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lunes, 16 de diciembre de 2013

DIASPORA SUBSAHARIANA - V




V
          Al fin alcanzaron el horizonte                                  
          esperanzador de su desventura,                               
          y sentados en el otero donde                        
          observan la valla de la apostura.                               

          Sueñan que pasándola tantos males             
          acaban, y retorna la esperanza,                                 
          y que tras ella pudiera esperarles                              
          un mundo más humano, de bonanza.                       

          Sueñan que tras la valla aquel infierno                     
          en libertad y respeto se torna,                                  
          la tierra prometida del averno                                  
          es lejana y el ánimo les transforma.              

          Sueñan en un mundo donde cada uno                     
          escriba, sin sangre, su propia historia,                      
          y los campos no estén llenos de brunos                    
          cuerpos mutilados y sangres propias.

Un grito seco la calma quebranta,                            
-¡Police!-, corren y no saben dónde.            
          Sus huellas en la tierra les delatan,               
          cientos de negros inopes se esconden.                     
        
                     *                      *                      *             

miércoles, 30 de octubre de 2013

PASIÓN...2



Te ofreceré mis besos de azul color,
te ofreceré mis sueños más bellos,
te ofreceré mis días de rojo pasión
para que sientas la ternura que da la vida
y goces de cálidas perspectivas
que sólo nos brinda la fuerza del amor.

Sueño con días de dulces espejismos
que inviten, indiferentes, a sumergirnos
en el piélago de amores persistentes,
donde nuestros cuerpos se mezclen,
sus aromas despierten los sentidos
y nuestras almas pierdan la razón.

¡Ciertas noches se ciegan mis ojos
si no se humedecen mis manos secas!   
¡Ciertas noches se acrecientan mis penas
si tu cuerpo y el mío no se encuentran!
¡Ciertas noches, de tristeza, amor mío…
las pasiones en un hálito se disgregan!

¡Ciertas noches suena un susurro
de lánguidas melodías de ausencia!,
que apenadas sirenas de fina aureola
torpemente tararean, porque falta
en nuestra cama el amor de la mujer
de apacible y sensual ofrenda.

¡Ciertas noches vuelan los sentimientos
exhaustos y perdidos en el tiempo!
Llévame a todas partes, amor,
y a todas partes conduce mis dedos;
así como tú eres mi cielo, quiero
yo, ¡amor mío!, ser tu único deseo.

viernes, 25 de octubre de 2013

PASION... 1




Si una vez un halo el amor nos rodea
y las sirenas van al compás de la marea,
si también el corazón se mueve a su son,
será como fruta prohibida que madura
sobre el tálamo, cual suspiros se jadea
y en la noche, del corazón, nace el sol.

Saudade de tus caricias que anhelo
que mi sangre vuelve en ardiente fuego
y aún siendo invierno nos calienta.
Ya lo malo se convierte en bueno
y nos parece haber alcanzado el cielo
exhaustos de intensa pasión.

El alborear de la mañana quiebra
con el fulgor iridiscente la penumbra
de la noche; las yemas de los dedos
deslizándose, cómplices, nos denuncian
de habernos henchido de lascivia,
de haber henchido los cuerpos de lujuria.

 Redoblaré mi ternura separando
de tu rosa cada uno de los pétalos
con los que aíslo mi pensamiento,
y me mostraré límpido ante tus ojos,
fragante y fúlgida flor de invierno
en dulce concupiscencia con el rocío.

Me ahogaré entre delirios en las aguas
revueltas del manantial de tu amor,
y renaceré venturoso entre los arreboles
que dan color rosado a tu cara
y del fuego de tu mirada el calor,
desposeídos de máculas, tú y yo.

Serás para mí como la orilla del río,
serás el agua clara, piel y tersura;
serás la arena fina de mi desembocadura
que invade el mar de tu interior;
serás como olas colmadas de deseo
que se arrullan a mi piel con ardor.

martes, 8 de octubre de 2013

SUFRIMIENTO





De la noche los últimos momentos 
                                   ante la incipiente albura de la mañana
                                   mueren y se desvanecen lánguidamente.
                                   En el lecho con la mirada perdida,
                                   fija en ninguna parte, obnubilada.
Rompe la calma una sola campana
que distrae mi abatido pensamiento,
falto del poema más dulce de mi alma.  

Del pasado los fugaces acontecimientos,
sueños, realidades, vida mundana,
se agolpan y confunden en mi mente. 
Sueño que estoy soñando. La tez lívida.
                                   No se en que punto de la madrugada
me he perdido, ¿o ya era la mañana?,
en el piélago de los sentimientos
del inmenso mar de mi mente azorada.

Los lúgubres nimbos del pensamiento         
oprimen mi pecho, ¡ahora la campana!
                                   ¡Yo, sufriendo una ansiedad inmanente!
                                   Veo una y otra vez esa imagen vivida
del accidente, la alegría acabada.
¡El golpe! ¡Carnes heridas!, insanas.
La brusca tempestad del lamento
brama en lo más recóndito de mis entrañas.

                                   Despierto y estoy soñando, contento,
                                   tras lo lóbrego no ha pasado nada,
                                   mi pobre espíritu maltrecho en calma.

jueves, 3 de octubre de 2013

TALLER DE ESCRITURA CREATIVA...


                                               Disfrutarás del placer de escribir. 

martes, 24 de septiembre de 2013

EL CARDENAL INQUIETO - CUENTO



Era la segunda vez que se recluían los cardenales en la Capilla Sixtina, en cónclave, para elegir al nuevo Papa. Las disertaciones de cada uno eran extensas y eruditas. Explicaban al resto del colegio cardenalicio cómo debería ser el nuevo Papa, cuáles las reformas que debería experimentar la Iglesia y cuándo llevarlas a la práctica. Sus Eminencias escuchaban con atención al orador de turno, que se movía por el amplio pasillo central, y, al que en algún momento interrumpían si tenían alguna objeción. Los cardenales estaban sentados en mesas dispuestas en dos largas filas a cada uno de los lados de la Capilla. Las filas más pegadas a las paredes sobre un pequeño pedestal más elevado que corría a lo largo de toda la nave. En la parte central de la fila de mesas pegada a la pared, uno de los cardenales, se movía inquieto. Era observado con desaprobación por el resto y sobre todo por el orador que tenía la palabra.   
—Eminencia. ¿Ve poco interesante mi discurso?—, Le preguntó el orador que se esforzaba en la exposición de su tesis.
—No. Su Eminencia Reverendísima—, se limitó a contestar.
“Es necesario aumentar la fe en los creyentes. Los dogmas deben ser aceptados y para ello, propongo, Eminencias…
Al poco de volver en su disertación comenzaron los movimientos inquietos del mismo cardenal.
—Evidentemente le resulta poco interesante mi exposición a Su Eminencia. Pero, aún así, me gustaría acabar mi discurso con el debido respeto, Eminencias—, dijo dirigiendo la mirada al resto de congregados.
—Le pido disculpas a Su Eminencia Reverendísima una vez más. En mi intención jamás estuvo el distraerle y mucho menos interrumpirle—, un sonoro retortijón de tripas fue el remate de su disculpa. Mirándole con asombro los dos cardenales que tenía a ambos lados.
—Pues estoy en condición de asegurarle, Eminencia, que lo está consiguiendo.
—De nuevo le pido humildemente perdón Eminencia Reverendísima. Le ruego continúe con su erudita exposición…
Sentado en la silla como estaba, con los codos sobre la mesa, decidió echarse hacía atrás sobre el respaldo de la silla y  la cabeza apoyada en la pared, lo que le dio una panorámica extraordinaria de la cúpula pintada por Miguel Ángel. Aquellas imágenes le sustrajeron un tanto de su indisposición, que no obstante, le avisaba de cuando en cuando, para indignación de uno y otros.
Eminencias, es de extraordinaria importancia la adaptación de la Iglesia a la sociedad actual, y sólo se podría conseguir bajo la iluminación del Espíritu Santo…”, evocaba el cardenal con miradas de soslayo hacia el cardenal inquieto.
Entre tanto el cardenal inquieto, recostado sobre el respaldo de la silla, contemplaba los frescos de la cúpula de la Capilla Sixtina, pintados por Miguel Ángel, moviéndose de cuando en cuando en su asiento.
«Ya ves, hace quinientos años Miguel Ángel, ya tenía claro que el culto al cuerpo era de lo más importante. Cuántos desnudos, parece del pueblo llano, mientras la nobleza los pintaba vestidos, o vete tú a saber, si era al contrario» pensaba, entre retortijón y retortijón. «¡Santo Dios! Si todos esos culos estuvieran como el mío. Podría ser peor que la lluvia ácida…», un mohín de satisfacción se cerró con una leve sonrisa. «Entonces si iba a decir: “le interesa poco mi discurso”. Pero lo mejor, indiscutiblemente, sería irnos de aquí y volver mañana. No sé si voy a poder…»  
—¿Sucede a Su Eminencia algo extraordinario por lo que no pueda permanecer atento a la disertación de Su Eminencia Reverendísima?— Intervino el decano del Colegio Cardenalicio.
—Eminencias Reverendísimas, jamás pretendí focalizar la atención sobre mi humilde persona y perturbar la concentración del Sacro Colegio Cardenalicio—, comenzó a disculparse el Cardenal inquieto—, pero es evidente, que aún con mis mejores intenciones, no lo he podido evitar. Por ello, Eminencias, vuelvo a pedir perdón. Es algo que está lejos de mí el evitarlo, salvo que obtenga la autorización del Sacro Colegio de ausentarme unos minutos—, un rumor inundó la Capilla Sixtina.       —Sus Eminencias Reverendísimas—, continuó diciendo rojo como el vestido que llevaba, —deben conocer que mi inquietud no es debido a falta de atención y mucho menos por desconsideración a quien tan dignamente hace la exposición de su tesis, si no, a unos movimientos incontrolados en mi interior como consecuencia de la ingesta de un plato de judías, exquisito por cierto, y del que soy especial fervoroso consumidor, aunque en esta ocasión me están jugando una mala pasada; produciéndome una diarrea a la que debería atender convenientemente, Eminencias—, acabó con una ligera inclinación de cabeza.
—Atienda, atienda, Su Eminencia—, le urgió el decano.
Un clamor inundó la Capilla Sixtina, los comentarios jocosos y risas de los cardenales reunidos, corrieron a mayor velocidad que la bondad del Espíritu Santo, entre la ira reflejada en el rostro del cardenal que pronunciaba su discurso. Risas, que aumentaron por la tardanza en abrir las puertas los vigilantes de la Guardia Suiza, que las custodiaban, mientras el cardenal inquieto las golpeaba con insistencia, sin cesar de retorcerse.