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sábado, 14 de febrero de 2015

PARA AMALIA, MI MUJER



Nuestros caminos se cruzaron
dentro de un mundo ilusionante,
en él todos aventuraron
un futuro incierto, frustrante.

No se equivocaban quienes
siguiendo su adusta experiencia,
problemas vaticinaron.

Ajenos impenitentes
a semejantes profecías,
hazaña de una convivencia,
jóvenes sin experiencia,
nos lanzamos inconscientes.

Sólo la arrogancia e inexperiencia
que fue nuestra primera bandera
podían augurar incierto futuro.
Ha sido nuestro gran amor, seguro,
al igual que nuestro gran respeto
el que ha hecho realidad hasta hoy día
lo más feliz que pasarnos pudo.

Cuando te conocí no podía imaginar
que mi vida sin ti, ¡amor!, podría sustentar
con alguna otra mujer.
Deseo de amar, delicada pasión sutil,
para más querer, largo tiempo difícil
que te he obligado a vencer.

De tu cariño, mi sustento,
de tu ansiedad, colmo mi anhelo,
por tu bondad, ¡tanto te quiero!,
y, de nuestro amor verdadero
son las cuatro hijas que tenemos.


Constantino Yáñez.  

domingo, 1 de febrero de 2015

CINISMO



                  A menudo nos tropezamos
                  con personas que se desvelan
                  por hacer burla y difaman
                  de los demás, que nos estamos

                  viendo alguna vez humillados,
                  en otras ridiculizados ,
                  por esos que carecen de ética;
                  avezada acritud endémica.

                  Signo evidente de su estigma,
                  se sirven del anonimato
                  en absoluta impunidad.

                  Sin sellar, siempre, con su firma
                  sus actos, siendo unos pacatos,
                  víctimas de su iniquidad.


                  Constantino Yáñez Villaescusa

martes, 13 de enero de 2015

EL VIEJO ENAMORADO



Hacía ya tres meses que su esposa había muerto, y él, cada vez, tenía más dificultad para desenvolverse solo. Raimon, a sus setenta años, por primera vez, no le encontraba sentido a la vida. Una severa artrosis parecía haberse cebado en él desde que faltaba su esposa, porque no se tomaba la medicación que en su día le ordenó el médico. Siempre vivió locamente enamorado de Anabel. Nada era suficiente para su Anabel, como él decía. Pero desde que su mujer desapareció su movilidad quedó reducida y ya no podía bailar. Anabel, toda su vida, había sido una apasionada del baile y Raimon le había acompañado siempre porque era lo que a ella más le gustaba. Desde entonces ya no había bailado, salvo algunos pasos desperdigados cuando se dirigía de un lado a otro de su casa, generalmente acompañado de unas lágrimas pertinaces.

Raimon sentía unas ganas locas por bailar. «Antes bailaba por complacer a Anabel, pero ahora que ella no me empuja a hacerlo…, necesito bailar», se obstinaba. Y se arrancó, apoyado en su bastón, a dar unos pasos. «Esto no es lo mismo», se dijo, y cesó en su empeño, arrojando el bastón en el que se apoyaba, con rabia, contra el respaldo del sofá.

Su casa siempre había estado limpia, ordenada, y ahora comenzaba a presentar signos de dejadez.

María, su vecina, en la que siempre se habían apoyado, era una mujer gruesa, que gritaba, maldecía y protestaba por cualquier cosa, con la cara sonrosada y la respiración difícil. Tenía casi su misma edad y un marido postrado en la cama desde hacía tres años, debido a su demencia senil. Cuando necesitaba moverlo llamaba a Raimon, que jamás se negó y le ayudaba siempre que estaba en su casa. Desde que se casaron, Anabel y María, se habían llevado como hermanas. A partir de la muerte de Anabel, María, todos los días, le llevaba un plato de comida a Raimon.

—María no me traigas el plato de comida a partir de mañana— le dijo Raimon emocionado.
—¡Maldita guasa! Claro que te lo voy a llevar mañana, y pasado y al otro…— le respondió con genio.
—No, María. Me voy al Centro de Mayores “La Aurora”. Me han aceptado y mañana ingreso.
—Ahí, pero si en esos sitios te despluman— protestó María.
—Con mi paga del mes, puedo pagarlo.
—Por el plato de comida no lo hagas, a mí no me supone mayor esfuerzo.
—Ya lo sé, María. Pero no puedo continuar así— le dijo señalando el aspecto que presentaba la casa.
—En eso tienes razón. ¡Maldita guasa! Raimon, yo no puedo hacerme cargo de otra casa, ya no me quedan fuerzas… Entiendo que no puedas vivir así. Además, debes relacionarte con la gente como siempre has hecho.
María se acercó a Raimon y lo rodeó con un abrazo tan lleno de sinceridad como de carnes, con lágrimas en los ojos.


Raimon se presentó en el Centro de Mayores La Aurora, con una maleta medio vacía: Cuatro mudas, varias camisas, tres pares de pantalones y un traje de hacía diez años, de cuando se casó la hija de María. Y, un porta-fotos con una fotografía de Anabel sonriendo, que siempre había tenido sobre su mesita de noche.

Fue recibido con amabilidad por los responsables del centro, que le acomodaron en una habitación, con un gran ventanal que daba a un patio interior. El patio era un frondoso jardín, de plantas exuberantes, árboles altos y de tupido ramaje que proporcionaban confortables sombras; plagado de flores: rosas, claveles, orquídeas, tulipanes, geranios, lirios…, lo que desde la primavera dotaba al jardín de un aroma muy agradable. Raimon era un amante de la naturaleza y sintió una enorme alegría al verse acomodado en aquella discreta habitación: una cama en la que colgaba hasta el suelo una cubierta por todo alrededor, con un cabezal poco ostentoso sujeto a la pared y una mesita a juego, que formaba parte del mismo cabezal. Un pequeño armario empotrado, suficiente para guardar sus pertenencias. Una serigrafía de una cabeza de caballo, enmarcada, colgada en la pared de enfrente a la cama. Un plafón pegado al techo y un tablero abatible colgado de la pared que hacía de mesa, con una silla de escaso respaldo, componían el contenido del que podía disponer en su intimidad.

A la hora de la comida fue presentado al resto de residentes. Se sentó junto a Práxedes, una mujer algo más joven que él, de rostro muy jovial y ojos vivarachos. Le estuvo hablando durante toda la comida. Se notaba que era una mujer de conducta refinada, inteligente. A pesar de su poco ánimo, Raimon, se sintió aliviado, aunque en algún momento hubiera preferido que se callara.

Con el paso de los días Práxedes, se había convertido en el lazarillo de Raimon. Pasaban todo el tiempo que podían en el jardín paseando o sentados en cualquiera de los bancos, diseminados por el patio. Raimon recuperaba con rapidez su buen estado de ánimo, volvía a ser jovial y dicharachero, en sólo tres meses que llevaba en la residencia. Práxedes le recordaba en cierta manera a su esposa Anabel. Había abandonado su bastón para moverse por la residencia. Con tres pastillas diarias y buen humor, estaba consiguiendo recuperar su buen aspecto físico. Raimon tenía una cabellera abundante, de color blanco, ojos grandes, y una nariz aguileña, de 175 centímetros de alzada y muy erguido. No era mal parecido, aún poseía cierto encanto que volvía a aparecer desde que llegó al centro.

Práxedes leía todas las tardes después de la siesta, hasta que sus ojos pequeños, y azules como el Mediterráneo, le decían basta. Raimon sólo ojeaba los diarios y se detenía en alguna ocasión ante un titular que llamara su atención. Raimon pasaba más tiempo observándola, que con un diario en las manos. Su cabello de color castaño con mechas rubias, de media melena, que no llegaba a descansar en los hombros, su tez blanca y sonrosada, y su voz…, aquella voz dulce y melodiosa, junto a un cuerpo que a él le parecía el de una musa, le habían embaucado.

Raimon y Práxedes pasaban juntos todo el tiempo que les permitían las normas del centro. Todos los sábados por la tarde, organizaban un baile y Raimon enseñó a Práxedes. Ella no había tenido costumbre de bailar en su vida fuera del centro. Comenzaron a esquivar las normas y Raimon a la hora de la siesta se metía, de cuando en cuando, en la habitación de Práxedes. Hasta que un anciano, llamado Manuel, lo denunció a la directora.

Fueron el hazme reír de la reunión que se celebraba semanalmente, en la que cada cual daba su parecer de lo que sucedía en el centro.

Raimon estaba muy furioso, de hecho amenazó, blandiendo su bastón que ya no usaba, a Manuel, por lo que fue castigado a no salir de su habitación, mientras el resto de residentes estuvieran fuera.

Práxedes le visitaba en su cuarto siempre que podía, y los ojos escuálidos y escudriñadores de Manuel no estaban al acecho.

—Práxedes, si no estuvieras tú aquí, me volvía a mi casa— le dijo Raimon con aflicción, apenas la vio entrar.
—¡Anda! No digas tonterías. ¿Dónde ibas a estar mejor que aquí?
—En mi casa, contigo.
—Tanto tú como yo necesitamos cuidados…
—Por eso mismo te he dicho que estaría mejor en mi casa contigo. Tú podrías ocuparte de mí y yo, por supuesto, de ti.
—Porque haya algún energúmeno, que se meta donde no le llaman, no significa que no se pueda vivir bien en el centro.
—Yo en el centro he estado muy bien, hasta que ese tal Manuel…
—No le hagas caso, Raimon. Ese tal Manuel, no tiene más que envidia y celos de ti, porque él no me pudo conseguir.

Práxedes tenía una paciencia infinita con Raimon, al que le explicaba el significado de muchas de las frases que comenzaba a leer de los diarios y no comprendía. Práxedes le decía a menudo, que le estaba haciendo recordar, gratamente, su años de educadora. A pesar de sus intentos de calmar el ánimo de Raimon, él estaba empecinado en que aquel no era sitio para ellos dos.

Eran la comidilla del resto de residentes, que no cesaban en denunciarles a la dirección de los pasos que daban. 

En la siguiente reunión Práxedes, sin esperar a que le dieran la palabra, se dirigió a sus compañeros.

—Habéis hecho que una buena persona haya sido castigada, como un niño…
—Práxedes no es tu turno…—, le empezó a decir la directora.
—No me importa si es o no mi turno para expresar lo que siento—, la interrumpió con brusquedad. —No me va a hacer callar. Y después, si quiere, me castiga a mí también. Me parece que la envidia y los celos han sido el motor que ha movido esta patraña, o no, Manuel. Porque alguien o muchos de vosotros no admitáis que dos personas quieran pasar el resto de sus días juntos, se enamoren y puedan volver a ser felices, no se les puede condenar. Porque algunos de vosotros seáis incapaces de convivir con el resto no tenéis derecho a juzgar y a fastidiar a dos personas que sí son capaces de vivir juntos. Jamás he quebrantado las normas del centro. Jamás he alzado la voz a ninguna persona responsable ni a cualquiera de mis compañeros, pero creo que esto ya es excesivo—, dijo con la mirada puesta en la directora. —Usted, que se supone que nos conoce, se supone que cuida de que cada uno de nosotros se sienta feliz, no debería haberse inmiscuido en una pataleta por celos. Somos mayorcitos, señora. Y somos responsables de nuestros actos y consecuentes como personas cabales que hemos demostrado ser desde que estamos en “su” centro—. Y sin dar tiempo a una réplica se marchó en busca de Raimon, ante las insistentes llamadas de la directora.

Raimón y Práxedes esperaron a la hora de la siesta para abandonar el Centro de Mayores La Aurora. Cada uno con su maleta —aprovecharon que la recepcionista tomaba café con sus compañeras— salieron con sigilo. Cogidos de la mano caminaron durante un buen rato. Se sentaron en un banco del Parque Municipal, que estaba a medio camino de la residencia y la casa de Raimon. Unas palomas pululaban por su alrededor buscando qué comer y se dejaba sentir el olor a césped y tierra mojada. Oyeron pasar veloces a dos coches de policía por la avenida Reyes Católicos, que demarcaba el parque. Cuando salieron a la avenida, fueron requeridos por dos guardias, lo que les produjo inquietud. Un fuerte golpe entre dos coches en el cruce que tenían delante, distrajo la atención de los guardias que se interesaron por si había heridos, momento que aprovecharon Práxedes y Raimon para huir de los policías. Llegaron a la bifurcación de la calle Céspedes con la calle Antonio Maura en la que vivía Raimon y vieron a un policía hablar con María, que braceaba y parecía excitada. Volvieron por donde habían venido y se dirigieron a la estación de autobuses. Sacaron dos billetes para ir a Corralón del Tena, pueblo donde tenía su casa Práxedes, que estaba a diez kilómetros.


A medida que se acercaban al pueblo, desde lo alto, Raimon vio como el río Tena, en un gran meandro, parecía abrazar al pueblo. Tenía una gran masa de arboleda de un verdor precioso por todas partes. Sus casas eran bajas, bien encaladas y grandes, con hermosos portones. Cuando Práxedes introdujo la llave en la cerradura, se les acercaron dos policías nacionales y les pidieron que les acompañaran. Los vecinos de la mujer salieron a los portales al oír la discusión. Práxedes que jamás había dado qué hablar estaba sofocada. Mientras tanto Raimon les pedía explicaciones a la pareja de guardias, que se limitaban a decirle que no estaban detenidos, pero que debían acompañarles. Los vecinos recriminaron a la pareja de policías.

No tardó en llegar la hija de Práxedes, y los guardias se marcharon. Durante horas se dedicó a intentar convencer a su madre, mientras lanzaba duras miradas de desaprobación en dirección al pobre Raimon, que esperó sentado, imperturbable, en el sofá de la sala.



Por fin salió Práxedes y cogió a Raimon del brazo. Asi, juntos, como dos chiquillos, montaron en el coche de la hija de Práxedes, quien los condujo de vuelta al Centro de Mayores, cuando ya caía la tarde.

lunes, 22 de diciembre de 2014

¡FELIZ NAVIDAD!


                         
                                  TE DESEO LAS MEJORES NAVIDADES DE TU VIDA Y EL MÁS

                                  VENTUROSO DE LOS AÑOS.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

PASIÓN



PASIÓN…

Si una vez un halo el amor nos rodea
y las sirenas van al compás de la marea,
si también el corazón se mueve a su son,
será como fruta prohibida que madura
sobre el tálamo, cual suspiros se jadea
y en la noche, del corazón, nace el sol.

Saudade de tus caricias, que anhelo,
que mi sangre vuelve en ardiente fuego
y aún siendo invierno nos calienta.
Ya lo malo se convierte en bueno
y nos parece haber alcanzado el cielo
exhaustos de intensa pasión.

El alborear de la mañana quiebra
con el fulgor iridiscente la penumbra
de la noche; las yemas de los dedos
deslizándose, cómplices, nos denuncian
de habernos henchido de lascivia,
de haber henchido los cuerpos de lujuria.

Redoblaré mi ternura separando
de tu rosa cada uno de los pétalos
con los que aíslo mi pensamiento,
y me mostraré límpido ante tus ojos,
fragante y fúlgida flor de invierno
en dulce concupiscencia con el rocío.

Me ahogaré entre delirios en las aguas
revueltas del manantial de tu amor,
y renaceré venturoso entre los arreboles
que dan color rosado a tu cara
y del fuego de tu mirada el calor,
desposeídos de máculas, tú y yo.

Serás para mí como la orilla del río,
serás el agua clara, piel y tersura;
serás la arena fina de mi desembocadura
que invade el mar de tu interior;
serás como olas colmadas de deseo
que se arrullan a mi piel con ardor.

Te ofreceré mis besos de azul color,
te ofreceré mis sueños más bellos,
te ofreceré mis días de rojo pasión
para que sientas la ternura que da la vida
y goces de cálidas perspectivas
que sólo nos brinda la fuerza del amor.

Sueño con días de dulces espejismos
que inviten, indiferentes, a sumergirnos
en el piélago de amores persistentes,
donde nuestros cuerpos se mezclen,
sus aromas despierten los sentidos
y nuestras almas pierdan la razón.

¡Ciertas noches se ciegan mis ojos
si no se humedecen mis manos secas!
¡Ciertas noches se acrecientan mis penas
si tu cuerpo y el mío no se encuentran!
¡Ciertas noches, de tristeza, amor mío…
las pasiones en un hálito se disgregan!

¡Ciertas noches suena un susurro
de lánguidas melodías de ausencia!,
que apenadas sirenas de fina aureola
torpemente tararean, porque falta
en nuestra cama el amor de la mujer
de apacible y sensual ofrenda.

¡Ciertas noches vuelan los sentimientos
exhaustos y perdidos en el tiempo!
Llévame a todas partes, amor,
y a todas partes conduce mis dedos,
así como tú eres mi cielo,
yo, ¡amor mío!, tu único deseo.


                                                      
                                                         Constantino Yánez V.   

lunes, 8 de diciembre de 2014

EL PLACER DE VIAJAR



—¡Hola! ¡Buenas tardes!
—Buenas tardes. “Usté” dirá—, respondió un muchacho con un mono azul, sin mangas.
—Por favor. Necesito que me llene el depósito de gasolina.
—Señora, es autoservicio… Pero es igual, se lo llenaré yo. Me ha ”caío” usté bien.
—Gracias. Muy amable.
—No es “amabilidá”, señora, Es que ahora no tengo mucho jaleo. Si hubiera más coches no podría servirle yo la gasolina, tendría que haberse “servio” usté.
—De todas formas, muchas gracias. Aunque por aquí no parece que pasen muchos coches…
—No crea. Según la hora. En las horas que van y vienen del trabajo si hay más movimiento.
—Se lo decía porque tiene usted dos surtidores y parecen bastante viejos.
—Lo son, lo son. Del año 67. Yo no había nacio “niaún”. Y a lo mejor usté tampoco.
—Ya quisiera yo. Yo nací dos años antes.
—Entonces ¿cuántos años tiene usté?
—Pues si estamos en el 2005, calcule usted.
—Yo es que de cabeza, me cuesta un poco. Bueno, no sé. Tendría que coger un “boli” y aquí no tengo.
—Tengo cuarenta años.
—Está usté nerviosa. Pare de moverse un poco. Le va a dar algo.
—Es que tengo prisa, no estoy nerviosa—, le dijo al muchacho mientras movía la cabeza con gesto de resignación.
—Va un poco lento, pero es muy exacto, ¿sabe usté? Y, ¿A dónde va usté por estos parajes? Porque usté no ha “venio” por aquí nunca.
—No. Es la primera vez que vengo. Me han dicho que por esta carretera llego a Carrerizo de la Sierra. ¿Sabe usted dónde está?
—Donde Cristo perdió la boina, señora. ¿A qué puede ir una mujer como usté a un pueblucho como ése? Señora no me hable de usté, que me hace un viejo.
—Está bien. ¿Le queda mucho al surtidor? Llevas una mancha negra en la barbilla, donde el hoyuelo.
—¡Toma! Si estuviera haciendo pasteles me mancharía de merengue. Son “ganjes” del oficio, señora.
—Eres muy simpático. ¿Cómo te llamas?
—Pedro. ¿Y usté?
—Edurne.
—Edurne. ¿Qué nombre es ese?

—Significa, nieve, pureza, blancura. Me puedes decir por dónde debo ir para llegar a Carrerizo.
—¿A Carrerizo del Río o de la Sierra?
—¡Carai! ¿Es que hay dos Carrerizos?
—Claro, señora Edurne. Carrerizo del Río y Carrerizo de la Sierra.
—Carrerizo de la Sierra.
—Pues es muy fácil, señora…
—Por favor, tutéame. No me digas más veces señora.
—¡Vale! ¡Vale! Ve como sí que está nerviosa, bueno, estás nerviosa—, enfatizó. —Mi jefe dice que no hable mucho con los clientes. Pero es como yo le digo: es que los gatos no me contestan—, le dijo mientras la máquina hizo un ronroneo.
—¿Se ha estropeado el surtidor?
—No. Qué va. Eso es el freno de la máquina. Lo hace cuando se para—, comentó, al tiempo que colgaba la manguera al costado del surtidor.
—Qué te debo, Pedro.
—Pues, veinticinco euros.
—Toma.
—Aquí no tengo cambio de cincuenta. Vamos a la oficina. ¿No quieres nada de la tienda?— Le sugirió, al tiempo que se encaminaban hacia ella. —Pasa Edurne.
—Gracias—. Se detuvo al darse de bruces con la puerta de cristal que no se abrió.
—Espera. Es que esta puerta hay que empentarla no se abre ella sola—, le dijo al tiempo que empujaba la hoja de la puerta y entraba él delante.
—Venga. Dame una botella de agua—, le pidió complaciente.
—No quieres una cervecita, Edurne, te convido yo. Es que me has “caío” bien, sabes. Hasta dentro de una hora larga, no viene por aquí ni Dios, y ya lo he “limpiao” todo.
—Vamos a tomar una cervecita.
—¿Cuala quieres. Mahou, San Miguel, Amstel?
—¿Qué más dará? Una. La que tú quieras.
—Pues la Cruz Campo, que me gusta a mí.
—Me vas a decir por donde he de ir a Carrerizo de la Sierra.
—Pues claro. Pero que prisas tienes. Edurne tómate la cerveza y después te lo digo, mujer. Si es muy fácil. Y, ¿tú de que trabajas?
—De profesora en la Universidad.
—¡Anda, mi madre! Ya decía yo que te veía muy “refiná”. Yo soy un poco burro, sabes. Pero no engaño a nadie. Hace calor, eh—, dijo el muchacho pasándose un pañuelo lleno de grasa que sacó del bolsillo.
—Sí. Hace mucho calor, ya es medio día—, admitió, moviéndose la blusa de atrás a delante, lo que provocó que se le desabrochara el botón y quedara el pecho casi al descubierto.
—¡Vaya! Edurne qué tetas.
—Disculpa Pedro. Se me ha desabrochado el botón de la blusa…
—No, no. Si tú estás “disculpá”. Pero que no hace falta que te lo abroches, si tienes calor, a mí no me importa. Mira yo también me desabrocho—, se bajó la cremallera del mono y quedo parte del pecho al aire.
—Apenas tienes pelo en el pecho.
—Pues tú aún tienes menos que yo.

Edurne se abrió la blusa como en un acto reflejo y se miró el canalillo, comprobando que efectivamente no tenía pelo, como si no conociera su cuerpo.
—Ves como no tienes pelos—, al tiempo que le pasó la palma de la mano por el centro del pecho.
—¡Pedro!
—No hagas caso Edurne, si eso no es “na”. Mira toca tú—, y se abrió el mono todo lo que pudo.
—Estás sudoroso, Pedro—, le dijo pasándole la mano por el pecho, de un lado a otro.
—Y más que voy a sudar.
—¡Anda!, tonto.
—Que si Edurne. Que me estoy poniendo burrucho. Es que a mí nunca me ha “tocao” una mujer tan guapa como tú.
—No me lo creo. Eres un chico muy apuesto y muy simpático—, Edurne notó, para su sorpresa, que se sentía excitada.
—Con la Jero, sólo, pero na. Ven—, le dijo abriendo la puerta del almacén.
—Oye, igual viene alguien.
—Aquí. Ni Dios, no te lo digo yo—, al mismo tiempo que le cogía el pecho con la mano.
—Espera un momento—, se desabrochó la blusa completamente y se sacó el faldón de entre la falda estrecha que le marcaba las caderas.
—Vaya un cuerpo tienes—, le decía Pedro, mientras besaba sus pechos.
—Pedro, lo que tienes ahí—, le echó la mano a la bragueta.
—Todo pa ti—, al tiempo que intentaba subirle la falda, pero le fue imposible.
—Espera—, se desabrochó la falda por atrás y la dejó caer al suelo con movimientos ligeros de las piernas. Ya iba a quitarse la braguita minúscula que llevaba.
—Déjame a mí—, apenas descubierto su pubis se lanzó ávido, como águila en pos de su presa y le introdujo la lengua. —Espera, espera, yo te la quito—, Edurne se inclinaba para bajar más la braguita con algo de precipitación.
—Déjame ahora a mí, Pedro—, le dijo Edurne jadeante, que se atracó de Pedro en la boca.
—¡Joer! ¡Joer!— Pedro no acertaba a decir nada más.
—Échate sobre la mesa—, la había cubierto con el papel de una bobina.
Edurne jadeaba mientras el muchacho ponía todo su empeño en las acometidas. Pedro no cesaba de mirar el cuerpo desnudo de Edurne. Y le asombraba los jadeos de ella, que casi llegaban a alaridos. Así estuvieron forcejeando durante más de diez minutos.
Sus cuerpos empapados quedaron inmóviles, y la respiración agitada. Cruzaron miradas cómplices…
—Ves como iba a sudar mucho más—, le dijo Pedro, al poco de reponerse. —Ahora ponte a trabajar. De buena gana echaba un sueño.
—A mí también me gustaría echar un sueño, Pedro. ¿Hay toalla en el baño?
—Sí.
En ese momento en la cara de Pedro se reflejó una gran decepción: sobre la mesa en la que se echó Edurne, sobresalía, entre el papel roto, una llave inglesa. Pedro se miró su miembro incrédulo, para cruzar una mirada después con ella.
—Voy a lavarme y quitarme el sudor—, comentó Edurne con una amplía sonrisa pícara y le pasó la mano por la mejilla. —No te preocupes.
—Edurne, me tiemblan las piernas, pero lo haría otra vez.
—¡Otra vez! No puede ser… ¿Me vas a decir ahora por dónde ir a Carrerizo de la Sierra?
—Claro. Sigue esta carretera y te meterás dentro del pueblo, pero estate atenta porque si no, te saldrás.
—He de seguir esta carretera…, y ¿ya está?
—Pues claro. Ya te había dicho que era muy fácil, Edurne.
—Gracias, Pedro—, y le dio un beso.
—Cuando vuelvas, te convido a otra cerveza—, le dijo socarrón.
—No sé, Pedro, si volveré por aquí.
—Sí. Sí. Volverás por aquí.
—¿Es que no hay otra carretera?
—Para volver a la Universidá no.
—Bueno, si no hay gente igual te veo cuando vuelva.

Apenas había pasado la hora de la siesta, cuando llegó Edurne de regreso a la gasolinera.
—Hola Pedro. Qué calor hace. Tú estás bien, ahí sentado.
—Ahora no se puede andar por afuera. ¿Quieres una cerveza, o un refresco?
—No. Después—, le contestó Edurne abriendo la puerta del almacén.



lunes, 1 de diciembre de 2014

MUJER MALTRATADA


                Hoy naciste luna fulgente,
                tierno vientre de tierra fértil,
                en penumbra, inmanente.
                Quisiste se mujer alegre
                y te quedaste en súplica estéril.
                Arañaste el último segundo,
                gritaste ilusiones fingidas.
                Resultaste opaca, incompleta,
                cual saco roto de mendigo
                que dispersa su verde yerba.
                 Hoy rezaste y eres atea
                 y amenazaste serena
                 con ser tenebrosa tormenta.
                 Hoy sucumbiste ante la vida,
                 llenaste tus pulmones secos
                 de ajadas amapolas marchitas.
                 Regalaste tu último suspiro,
                 regaste de sangre la arena.
                 Hoy naciste luna fulgente
                 y al nacer ya morías,
                 tierno vientre de tierra fértil,
                 hoy…,¡sucumbiste ante la vida!


                Constantino Yáñez.  


Poema que surgió del escalofriante relato de una mujer maltratada colgado en la red, y de la que ya no he sabido ni he podido localizar.