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martes, 13 de enero de 2015

EL VIEJO ENAMORADO



Hacía ya tres meses que su esposa había muerto, y él, cada vez, tenía más dificultad para desenvolverse solo. Raimon, a sus setenta años, por primera vez, no le encontraba sentido a la vida. Una severa artrosis parecía haberse cebado en él desde que faltaba su esposa, porque no se tomaba la medicación que en su día le ordenó el médico. Siempre vivió locamente enamorado de Anabel. Nada era suficiente para su Anabel, como él decía. Pero desde que su mujer desapareció su movilidad quedó reducida y ya no podía bailar. Anabel, toda su vida, había sido una apasionada del baile y Raimon le había acompañado siempre porque era lo que a ella más le gustaba. Desde entonces ya no había bailado, salvo algunos pasos desperdigados cuando se dirigía de un lado a otro de su casa, generalmente acompañado de unas lágrimas pertinaces.

Raimon sentía unas ganas locas por bailar. «Antes bailaba por complacer a Anabel, pero ahora que ella no me empuja a hacerlo…, necesito bailar», se obstinaba. Y se arrancó, apoyado en su bastón, a dar unos pasos. «Esto no es lo mismo», se dijo, y cesó en su empeño, arrojando el bastón en el que se apoyaba, con rabia, contra el respaldo del sofá.

Su casa siempre había estado limpia, ordenada, y ahora comenzaba a presentar signos de dejadez.

María, su vecina, en la que siempre se habían apoyado, era una mujer gruesa, que gritaba, maldecía y protestaba por cualquier cosa, con la cara sonrosada y la respiración difícil. Tenía casi su misma edad y un marido postrado en la cama desde hacía tres años, debido a su demencia senil. Cuando necesitaba moverlo llamaba a Raimon, que jamás se negó y le ayudaba siempre que estaba en su casa. Desde que se casaron, Anabel y María, se habían llevado como hermanas. A partir de la muerte de Anabel, María, todos los días, le llevaba un plato de comida a Raimon.

—María no me traigas el plato de comida a partir de mañana— le dijo Raimon emocionado.
—¡Maldita guasa! Claro que te lo voy a llevar mañana, y pasado y al otro…— le respondió con genio.
—No, María. Me voy al Centro de Mayores “La Aurora”. Me han aceptado y mañana ingreso.
—Ahí, pero si en esos sitios te despluman— protestó María.
—Con mi paga del mes, puedo pagarlo.
—Por el plato de comida no lo hagas, a mí no me supone mayor esfuerzo.
—Ya lo sé, María. Pero no puedo continuar así— le dijo señalando el aspecto que presentaba la casa.
—En eso tienes razón. ¡Maldita guasa! Raimon, yo no puedo hacerme cargo de otra casa, ya no me quedan fuerzas… Entiendo que no puedas vivir así. Además, debes relacionarte con la gente como siempre has hecho.
María se acercó a Raimon y lo rodeó con un abrazo tan lleno de sinceridad como de carnes, con lágrimas en los ojos.


Raimon se presentó en el Centro de Mayores La Aurora, con una maleta medio vacía: Cuatro mudas, varias camisas, tres pares de pantalones y un traje de hacía diez años, de cuando se casó la hija de María. Y, un porta-fotos con una fotografía de Anabel sonriendo, que siempre había tenido sobre su mesita de noche.

Fue recibido con amabilidad por los responsables del centro, que le acomodaron en una habitación, con un gran ventanal que daba a un patio interior. El patio era un frondoso jardín, de plantas exuberantes, árboles altos y de tupido ramaje que proporcionaban confortables sombras; plagado de flores: rosas, claveles, orquídeas, tulipanes, geranios, lirios…, lo que desde la primavera dotaba al jardín de un aroma muy agradable. Raimon era un amante de la naturaleza y sintió una enorme alegría al verse acomodado en aquella discreta habitación: una cama en la que colgaba hasta el suelo una cubierta por todo alrededor, con un cabezal poco ostentoso sujeto a la pared y una mesita a juego, que formaba parte del mismo cabezal. Un pequeño armario empotrado, suficiente para guardar sus pertenencias. Una serigrafía de una cabeza de caballo, enmarcada, colgada en la pared de enfrente a la cama. Un plafón pegado al techo y un tablero abatible colgado de la pared que hacía de mesa, con una silla de escaso respaldo, componían el contenido del que podía disponer en su intimidad.

A la hora de la comida fue presentado al resto de residentes. Se sentó junto a Práxedes, una mujer algo más joven que él, de rostro muy jovial y ojos vivarachos. Le estuvo hablando durante toda la comida. Se notaba que era una mujer de conducta refinada, inteligente. A pesar de su poco ánimo, Raimon, se sintió aliviado, aunque en algún momento hubiera preferido que se callara.

Con el paso de los días Práxedes, se había convertido en el lazarillo de Raimon. Pasaban todo el tiempo que podían en el jardín paseando o sentados en cualquiera de los bancos, diseminados por el patio. Raimon recuperaba con rapidez su buen estado de ánimo, volvía a ser jovial y dicharachero, en sólo tres meses que llevaba en la residencia. Práxedes le recordaba en cierta manera a su esposa Anabel. Había abandonado su bastón para moverse por la residencia. Con tres pastillas diarias y buen humor, estaba consiguiendo recuperar su buen aspecto físico. Raimon tenía una cabellera abundante, de color blanco, ojos grandes, y una nariz aguileña, de 175 centímetros de alzada y muy erguido. No era mal parecido, aún poseía cierto encanto que volvía a aparecer desde que llegó al centro.

Práxedes leía todas las tardes después de la siesta, hasta que sus ojos pequeños, y azules como el Mediterráneo, le decían basta. Raimon sólo ojeaba los diarios y se detenía en alguna ocasión ante un titular que llamara su atención. Raimon pasaba más tiempo observándola, que con un diario en las manos. Su cabello de color castaño con mechas rubias, de media melena, que no llegaba a descansar en los hombros, su tez blanca y sonrosada, y su voz…, aquella voz dulce y melodiosa, junto a un cuerpo que a él le parecía el de una musa, le habían embaucado.

Raimon y Práxedes pasaban juntos todo el tiempo que les permitían las normas del centro. Todos los sábados por la tarde, organizaban un baile y Raimon enseñó a Práxedes. Ella no había tenido costumbre de bailar en su vida fuera del centro. Comenzaron a esquivar las normas y Raimon a la hora de la siesta se metía, de cuando en cuando, en la habitación de Práxedes. Hasta que un anciano, llamado Manuel, lo denunció a la directora.

Fueron el hazme reír de la reunión que se celebraba semanalmente, en la que cada cual daba su parecer de lo que sucedía en el centro.

Raimon estaba muy furioso, de hecho amenazó, blandiendo su bastón que ya no usaba, a Manuel, por lo que fue castigado a no salir de su habitación, mientras el resto de residentes estuvieran fuera.

Práxedes le visitaba en su cuarto siempre que podía, y los ojos escuálidos y escudriñadores de Manuel no estaban al acecho.

—Práxedes, si no estuvieras tú aquí, me volvía a mi casa— le dijo Raimon con aflicción, apenas la vio entrar.
—¡Anda! No digas tonterías. ¿Dónde ibas a estar mejor que aquí?
—En mi casa, contigo.
—Tanto tú como yo necesitamos cuidados…
—Por eso mismo te he dicho que estaría mejor en mi casa contigo. Tú podrías ocuparte de mí y yo, por supuesto, de ti.
—Porque haya algún energúmeno, que se meta donde no le llaman, no significa que no se pueda vivir bien en el centro.
—Yo en el centro he estado muy bien, hasta que ese tal Manuel…
—No le hagas caso, Raimon. Ese tal Manuel, no tiene más que envidia y celos de ti, porque él no me pudo conseguir.

Práxedes tenía una paciencia infinita con Raimon, al que le explicaba el significado de muchas de las frases que comenzaba a leer de los diarios y no comprendía. Práxedes le decía a menudo, que le estaba haciendo recordar, gratamente, su años de educadora. A pesar de sus intentos de calmar el ánimo de Raimon, él estaba empecinado en que aquel no era sitio para ellos dos.

Eran la comidilla del resto de residentes, que no cesaban en denunciarles a la dirección de los pasos que daban. 

En la siguiente reunión Práxedes, sin esperar a que le dieran la palabra, se dirigió a sus compañeros.

—Habéis hecho que una buena persona haya sido castigada, como un niño…
—Práxedes no es tu turno…—, le empezó a decir la directora.
—No me importa si es o no mi turno para expresar lo que siento—, la interrumpió con brusquedad. —No me va a hacer callar. Y después, si quiere, me castiga a mí también. Me parece que la envidia y los celos han sido el motor que ha movido esta patraña, o no, Manuel. Porque alguien o muchos de vosotros no admitáis que dos personas quieran pasar el resto de sus días juntos, se enamoren y puedan volver a ser felices, no se les puede condenar. Porque algunos de vosotros seáis incapaces de convivir con el resto no tenéis derecho a juzgar y a fastidiar a dos personas que sí son capaces de vivir juntos. Jamás he quebrantado las normas del centro. Jamás he alzado la voz a ninguna persona responsable ni a cualquiera de mis compañeros, pero creo que esto ya es excesivo—, dijo con la mirada puesta en la directora. —Usted, que se supone que nos conoce, se supone que cuida de que cada uno de nosotros se sienta feliz, no debería haberse inmiscuido en una pataleta por celos. Somos mayorcitos, señora. Y somos responsables de nuestros actos y consecuentes como personas cabales que hemos demostrado ser desde que estamos en “su” centro—. Y sin dar tiempo a una réplica se marchó en busca de Raimon, ante las insistentes llamadas de la directora.

Raimón y Práxedes esperaron a la hora de la siesta para abandonar el Centro de Mayores La Aurora. Cada uno con su maleta —aprovecharon que la recepcionista tomaba café con sus compañeras— salieron con sigilo. Cogidos de la mano caminaron durante un buen rato. Se sentaron en un banco del Parque Municipal, que estaba a medio camino de la residencia y la casa de Raimon. Unas palomas pululaban por su alrededor buscando qué comer y se dejaba sentir el olor a césped y tierra mojada. Oyeron pasar veloces a dos coches de policía por la avenida Reyes Católicos, que demarcaba el parque. Cuando salieron a la avenida, fueron requeridos por dos guardias, lo que les produjo inquietud. Un fuerte golpe entre dos coches en el cruce que tenían delante, distrajo la atención de los guardias que se interesaron por si había heridos, momento que aprovecharon Práxedes y Raimon para huir de los policías. Llegaron a la bifurcación de la calle Céspedes con la calle Antonio Maura en la que vivía Raimon y vieron a un policía hablar con María, que braceaba y parecía excitada. Volvieron por donde habían venido y se dirigieron a la estación de autobuses. Sacaron dos billetes para ir a Corralón del Tena, pueblo donde tenía su casa Práxedes, que estaba a diez kilómetros.


A medida que se acercaban al pueblo, desde lo alto, Raimon vio como el río Tena, en un gran meandro, parecía abrazar al pueblo. Tenía una gran masa de arboleda de un verdor precioso por todas partes. Sus casas eran bajas, bien encaladas y grandes, con hermosos portones. Cuando Práxedes introdujo la llave en la cerradura, se les acercaron dos policías nacionales y les pidieron que les acompañaran. Los vecinos de la mujer salieron a los portales al oír la discusión. Práxedes que jamás había dado qué hablar estaba sofocada. Mientras tanto Raimon les pedía explicaciones a la pareja de guardias, que se limitaban a decirle que no estaban detenidos, pero que debían acompañarles. Los vecinos recriminaron a la pareja de policías.

No tardó en llegar la hija de Práxedes, y los guardias se marcharon. Durante horas se dedicó a intentar convencer a su madre, mientras lanzaba duras miradas de desaprobación en dirección al pobre Raimon, que esperó sentado, imperturbable, en el sofá de la sala.



Por fin salió Práxedes y cogió a Raimon del brazo. Asi, juntos, como dos chiquillos, montaron en el coche de la hija de Práxedes, quien los condujo de vuelta al Centro de Mayores, cuando ya caía la tarde.

lunes, 22 de diciembre de 2014

¡FELIZ NAVIDAD!


                         
                                  TE DESEO LAS MEJORES NAVIDADES DE TU VIDA Y EL MÁS

                                  VENTUROSO DE LOS AÑOS.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

PASIÓN



PASIÓN…

Si una vez un halo el amor nos rodea
y las sirenas van al compás de la marea,
si también el corazón se mueve a su son,
será como fruta prohibida que madura
sobre el tálamo, cual suspiros se jadea
y en la noche, del corazón, nace el sol.

Saudade de tus caricias, que anhelo,
que mi sangre vuelve en ardiente fuego
y aún siendo invierno nos calienta.
Ya lo malo se convierte en bueno
y nos parece haber alcanzado el cielo
exhaustos de intensa pasión.

El alborear de la mañana quiebra
con el fulgor iridiscente la penumbra
de la noche; las yemas de los dedos
deslizándose, cómplices, nos denuncian
de habernos henchido de lascivia,
de haber henchido los cuerpos de lujuria.

Redoblaré mi ternura separando
de tu rosa cada uno de los pétalos
con los que aíslo mi pensamiento,
y me mostraré límpido ante tus ojos,
fragante y fúlgida flor de invierno
en dulce concupiscencia con el rocío.

Me ahogaré entre delirios en las aguas
revueltas del manantial de tu amor,
y renaceré venturoso entre los arreboles
que dan color rosado a tu cara
y del fuego de tu mirada el calor,
desposeídos de máculas, tú y yo.

Serás para mí como la orilla del río,
serás el agua clara, piel y tersura;
serás la arena fina de mi desembocadura
que invade el mar de tu interior;
serás como olas colmadas de deseo
que se arrullan a mi piel con ardor.

Te ofreceré mis besos de azul color,
te ofreceré mis sueños más bellos,
te ofreceré mis días de rojo pasión
para que sientas la ternura que da la vida
y goces de cálidas perspectivas
que sólo nos brinda la fuerza del amor.

Sueño con días de dulces espejismos
que inviten, indiferentes, a sumergirnos
en el piélago de amores persistentes,
donde nuestros cuerpos se mezclen,
sus aromas despierten los sentidos
y nuestras almas pierdan la razón.

¡Ciertas noches se ciegan mis ojos
si no se humedecen mis manos secas!
¡Ciertas noches se acrecientan mis penas
si tu cuerpo y el mío no se encuentran!
¡Ciertas noches, de tristeza, amor mío…
las pasiones en un hálito se disgregan!

¡Ciertas noches suena un susurro
de lánguidas melodías de ausencia!,
que apenadas sirenas de fina aureola
torpemente tararean, porque falta
en nuestra cama el amor de la mujer
de apacible y sensual ofrenda.

¡Ciertas noches vuelan los sentimientos
exhaustos y perdidos en el tiempo!
Llévame a todas partes, amor,
y a todas partes conduce mis dedos,
así como tú eres mi cielo,
yo, ¡amor mío!, tu único deseo.


                                                      
                                                         Constantino Yánez V.   

lunes, 8 de diciembre de 2014

EL PLACER DE VIAJAR



—¡Hola! ¡Buenas tardes!
—Buenas tardes. “Usté” dirá—, respondió un muchacho con un mono azul, sin mangas.
—Por favor. Necesito que me llene el depósito de gasolina.
—Señora, es autoservicio… Pero es igual, se lo llenaré yo. Me ha ”caío” usté bien.
—Gracias. Muy amable.
—No es “amabilidá”, señora, Es que ahora no tengo mucho jaleo. Si hubiera más coches no podría servirle yo la gasolina, tendría que haberse “servio” usté.
—De todas formas, muchas gracias. Aunque por aquí no parece que pasen muchos coches…
—No crea. Según la hora. En las horas que van y vienen del trabajo si hay más movimiento.
—Se lo decía porque tiene usted dos surtidores y parecen bastante viejos.
—Lo son, lo son. Del año 67. Yo no había nacio “niaún”. Y a lo mejor usté tampoco.
—Ya quisiera yo. Yo nací dos años antes.
—Entonces ¿cuántos años tiene usté?
—Pues si estamos en el 2005, calcule usted.
—Yo es que de cabeza, me cuesta un poco. Bueno, no sé. Tendría que coger un “boli” y aquí no tengo.
—Tengo cuarenta años.
—Está usté nerviosa. Pare de moverse un poco. Le va a dar algo.
—Es que tengo prisa, no estoy nerviosa—, le dijo al muchacho mientras movía la cabeza con gesto de resignación.
—Va un poco lento, pero es muy exacto, ¿sabe usté? Y, ¿A dónde va usté por estos parajes? Porque usté no ha “venio” por aquí nunca.
—No. Es la primera vez que vengo. Me han dicho que por esta carretera llego a Carrerizo de la Sierra. ¿Sabe usted dónde está?
—Donde Cristo perdió la boina, señora. ¿A qué puede ir una mujer como usté a un pueblucho como ése? Señora no me hable de usté, que me hace un viejo.
—Está bien. ¿Le queda mucho al surtidor? Llevas una mancha negra en la barbilla, donde el hoyuelo.
—¡Toma! Si estuviera haciendo pasteles me mancharía de merengue. Son “ganjes” del oficio, señora.
—Eres muy simpático. ¿Cómo te llamas?
—Pedro. ¿Y usté?
—Edurne.
—Edurne. ¿Qué nombre es ese?

—Significa, nieve, pureza, blancura. Me puedes decir por dónde debo ir para llegar a Carrerizo.
—¿A Carrerizo del Río o de la Sierra?
—¡Carai! ¿Es que hay dos Carrerizos?
—Claro, señora Edurne. Carrerizo del Río y Carrerizo de la Sierra.
—Carrerizo de la Sierra.
—Pues es muy fácil, señora…
—Por favor, tutéame. No me digas más veces señora.
—¡Vale! ¡Vale! Ve como sí que está nerviosa, bueno, estás nerviosa—, enfatizó. —Mi jefe dice que no hable mucho con los clientes. Pero es como yo le digo: es que los gatos no me contestan—, le dijo mientras la máquina hizo un ronroneo.
—¿Se ha estropeado el surtidor?
—No. Qué va. Eso es el freno de la máquina. Lo hace cuando se para—, comentó, al tiempo que colgaba la manguera al costado del surtidor.
—Qué te debo, Pedro.
—Pues, veinticinco euros.
—Toma.
—Aquí no tengo cambio de cincuenta. Vamos a la oficina. ¿No quieres nada de la tienda?— Le sugirió, al tiempo que se encaminaban hacia ella. —Pasa Edurne.
—Gracias—. Se detuvo al darse de bruces con la puerta de cristal que no se abrió.
—Espera. Es que esta puerta hay que empentarla no se abre ella sola—, le dijo al tiempo que empujaba la hoja de la puerta y entraba él delante.
—Venga. Dame una botella de agua—, le pidió complaciente.
—No quieres una cervecita, Edurne, te convido yo. Es que me has “caío” bien, sabes. Hasta dentro de una hora larga, no viene por aquí ni Dios, y ya lo he “limpiao” todo.
—Vamos a tomar una cervecita.
—¿Cuala quieres. Mahou, San Miguel, Amstel?
—¿Qué más dará? Una. La que tú quieras.
—Pues la Cruz Campo, que me gusta a mí.
—Me vas a decir por donde he de ir a Carrerizo de la Sierra.
—Pues claro. Pero que prisas tienes. Edurne tómate la cerveza y después te lo digo, mujer. Si es muy fácil. Y, ¿tú de que trabajas?
—De profesora en la Universidad.
—¡Anda, mi madre! Ya decía yo que te veía muy “refiná”. Yo soy un poco burro, sabes. Pero no engaño a nadie. Hace calor, eh—, dijo el muchacho pasándose un pañuelo lleno de grasa que sacó del bolsillo.
—Sí. Hace mucho calor, ya es medio día—, admitió, moviéndose la blusa de atrás a delante, lo que provocó que se le desabrochara el botón y quedara el pecho casi al descubierto.
—¡Vaya! Edurne qué tetas.
—Disculpa Pedro. Se me ha desabrochado el botón de la blusa…
—No, no. Si tú estás “disculpá”. Pero que no hace falta que te lo abroches, si tienes calor, a mí no me importa. Mira yo también me desabrocho—, se bajó la cremallera del mono y quedo parte del pecho al aire.
—Apenas tienes pelo en el pecho.
—Pues tú aún tienes menos que yo.

Edurne se abrió la blusa como en un acto reflejo y se miró el canalillo, comprobando que efectivamente no tenía pelo, como si no conociera su cuerpo.
—Ves como no tienes pelos—, al tiempo que le pasó la palma de la mano por el centro del pecho.
—¡Pedro!
—No hagas caso Edurne, si eso no es “na”. Mira toca tú—, y se abrió el mono todo lo que pudo.
—Estás sudoroso, Pedro—, le dijo pasándole la mano por el pecho, de un lado a otro.
—Y más que voy a sudar.
—¡Anda!, tonto.
—Que si Edurne. Que me estoy poniendo burrucho. Es que a mí nunca me ha “tocao” una mujer tan guapa como tú.
—No me lo creo. Eres un chico muy apuesto y muy simpático—, Edurne notó, para su sorpresa, que se sentía excitada.
—Con la Jero, sólo, pero na. Ven—, le dijo abriendo la puerta del almacén.
—Oye, igual viene alguien.
—Aquí. Ni Dios, no te lo digo yo—, al mismo tiempo que le cogía el pecho con la mano.
—Espera un momento—, se desabrochó la blusa completamente y se sacó el faldón de entre la falda estrecha que le marcaba las caderas.
—Vaya un cuerpo tienes—, le decía Pedro, mientras besaba sus pechos.
—Pedro, lo que tienes ahí—, le echó la mano a la bragueta.
—Todo pa ti—, al tiempo que intentaba subirle la falda, pero le fue imposible.
—Espera—, se desabrochó la falda por atrás y la dejó caer al suelo con movimientos ligeros de las piernas. Ya iba a quitarse la braguita minúscula que llevaba.
—Déjame a mí—, apenas descubierto su pubis se lanzó ávido, como águila en pos de su presa y le introdujo la lengua. —Espera, espera, yo te la quito—, Edurne se inclinaba para bajar más la braguita con algo de precipitación.
—Déjame ahora a mí, Pedro—, le dijo Edurne jadeante, que se atracó de Pedro en la boca.
—¡Joer! ¡Joer!— Pedro no acertaba a decir nada más.
—Échate sobre la mesa—, la había cubierto con el papel de una bobina.
Edurne jadeaba mientras el muchacho ponía todo su empeño en las acometidas. Pedro no cesaba de mirar el cuerpo desnudo de Edurne. Y le asombraba los jadeos de ella, que casi llegaban a alaridos. Así estuvieron forcejeando durante más de diez minutos.
Sus cuerpos empapados quedaron inmóviles, y la respiración agitada. Cruzaron miradas cómplices…
—Ves como iba a sudar mucho más—, le dijo Pedro, al poco de reponerse. —Ahora ponte a trabajar. De buena gana echaba un sueño.
—A mí también me gustaría echar un sueño, Pedro. ¿Hay toalla en el baño?
—Sí.
En ese momento en la cara de Pedro se reflejó una gran decepción: sobre la mesa en la que se echó Edurne, sobresalía, entre el papel roto, una llave inglesa. Pedro se miró su miembro incrédulo, para cruzar una mirada después con ella.
—Voy a lavarme y quitarme el sudor—, comentó Edurne con una amplía sonrisa pícara y le pasó la mano por la mejilla. —No te preocupes.
—Edurne, me tiemblan las piernas, pero lo haría otra vez.
—¡Otra vez! No puede ser… ¿Me vas a decir ahora por dónde ir a Carrerizo de la Sierra?
—Claro. Sigue esta carretera y te meterás dentro del pueblo, pero estate atenta porque si no, te saldrás.
—He de seguir esta carretera…, y ¿ya está?
—Pues claro. Ya te había dicho que era muy fácil, Edurne.
—Gracias, Pedro—, y le dio un beso.
—Cuando vuelvas, te convido a otra cerveza—, le dijo socarrón.
—No sé, Pedro, si volveré por aquí.
—Sí. Sí. Volverás por aquí.
—¿Es que no hay otra carretera?
—Para volver a la Universidá no.
—Bueno, si no hay gente igual te veo cuando vuelva.

Apenas había pasado la hora de la siesta, cuando llegó Edurne de regreso a la gasolinera.
—Hola Pedro. Qué calor hace. Tú estás bien, ahí sentado.
—Ahora no se puede andar por afuera. ¿Quieres una cerveza, o un refresco?
—No. Después—, le contestó Edurne abriendo la puerta del almacén.



lunes, 1 de diciembre de 2014

MUJER MALTRATADA


                Hoy naciste luna fulgente,
                tierno vientre de tierra fértil,
                en penumbra, inmanente.
                Quisiste se mujer alegre
                y te quedaste en súplica estéril.
                Arañaste el último segundo,
                gritaste ilusiones fingidas.
                Resultaste opaca, incompleta,
                cual saco roto de mendigo
                que dispersa su verde yerba.
                 Hoy rezaste y eres atea
                 y amenazaste serena
                 con ser tenebrosa tormenta.
                 Hoy sucumbiste ante la vida,
                 llenaste tus pulmones secos
                 de ajadas amapolas marchitas.
                 Regalaste tu último suspiro,
                 regaste de sangre la arena.
                 Hoy naciste luna fulgente
                 y al nacer ya morías,
                 tierno vientre de tierra fértil,
                 hoy…,¡sucumbiste ante la vida!


                Constantino Yáñez.  


Poema que surgió del escalofriante relato de una mujer maltratada colgado en la red, y de la que ya no he sabido ni he podido localizar.

domingo, 23 de noviembre de 2014

FIESTA DE CARNAVAL






Apenas se había escondido el sol y empezaban a llegar los primeros invitados a casa de Fani con los disfraces más diversos. Era un chalet en las afueras, que tenía un camino de unos cincuenta metros hasta la casa, a ambos lados había bancales, tachonados de almendros, naranjos, oliveras… Ella les recibía ya disfrazada de Campanilla, con su vestido de lentejuelas, de escote generoso y su varita mágica, acompañada de su hermana Sandra, disfrazada de Cleopatra. A cada uno de los que llegaban, los tocaba con su varita en el mismo umbral de la puerta antes del protocolario saludo. En su extremo tenía una estrella y despedía destellos con los reflejos de la luz.

Hacía una tarde espléndida y apenas se había sentido el frío. Aquella jornada radiante contagió el ánimo de Fani, que ya de por sí era muy jovial, al tiempo que transmitía al resto de amigos su alegría. Su carita de niña no le había cambiado. Recogía su melena rubia a tirabuzones por encima de su cabeza, con un tocado a base de florecillas blancas con sus pistilos amarillos que, también, reflejaban destellos. Sus ojos azules y grandes, muy bien perfilados, aumentaban la belleza de su rostro, a pesar de cerrarlos de forma intermitente, en un tic. Tenía una buena estatura, y su cuerpo parecía esculpido por el mismísimo Miguel Ángel. Su mirada dulce y su voz aterciopelada embaucaban a quienes hablaban con ella, aunque detrás de esa imagen se ocultaba una mujer capaz de explotar al máximo sus dotes persuasivas cuando le movía algún interés.

Llegaron un gran número de amigos, todos ellos disfrazados: De lobo, Caperucita, Popeye, Olivia, Spiderman, Don Quijote, payasos… Se escuchaba la música estridente desde la calle. Apenas se entraba en la casa, debían sortear las guirnaldas que descendían desde el techo y las banderitas colganderas. Tras un pequeño recibidor, se pasaba al salón, en el que habían dispuesto una mesa pegada a la pared, cubierta con un vistoso mantel de papel, en la que se ofrecía pastelitos salados, alguna tortilla troceada en cuadraditos y frutos secos. Había, sobre un extremo de la mesa, en un gran recipiente sangría en la que los trozos de frutas se mecían ante las acometidas de los asistentes, justo a su lado una hilera de vasos de plástico y, sobre el otro extremo de la mesa, otro recipiente con latas de cervezas y refrescos entre cubitos desiguales de hielo. En la otra parte del salón se encontraban todas las sillas bien alineadas, quedando el espacio central diáfano para el baile. Desde el techo colgaban globos, banderitas, y algunas luces recubiertas con papeles de colores.

Cuando ya casi no cabía nadie llegó Esmeralda, su mejor amiga, disfrazada de Cenicienta, y tras el saludo con Fani, la pequeña Sandra y Esmeralda se fundieron en un prolongado abrazo. Esmeralda era una joven muy bella, prudente, amable y muy inteligente. Fani hacía de ella todo lo que quería. Esmeralda prefería guardar silencio antes que discutir con ella; coincidió en la misma puerta con Ricardo que se había disfrazado de lobo. Ricardo hacía gala de un carácter brusco, era todo lo contrario que Esmeralda, a quien a menudo no le importaba ridiculizar, como a todos; solía ser muy grosero y fanfarrón, mujeriego, engreído y muy seguro de sus fuerzas, tenía un cuerpo musculoso y un aspecto rudo. Su padre poseía buen ojo para los negocios y vivían de forma holgada, siempre tenía de todo aquello que fuera de última moda. Andaba detrás de Fani, pero no se detenía en tontear con la que tuviera delante
También apareció en esos momentos Peter Pan, personificado en Carlos. Fani, que salió a recibirlo —sustituyó la varita mágica por un vaso de sangría—, quedó encantada de que Carlos hubiera elegido el disfraz de Peter Pan. Y no menos estupefacto quedó él cuando vio ante sí a Campanilla, maravillosa, espléndida, bellísima. Fani le dio un beso de bienvenida y le introdujo al salón cogido de la mano.

Sandra corrió a saludarle en cuanto le vio. Sandra era quinceañera, también con buena altura, como su hermana, y de cuerpo armonioso, pero sin la gracia natural de Fani. Era algo retraída y muy servicial. Por eso quizás siempre había sido el ojito derecho de Esmeralda. Fani se lo llevó directamente a la mesa y le sirvió un vaso de sangría. Un grupo de chicas se acercaron alborozadas a saludar a Carlos y Fani quedó relegada a un segundo plano. Era un joven apuesto, moreno, un buen nadador que competía a nivel nacional. Sus pequeños ojos de color verde claro y una mirada cándida, tranquilizadora, le dotaban de un encanto poco común. Carlos se había teñido el cabello de un color rojizo, le salían unos mechones por debajo del gorrito verde de paño, por el que se alzaba una pluma casi del mismo color del cabello. Su jubón, también de color verde, abrazaba su cuerpo atlético, y un estrecho cinturón negro del que pendía un pequeño puñal sujetaba la malla verde que resaltaba todo aquello que cubría, junto a unos botines de color crema, con lo que se completaba su atuendo. Carlos en cuanto se percató de la presencia de Esmeralda, dejó al grupo de chicas y se fue hacia ella. Se saludaron efusivamente. Carlos y Esmeralda se conocían desde los años de guardería y desde entonces siempre habían estado estudiando juntos hasta su entrada en la universidad que tuvieron que separarse. Ella se había inclinado por la rama de Nanobiología, en Valencia y él por la de Fisiología, en Madrid. Fani aprovechó la ocasión para volver junto a Carlos y de nuevo se dirigió hacia ellos.

—Otra vez juntos—, dijo Fani a su llegada, con una amplia sonrisa.
—Sí, otra vez juntos—, ratificó Carlos, con entusiasmo.
—Ya tenía muchas ganas de verlo—, dijo Esmeralda apoyando su cabeza en el hombro de Carlos.
—No me refería a ti, me refería a mí—, apuntilló Fani. —Venga vamos a bailar— Fani tiró de la mano de Carlos y lo arrastró a la pista.

Después de bailar durante un buen rato, Fani pidió a Carlos y Esmeralda que le acompañaran para rellenar los baldes que contenían sangría y cerveza. Mientras Carlos llenaba el balde de sangría, ellas se dirigieron a un frigorífico en la cocina y sacaron latas de cerveza. A continuación colocaron sobre la mesa botellas de ron, whisky, ginebra y vodka. Mientras unos cuantos bailaban, otros se acercaron a la mesa para servirse alguna bebida. Entre tanto Sandra se veía acosada por Ricardo, que la abrazaba e intentaba besarla, lo que la joven trataba de esquivar, sirviendo a éste y sus amigos de risa.

Carlos esperaba, pegado a la mesa, a que Esmeralda concluyera. Vio como unas amigas, sentadas en la escalera, junto a un grupo de chicos y chicas, entre los que estaba Sandra, la llamaban. En aquel grupo se encontraba Ricardo, que divertía a todos con sus bufonadas, sin dejar de incordiar a Sandra. Esmeralda salió de la cocina y se fue hacia el grupo de amigas. Fani aprovechó la ocasión y se fue hacia Carlos, le tomó por el brazo y lo condujo hasta una habitación contigua y en cuanto se cerró la puerta se abalanzó sobre él. Carlos no tuvo tiempo de reaccionar. De repente se abrió la puerta con estrépito y apareció Ricardo con los ojos desorbitados, enrojecidos, farfullando palabras ininteligibles y con los puños cerrados. Se dirigió hacia ellos. Fani se interpuso pero la apartó de un empujón. Carlos dudó un instante y recibió el impacto de Ricardo en el pecho, pero enseguida respondió con varios certeros golpes que dejaron aturdido a Ricardo.

Acudieron todos los invitados a la habitación y vieron a Fani en los brazos de Carlos, sollozando y a Ricardo tumbado en el suelo comenzando a moverse.

—Lo siento Fani—, se excusó Carlos. Luego se desembarazó de ella y salió de la habitación apartando a los curiosos.
—¿Dónde vas?
Carlos no llegó a contestar y al salir de la habitación se encontró con Esmeralda.
—Me voy.
—¿Qué ha pasado?
—Lo de siempre. Ese imbécil de Ricardo que va puesto hasta las trancas y tiene que liar alguna.
—Espérame. Me voy contigo.
—No tienes por qué hacerlo. Quédate y diviértete.
—No. Te acompaño. No quiero estar más tiempo aquí.
—Como quieras.

Esmeralda tomó un chaquetón de lana de color marfil, que Carlos le ayudó a colocarse sobre los hombros, mientras salían a la calle. Entre tanto, Fani buscaba a Esmeralda por toda la casa hasta que la advirtieron que se había marchado con Carlos. Se asomó por la ventana y les vio caminar calle arriba.
—¿Sí?— Esmeralda respondió la llamada a su teléfono.
—…
—Fani. Ya te dije que no tenía ganas de jaleo. Y el energúmeno ese donde va no hace más que provocarlo.
—…
—No. Fani. No voy a volver.
—…
—Me voy con Carlos…
—…
—Me acompaña a casa...
—…
—Pregúntale a él— y le pasó el teléfono a Carlos.
—Dime.
—…
—No. Voy a acompañarla.
—…
—No, Fani. De momento voy a acompañarla y luego ya veremos.
—…
—Fani. No vamos a volver—, enfatizó Carlos. —Adiós—, y le pasó el teléfono a Esmeralda.
—¿Hola?
—…
—Fani, ya está bien. Además, si no hubieras invitado a Ricardo nada de esto hubiera sucedido.
—…
—Te has equivocado de plano. Tú has querido nadar entre dos aguas…, y ya ves.
—…
—Adiós.
Esmeralda colgó el teléfono, al tiempo que cogía a Carlos por el brazo.
Empezaba a refrescar y Esmeralda se pegaba más a Carlos, que le pasó el brazo por los hombros y la apretó contra su costado.
—¿Quieres que vayamos a tomar una copa?— Propuso Carlos.
—¿Así vestidos?
—¿Qué más da? Es Carnaval. Aunque si quieres nos cambiamos y nos vamos a cenar.
—Muy bien. Como quieras—, se apresuró a responder.
—¿Qué te ha dicho Fani?
—Nada. Bobadas suyas. Cree que todavía puede manipularme y no se da cuenta de que ya nos hemos hecho mayorcitas—. Y tras una pausa añadió, —No sale de su mundo. Y no me extrañaría que intentara cualquier cosa con tal de no permitir que salgamos juntos. Ella quisiera tenernos a todos a su disposición cuando le apetezca. Quiere estar contigo, por eso ha hecho que me llamaran el grupo de amigas cuando acabamos de reponer las cervezas, pero al mismo tiempo le gustaba tener a Ricardo comiendo de su mano por su dinero, y que compitierais por ella… ¡Qué cínica!

Carlos la escuchaba con admiración. La notó cambiada, con una fuerza arrolladora que nunca había demostrado. La veía altiva, segura de sí misma. La estaba observando desde un punto de vista diferente a como la había visto hasta ahora. Siempre la quiso de forma entrañable, como a una hermana, pero en esos momentos estaba sintiendo algo especial, extraordinario. Cualquier ligero contacto de sus cuerpos, en esta ocasión, le transmitía nuevas sensaciones, le estaba avivando la llama del deseo, que jamás había experimentado antes. Comenzaba a sentir curiosidad.

—Si he de ser sincero, te diré que me has sorprendido. Te he visto con decisión. Enérgica, Y eso me gusta.
—Pues espera un poco y te sorprenderás aún más.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Ya lo verás.

No tardaron en llegar a casa de Esmeralda y Carlos quiso despedirse por un rato para ir a cambiarse él también. No se lo permitió. Carlos desde niño entraba a casa de Esmeralda como a la suya propia. Con sus padres mantenía una relación excelente. La madre de Esmeralda lo recibió jubilosa y tras bromear unos momentos con el atuendo que llevaba, le preguntó cómo le iba por Madrid. Continuaban hablando cuando apareció Esmeralda. Llevaba un vestido rojo de gasa, corto, con varios volantes pequeños a partir de la cintura. Un gran escote y sobre el pecho, en la parte izquierda una flor de la misma tela. Le caía sobre los hombros su melena negra, suelta, ligeramente rizada. Una gargantilla de oro blanco con una piedra en el centro acariciaba su cuello. Su atuendo se completaba con unos zapatos de tacón alto y una cartera de mano a juego. Carlos quedó maravillado. Aquella mujer no tenía nada que ver con la niña que hacía unos meses dejó en Petrer.

—¡Estás guapísima!
—Gracias. ¿Nos vamos?
—Cuando tú quieras.
—Que os divirtáis—, les deseó la madre de Esmeralda.
—Por supuesto, mamá—, le aseguró Esmeralda mientras caminaban hacia la puerta de la calle.
Carlos le abrió la puerta y salieron fuera.

Las farolas alumbraban lánguidamente la calle. Una brisa fresca acariciaba sus rostros. Y, aquel olor peculiar que se desprendía de los árboles que jalonaban ambas aceras, tupidos de hojarasca, le trajo, a Carlos, viejos recuerdos.

El contraste de la pareja era de lo más exótico, ella con su vestido de fiesta y el con su traje de Peter Pan. Apenas andados unos pasos ella se detuvo y sacó unas llaves de su cartera de mano y las luces de un coche Citroen C4 de color negro, muy nuevo, comenzaron a parpadear. Esmeralda le abrió la puerta con galantería.

—No esperaba menos de ti—, ironizó Carlos.
—No creas que va a ser siempre así, eh.
—Por mí no habría ningún problema, no me iba a quejar.
—Por si acaso después te sabe a poco y quieres más.
—Ah. A mi me gusta que me sirvan.
—Pues la llevas clara. Esto ha sido esta vez por la novedad. Pero ya se acabó—, sentenció ella mientras se introducía en el coche.
—Bien, pues yo te serviré a ti.
—Eso me gusta más—, comentó, sentándose con decisión al volante y mostrando unas piernas largas que Carlos no se reprimía en mirar.
—Te encuentro muy cambiada, Esmeralda.
—Para bien o para mal.
Carlos no contestó, pero se recostó sobre la puerta con la mano de Esmeralda prendida de la suya, y la miró sonriente, de arriba abajo.
—¿Te has comprado el coche para ir a Valencia?
—Sí, porque así no tengo que depender de los horarios de los trenes y autobuses. Yo no tengo unos horarios claros de salida de la facultad, por lo que no podía programar los viajes con antelación, y alguna vez me he tenido que quedar en el piso hasta el día siguiente. Y, entonces mi padre me compró el coche.
—Está muy bien.
—A mí me gusta mucho, y, me lleva y me trae…

Mientras se dirigían a casa de Carlos y entre banalidades sobre el coche que se había comprado. Esmeralda observaba como éste no dejaba de mirarla. «Parece que se haya dado cuenta hoy de que soy una mujer», se dijo. «Hoy he de saber qué piensa de mí, cómo me ve y que intenciones tiene conmigo», se propuso. Esmeralda estaba enamorada de Carlos desde hacía muchos años, aunque él parecía no haberse dado cuenta, lo que le había irritado en más de una ocasión. «También es cierto que Fani me ha quitado todo protagonismo desde siempre. Pero eso se ha acabado. Si no le tengo será porque él quiera, no porque no lo haya intentado», se convenció.

Ya en casa de Carlos, éste se fue a cambiar mientras Esmeralda, hablaba distendida con sus padres, que se sintieron muy complacidos con la visita. Carlos se vistió con un traje de corte moderno, color azul marino, y una camisa de rayas verticales de colores rojo, blanco y azul. Llevaba una gargantilla de cordón de cuero con unas bolitas simulando marfil en el centro. La madre alabó el carisma de su hijo, y Esmeralda no pudo reprimir la risa ante el asombro de todos.

—Te has dejado mechones de pelo tintados de rojo—, se excusó mientras reía.
—Es cierto, Carlos, cómo te has lavado el pelo—, aseveró la madre.
—Anda, vamos. Yo te lavaré la cabeza—, casi le ordenó Esmeralda, mientras seguía riendo.
—Ah, ¿No me quedan bien los mechones?— Bromeó Carlos.
—¡Anda! Quítate eso— le reprochó su madre.

Subieron al baño, después de haberle lavado la cabeza y quitado los restos de tinte del cabello, Carlos se había sentado en un taburete. Esmeralda le secó el pelo y se colocó delante de él mientras le administraba gomina. Carlos le paso las manos por la espalda a la altura de las caderas y la acercó hacia sí. Esmeralda se dejó llevar mientras sus manos acariciaban la cabeza de Carlos, que le besó a la altura de la cintura. Esmeralda se sentó sobre sus rodillas y le besó en los labios con delicadeza. En ese mismo instante sonó el teléfono de Esmeralda. Lo mostró a Carlos con desdén, era Fani. No quiso contestar la llamada.

—¡Anda, vámonos!— Dijo Esmeralda incorporándose.
—Espera un poco… Aunque sí, será lo mejor—, reconoció Carlos, que ya la atrajo de nuevo.
—No, por favor. Vámonos—, dijo ella ruborizada. —Salgamos a dar una vuelta.

Cenaron en el restaurante italiano “Bella Vita”. El salón presentaba una decoración cuidada. En un pequeño mostrador a la entrada, el maître les recibió y les condujo a una mesa pegada a unos grandes ventanales que daban a un jardín poco alumbrado. Desde aquella mesa se podía ver la sierra del Cid, sombreada por la oscuridad de la noche y algunas luces de las casas de campo. En la mesa había un pequeño jarrón blanco con imágenes antiguas y con dos rosas rojas, sobre un mantel rojo superpuesto sobre otro de color blanco. Carlos tomó una y se la ofreció a Esmeralda, que aceptó con una sonrisa.

Les llevaron unos entrantes a base de jamón, y trocitos de queso de Mozzarella con anchoas, que dieron paso a unos platos de “espaghetti alle noci”, y una espectacular ensalada, todo ello regado por un vino tinto de Chianti. Hablaron de cómo se desenvolvía cada cual en Valencia y Madrid. Carlos le cogió la mano en varias ocasiones e intercalaban las anécdotas con sugerentes comentarios de enamorados, amenizados con miradas cómplices.

—Quería confesarte algo, Esmeralda.
—Qué…
—Que siempre he estado…
En ese instante, el molesto timbre del móvil de Esmeralda los devolvió a la realidad.
—¡Mierda! Qué te dije… Fani esta haciendo lo posible porque no estemos juntos—, comentó a Carlos sin ocultar su enfado.
—Diga—, respondió Esmeralda.
—…
—¿Ricardo?
—…
—Pero cómo que se ha encerrado en el baño con Sandra. ¿Qué ha pasado, Fani?
—…
—¿Nadie ha hecho nada por detenerlo?
—…
—No lo puedo creer. Vamos para allí, Fani. Carlos vamos a casa de Fani. Ricardo se ha vuelto loco, ha tirado por el suelo todo lo que pillaba y se ha encerrado con Sandra en el baño y no la deja salir—, pidió a Carlos.
—Y, ¿qué vamos a hacer nosotros?
—No lo sé. Intentaremos hablar con él. Sandra debe estar pasándolo muy mal. Ella siempre ha tenido miedo de Ricardo.
—Ese cabrón acabará mal, y si es el sólo…
—A qué te refieres.
—Me refiero a que no haga ningún daño a nadie más. El alcohol y las drogas lo pierden. A eso le añades el carácter tan borde que tiene…
—Tengo miedo, Carlos—, le dijo mientras se introducían en el coche.
—Oye. ¿No será una treta de Fani?
—No creo que se atreva a bromear con eso.

No tardaron en llegar a casa de Fani. El portón de la cerca estaba abierto en sus dos hojas y el camino alumbrado que parecía la pista de un aeropuerto de noche, les llevaba hasta la puerta principal de la casa. Una higuera enorme se encontraba justo al final de camino en un ensanche en el que dejaban los coches aparcados. No había nadie en la calle y la música no se escuchaba. Entraron en la casa y cuando Fani les vio se fue hasta ellos y se abrazó a Carlos, entre sollozos. Aún quedaban restos de vasos y licor esparcidos por el suelo.

—¿Dónde están?— Le preguntó Carlos.
—En el baño de la planta de arriba.
—¿Por qué ha cogido a Sandra?— Le preguntó Esmeralda, evidenciando su enfado.
—No lo sé.
—Fani te he dicho mil veces que vigiles a tu hermana. Es casi una niña.
—Yo no estaba con Ricardo en ese momento—, le respondió Fani con altivez.
—Bueno vamos a ver si podemos hablar con él—, propuso Carlos apartando ligeramente a Fani, quien se aferró a su mano. —¿No ha hablado nadie con Carlos para disuadirle de que dejara a Sandra?
—Sí. Lo hemos intentado pero no escucha a nadie—, respondió Fani.
—¡Pobre Sandra!— Se limitó a decir Esmeralda, mientras ascendían al piso de arriba.
La escalera finalizaba en un rellano amplio, en el que se encontraban los dos amigos de Ricardo. Esmeralda se fue directamente a la puerta del baño y la golpeó con fuerza.
—¡Sandra! ¡Sandra!, contéstame. ¡Sandra!— Gritó Esmeralda casi histérica.
—Ricardo, deja salir a Sandra. No hagas más estupideces—, le recriminó Carlos.
—Déjame en paz—, respondió Ricardo con voz de borracho.
—Deja salir a Sandra, ¡cabrón! ¿Qué le has hecho? ¡Sandra!— El pánico se reflejaba en el rostro desencajado de Esmeralda.
—Bien. Ya estamos todos—, balbuceó desde el interior del baño.

Los dos amigos de Ricardo que estaban en el rellano se acercaron entorno a ellos. Permanecían expectantes, pero en silencio.

—Fani es la que tendría que estar dentro—, se escuchó decir desde el interior con una voz apagada.
—De acuerdo. Abre la puerta, deja salir a Sandra y entro yo, pero abre la puerta—, le apremió Fani.
—Tú has querido ligar con Carlos. Pero, yo sé que acabarás estando en mis brazos…
—Vamos, Ricardo. Abre la puerta y me tendrás a mí.
—Claro que te voy a tener a ti, pero antes que se vayan todos los que hay contigo.
—¿Sandra se encuentra bien?— Intervino Esmeralda.
—Sandra no puede hablar está borracha.
—Eh. Ricardo. Venga déjalo ya y vámonos a la discoteca a seguir la fiesta. Esto ya es aburrido—, le gritó uno de sus amigos.
—Largaos vosotros. Yo iré después.
—Aquí hemos venido juntos y nos vamos juntos. ¡Va tío! En la discoteca hay una fiesta que nos está esperando. Vámonos.
—¡Déjame en paz! Eh, Fani, si quieres que abra la puerta haz que se vayan todos.
—De acuerdo, ya se van. Abre la puerta, estoy sola—, dijo después de unos segundos.
—No te creo.
—Y ¿cómo lo vas a saber si no abres?
—No me la juegues. No sabes de qué soy capaz.
—Si no abres llamaremos a la policía—, insinuó Esmeralda.
—Ni se os ocurra. Entonces si soy capaz de cualquier cosa.
—No llamaremos a la policía—, dijo Carlos tratando de aplacar a Ricardo. —deja que entre Fani. Los demás nos apartaremos de la puerta.

Todos se retiraron menos Fani, y Carlos, que se agazapó a su lado, donde Ricardo no pudiera verle.

La angustia que sentía Fani iba en aumento, siendo compartida por Esmeralda que lloraba en silencio. La desazón la embargaba y sus pensamientos eran cada vez más tenebrosos a medida que pasaban los minutos. El no haber escuchado aún a Sandra les hacía presagiar lo peor. Se abrió levemente el quicio de la puerta, lo justo, para comprobar que sólo estaba Fani. Abrió un poco más y la tomó de la mano introduciéndola en el baño. Fani gritó presa de pánico. Ante el grito de Fani, Carlos y los amigos de Ricardo empujaron la puerta y entraron en tropel en el baño, seguidos de Esmeralda. Ricardo retrocedió y se sentó en la taza del water. Tenía los ojos enrojecidos y excesivamente abiertos, la vista perdida. Su cuerpo flácido se apoyaba sobre el respaldo. Presentaba el rostro demacrado, un perverso conato de sonrisa parecía reflejarse en la comisura de sus labios. Fani paralizada, de pie, se cubría la boca con ambas manos. Otro grito de desesperación surgió de Esmeralda que se echó al suelo junto al cuerpo yacente de Sandra.


Sandra estaba casi desnuda. Su disfraz destrozado, las braguitas en el suelo. La cara magullada y los ojos abiertos, parecían se iban a salir de sus órbitas. Esmeralda arrulló el cuerpo inerte de aquella niña y le susurró alguna cosa que hizo que ésta se le abrazara. Los amigos arrastraron a Ricardo escaleras abajo, lo introdujeron en su coche y se lo llevaron de allí. Carlos tomó la toalla que estaba sobre el toallero y se la echó para cubrir el cuerpo de Sandra que no soltaba a Esmeralda. Ambas amigas lloraban. Fani permanecía incrédula, incapaz de reacción alguna: unas lágrimas menudas hacían que el rímel corrido desfigurase sus mejillas.