuando era más joven. Su tez era bastante más clara que la de su marido, ojos verdes, redondos, labios poco carnosos y la voz aguda, enérgica la mayoría de las veces, denotaba gran personalidad. Tras el protocolo de las presentaciones y el interés por su familia, le comunicó Françoise a su mujer los planes de Sissé y la estancia de éste en su casa, a lo que correspondió a su marido con una mirada de sorpresa.
––Vamos dentro de la casa, tendrá hambre— le sugirió a Conrad, a modo de regaño.
––No. No tengo mucho apetito, porque antes de llegar, después de haber descargado un pequeño camión de arroz junto con otro muchacho he comido unas frutas y pescado que compré ayer en el mercado de Gao, mientras esperaba para que saliera el camión que me ha traído hasta aquí— mintió Sissé. A cambio de traerme yo debería ayudarle a descargar el camión y pagarle doscientos francos. Luego me devolvió cien francos.
––Hiciste bien. Ese es el sentido que debes tener siempre: ayudar para ser ayudado. De actuar así te sacará de muchos apuros— sentenció Conrad.
Una vez dentro de la casa, Sissé se encontró en un espacio diáfano a modo de salón, y por todo mobiliario una mesa bajita, de caoba, en el centro, con un tablero de taracea perfectamente pulido: el tablero lo formaba un rombo sobre otro cuadrado en colores más claros. Alrededor y sobre una gran alfombra, también con motivos Tuareg, que ocupaba gran parte de la sala, habían grandes almohadones de cuero de cabra pintados con motivos rectangulares en distintos colores, característicos de este pueblo, que llamaron su atención. En una de las paredes un anaquel soportaba varios objetos, entre ellos una tetera.
––Asshiá, es “targuia”—, le aclaró a Sissé. Ella le dirigió una sonrisa vacua confirmando las palabras de su marido.
––Ya me informó su primo Françoise, de la procedencia de su esposa–– reconoció Sissé.
A la derecha del salón había un espacio separado por una cortina de tejido más suntuoso que el de la puerta, apartada ésta con la mano, se pudo ver que en el interior reposaba sobre otra alfombra de piel, una “tadebut” y sobre ésta un “aghraw”. Rápidamente Asshiá colocó sobre el camastro una cubierta de muchos colores y motivos Tuareg.
––Esta es nuestra habitación— le informó Asshiá, dejando caer la cortina, ––y esa de hay enfrente será la tuya. La ocupaban mis hijos— le dijo a Sissé con cierta frialdad, ––es exactamente como la anterior.
Era una habitación de las mismas características que la del matrimonio, pero con dos jergones en el suelo, también sobre una gran alfombra de piel.
––¿Dónde están sus hijos?— preguntó Sissé.
––Ya han iniciado su propia vida. Están con sus mujeres y sus hijos. Viven en Tombouctou. Aquí la vida es muy dura, Sissé; no hay nada. Tessalit es un oasis que se gobierna por si mismo: las autoridades de Bamako no quieren saber nada de nosotros, de hecho no tenemos ni luz eléctrica y mucho menos otros servicios elementales. Y si a eso le añadimos que no querían criar animales...— se lamentó Conrad. ––Pero háblame de ti, si vas a vivir en mi casa mejor nos hablas de ti. Y tutéanos.
Mientras tanto Asshiá había colocado sobre la mesa unos dátiles, tres vasos y una botella de refresco.
––Está bien. Pero antes tomad estos presentes que traigo para vosotros–– al tiempo que tendió a Asshiá el alleshawe, un pañuelo para la cabeza y a Conrad el puñal de brazo que comprara en Gao.
Después de agradecer a Sissé los regalos se acomodaron en las almohadas alrededor de la mesa y éste tomó un dátil ante el ofrecimiento de Conrad. Sissé comenzó a narrar los pormenores de la vida en Sikasso a raíz de la sequía del año pasado y posterior plaga de langosta, ante la atención de Conrad y su mujer. Continuó explicándoles los detalles de su viaje y la reacción de Michel con los tres atracadores la noche de antes.
––¿Cómo es que estás con una mujer Tuareg? Tengo entendido que a las mujeres no se les permite esposarse con hombres que no sean de su etnia.
––Sí, es cierto. Pero el amor lo puede todo. Tuvimos grandes dificultades pero con perseverancia lo conseguimos. La conocí en Tombouctou, donde yo iba a vender mijo. Ella vino con su familia trashumante y acamparon fuera de la población. El primer día de estancia en la ciudad la vi, me encontraba yo en mi puesto y sus ojos me embelesaron. Ella también se fijó en mí, no creas, yo era un joven apuesto en aquella época— y sonrió, ––entonces le dije varias cosas..., que ya no recuerdo; sólo con el fin de que no se alejara, pero no lo conseguí. Se marchó dejándome, eso sí, una sonrisa que todavía cuando la recuerdo me seduce.
Una mirada furtiva de Asshiá, confirmaba el comentario de su esposo.
––Asshiá, es una mujer bella— dijo Sissé, ––no dudo que en sus años jóvenes te embaucara, seguro que era muy bonita.
––Lo era... Lo era, sin ninguna duda. Pero no la adules, que se crece muy pronto—, lo que sirvió para sonreír los tres. ––Al día siguiente volvió al mercado y allí estaba yo, en mi puesto vendiendo mijo, se me acercaron dos hombres Tuareg y me ofrecieron sal por el mijo, a lo que accedí. Yo no me percaté que eran el padre y el hermano de Asshiá, ella se encontraba con su madre y una hermana más pequeña, algo retiradas, y yo no podía dejar de mirarla. Su madre la regañó en tamashek, lo que no entendí y ambas hermanas rieron, entre las protestas más airadas de la madre. A continuación su hermano la sujeto por el brazo y tirando de ella se marcharon. Comprendí que había venido toda la familia—. Y añadió, ––yo, ya no tenía nada que hacer allí, debía volver a Sikasso. Pensé que no me podía marchar sin hablar al menos una vez con ella y cambié de nuevo la sal por mijo a un amigo que llegamos juntos a Tombouctou, él se volvió a Sikasso y yo esperé al día siguiente a que volviera al mercado— Asshiá asentía complacida a aquellos comentarios de su marido, entre risas. ––Si hubieras visto la cara que puso su padre cuando al día siguiente me vio en el mismo sitio con el mijo… Se acercó:
––¿Qué has hecho? ¿No quieres volver a tu casa?
––Quiero hablar con tu hija— le dije ––y espero que me lo permitas. Lo que soltaron por la boca su padre y su hermano no te lo diré. Me increparon airadamente, hasta el punto de arremolinarse el gentío en torno a nosotros. A mí me temblaban las piernas y el miedo me hizo decir: Es mejor que hable con ella con tu permiso ¿no crees? Arreciaron lo improperios y se marcharon maldiciendo. Hubo mucha gente que me decía que había sido un imprudente, que no tenía que haber provocado a los Tuareg, lo que yo no comprendía. Mi pretensión era, sólo, hablar con la mujer más bonita que había visto jamás. Cual fue mi sorpresa cuando a la mañana siguiente la vi aparecer con su hermana y se detuvo ante mí.
––Porqué le has dicho a mi padre que querías hablar conmigo. No te conozco de nada para que te atrevas a eso–– me dijo altiva.
––Porque es la verdad. Quiero hablar contigo, no le hago daño a nadie porque hablemos— le respondí categórico.
––Pues mi padre y mi hermano llegaron enfurecidos.
––Y a mí me temblaban las piernas, cuando se marcharon— le repuse. ––Se rieron ambas y me pareció la risa más encantadora que había visto y oído jamás. Así fue como comenzamos a hablar y al rato apareció su padre y su hermano con cara de pocos amigos. Cuando les vieron allí, conmigo, me increparon, de nuevo, y ella se interpuso entre nosotros y hablando en tamasheq les apaciguó los ánimos. Asshiá, extrañamente, era el ojo derecho de su padre. A la mañana siguiente volvió su padre y me cambió el mijo por dos ovejas, yo no me lo podía creer. «Y no me ha insultado», me dije a mí mismo. También es cierto que no me dijo ni una palabra más. Cuando esa misma tarde llegó ella, de nuevo, me comentó que su padre muy a regañadientes había aceptado a que nos viéramos. A los dos días mandé recado a mis padres que me quedaba en Tombouctou, que volvería cuando pudiera. Y en cuatro meses me encontré en Tessalit, con la mujer que quería y dos ovejas, y así comenzamos nuestra vida juntos, hasta hoy.
––Que historia tan bonita. Y ¿no tuvisteis boda?
––Sí, tuvimos boda. No tan suntuosa como las que ellos celebran habitualmente, pero sí, digamos que tuvimos boda. Su hermano renunció a Asshiá...
¿Cómo es que vistes como los Tuareg?
Yo pertenezco a los Tuareg, Sissé. Desde que me esposé con ella, adquirí la forma de vida de ellos, sus costumbres, su cultura, su forma de vestir, te aseguro que no es caprichosa— y continuó, ––no es que yo haya renunciado a mis raíces, pero aquí no se puede vivir con nuestras costumbres, sólo se es capaz de subsistir con las suyas. A pesar de vivir en un oasis, en Tessalit es mejor adaptarse a su forma de vida, ya que ellos tienen mucha experiencia en la vida en el desierto. Nosotros, con nuestros hábitos seríamos incapaces de subsistir en estos parajes tan agrestes. Y a ti te convendrá adoptar esas mismas formas de vida—, le aconsejó. ––La vida aquí es muy dura, pronto se endurecerá mucho más la existencia y te convencerás de lo que te digo.
––Yo no tengo ningún inconveniente en hacer lo que me digas, tú tienes la experiencia de los años. ¿Por qué dices que se endurecerá la existencia?
––Pronto llegará la temporada de lluvias y antes de que lleguen, con ellas y tras ellas los vientos iracundos. Creo que no tardarás mucho en conocer las tormentas de arena: el harmatán, es un viento que sopla justo después de la época de lluvias, desde noviembre hasta marzo. Como los vientos alisios que son secos, polvorientos y fríos, sopla de Noroeste y suele levantar grandes masas de arena. El efecto causado por el polvo y la arena levantados por el viento incide directamente en los animales y las personas, estamos más irritables de lo habitual cuando sopla durante varios días. Durante la temporada de lluvias se puede desencadenar, también, un temporal de viento y arena, llamado Simun, es un viento seco y cálido, que puede sobrepasar los 54º C y te quema la garganta y la piel debido a su escasa humedad. La tormenta se mueve de forma súbita y circular, como un ciclón, transportando una nube de polvo y arena en suspensión tiñéndola de un color anaranjado, produciendo una sensación de asfixia. El Simun se desarrolla rápidamente y sin señales por las que se pueda prever su aparición. Se presenta con un silbido violento y se desplaza a gran velocidad pudiendo matar a cualquier ser vivo que alcance sus ráfagas—. Y añadió dirigiéndose a Asshiá:
––Esta noche para la cena podías preparar una “bastila”, en honor de Sissé—. Propuso Conrad a su mujer, que le miró inquisidora.
––No hagas nada extraordinario, haz aquello que…— Sissé trató de evitar molestias.
––Está bien Asshiá, está muy bien que honremos a nuestro invitado— interrumpió Conrad a Sissé. ––Verás que es un plato exquisito, Sissé, no renuncies nunca a él.
––Lo tendré en cuenta— se conformó Sissé. ––¿En que consiste?
––Te lo explicará mejor Asshiá que yo.
––Es una empanada con un relleno de pollo, que lleva sobre ella azúcar molida y canela formando una estrella y se condimenta con varias especias y yerbas silvestres: cilantro verde, perejil, jengibre, azafrán; ¡ah!, y huevo, también lleva huevo. Pero no lo ha dicho por honrarte, sino porque es el plato que más le gusta a él.
––Debe estar muy buena. Seguiré el consejo de Conrad.
––Te conviene, muchacho, si quieres disfrutar de la vida—. Ironizó, entre carcajadas. ––Después, cuando comience a caer la fuerza del sol, iremos a ver los animales, nosotros no cultivamos prácticamente nada, nos dedicamos a la cría de animales. Viene mucha gente a comprar dromedarios, cabras, ovejas, asnos... También, casi todos los años voy a Agadez, a la feria del ganado.
––Yo cultivo alguna cosa, él es un holgazán––, protestó Asshiá. Y se dirigió a Sissé ––Llevas un shirawt precioso, ¿es una cornalina?
––Ciertamente es muy bonito––, confirmó Conrad.
––No lo sé Asshiá, yo no estoy acostumbrado a ver piedras preciosas. Según dijo el vendedor sí lo es, pero yo no me lo creí. Me lo regalaron y quede muy sorprendido. No me lo esperaba–– les dijo Sissé sin entrar en más detalles, lo que advirtió el matrimonio.
––Sí. Es una cornalina, Sissé–– le aseguró Asshiá que se había acercado a observarla tomándola en su mano.
Tras la comida y después de unas horas de descanso, el sol aún calentaba, no era tan implacable y permitía pisar la arena, Conrad y Sissé se encaminaron a un ensanche delimitado con cuatro estacas, a unos cincuenta pasos apartado de la casa, en el que cohabitaban dromedarios, asnos, cabras, ovejas..., sólo los cebúes estaban separados por unas vallas de troncos de palmera. Bajo un cobertizo, tan primitivo como el resto de instalaciones, hecho con troncos de palmera y ramas de baobab, había unas cuantas gallinas y otros dos pollos que estaban cercados aparte, picoteando en el suelo. En frente y en otro apartado tenía el forraje: sorgo y mijo para las bestias.
––¿Porqué tienes tantos dromedarios blancos, es por algún motivo o es simple casualidad?— Preguntó Sissé.
––No. No es producto de la casualidad, el mèhareé, lo pagan mejor que el resto. Ese es el único motivo. Al principio me quedaba con todos los dromedarios blancos que nacían para más adelante cruzarlos entre sí, de esta manera conseguí tener más animales blancos.
––¿Y porqué dromedarios y no camellos?
––Bien, es muy sencillo. El dromedario tiene un cuerpo más estilizado que el camello, es más alto y es mucho más resistente en las travesías del desierto: puede estar sin comer ni beber alrededor de diez días, el camello ni pensarlo; y lo más importante, es más rápido que el camello. El dromedario se alimenta de hojas verdes, hierbas y ramas. En el desierto toma el agua que necesita de comer vegetales verdes y espinos de los arbustos. Solamente tienen un inconveniente, cuando los machos están en celo braman, son gruñones, se vuelven irascibles y hasta llegan a morder.
––Mañana me acercaré al almacén de alimentos, donde descargamos el arroz. Le diré al señor Madaye que voy en busca de trabajo, por si necesitara a alguien o si conoce quien lo necesite— le anunció Sisse.
––Me parece bien. Es una buena persona y si puede te ayudará. Puedes decirle que vas de mi parte— le propuso Conrad.
––Gracias. Ya me interrogó cuando le dije que te buscaba, antes de decirme dónde vivías.
––No me extraña. Somos muy buenos amigos.
––Dime, Conrad, cuánto te he de pagar por proporcionarme alojamiento y comida.
––Yo pretendía que me ayudaras con los animales, y a mi mujer con los cultivos, como ya te comenté, con eso sería suficiente.
––No Conrad, eso no es suficiente. Por supuesto que te ayudaré encantado con los animales y con todo aquello que necesite tu mujer, pero he de pagarte.
––Creo Sissé, que tanto para Asshiá como para mí será una bendición tenerte aquí, estamos muy solos, ya desde hace mucho tiempo. Además, tu intención es partir cuanto antes, de modo que recógete todos los francos que puedas porque te harán falta.
A continuación salieron a ver el ganado y una vez arreglados los animales caminaban los dos departiendo animosos. Conrad pidió a Sissé que le contara cómo estaban las cosas por Sikasso. Ascendieron una pequeña duna, mientras le ampliaba los detalles de lo relatado anteriormente. Conrad le señaló el oued por el que corría un hilo de agua que iba a desembocar en un pequeño “ajelman” con palmeras y vegetación alrededor. Le indicó que tras la época de lluvias el ajelman se hacía mucho más grande, con bastante más cantidad de agua y por las mañanas conducían a los animales para abrevar. Conrad se emocionó ante la información que Sissé le iba dando.
De vuelta en casa, Asshiá, estaba ultimando los detalles para la cena. La “bastila” lista y preparada sobre la mesa, y un guiso de mijo con carne que olía fenomenal ––al menos, así lo apreció Sissé–– apartado del fuego, listo para servir. Sissé se brindó a ayudar a Asshiá en la preparación de la mesa. La mujer de un odre de piel de macho cabrío llenó tres cuencos con agua para lavarse las manos, que colocó sobre la mesa. En el centro de aquella misma mesa se hallaba el plato con el guiso de carne, del que comieron con los dedos de la mano derecha, para a continuación seguir con la “bastila”. Asshiá encendió una lámpara de carburo similar a las que utilizaban en el barco, aunque más pequeña. Dieron buena cuenta de la cena y felicitaron a la cocinera. Tras el té que lo tomaron varias veces, salieron fuera de la casa. Una ligera brisa les trasladaba el olor a establo más pronunciado que el resto del día. Sentados en el suelo, bajo una noche iluminada por la Luna llena sobre un manto inmaculado de estrellas, hablaban del proyecto de Sissé. Conrad le había escuchado con suma atención, sin interrumpirle en ningún momento. Analizando todo aquello que Sissé decía. Una vez hecha la exposición por parte del muchacho, Conrad permaneció en silencio un corto espacio de tiempo que a Sissé le pareció una eternidad.
––¿No te parece bien lo que pretendo hacer?— le consultó Sissé, algo ansioso.
––Sí. Si es lo que tú quieres. Pero me da la sensación de que no tienes mucha idea de lo que te puedes encontrar en tu viaje— le respondió.
––Por eso quiero que tú me orientes. Tu experiencia en el desierto me puede ser de mucha ayuda. Aquello que me digas lo haré, sin más. Mi padre y tu primo me dijeron que hiciera todo aquello que tú me indicaras.
––¡Ah! Mi buen amigo Samuel y mi buen primo Françoise, ¡cuánto tiempo! Sabes, me has devuelto a mis raíces con tu llegada. Hacía mucho tiempo que no recordaba mi vida en Sikasso y tú me has llenado de nostalgia. Aquí no llegan noticias de aquella zona. Pero bien. Tiempo tendremos de hablar de todo ello— e hizo una pausa. ––El viaje que vas a realizar no es fácil, Sissé. Es más bien peligroso. Es bastante peligroso. Sobre todo para alguien que no conoce el desierto. Por nada debes hacer el viaje solo, bajo ningún concepto. Un proverbio congoleño dice: “Las huellas de las personas que caminan juntas nunca se borran”. La travesía del desierto debes hacerla con un convoy, incluso así es muy arriesgado. Las decisiones que se han de tomar es mejor tomarlas entre todos, para que no recaiga la responsabilidad en uno sólo— disertaba Conrad. ––Tendrás que pagarte el viaje. Y no sólo eso, tendrás que pagar sobornos sin rechistar, para evitar males mayores. Hay gente que viene de Marruecos y de Argelia y cuenta que son asaltados constantemente, unas veces por la propia policía y otras por delincuentes comunes. El desierto, Sissé, es un infierno sin dejar de ser el paraíso, es un infierno cuando lo estás cruzando y un paraíso cuando lo has conseguido— le animó. ––En el desierto no puedes confiarte, pues la inmensidad del espacio contrasta con la indefensión del hombre. Mires donde mires todo aquello que te alcance la vista lo observarás distante y deshabitado. No ves más que arena y alguna que otra piedra dispersa. Confundirás la línea del horizonte, siempre es igual, nunca llegas a él. Un proverbio Tuareg lo define con claridad: “O ves el horizonte bajo tus pies o nunca dejará de alejarse”.
––Ese proverbio ya lo he oído— le interrumpió Sissé.
––Haz caso de ellos, son muy sabios— y añadió, ––únicamente romperá la monotonía alguna duna, o alguna montaña lejana, si es que la ves. No tendrás un árbol en el que cobijarte ni agua que beber. El desierto es inhóspito incluso para los Tuareg, la única diferencia es que ellos lo respetan, Sissé, lo respetan mucho— y concluyó. ––Todos los días hay alguien que se queda para siempre en sus entrañas, sobre todo blancos, pero también de los nuestros se pierden y nunca más se sabe de ellos.
Un nudo en la garganta impidió decir palabra a Sissé. Había quedado azorado por las palabras de Conrad. Sabía que tenía razón, aunque verdaderamente él no pensó en las diversas fatalidades que había enunciado este targui.
––Bueno, no todo es malo, hombre. Es el lugar más bello y cercano a dios sobre la tierra— le dijo para disipar su azoramiento. ––Vamos dentro Sissé, Asshiá tiene algo para ti.
Asshiá le tenía preparado sobre la cama un chèche negro, un litham, también, negro y unas ighatimen con las que caminar por la arena. Quedó Sissé impresionado por la indumentaria Tuareg que no esperaba.
––Os doy las gracias por estas prendas. Os las compensaré.
––Oh, no. Pero tendrás que aprender a colocártelas. Mañana te explicaré como se hace, verás que es muy sencillo. Y te ayudarán a mitigar el calor.
A la mañana siguiente Conrad enseñó a Sissé a vestirse con el nuevo atuendo que le habían regalado. Dos veces necesitó Sissé ser orientado, en la colocación del chèche y el litham. A partir de la tercera se los colocaba sin ningún problema. Había cambiado su aspecto, a partir de ahora se confundiría con los Tuareg, sólo el color de su piel le delataba. Conrad acompañó a Sissé a hablar con el dueño del almacén de alimentación con la escusa de que debía hacer unos encargos. Una vez en el almacén, Conrad habló con el dueño mientras Sissé ojeaba todos los productos que tenía almacenados; reconoció los sacos de arroz que descargara el día anterior y que ya habían mermado considerablemente. Saludó al muchacho que descargara con él el camión, con el que habló hasta que llegaron en su busca Conrad y el dueño del almacén. Conrad le anunció que a partir de mañana trabajaría a las órdenes del señor Madaye.
Mientras hablaban el señor Madaye y Conrad de forma familiar, Sissé intercambiaba opiniones con Mossa, así se llamaba el muchacho y le preguntó sobre el funcionamiento del almacén.
––He visto que en un día ha vendido bastantes sacos de arroz de los que descargáramos ayer.
––Efectivamente, aquí se trabaja mucho, es agotador––, le dijo. ––Hay que cargar a los clientes y descargar los camiones de todos los productos que tenemos, arroz, cebollas, mijo, sorgo, patatas... Sobre todo después del pasado año con la sequía y la plaga de langosta. Es muy importante que no te olvides de apuntar todos los productos que cargues o descargues en estas libretas. Es una suerte que sepas leer y escribir.
Mossa le puso al corriente, con detalle, del funcionamiento del almacén.
––Estaré encantado de tenerte aquí; espero que nos hagamos buenos amigos.
––Yo también lo espero, Mossa.
No tardaron en retornar a casa de Conrad. Por el camino fueron hablando de la suerte que había tenido Sissé, de que le diera trabajo el señor Madaye, casi sin pensárselo.
––Conrad muchas gracias por la deferencia que has tenido conmigo, acompañándome primero y hablando después con el señor Madaye, para que me diera el trabajo.
––Ha sido cosa de él, te ha visto fuerte, vio como te comportaste ayer y le ha parecido muy bien que quisieras trabajar en su casa. Ah, antes de que comiencen las lluvias me acompañarás al mercado de Agadez con los animales, es la condición que le he puesto y ha aceptado–– le anunció.
––Bien, estaré encantado de acompañarte. De todas formas gracias por todo.
––Le he prometido que no le decepcionarás, que no se arrepentirá de haberte contratado. Ni yo tampoco, espero.
Cuando llegaron a su casa la mujer de Conrad estaba ordeñando una camella con el “akabar”. Sissé se acercó con la intención de ayudar, pero la mujer se negó.
––Eso es tarea de mujeres, Sissé––, dijo Conrad en tono autoritario.
––Yo siempre he ayudado a mi madre..., y lo he hecho con gusto. Si hubierais visto las caras de las personas con que nos cruzábamos en Moptí, porque llevaba la compra que había realizado una señora en el mercado...
––¿La que te regaló el shirawt?
––¿Cómo lo sabes?
––En Sikasso no hay de estos bàgan, Sissé.
––Sí, es cierto. Me lo regaló aquella señora. Maharafa, es su nombre. Viajé con ella en el barco que me trajo hasta Gao. Ella vivía en Moptí. Hicimos muy buena amistad. Estaba en una asociación que luchaba contra la mutilación genital en la mujer––. Conrad le miraba de hito en hito mientras hablaba.
––Eso está muy bien–– apuntilló Asshiá, que también le escuchaba atenta.
––Es una gran mujer–– aseguró Sissé. ––Me brindó su casa en la noche que permanecimos en Moptí. Era viuda del agregado comercial francés, en el consulado, su marido murió en Tombouctou.
Ante la mirada inquisidora de Conrad, Sissé, trató de aclarar la situación.
––Conrad, no hubo nada con esa mujer–– le mintió. ––Yo me debo a Aicha. Es una chica que conocí cuando llegué a Sègou. El mismo día de mi llegada comenzaba el I Festival sobre el río Níger y debía esperar cuatro días hasta que zarpara el barco que me llevaría hasta Gao. Conocí a tres muchachos y cuatro chicas, entre ellas a esta Aicha, que es excepcional. Mirala–– le ofreció el teléfono móvil.
––Es una mujer muy bella, Sissé–– al tiempo que se la mostraba a Asshiá.
––Pasé los cuatro días más maravillosos de mi vida, Conrad. Esa mujer ha de ser la mujer de mi vida. Me ha pasado como a ti con Asshiá—. Y tras una pausa añadió: —Bueno, Maharafa viajaba en el mismo buque, había dado unas charlas en Ségou con motivo del festival. Después coincidimos en el barco y me socorrió cuando me afligí porque Aicha no vino a despedirse de mí.
Conrad ya no pronunció una sola palabra. Esa misma tarde, cuando la fuerza del sol ya no era tan implacable, salió Sissé de la casa y se encaminó hacia el alpende. Conrad y su esposa permanecieron dentro de su casa y a la vista de la tardanza del muchacho salió Conrad en su busca. Algo más allá de la explanada y circundante con el gran baobab, estaba haciendo Sissé un “afarag”.
––¿Qué haces?— Consultó Conrad.
––Estoy preparando este trozo de terreno, para sembrar hortalizas. Aprovecharemos la sombra del baobab para que el sol no queme la plantación. Lo voy a hacer pequeño, únicamente para el consumo de casa.
––Y, cuando tú te marches ¿quien lo continuará?
––Yo. Respondió Asshiá que se encontraba en el umbral de la casa, escuchando la conversación. ––Continúa Sissé, que yo te ayudaré mientras estés aquí y después lo mantendré— aseveró Asshiá categórica.
Conrad hizo un gesto de resignación con las manos.
––Sissé, ¿por qué lo estás haciendo pegado al baobab, y no al lado del oued, bajo las palmeras?— le consultó Conrad.
––Porque es la parte menos arenosa del terreno y cogerá mejor aquello que se plante. Y de otra parte, le vendrá bien la sombra a algunos productos que plantemos.
A la mañana siguiente, Sissé se levantó justo al amanecer y finalizó el “afarag”, antes de marchar a trabajar al almacén de Madaye. El día había sido bastante movido de cargas y descargas, que él llevó encantado y a buen ritmo. Antes de marcharse, Sissé, le pidió simientes de patatas, pimientos y tomates al señor Madaye.
––¿Vas a plantar tú patatas y pimientos?— Le interrogó.
––Sí, señor Madaye. Voy a plantar lo que pueda para el consumo de casa. Tengo preparado un pequeño afarag en el que me falta sólo la simiente.
––¿Tú has hecho el afarag?
––Sí, claro. Y para aprovechar el agua de la lluvia voy a hacer un “ajelman”, para no tener que acarrear el agua desde el embalse natural.
––Habrá que verlo— le comentó resuelto, dándole unas palmaditas en el hombro.
––Cuando quiera señor Madaye. Seguro que será bien recibido en casa del señor Conrad.
Sissé se encaminó hacia su casa portando un saco de tubérculos de patatas y un saquito de simiente de pimientos y tomates. Una vez allí, en el cobertizo, extendió los tubérculos, hasta tener preparado el terreno para plantarlos. Al día siguiente tenía la tierra preparada, removida, con una profundidad de ocho a nueve centímetros, esponjada, la había humedecido previamente, esperando para ser preñada de siembra. Otra parte del terreno estaba preparado de caballones a continuación del de las patatas, paralelos a la besana. En tres mañanas había plantado, ayudado por Asshiá, todos los tubérculos de patatas que habían partido cuidadosamente en dos mitades, siendo regados con un odre que llenaba del “ajelman”. Una vez finalizada la plantación de patatas que era la más extensa, dedicaron tres caballones para pimientos y para los tomates, habiendo aprovechado la parte más próxima al baobab para la plantación de estos últimos.
Entre tanto estaba construyendo su “ajelman” junto al huerto, aprovechando una porción de terreno que estaba algo más elevado. Vació el terreno en el centro sin mucha dificultad, debido a que era muy arenoso, y esa misma arena extraída del centro la aprovechó para formar la pared del embalse, cubriéndolo con ramas de bananeras que había fijado con barro entre sí, quedando bastante impermeabilizado. Una vez formado el contorno colocó rocas de cierto tamaño en el exterior sobre el pie de la pared de arena, con el fin de que sirviera de contención, tanto para las lluvias como para el contenido del agua, una vez lleno. A penas si había tres metros desde el embalse al huerto, los unió por medio de un surco recubierto de barro mezclado con ramas de bananos que hacía las veces de acequia y serviría de desagüe del embalse y riego para el huerto.
Habían transcurrido dos meses largos desde que Sissé llegara a la casa de Conrad, y Asshiá comenzaba a encontrarse encantada con el joven que aportó frescura a la casa, dinamismo en la vida del matrimonio. Les había hecho salir del tedio diario de la rutina, aunque ella estaba más ilusionada que Conrad. Asshiá ayudó a Sissé en los trabajos que éste había realizado en infraestructuras y en el cultivo del huerto. Las patatas tenían sus hojas verdes y altas con la flor blanquecina.
––Pronto empezaremos la recolección, Asshiá. Al ser patatas tempranas en una o dos semanas estaremos comiendo de nuestra producción–– le dijo ilusionado.
––Cuanto me alegro Sissé––, le respondió Asshiá, que le dio unas palmadas en el hombro.
Conrad les observaba con sorpresa desde donde se encontraba arreglando a los animales.
Cuando Sissé se levantaba todos los días, Ashiá se colocaba a su lado y se dirigían juntos al huerto, hasta que se hacía la hora de marchar al trabajo en el almacén de Madaye. Formaban una pareja muy curiosa y compenetrada, la mujer había superado su reticencia inicial sobre Sissé. Asshiá había aprendido a cultivar los productos sembrados, siguiendo las instrucciones de Sissé, porque algunas formas diferían a las que ella ya conocía. Sissé había establecido un sistema de refrigeración de los pimientos y tomates con sus propias hojas, que servían de sombra a los frutos mediante la colocación de estacas clavadas en el suelo y que salían aproximadamente treinta centímetros. Hizo pasar las ramas principales de las plantas por encima de las estacas, con lo que quedaban los frutos bajo de sus hojas. Con el riego que a menudo les proporcionaba, mantenía la tierra húmeda y las irradiaciones del sol justas, consiguiendo unos frutos extraordinarios, tanto en tamaño como en calidad.
Conrad en su afán de que se hiciera con los animales le hizo galopar con los dromedarios en varias ocasiones, respondiendo a la perfección Sissé al envite. Su destreza en la montura sorprendió a Conrad, que veía en Sissé un muchacho con unas cualidades excepcionales, no sólo para montar, sino para desenvolverse en la vida.
Aquella tarde, cuando Sissé se disponía a regresar a su casa, después del trabajo, el señor Madaye le acompañó sumido en la curiosidad por ver qué era lo que Sissé había construido en casa de Conrad. A su llegada se saludaron con el protocolo acostumbrado.
––Asshiá, no prepares nada, porque no me quedaré mucho tiempo. Sólo he venido por la curiosidad de saber qué es lo que ha hecho Sissé en vuestra casa.
––Una maravilla, Madaye. Ven y lo verás le dijo con euforia Asshiá.
Se acercaron al baobab y observó cómo había organizado Sissé, el huerto, y el ajelman todavía escaso de agua. Madaye recorría las instalaciones en silencio, con gratificante asombro. Madaye se agachó, cogió un tomate y lo mordió.
––Está algo caliente, pero se puede comer. No imaginaba qué era lo que pudieras haber hecho, Sissé. Pero me ha complacido–– reconoció Madaye.
––Gracias, señor Madaye–– contestó Sissé orgulloso.
Conrad se había quedado dentro de la casa preparando el té. Cuando entraron lo tenía dispuesto sobre la mesa. Conrad sirvió el té sin preguntar, tomando asiento todos. Hablaron de lo que había hecho Sissé. Después de hablar durante un buen rato, Conrad anunció a Sissé que en diez días partirían hacia el mercado de Agadez, les llevaría cerca de un mes el viaje, a lo que Sissé asintió satisfecho, no sin mirar al señor Madaye, que reconoció que era la condición que le impuso Conrad, cuando su contratación.



domingo, 8 de junio de 2014

SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.



Capítulo XII


Apenas había amanecido y en el barco un ir y venir incesante de tripulantes realizaban los preparativos para la inminente partida. Se escucharon rumores de que posiblemente el Sumare no llegara hasta Gao por falta de caudal en el Níger. Si bien, no dejaba de ser más que un rumor. Nadie lo confirmó. Sissé permanecía sentado en la hamaca, impasible a todo lo que ocurría a su alrededor, aunque observaba todos los movimientos con ojo avizor. Un sonar de sirena anunció el desamarre del buque y su leva. El buque se movía lentamente apartándose del muelle de amarre en el que se encontraba abarloado. Los viajeros se despedían de sus familiares y amigos con mayor énfasis. Un cierto griterío alteró la paz que había reinado hasta hacía sólo unos momentos, pero tampoco disturbó a Sissé, que permaneció inerte en su aposento. Un silbido grave de sirena informó de la empopada del buque, iniciando el movimiento tan lento como lo venía haciendo de costado. Un nuevo silbido de la sirena, esta vez más prolongado anunció su aumento de velocidad para salir de la ensenada y poner rumbo a Gao. Al poco de abandonar el puerto se colocaron próximos a él los dos musulmanes que en Mopti ya rezaran, para repetir la ceremonia de entonces en el primer rezo del día. Todavía se escuchaba la voz del almuédano convocando a la oración desde el alminar de la Mezquita. Desde aquel día no les había vuelto a ver en el barco. Pensaba que ya habrían finalizado su viaje en el Sumare, que habrían desembarcado definitivamente en Tombouctou. Evidentemente no había sido así, estaba equivocado. Iban provistos de un “zobe” de algodón de un blanco impoluto, que parecía de una excelente calidad, su “shayla” con el “igaal” negro sobre sus cabezas, por lo que supuso que serían personas de la Península Arábiga y de un estatus social elevado. El joven, mimético, parecía un calco del más adulto, repetía todos y cada uno de los movimientos que realizaba aquel. Sissé observaba con absoluto descaro una carpeta de piel marrón que depositó el más joven en el suelo, lo que no pasó desapercibido a éste que lo miraba de soslayo. La carpeta, que la había dejado con mucho cuidado hacia arriba, presentaba una gran solapa labrada exquisitamente con motivos geométricos de color más oscuro, formando una lacería extraordinaria, precisa y espectacular. Aquello llamó la atención de Sissé. Una vez acabada la oración recogió el joven musulmán la carpeta, con parsimonia y cierta solemnidad y le dedicó una leve sonrisa a Sissé, al que miró tímidamente, al mismo tiempo que le encaró la carpeta, para que pudiera contemplarla más próxima, con más detalle. Sin dirigirse una sola palabra en esta ocasión, Sissé, le devolvió la mirada y una sonrisa de agradecimiento por el gesto. Se perdieron los dos árabes a continuación por la zona de babor. Tomó el teléfono y llamó a Aicha. Después de varios tonos tampoco recibió respuesta. El no poder hablar con ella, de nuevo lo alteró. Un gesto iracundo se marcaba en su rostro.
La etapa hasta Gao se hizo mucho más aburrida que las anteriores. El barco navegaba con mayor lentitud, hasta el punto de detenerse en varias ocasiones y rectificar el rumbo para no quedar varados en algunos bajíos que aparecieron ante la falta de caudal del río. Tras dos días y medio de navegación, en los que Sissé no descendió a tierra, apenas si se había comunicado con alguien. Habló telefónicamente con su padre, interesándose por toda la familia, informándole que él se encontraba muy bien y acercándose a Gao, desde donde iría a Tessalit para ver a Conrad, el primo de Françoise. Había intentado hablar en varias ocasiones con Aicha, sin conseguirlo en ese tiempo.
Al menos le había servido tanto tiempo de soledad para rememorar todo lo vivido desde que salió de su casa. Hizo una valoración muy positiva de sus vivencias. Todo lo acontecido había resultado extraordinariamente feliz: Alaine, el camionero; Marcel; sus amigos de Ségou, Aicha, sobre todo, y Maharafa, de la que guardaba un recuerdo muy especial, sin llegar a la adoración que sentía por Aicha. Pero era una mujer que había calado hondo en su corazón. Sabía que no la podría olvidar nunca. «¿Qué habría sucedido de haberla conocido antes que a Aicha?», se preguntó. No había tenido decisión suficiente para llamarla. Siempre buscó mil excusas que justificaran su llamada, pero no la había encontrado.
A medida que habían ido pasando los días se le hacían mucho más entrañables los recuerdos sobre Aicha, aquella mujer a la que consideraba la más excepcional de todas las mujeres. Estaba convencido de que debía ser la mujer de su vida. Aunque cierta inquietud le embargaba y le hacía imaginar diferentes motivos por los que Aicha no le había respondido al teléfono. El tedio del último tramo del viaje estaba contribuyendo a que ahondara en él la melancolía. Sentía un vacío enorme que estaba haciendo mella en su ánimo. Aparecieron muchas dudas en Sissé sobre la continuidad del viaje. Por primera vez había sentido miedo de que alguna cosa saliera mal y no pudiera culminarlo como tenía previsto. «Menos mal que Aicha no me puede pedir en estos momentos que desista del viaje porque de hacerlo no podría continuar», se dijo. «Jamás saldrá una palabra de desazón de sus labios que pueda perturbarme. A pesar del mucho miedo que tiene. En ese instante sintió una necesidad enorme de estar con ella, abrazarla y estrecharla contra su cuerpo, besarla… Pensaba que era más fuerte de espíritu y que nada podría alterar mis pensamientos», se lamentó.
Era casi medio día cuando anunciaron por megafonía que estaba a la vista la ciudad de Gao, en la que en breve atracarían en su puerto, lo que le sacó de su febril estado. Se levantó de un salto de su hamaca, en la que había permanecido más tiempo que en ningún otro sitio en toda su vida. Por primera vez se alegraba de haber finalizado el viaje en barco, nunca antes había sentido esa desazón por llegar a ningún lugar. Había perdido su flema. No era sólo por llegar en sí, también por la inquietud que empezaba a abrumarle ante la próxima visita a Conrad. No sabía como le recibiría, si era un hombre cordial y dispuesto a ayudarle o al contrario se desharía con rapidez de él...
Una voz informó que se veía la Koïma o “Duna Rosa” y acudieron a ver la duna, espectacular, grandiosa, a pesar de una ligera calima que se cernía sobre Gao. Era una montaña de arena impresionante, paralela al curso del Río, a unos cinco kilómetros apartada de su orilla. Comentaban unos pasajeros que al atardecer con la puesta del sol adquiría un tono rosado. A medida que se acercaban al puerto de Gao se observaba sobre una lengua del Níger un manto verde, era arroz en flotación. Desde el buque pudo contemplar la Mezquita.
Es la mezquita de Kankou Moussa, Rey que en el siglo XIV construyó la mezquita después de un viaje de peregrinaje a La Meca– dijo el mismo viajero de antes, que advirtió de la Duna. Y siguió explicándole a su acompañante, –Aquella edificación es la tumba de Askia Mohamed, que hizo de Gao la capital política y militar de un gran imperio que durante tres siglos dominó las tierras desde Ghana, en el Golfo de Guinea, hasta Mauritania, conociéndosela, por ello, como la ciudad de los Askias. Fue también, anteriormente, capital del imperio Songhay.
El mercado se encontraba a la orilla del río Níger, como en todas las ciudades de su ribera, junto al puerto. Como todas las grandes ciudades de la ribera del río, era una ciudad cosmopolita, en la que habitaban Tuareg, Bellah, Songhay, árabes, Peuls y gentes de los países con los que compartían frontreras. En el pasado fue una ciudad próspera, se encontraba en el paso de la Gran Caravana “Azalai”, por lo que tuvo un trasiego importante de personas de diferentes países limítrofes, así como de mercancías de toda índole. El puerto había funcionado durante muchos años como núcleo principal de comunicaciones de toda la región, compitiendo con Tombouctou. A él acudían a vender o cambiar las mercancías que producían siendo intercambiadas con las que llegaban de comerciantes de otras latitudes.
A las dos de la tarde amarró el Sumare en el puerto de Gao. Un calor tórrido y sofocante les recibió en aquel puerto desértico, no había nadie a la vista. En el buque cada cual se protegía del sol como buenamente podía. Sissé se volvió a sentar en su hamaca bajo la techumbre del piso superior. El aire era irrespirable. Alrededor de las seis de la tarde comenzaron a desembarcar. El personal del barco se despedía con amabilidad de los pasajeros que descendían en orden. Sissé se fue en busca del capitán del barco al que encontró en el puente, ultimando unos datos en el cuaderno de navegación.
Capitán. Muchas gracias por la atención que ha tenido conmigo, durante todos estos días.
Hola, Sissé. No debes dármelas a mí, las merece Maharafa, que fue quien intercedió para que viajaras con ella.
Ya se lo agradecí, capitán. Lo cierto es que he hecho un viaje que no podía soñarlo siquiera.
Es una gran mujer. Demasiado joven para quedarse sola tan pronto.
Sí, es cierto. El destino a veces juega malas pasadas. Pero ella es fuerte.
Sí. Aunque Maharafa ha sufrido mucho. Ha sentido enormemente la pérdida de su marido. Y por otra parte, es extraño que no rehaga su vida con cualquier otro hombre.
Está muy volcada con la asociación en defensa de las mujeres…
¿Quieres un té?
Muy bien, gracias.
Aún ayudando a las mujeres, ella es muy joven, no debería estar sola.
Da la impresión que quería mucho a su esposo.
Sí. Estaban muy unidos. Maharafa le acompañó en innumerables viajes. Hacían muy buena pareja.
Es curioso, capitán, que las personas a las que más había ayudado le asesinaran.
No, Sissé, no es justo que digas eso. En todos los pueblos hay bandas de delincuentes que no reflejan el sentir de ese pueblo. El pueblo Tuareg, es muy noble y no se puede ver representado por unos asesinos.
En eso tiene razón.
¿Pasaste la noche con ella? — Le preguntó de momento.
Bueno, sí, la pasé en su casa—, respondió Sissé algo azorado.
Maharafa es una gran mujer…
Eso no me cabe la menor duda, capitán. No está mal la estrategia para saber de la persona que le interesa. Ha sido usted astuto. Pero le aseguro que no hubo nada entre Maharafa y yo— le mintió.
Bien… No es que a mí me importe, pero la verdad es que aprecio enormemente a esa mujer.
¿Sólo aprecio, capitán?
Sí. No seas mal pensado. Yo era muy amigo de su esposo…, además ¿dónde voy yo a mi edad?
Bueno, seguramente no es usted tan mayor. Muchas gracias por el té, capitán. Debo marcharme.
Muy bien Sissé. Adiós y que tengas mucha suerte en la vida.
Gracias, capitán. Espero volver a verle. Adiós.
Será un placer. Adiós.
En el puerto ya había movimiento de personal del mercado, sobre todo. Sissé tomó la gran Avenue De l’Aéroport, pasó frente a la Oficina Nacional de Correos y se encontró con La Place de l’Independence, llegó hasta el Hospital de Gao y se adentró en el barrio céntrico. Pronto advirtió una gran concentración de personas de muchas etnias distintas, realizando actividades comunitarias en el “Sosso-koïra”; era el punto de encuentro. Otras grandes explanadas separaban este barrio de los nuevos “Château y 8ème quartier”. Continuó en su caminar y tras pasar el Hotel Campement Bangu, giró a la izquierda por la Rue Na Na Mossi, hasta llegar a l’Avenue des Askia. Una indicación poco ostentosa hacia la derecha señalaba le Meridien de Greenwich punto 0º longitud. En dos segundos se podía pasar del Hemisferio Norte al Hemisferio Sur, en ese punto precisamente. Se detuvo y jugueteó como lo hubiera hecho un niño, pasando de un hemisferio al otro en un par de ocasiones.
Más adelante contempló la tumba del Rey Askia. Volvió sobre sus pasos y cruzó la Rue Na Na Mossi y la Rue Tiemoko Fadiala Sangare y se encontró en Le Marché Washington, en el que compró dátiles y unas frutas. Había puestos de una gran variedad: artesanía, marroquinería, mimbre y paja, forja, decoración y teñido de tejidos y la elaboración de terracota. Compró un “alleshave” para la esposa de Conrad y un “gozma” para el propio Conrad. Siguió caminando y pasó ante la Maison des Artisans, en la que se introdujo y quedó maravillado por la diversidad de productos Tuareg: joyas bellísimas, que elaboraban allí mismo; infinidad de artículos en cuero; almohadas de todos los tamaños y coloridos, únicas del pueblo Tuareg; espadas y zapatos. Llegó a la Gran Mezquita frente al puerto y se acercó al mercado en el que una gran algarabía entre sus mercaderes, advertía que estaban en plena actividad. En uno de los puesto de pescado ahumado compró unos cuantos.
Me puede decir si conoce a algún camionero que haga la ruta hasta Tessalit– preguntó Sissé.
Un señor que se encontraba próximo al puesto, ajeno a él, le respondió antes que a quien había consultado.
Sí. Yo salgo hacia Tessalit esta misma noche. ¿Qué vas a hacer allí?— le solicitó.
Voy a ver a un familiar que he de saludar. Si usted me lleva le quedaré muy agradecido y le pagaré el viaje, por supuesto.
No hay muchas oportunidades en Tessalit, muchacho— anunció el camionero.
¿Y dónde las hay?
Hay zonas que están mejor que otras. Bien, te llevaré.
Muchas gracias. ¿Qué me va a costar?
200 francos.
Muy bien. De acuerdo, ¿los quiere ya?
No, mejor cuando acabemos el viaje. ¿Piensas permanecer mucho tiempo en Tessalit?
Mi intención no es quedarme allí. Voy de paso...
Europa–, le interrumpió. –Cada vez se está viendo a más jóvenes que llevan esa misma intención. La mayoría no tienen experiencia en el desierto, y eso, es muy peligroso. Conozco varias familias que no saben de sus hijos.
Sí, ya me han advertido. Precisamente un colega suyo que me llevó desde mi población, Sikasso, hasta Kinyan. Me puso al corriente de los riesgos que entraña el desierto de Tanezrouft y el Teneré.
No sólo es el Tanezrouft o el Teneré, después hay que cruzar el Gran Erg Occidental. Sí, es verdad que no es tan terrible como los otros dos, pero después de cruzar cualquiera de los dos primeros, la escasez de fuerza hace aún más duro el otro. Es una travesía complicada, muy complicada— enfatizó el camionero. Y se presentó, –yo soy Michel, de Djénné— tendiéndole la mano.
Yo me llamo Sissé, soy de Sikasso— al tiempo que se la estrechaba.
Bien, Sissé, si no hay ningún impedimento saldremos al caer el sol. Tenemos por delante cuatrocientos kilómetros hasta Kidal, aproximadamente y otros tantos después.
Pues los haremos— comentó con cierta ironía.
Si quieres dar una vuelta por el mercado…, todavía nos queda una hora aproximadamente.
No. Si quiere me quedo y le ayudo si ha de preparar alguna cosa. Ya vengo de dar una vuelta por la población.
Bien. He de revisar el agua que llevo, a media noche tendremos que tomar un té, al menos. Y no me hables de usted.
Está bien. Voy yo a comprar el té.
No. No hace falta, llevo en el camión de sobra. Vamos a acercarnos al camión para ver si está cargado.
Se encaminaron ambos hacia la parte de atrás del puesto y giraron a la izquierda, a unos cien metros, sobre una explanada entre los puestos y varios almacenes, había varios camiones que estaban siendo cargados con diversas mercancías. Michel advirtió a Sissé de cual era el camión, se encontraba el tercero desde donde venían y giraron hasta la parte trasera del mismo. Estaban echando los últimos sacos de arroz. Era un camión Renault de dos ejes, relativamente nuevo. Con relación a los que lo flanqueaban era una joya.
Sissé rodea el camión y observa si hay alguna rueda más baja que las otras.
Muy bien. Están todas igual de hinchadas, Michel.
Vamos, Sissé, acompáñame.
¿Dónde vamos?
Vamos ahí delante, al restaurante La Source du Nord, refrescamos y partimos— le sugirió, señalando con el dedo.
Ah, me parece bien.
Michel pidió dos cervezas a lo que asintió Sissé. Ambos dieron un gran trago de dlo, con una mueca de satisfacción.
Estábamos sedientos— dijo Sissé. Afirmando con varios movimientos de cabeza Michel, mientras se limpiaba los labios con el dorso de la mano.
Se enzarzaron en comentarios banales con otros tantos camioneros que también se preparaban para el viaje.
Michel era un hombre de unos cuarenta años, pelo anillado, de mediana estatura, corpulento. Era bien parecido, los pómulos algo resaltones, ojos pequeños y dientes blancos y pulcros. Iba vestido con un pantalón ancho, con empuñaduras sujetas en los tobillos y una camiseta del “Che Guevara”, que le diera un camionero francés. Al poco rato se despidieron del resto de camioneros que todavía permanecieron allí y salieron del restaurante. Se encaminaron, hacia el mercado. Tras despedirse del mercader del puesto de pescado que comprara Sissé, fueron hasta el camión. Estaba ocultándose el sol y un bello crepúsculo se dibujaba ante sus ojos. «Todos los días era lo mismo, pero, la puesta del sol en cada lugar tenía su encanto particular», pensó Sissé.
Pasaban delante del restaurante La Source du Nord y Michel dio una gran pitada de claxon. Poco más adelante tomaron la carretera RN8 que cruzaba la población.
Mira, Sissé. La Koïma, la Duna Rosa. Obsérvala porque a lo mejor no la vuelves a ver en tu vida.
Es cierto, tiene un color rosa. Es preciosa. Nunca he visto nada igual. Pero por qué me dices eso.
Porque hay mucha gente que no ha vuelto de su viaje.
Yo confío en no quedarme en el viaje...
Hombre, no me refería a eso, simplemente que te quedaras en el país de destino.
Ah, bien. Quizá estoy un poco susceptible.
No es malo, necesariamente, si eso te sirve para estar muy atento a lo que se pueda presentar en la travesía del desierto, y durante todo el viaje.
Enfilaron a continuación el Valle del Tilemsi. Viajaban a buen ritmo por una pista de tierra poco bacheada, lo que les permitía ir con relativa comodidad. Pasaron la población de Almoustarat sin detenerse.
Hay otra carretera, la principal, que construyeran los franceses, que pasa por las montañas, pero ésta es más rápida cuando no hay lluvias.
Prosiguieron viaje y a unos veinte kilómetros llegaron a Tabankort. Detuvo el camión y dispuso los preparativos para calentar el té. Sissé trajo unas ramas secas para encender el fuego.
¿Has visitado Ansongo?
No— le respondió Sissé. –Acababa de llegar cuando contacté contigo.
A esa población llegan muchos jóvenes y no tan jóvenes en busca de trabajo en las minas de uranio.
No sabía que hubieran minas de uranio.
Sí. Aunque aquí hay también muchas otras cosas. No para poder trabajar...
Pero no me interesa meterme en una mina.
Ya. Tenemos la reserva de animales salvajes más importante. Puedes ver hipopótamos en el agua o dormitando en la orilla, en Tasharan y con mucha suerte puedes ver hasta cocodrilos o manatíes. O, igualmente, en la Reserva de Menaka, entre las poblaciones de Ansongo, Menaka, Anderanboukan y Labbezanga se pueden ver jirafas, antílopes, hienas, chacales, cigüeñas, flamencos rosas, jabalíes, sobre todo cuando algunos de ellos acuden para beber en el río. O en Gourma, entre las ciudades de Gossi y Hombori, que hay elefantes, quedan sólo 322, según dicen, éstos emigran a Burkina.
No me puedo permitir hacer turismo. He de realizar el viaje lo antes posible.
Sissé, sabes que te puede llevar tiempo, ¿verdad?
Sí. Pero quiero acortarlo todo lo que pueda.
No son buenas las prisas. Suelen ser muy malas compañeras. La travesía del desierto requiere mucha atención y prudencia–, le aconsejó, una vez más, al tiempo que con una rama desviaba de su trayectoria a una gran araña.
Tras una media hora de parada, continuaron viaje por una carretera de asfalto en muy mal estado, en muchos tramos oculto por la arena, lo que hacía imposible evitar los baches. Dejaron atrás la población de Anéfis para poco más adelante desviarse a la izquierda y tomar la carretera a Kidal. Después de dos horas más de viaje llegaban a Kidal, eran casi las tres de la mañana, y se pararon ante un almacén, parecido a un hangar en el que los portones permanecían cerrados; indicándole a Sissé, que era donde solía descargar cuando se quedaba aquí. Descendieron del camión y caminaron un poco sin alejarse demasiado del vehículo.
Atención Sissé, se acercan por detrás de nosotros varias personas–, le advirtió Michel.
Si ya les había oído.
Está atento, posiblemente vengan a por algo más que a saludarnos.
¿Tú crees?
Es muy probable. Si no qué vienen a hacer estos aquí a estas horas.
El nerviosismo se instaló en Sissé, aunque le reconfortaba ver la tranquilidad con la que afrontaba la situación Michel, que quitó el candado a una barra de hierro que cubría un cajón del lateral del vehículo y la dejó suelta.
I ni su.
I ni su, contestaron Michel y Sissé a un tiempo, que se habían apoyado en el camión.
Hace frío esta noche– dijo uno de los recién llegados.
Aquí siempre hace frío– respondió Michel con aparente tranquilidad.
¿No tenéis un poco de té?
Si podéis esperar lo hacemos. Aunque no es hora de que caminéis por ahí, ¿no?
Eso os lo podríamos decir a vosotros, ¿no te parece?
Nosotros vamos de viaje, pero ¿y vosotros?
¡Sacad todo el dinero que llevéis, rápido! Gritó el que parecía el jefe, mostrando una bayoneta de fusil oxidada.
No había hecho más que finalizar sus palabras cuando le cayó como un rayo un golpe seco de la barra de hierro que asía Michel, sobre el antebrazo amenazador. Un grito de dolor continuó al golpe. La bayoneta cayó en el suelo y el sujeto se cogió el antebrazo y salió corriendo seguido de los otros dos perdiéndose en la oscuridad con rapidez, mientras Michel alzaba de nuevo la barra, amenazante.
Continuemos viaje Sissé. Creo que estos volverán con alguno más a pedirnos cuentas.
Sissé subió al camión en un salto, mientras Michel colocaba la barra en su sitio volviendo a poner el candado.



miércoles, 4 de junio de 2014

SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.


Capítulo XI

El Sumare continuaba con su navegar mortecino sobre el río Níger. Sissé estaba contemplando un nuevo atardecer espectacular, lo que iba quedando de él, porque se diluía con rapidez, «algo diferente a los de Sikasso», pensaba. Un contraste de colores entre rojizos y ocres cautivaban las pupilas de sus ojos. Se entremezclaban claro-oscuros caprichosos entre el cielo y el agua, moteados por distantes y pequeñas nubes altas que todavía se podían contemplar y que parecían decorar un lienzo de algún genial pintor del medievo. Oscureció totalmente en un santiamén y Sissé se pasó a una hamaca que estaba a continuación del banco de madera. Seguía contemplando el firmamento atestado de estrellas, sólo alguna nube alteraba la visión de algunas de ellas. Acariciaba con sumo cuidado la pulsera que le regalara Aicha, en un momento en que con su vista obnubilada se perdió entre recuerdos. Pensativo, meditaba sobre lo que le había sucedido desde que salió de Sikasso. Contemplaba con ternura la pulsera de piel trenzada, que la volvió a acariciar como si acariciara la propia piel de Aicha. Una tenue luz de un aplique vulgar y mugriento colgado encima de un gran portón de puertas correderas por las que se accedía al interior del barco, le permitía ver con relativa nitidez aquella pulsera. A Aicha la recordó bellísima, ceñida en su pantalón vaquero resaltando el contorno de su silueta, que tanto le gustaba a Sissé. Aquella mirada penetrante y, tantas veces dulce al mismo tiempo. Una sonrisa placentera se dibujó en su rostro. Se había dejado ir en sus sentimientos. De nuevo surcaron aquellas dudas por su mente, pensó, otra vez en la posibilidad de renunciar a todo y quedarse con Aicha. Se convenció de que lo mejor seguía siendo continuar con su cometido, ya tendría tiempo de volver a por ella. Se amontonaban sus recuerdos. De pronto asaltó sus pensamientos Maharafa, como si no quisiera perder protagonismo. Recordó con cierta perversidad cómo quedó impactado por su belleza desde el mismo momento en que la vio en Ségou, en el momento del concierto, mientras esperaban a Aicha. Cómo le sedujo su altanería, su caminar firme y decidido, desafiante..., su personalidad. Intuitivamente echó la mano al “bàgan” y se regocijó con la Cruz Tuareg entre sus dedos. El viaje con ella en el Sumare. La noche anterior, en su casa. Volvió a contemplar su cuerpo desnudo del que había disfrutado extraordinariamente. Se estiró un tanto su rostro. Continuaba acariciando suavemente con la mano el “bàgan” que esa excepcional mujer le regaló. Una lucecilla que aparecía y desaparecía le sacó de su ensimismamiento.
«Maharafa es una gran mujer», se repetía así mismo una y otra vez. «Es culta, su trabajo de ayuda a los demás le hace más interesante. Siempre viajando. Defendiendo la salud de niñas y mujeres con el énfasis que lo hace», se recreaba en sus pensamientos. Recordó la conversación que tuvieron hacía unos días en el campamento después de descender del barco y el decidido apoyo de todo el resto de mujeres..., le hizo sonreír con malicia la obstinación de Maharafa.
Se recompuso en la hamaca y se prometió que no volvería a proponerse la duda sobre Maharafa, «ha sido una experiencia más, bonita, sí; pero nada más y nunca más. Se convenció de que él no había sido más que un capricho para esa mujer del que se habría desprovisto con la misma facilidad que le introdujo en su vida», se dijo finalmente.
Le acercaron unas frutas y leche que agradeció repetidas veces al camarero que se las suministró para cenar y le sacó de su particular duelo de conciencias. Comía pausadamente. Le había servido para desviar su atención y dejar de pensar en Maharafa. Pasó varias horas contemplando el firmamento para quedar dormido en la hamaca, bajo el techado de la cornisa del barco.
Se desperezó Sissé. Se incorporó de la hamaca y estiró todo su cuerpo entumecido. El sol ya estaba alto y se dejaba sentir. Había dormido más de lo que tenía por costumbre. Un hombre de mediana estatura, bien vestido, aunque parecía de aspecto algo descuidado, se había sentado en el banco, junto a su dugutaampalan. Desconocía cuanto tiempo llevaría aquel señor haciéndole compañía. Se acercó Sissé la mochila, la sujetó por la correa, al tiempo que saludó:
–“I ni sogoma”.
–“I ni sogoma” le respondió el otro.
Sacó del dugutaampalan unos bananos, al tiempo que se sentaba al lado del señor que ocupó el banco. Le ofreció uno y lo cogió, agradeciéndole repetidas veces su invitación. Tras las presentaciones, iniciaron una distendida conversación. Comentaron de dónde venía cada uno y a dónde se dirigían, haciendo un chasquido con la comisura de los labios cuando Sissé anunció sus propósitos. Aquel señor dijo llamarse Pierre y pertenecer a los dogón, tribu que habitaba en País Dogón, que abarcaba desde la Falla de Bandiagara hasta el sudoeste de la Gran Curva del río Níger. En su disertación le explicó a Sissé cómo era la vida de dura en País Dogón.
Es tal la temperatura que tenemos allí que no podemos más que caminar al amanecer y durante un periodo de unas dos horas. Las distancias entre poblados son cortas, aunque la mayoría de ellos se encuentran diseminados por los pies de la falla. También los hay colgados de los precipicios de Bandiagara y Doeuntza, lo que hace más penoso el desplazamiento de un lugar a otro.
¿Por qué vivís en esas condiciones?
Acabamos allí protegiéndonos de los musulmanes que nos acechaban. De aquellas tierras expulsamos al pueblo “Tellem”, antiguos habitantes. Eran pigmeos y construían sus casas, los graneros y tumbas en las paredes de la falla para evitar las grandes inundaciones. Las nuestras, las de mi poblado, las tenemos agrupadas entorno a las fuentes de agua, formando un cantón, que a su vez corresponde a una gran familia, todos descendientes de un mismo antepasado– le explicaba.
Nosotros nos agrupamos de forma parecida– le interrumpió Sissé.
En la Guinna –es el poblado en que habitamos– las mujeres se han de casar con hombres de otra Guinna y ellas no pueden vivir en casa del marido hasta que no dan a luz al primer hijo. Somos polígamos, generalmente sólo tenemos tres mujer…– insinuó irónicamente. Lo que rieron ambos, mientras degustaban unos dátiles que le ofreció Pierre. Aquel comentario le trajo al pensamiento de Sissé la posibilidad de compartir a las dos mujeres. –El varón de más edad descendiente de un ancestro común perteneciente al linaje local es quien ejerce como cabeza visible de ese linaje y se le conoce como Guinna Bana. Y el de mayor edad y descendiente directo del fundador de la Guinna es el Hogon, que ejerce como jefe del cantón y como líder espiritual del culto “lebe”; se le considera el hombre más puro de los hombres puros y su campo es sagrado– dijo Pierre.
Los velos blancos que pendían desde el dintel del gran ventanal que daba acceso al interior del buque y servían de mosquiteras apenas si ejercían su función, era tal la escasez de viento que sólo se balanceaban levemente por la inercia del barco. Ambos permanecían sentados en el banco de madera protegidos por la sombra que desprendía el piso superior de la nave. Desde hacía unas horas, aquel calor extenuante se dejaba sentir con mayor intensidad ante la falta de ese hálito de aire que lo mitigara. «Otros no tienen tanta suerte», se reconfortó Sissé que debería haber viajado en el piso superior entre animales y mercancías, bajo un toldo de plástico. Un recuerdo fugaz de Maharafa surgió en ese mismo instante, le agradeció en silencio su intercesión para viajar en aquella zona privilegiada del buque, que él no habría visto siquiera, de no ser por aquella encantadora mujer. «La hamaca es grande y relativamente confortable, y la sombra...» se dijo Sissé.
Hacía unas horas que habían pasado la población de Kona y se adentraron en el lago Dèbo, extenso, no se alcanzaba a ver la orilla. Era un lago formado por las zonas inundables en las riberas del río. Tenía de lado a lado alrededor de unos treinta kilómetros. Parecía un mar en algunos puntos y tenía un oleaje que a veces empeoraba por la fuerza del viento. Comentaban que aquí había hipopótamos, aunque no se distinguía ninguno. Sólo se veían garzas, ibis y bastantes pájaros, sobre todo el martín pescador.
Al cabo de un tiempo de navegación observaron una isla dentro del mismo lago, en la que existía una exigua vegetación, varias acacias y otras tantas casas de barro pertenecientes a los bozos, que estaban habitadas, comenzaba a preocupar el escaso caudal del Níger. Estaba atardeciendo cuando llegaron a Niafounkè, poblado a orillas del Níger donde iban a pasar la noche. De nuevo toda la parafernalia de montar el campamento a la orilla del río. Después de la cena, Sissé y Pierre, mantuvieron una conversación sobre la agricultura y los cultivos que realizaban en sus poblaciones respectivas. Pierre le comentó a Sissé, a razón de haberles servido en la cena cebolla trinchada, que las cebollas de País Dogón eran excelentes.

Es el cultivo más importante ya que se exportan por toda la zona y países limítrofes, con lo que se alivia un tanto nuestra maltrecha economía. También se cultiva mijo y sorgo pero para nuestro consumo interno.
A continuación se enzarzaron en una tertulia en la que Sissé le dio detalles agrícolas a Pierre de cómo cultivar la tierra para obtener mayor beneficio de ella, en el cultivo de mijo y sorgo, que también se cultivaban en Sikasso.
Quedó Pierre sorprendido por los conocimientos sobre agricultura que poseía Sissé a pesar de su juventud, augurándole un buen futuro dondequiera que se encontrara. Ya hacía un rato que se había hecho noche cerrada y tras la cena continuaron charlando sobre los pormenores del menú, sobre el que bromeaba Sissé, concluyendo que era siempre lo mismo. Pierre continuó detallándole la forma de vida de su pueblo.
En País Dogón las casas son totalmente de barro y los graneros tienen los tejados de paja, de forma cónica. Están construidos de forma que vistos desde la altura tienen formas de figuras humanas– le comentó. –Allí habitaba el pueblo Tellem que fueron expulsados, como ya te he dicho. Sus casas las tenían colgadas en los acantilados de la Falla, ¿también te lo he dicho?– Asintió Sissé con un gesto con la cabeza. –En las paredes escarpadas se alojan a los difuntos y en muchas de las cavidades se pueden encontrar lugares tabú, bien sea porque habitan espíritus malignos o porque en ellas se celebran sacrificios ceremoniales, rituales de furasi y las viviendas de los Hogones.
¿Qué tipo de circuncisión practicáis?
Tanto la masculina como la femenina– le aclaró Pierre.
Comenzaron una discusión, cada uno en defensa de sus propios convencimientos, no tan opuestos los unos de los otros.
La Mutilación Genital Femenina debe ser abolida— sentenció Sissé, –por motivos de salud, de moral y éticos– parafraseando las palabras de Maharafa.
¡Cómo dices semejante barbaridad!— Le replicó Pierre, –la mujer debe ser circuncidada para que sólo pueda quedar embarazada de su esposo, para que no sienta placer y evitar su promiscuidad, para que la mujer llegue virgen al matrimonio¾ aludió con cierta vehemencia.
La mujer debe ser libre de decidir qué hacer con su cuerpo. Nadie. Nadie, debe decidir por ella. Nadie tiene derecho a imponer su voluntad a otra persona— le dijo Sissé. Lo que escandalizó a Pierre, que se echaba las manos a la cabeza, respondiendo airadamente.
No debes pensar así. La D'araya así nos lo indica: La mujer es y debe ser protegida por el hombre y consecuentemente debe ser sumisa y obedecer y cumplir con la Sharia—. Le increpó Pierre.
Sissé hizo un gesto de desesperación y renunció a seguir hablando del tema
Lo más conocido de mi pueblo y a la vez más controvertido, es el conocimiento del cosmos que poseemos. Tenemos datos precisos y detallados del sistema solar: La luna es seca y estéril. El planeta “Dana tolo” con sus cuatro satélites. Los anillos del planeta Saturno... Las órbitas elípticas de los planetas alrededor del Sol. Todo esto lo conocemos desde hace más de mil años. La Vía Láctea formada por millones de estrellas. Sirio, “Sigu tolo”, es una estrella muy brillante, de primera magnitud en la constelación de Can Mayor. “Po tolo”, o Sirio B que acompaña a “Sigu tolo”, es una estrella blanca, muy pequeña y compuesta de “sagala”, un metal muy denso y extremadamente pesado, más brillante que el hierro. La ciencia la descubrió hacia el año 1862, mientras nosotros la conocíamos desde el año 1300.
Sissé estaba sorprendido por los relatos de Pierre, mientras éste reía observándolo. Sissé había oído algún comentario al respecto aunque no con los detalles de que hizo gala Pierre. Conocía de los Dogón sus poderes esotéricos. Sissé prestaba una inusitada atención a todo aquello nuevo para él. Todo lo desconocido le interesaba, pero los datos facilitados por Pierre le habían seducido de tal manera que trataba de memorizarlos.
Las personas nos relacionamos como las estrellas en sus constelaciones, nos agrupamos con las más avenidas. Por fuera todas son iguales pero a penas las conoces ves sus diferencias– añadió Pierre, irónico.
Sissé había quedado fascinado y de cuando en cuando elevaba su mirada hacia la bóveda plateada, como pretendiendo situar los planetas y las estrellas que Pierre había mencionado con tanto énfasis. «Este hombre no habla como el profesor de Sègou ni como Maharafa», concluyó, ante la imposibilidad de memorizar lo escuchado.
Cada cincuenta años celebramos la ceremonia de renovación del mundo: “Sigui”. Es una fiesta asociada a “Po tolo”, coincidiendo con la finalización de su órbita. Cada jefe Dogon prepara para cada fiesta un recipiente impermeable en el que hace fermentar la primera cerveza ceremonial a consumir en los festejos, que una vez finalizada la fiesta es colocado en la viga principal de la vivienda del jefe Dogon, o “Ginna bana”, en donde se une a los de celebraciones precedentes.
¿De dónde te viene, pues, la relación de la Shari’a, si tu religión es tan animista como la mía?— le interrogó Sissé, extrañado. Mientras les observaban sus compañeros de viaje. Con cierto recelo los dos árabes, a pesar de que el más joven no disimulaba una sonrisa de satisfacción por la pregunta espontánea de Sissé.
Después de varias aclaraciones de Pierre que, a Sissé, no le convencieron, se acomodaron en la tienda sobre sus esteras correspondientes.
Sissé, hay un proverbio Dogón que dice: “Cuando viajas tu viaje te pertenece; pero tu vuelta no”. Ten mucho cuidado y presta mucha atención a todas las cosas. No te fíes porque te digan cosas agradables o te adulen. Si observas los pequeños detalles de las personas te definirán como son. Y, tú, a pesar de terco, eres buena persona— apostilló Pierre.

«Vaya una diferencia de acompañante que me ha tocado. No me pedirá, también, que le caliente la espalda», pensó ironicamente Sissé.
Antes de amanecer ya había cierto movimiento en el campamento. Se despertó Sissé y salió a la intemperie en el momento en que moría el “fitiri” y comenzaba a despuntar el alba. Una brisa agradable se dejaba sentir sobre su rostro que le reconfortaba, no pudiendo evitar el recuerdo del calor extremo que sufrieran el día anterior. Se aproximó a la orilla del río y se aseó con el agua algo fresca a esas horas de la mañana. Al cabo de dos horas, una vez servido el desayuno, partió el Sumare hacia Tombouctou, última etapa hasta llegar a esa mítica ciudad. El buque atracó sobre media mañana en el puerto de Koroumé, el puerto más próximo de Tombouctou, desde donde restaban unos doce kilómetros hacia el interior para llegar a la mítica ciudad. Después de un horrible viaje en autobús, pinchó sus desgastadas ruedas dos veces, llegaron a la población.
Su situación geográfica hacía de la población un punto de encuentro entre África occidental y las poblaciones nómadas bereberes y los árabes del norte. Tenía una larga y rica historia como puesto avanzado de comercio e intersección de la ruta comercial transahariana de norte a sur. Al finalizar la Route de Koroumé llegaron a la Place de L’Indenpendance, inmediatamente después contempló una gran edificación: La mezquita de Djinguereber, construida en el año 1327, por el arquitecto granadino Abu Hac (Ishaq) Es Sáheli. El conjunto era un monumento impresionante de formas suavizadas y ondulantes, de muros grisáceos y agrietados, de los que sobresalían innumerables estacas o contrafuertes para sostén de esos mismos muros, como en el resto de las construcciones. Entre la mezquita de Sankore o Madraza de Sankore (construida alrededor del año 1300, y reconstruida en el 1581) y la de Sidi Yahya (construida en el año 1441), formaban la Universidad de Tombouctou. Fue la capital intelectual y espiritual, así como centro de la propagación del Islam en África, durante los siglos XV y XVI.
Tombouctou como ciudad multiétnica, estaba poblada por las etnias Songhay, Tuareg, Fulani, Peull, Mandé. En su deambular por la ciudad después de abandonar la mezquita de Djinguereber, por su izquierda, alcanzó el Boulevard Askia Mohamed, avenida principal. Como el resto de calles era de arena, más recubiertas que las de otras poblaciones debido a la arena desértica por las muchas tormentas procedentes del desierto que empezaba donde acababa la ciudad de Tombouctou. Se recreó en las construcciones de sus casas y edificios, hechas con ladrillos de barro, contrastando las casas bajas con algunas de dos plantas, así como el estilo sudanés y colonial tan presentes en Malí. Muchas casas tenían puertas y ventanas espléndidamente labradas a la manera árabe: la madera torneada con grabados, relieves y hierro forjado, dejando constancia de la riqueza que antaño poseía la ciudad.
En el interior de las casas se entreveían patios y estancias donde se observaba a hombres conversando recostados sobre esteras y niños jugando, mientras las mujeres molían el grano o cocinaban para preparar la cena. Las calles de Tombouctou se llenaron de grupos de hombres sentados o tendidos sobre el suelo de arena. Conversaban o jugaban a las cartas, otros al “awalé” (juego que se componía de un cilindro alargado de madera autóctona de iroko con dos campos de seis agujeros cada uno y cuarenta y ocho espigas que se habían de capturar) o a las damas, sobre tableros dibujados en la arena, con piedrecillas como fichas. De dos en dos o de tres en tres algunas mujeres paseaban lentamente luciendo sus “bou-bous” y sofisticados tocados, todo ello en una rica gama de colorido. Muchos niños jugaban y correteaban medio desnudos, entre un constante griterío, otros acarreaban cubos de agua sobre sus cabezas. Unos cuantos más atrevidos se acercaron a un grupo de extranjeros y les saludaron: –“Ça va, toubabou?”– preguntaron entre risas, para irse corriendo una vez habían conseguido un obsequio o una moneda, satisfechos de su osadía.
En su deambular por la ciudad, desembocó en el mercado artesanal, donde predominaban los puestos Tuareg con sus ofertas orfebres, peleteras, etc. Desde un puesto que se encontraba al pie de la mezquita Sankore, regentado por un señor de mediana edad, ataviado con un turbante enorme de color blanco y añil, le gritó:
Llevas un bonito “shirawt”.
Sí, lo es–, admitió Sissé.
¿Dónde lo has comprado?
En Moptí. Me lo regalaron–, respondió Sissé al tiempo que se acercó al puesto.
Buen regalo. Muy buen regalo.
Cierto, es muy buen regalo–, admitió Sissé, orgulloso.
Si quieres venderlo te lo compro.
No. No está en venta. Tú tienes amuletos muy bonitos también.
Sí, pero no como el tuyo. No se venden tan fácil– apuntilló.
Sois un pueblo impresionante...
¿Conoces nuestras costumbres?
Algo me han contado de las caravanas y la ceremonia del té.
¡Ah, Las caravanas! Dijo con añoranza. –Las caravanas compuestas por millares de camellos que venían desde Marrakech pasando por Mekinez, Fez y Tlemecen, por Tafilal o el valle del Draa y desde Trípoli y El Cairo, pasando por Gadames y Gatt, en Libia, convergían todas en Tombouctou. Aquello la convirtió en una ciudad floreciente y rica. ¡Qué buenos tiempos!
Yo no veo a la ciudad tan rica como dices.
Hoy no es lo mismo. Es una gran ciudad, pero no es lo mismo. ¿Has tomado el té las tres veces?
Sí. En el viaje. Donde paramos a pasar la noche, había un campamento de varias jaimas y la mujer a la que acompañaba hablaba vuestra lengua y nos invitaron a tomar el té, y entre la conversación se refirieron algunas de vuestras hazañas y costumbres.
Siempre hemos sido un pueblo aguerrido, difícil de doblegar. ¿Te contaron como se hacía el comercio en aquella época de las caravanas?
No– respondió Sissé, dubitativo.
En aquella época, junto a la orilla del río en Koroume, dejaban sus mercancías los mercaderes que llegaban por el Níger desde los pueblos más remotos de África, encendían hogueras y se retiraban. Cuando los nativos veían el humo se acercaban y dejaban junto a la hoguera el oro que creían que valía la mercancía depositada, si los comerciantes consideraban suficiente el oro que los nativos habían dejado lo cogían y se marchaban, si no, no lo tocaban y se volvían a retirar después de haber encendido nuevas hogueras, con lo que los nativos volvían a depositar más oro hasta quedar conforme los comerciantes con el pago.
Es curioso. Eso no lo conocía. Era un buen sistema para evitar las discusiones, aunque ya existía el regateo.
Eran otros tiempos... ¿Vas a permanecer aquí o continúas viaje?
No, continúo. Voy a Tessalit.
Pocas cosas irás a hacer allí.
He de visitar a unos familiares. Me alegra haberte conocido. He de irme.
Buen viaje.
Gracias. Adiós.
El mercado se extendía a izquierda y derecha de la puerta de acceso al patio de la mezquita. Aquel patio tenía exactamente la medida de la “Kaaba”, de la Meca, en la que se encuentra la Piedra Negra “al-Hayar-ul-Aswad” con su marco de plata, sobre la que giran los miles de peregrinos. Había puestos con los más diversos artilugios Tuareg, tanto de marroquinería como de orfebrería, tallas de todo tipo. Un grupo de Tuareg con sus dromedarios echados sobre la arena hablaban distendidos entre ellos y se giraron al ver pasar a Sissé. Había uno junto a ellos, anciano, sentado sobre un fardo de pieles curtidas que fumaba una pipa más alargada de lo habitual, parecía ser de otra etnia o condición social. Tanto el color de su piel como la vestimenta que llevaba, le diferenciaban del resto del grupo. A un movimiento de su mano todos callaron y escucharon las observaciones del anciano, para continuar, seguidamente, como si nadie hubiera interrumpido aquella conversación.
La noche cayó muy deprisa y en el ambiente se advertía una inevitable conflagración entre hogueras y humo. Los niños seguían jugando, gritando y corriendo, tan pronto se veían iluminados por el fuego, como desaparecidos en una oscuridad espectral. Los hombres seguían hablando a oscuras. La ciudad comenzaba a tomar un aspecto casi fantasmagórico debido a las sombras que se proyectaban, alargándose o acortándose, por las hogueras, tanto de casas como de personas.
Volvió al barco en el mismo viejo “kaare” que le trajo anteriormente a la ciudad.




martes, 3 de junio de 2014

SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.

                                                      Escribanos de Tombouctou.

          MAÑANA EL CAPÍTULO XI.

Sissé llega a Tombouctou.