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domingo, 6 de julio de 2014

SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.


Capítulo XX



Era veinticuatro de septiembre de 2005. Amanecía. Una mañana fresca con viento húmedo de levante que soplaba sin mucha virulencia aunque balanceaba las copas de los pinos. En el campamento había una actividad superior a la de cualquier día, las personas deambulaban de un lado para otro con los semblantes serios, se ultimaría el asalto masivo a la valla de mañana. Los planes de Huffam se llevarían a cabo en tres puntos distintos del vallado. No tardarían en llegar los encargados de dirigir las turbas de desesperados para ultimar los detalles de la operación. A medida que pasaban las horas los rostros de las personas se apreciaban tensos, y le decían a Huffam: «¿Se ha suspendido la reunión?» Éste negaba animando, al mismo tiempo, a que continuaran con sus quehaceres. A poco más de las ocho de la tarde se reunieron todos los responsables del asalto, junto a Huffam e Ibrahim. Después de los correspondientes saludos, tomaron asiento en el suelo, en círculo.
––En Rostrogordo tenemos las escaleras preparadas, en varios puntos del campamento por si tuviéramos la mala suerte de que hicieran una redada— comenzó a decir su responsable. ––Estamos todos listos para el asalto, tenemos el orden de marcha establecido— señalando a cada uno de ellos con el dedo, ––cada cual sabe su cometido.
––En Monte Gurugú Este también tenemos las escaleras preparadas; de la misma forma se han distribuido en varios puntos. También allí estamos todos listos y con la lección aprendida, deseando que llegue el momento— indicó el encargado de dirigir el asalto.
––Muy bien— dijo Huffam. ––Nosotros aquí en el Oeste también estamos listos. Todo apunto. Escuchad: a las cinco y media de la madrugada iniciamos la primera avalancha, el primer grupo que haga todo el ruido que pueda una vez se encuentre a la altura de la valla. A los otros dos grupos no se les tiene que oír ni respirar, para aprovechar el factor sorpresa. Advertid a los asaltantes del primer grupo que traten de correr cuanto puedan para tener ocupados a los guardias y facilitar la segunda oleada, que la llevaremos a cabo a las seis y la tercera si se puede apenas haya pasado la segunda avalancha la primera valla, no debemos dar más tiempo porque seguramente llegarán los refuerzos— todos asintieron. ––Si en algún momento hay cualquier dificultad el responsable del grupo tomará la determinación de seguir adelante o retirarse. Es muy importante tener la cabeza fría para no poner a la gente en mayor riesgo del necesario ¿de acuerdo?— Todos confirmaron que estaban de acuerdo. Huffam propuso a continuación: ––a partir de que lleguéis a vuestros campamentos dar instrucciones para que se incremente la vigilancia en cada una de las demarcaciones por donde se vaya a descender, en varios puntos distintos, desde los que se pueda dominar los puestos fronterizos de Rostrogordo, Mariwari, Farhana, Hardú y Beni Enzar, la ciudad de Melilla y las laderas de los montes por donde nos lanzaremos al asalto. Deberán ir al menos tres vigías porque al menor movimiento digno de mención, uno de ellos ha de ir a su puesto a comunicarlo, quedando un segundo por si hubiera que hacer otro comunicado antes de la vuelta del primero.
Aceptaron todos los asistentes las instrucciones de Huffam y tras discutir pequeños detalles que cada cual creyó conveniente exponer, se levantaron de la reunión deseándose suerte y partiendo cada uno a su demarcación. Cuando quedaron solos Huffam le pidió a Ibrahim que esperara un momento.
––Ibrahim, quiero que acompañes a Rachel y Yonaida en el segundo grupo, te ruego que no las pierdas de vista, no estaré tranquilo si no les guías tú— le pidió con lágrimas en los ojos.
––Huffam tú también debes ir en el segundo grupo, debes pasar con tu familia, es lo que convinimos.
––Sí, sí, ya lo sé, que es como quedamos. Pero alguien debe coordinar a la turba. En estos casos siempre tiene que haber alguien que se sacrifique y yo puedo pasar en el tercer grupo.
––Tú y yo sabemos que el tercer grupo no pasará Huffam, y no debes sacrificarte, tú menos que nadie. Yo iré con tu familia, junto al resto de mujeres con sus niños, pero tú debes pasar en ese grupo con los hombres y muy próximo a tu mujer y tu hija. Una vez se dé la consigna de asalto olvídate de todos. Ellas es posible que necesiten más ayuda de la que yo les pueda dar.
––Tienes razón, no dejaré a mi familia. Debemos llamar a Sissé.
––Sí, será lo mejor— aceptó Ibrahim, que fue sujetado por Huffam fundiéndose en un abrazo emocionado. ––Recapacita y piensa únicamente en tu familia, Huffam–– le repitió Ibrahim.
Una vez Sissé se unió al grupo, vio a Huffam con los ojos cristalinos y miró a Ibrahim como si tuviera, éste, que darle alguna explicación.
––Sissé— le dijo Huffam que hizo un carraspeo. ––Sabes que esta madrugada intentaremos pasar la verja. Tanto Ibrahim como yo creemos que tú debes esperar otro momento para pasar, nos podrías servir de mucha ayuda en caso de complicaciones. Confío en que comprendas que para que unos alcancen el éxito otros deben arrimar el hombro y sacrificarse.
––Qué tipo de sacrificio esperáis de mí— consultó con cierta inquietud.
––Simplemente que te quedes con el grupo de apoyo— le dijo Ibrahim, tomando la palabra ––que no podrá pasar porque habrán llegado los refuerzos de la policía. En cuanto lleguen los gendarmes debéis salir hasta la valla y correr en varias direcciones para distraerlos, en caso de que no consigamos pasar todos la primera valla. No debéis dirigiros al campamento, ya tendréis tiempo de volver y reagruparos.
––Muy bien, acepto lo que me toca— les comentó con aflicción. ––Haré lo que me decís, yo he llegado hasta aquí para cruzar la verja, pero entiendo que ha de haber gente de apoyo. Os deseo mucha suerte a ambos y espero que Yonaida crezca gozando de una buena vida.
––Gracias Sissé. Sabíamos que podíamos contar contigo— le reconoció Huffam.
––Pero yo pasaré en cuanto pueda, en cuanto me sea posible—. Y les preguntó a continuación: ––¿vosotros iréis a Francia?
––No te marques metas a largo plazo, Sissé— le indicó, de nuevo, Ibrahim, ––ve paso a paso. En principio pasa la valla y procura que no te pillen. A partir de ahí decide qué y cómo hacer con tu vida.
––Será mejor que descansemos— recomendó Huffam. ––Pronto iniciaremos la vigilancia.
Una cierta tensión se palpaba en el campamento, los que habían quedado libres de la guardia estaban echados, apenas si se oía algún murmullo. Sólo el llanto de algún bebé, que su madre era incapaz de remediar, interrumpía aquel escalofriante y extraño silencio. Hacía frío. Aunque los ocupantes del campamento parecían no advertirlo, o quizá era la misma inquietud por lo que se avecinaba. A las once de la noche no había regresado anticipadamente ningún vigía, por lo que se deducía que había tranquilidad en el perímetro fronterizo.
A las tres de la madrugada una horda de subsaharianos, un crisol de nacionalidades se encaminaba en silencio monte abajo. Algunas nubes y una media luna que apenas alumbraba parecía haberse aliado con ellos, haciendo más profunda aquella oscuridad. Abrigados, cada uno, en la medida de sus posibilidades, porque el frío se dejaba notar y un rocío que calaba los huesos lo acrecentaba, se pusieron en marcha. A los pocos minutos estaban viendo el puesto fronterizo de Mariwary. Las madres procurando que los niños no emitieran gritos ni llantos que pudieran alertar a las policías de Marruecos y España. Sobre las cuatro de la madrugada estaban situados en una zona previa a la que ocuparían antes de lanzarse en tromba el primer grupo. Los relojes marcaron las cinco menos cuarto de la mañana y el primer grupo ya había tomado posiciones para su avalancha, entre tanto a las mamás les estaban sujetando con seguridad a sus hijos a la espalda, adormilados. Al mismo tiempo les cubrían la boca con pañuelos o harapos, casi todos ellos mugrientos, para minimizar cualquier sonido estridente que pudieran emitir y alertar a los somnolientos vigilantes. En estos momentos todos estaban inmóviles, siquiera pestañear podían, era tal la tensión acumulada que todos permanecían pendientes, únicamente, de la señal para lanzarse el primer grupo. Alrededor de cien personas cargados con las escaleras, que dejarían colocadas sobre la verja para ser utilizadas por el segundo y tercer grupos, y tratar a continuación de distraer a las policías. Eran las cinco de la mañana, Huffam bajó el brazo que llevaba algunos segundos alzado. Un gentío se lanzó desesperado hacia la verja de la libertad, de la ilusión contenida tanto tiempo, la que les separaba del futuro soñado entre un griterío que pronto alertó a las policías de Marruecos y España. Huffam e Ibrahim cruzaron sus miradas, lamentaron la prontitud con la que habían alertado a las policías marroquíes y españolas. Sissé que se encontraba unos metros más arriba vio como se miraron los dos, comprendiendo su silencio.
Todos los que quedaron en el monte, bajo los pinos, contenían la respiración mientras observaban a sus compañeros y los movimientos de los policías de ambos lados, que habían reaccionado con relativa rapidez. Una vez hubieron llegado a la valla de espinos, colocaron las escaleras en la primera de ellas, algunas otras las lanzaron al pasillo que había entre las dos vallas para que fueran colocadas sobre la que continuaba por los de la segunda avalancha. Se comenzó a escuchar sirenas, cada vez con mayor intensidad. Algunos de los primeros asaltantes ya estaban en la segunda barrera de espinos, otros ascendiendo por las escaleras, desoyendo la consigna dada; la mayoría provocando a los policías para que los siguieran. Se veía el resplandor de las luces de los faros de los todo-terrenos de la Guardia Civil aumentar de intensidad, junto a la iluminación alterna de las luces de alarma de los coches patrulla. Habían actuado con rapidez, como tenían previsto. Al mismo tiempo, se estaba produciendo el desconcierto de las policías en tres puntos distintos de la verja que, experimentaron similares movimientos policiales, pero sin poder ir en apoyo unos de otros. Los primeros intrépidos, aprovechando la coyuntura, ya estaban dentro de Europa, la mayoría de los asaltantes corriendo delante de los vehículos policiales, que parecían dudar. Un conato de enfrentamiento con la gendarmería marroquí, hizo que éstos se aprestaran a perseguir a los intrusos que se habían atrevido a enfrentarse a ellos. Trataban de evitar la huida hacia los montes de aquellos desarrapados, donde sabían que tenían pocas posibilidades de capturarlos. Una nueva señal de Huffam a la media hora exacta y la segunda oleada se precipitó sobre la verja, el monte parecía no terminar de vomitar harapientos subsaharianos que se estrellaban contra la verja, desguarnecida de policías, que aguantaba erguida a duras penas. Sissé observaba con atención la carrera de la horda que se había lanzado desesperada, especialmente a Rachel con Yonaida, protegidas por Huffam a un lado e Ibrahim al otro, conteniendo la respiración. Las rudimentarias escaleras, fieles aliadas de la miseria, de la desesperación y la ilusión de los desdichados que ahora sí veían cerca la posibilidad de alcanzar su sueño, aguantaban los empellones de los asaltantes. En varios puntos no resistió la valla el ímpetu de los asaltantes y se desmoronó, en connivencia con los desdichados, facilitando aún más su paso. La Guardia Civil observaba atónita como la segunda avalancha casi había conseguido entrar en su territorio, mientras tanto, un trepidante griterío se mezcló con el sonido, cada vez más multitudinario de las sirenas de los gendarmes marroquíes que hacían desistir a los más rezagados, lo que hizo que se lanzara la tercera avalancha encargada de distraerlos, corrían en todas direcciones siguiendo las instrucciones recibidas. Algunos de ellos se olvidaron de correr para distraer a los gendarmes y se encaramaron a la valla. Sissé ya no pudo ver si habían conseguido pasar la verja sus amigos, corría delante de los pocos gendarmes que quedaban, perdiéndose entre la arboleda. En la otra parte, empezaban a llegar los refuerzos de la Policía Nacional y Local que reprimían con fuerza a parte de la tercera avalancha, aunque muchos ya habían conseguido entrar en territorio español. Ibrahim que ayudó a Rachel y Yonaida ––que todavía continuaba atada a la espalda de su madre— les observa desde unos vehículos aparcados en la calle que había entre el ensanche tras la valla y el Barrio Chino. Permanecían sentadas en el suelo abrazadas a Huffam, que había resultado herido en una pierna con un corte profundo que le sangraba abundantemente, producido por una concertina de la verja. Observaban con cierta tensión las carreras de unos y otros. Un policía local se quedó custodiando a la familia ayudando a taponarle la herida a Huffam. Una vez hubo comprobado Ibrahím que la familia de su amigo, su familia, estaba a salvo desapareció entre las callejuelas apartándose de donde oía que había movimiento de vehículos o de policías. Hizo uso, ahora más que nunca, de su destreza para escabullirse, con el máximo sigilo y muy atento a cualquier movimiento o sonido delante de él. Escuchaba infinidad de sirenas, provenientes de la población, que se acercaban rápidamente hacia la zona vallada. Las sirenas enloquecidas delataron que los vehículos policiales se desplazaban a gran velocidad de un lado a otro de la ciudad. Se les unieron las sirenas de las ambulancias que trataban de socorrer a los heridos, entre los que había algún guardia, lo que demostraba el desconcierto que se había originado en las fuerzas de seguridad. Esto satisfizo enormemente a Ibrahim que esbozó una sonrisa y se adentró en la población de Melilla. Se encaminó hacia la zona de la playa, opuesta a la del conflicto. Trató de aprovechar lo que quedaba de oscuridad para alcanzar la orilla del mar y ocultarse en una zona de rocas hasta que se calmara la situación.
Estaba amaneciendo y había despejado, se veía un manto de estrellas en el infinito que comenzaba a difuminarse y el sol parecía que luciría radiante, al menos para todos los infortunados que, habían dejado de serlo, aunque desconocían por cuánto tiempo. Muchos lloraban de alegría, a pesar de saber que a la mayoría les entregarían una orden de expulsión. Al mismo tiempo se sentían esperanzados con que su caso fuera atendido satisfactoriamente. Fueron llevados al C.E.T.I. (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes), donde apartaron a los heridos que les dejaron a la puerta de la enfermería para una primera valoración. El resto quedó en una explanada, ante unos barracones ya saturados. Huffam desde su posición, calculó que habrían allí alrededor de las trescientas personas. Una enorme satisfacción se le declaraba en su rostro. Desconocía cuantos habrían podido esconderse por la ciudad, pero estaba convencido de que el plan de Ibrahim había tenido éxito.
––La operación ha sido un éxito––, dijo reconfortado y sonriente, abrazado a su mujer y su hija.
Su mirada le delataba feliz, continuaba abrazado a su familia, que se encontraba perfectamente. «Ibrahim tenía razón, no me hubiera perdonado no estar aquí con ellas» le surgió un recuerdo espontáneo. Tenían a su lado un ejemplo vivo de la desolación que podría haber vivido. Una mujer nigeriana con su niña en brazos no había corrido la misma suerte. En el asalto a la valla se produjo dos heridas profundas por las cuchillas, una en el muslo y otra en la mano. Con un jirón que hizo de su vestido, Hufamm había cerrado la herida de la pierna para que no sangrara tan abundantemente, hasta que llegaran los sanitarios a atenderla, con la de la mano hizo lo mismo. Para mayor desdicha de esta mujer, su marido se había quedado a la otra parte de la verja, cayó al suelo y cuando quiso reincorporarse al grupo tenía a los gendarmes con él. No sabía la suerte que había podido correr. Ibrahim permanecía en los pensamientos de Huffam.
«Es un gran estratega» se dijo a sí mismo. «el plan que diseñó ha sido perfecto. Ha tenido las ideas muy claras» se felicitaba. «¿Qué habrá sido de él? ¿Habrá burlado la persecución de la policía? Cuánto deseo saber de ese hombre. Aunque mejor será para él que no tengamos noticias suyas» se convenció.
La niña nigeriana le tocaba la cabeza con su manecita y le devolvió a la realidad, jugaba con ella haciéndole cosquillas y carantoñas, con el placebo de la madre, quien le pasó la mano por el hombro y acercándolo para sí le besó en la mejilla, al tiempo que le dijo: ––Gracias––. Ambos se sintieron embargados por la emoción, a los que se unió Rachel. Todos ellos se limpiaron los ojos con el dorso de la mano ante la aparición inexorable de las lágrimas y bajo la atenta mirada de las dos niñas. El dolor de sus heridas había pasado a un segundo plano. La mujer nigeriana le contó a Huffam que lo que más le preocupaba era el infortunio de su marido.
Un olor a salitre satisfacía a los allí congregados aquella mañana. Habían quedado los asaltantes identificados en el centro, en número aproximado a doscientos cincuenta, casi todos heridos. Huffam advirtió que había menguado considerablemente el número de personas, sin saber dónde podían haber ido a parar. De una gran cantidad de ellos desconocían su nacionalidad, por lo que no podrían expulsarles con la agilidad deseada. Les tenían a la intemperie, con un sol de justicia, mitigado por una brisa agradable que les refrescaba, porque los barracones estaban saturados de “sin papeles” pendientes de expulsión.

En los campamentos de inmigrantes comenzaron a reagruparse alrededor del medio día, cuando se aseguraron que ya no les seguían y se felicitaban por el éxito de la operación. En el monte Gurugú, Sissé, se abrazó con algunos de los que no habían conseguido pasar y se pudieron librar de los gendarmes. También se abrazaban los del grupo de apoyo en el que él había formado parte. Uno de los veteranos apuntó que deberían intentarlo de nuevo esa misma noche.
––Debemos intentarlo de nuevo, esta misma noche, lanzarnos si cabe con más virulencia. La valla está en el suelo en muchos tramos y no tendremos otra oportunidad como ésta— enfatizaba.
Sissé se adhirió al planteamiento.
––Tiene razón, quizá no tengamos otra oportunidad como ésta. No deberíamos darles respiro, ni tiempo para las reparaciones. Creo que deberíamos hacerlo saber al resto de campamentos para que se coordine el asalto como esta madrugada, que tan buen resultado ha dado.
Todos jalearon la propuesta y decidieron llevarla a cabo esa misma noche, a las diez. No esperarían a la madrugada.
––Un nuevo asalto masivo con la misma cadencia que el perpetrado en el amanecer–– propuso Sissé.
Decidieron enviar a un emisario a cada campamento para ponerles al corriente de las decisiones adoptadas. Se afanaban todos por preparar otras tantas escaleras, tan rudimentarias como las primeras pero que habían dado un resultado tan increíble como eficaz.
Se echó la noche encima. Los inmigrantes en menor número que esa mañana, dispuestos en los mismos puntos que sus antecesores, a cuestas varios centenares de escaleras y cargados con tanta o más ilusión que sus compañeros matutinos ––qué otra cosa podían cargar— se aproximaron demasiado a la valla que estaba fuertemente vigilada, pero ya todo les daba igual. Sissé, estaba tenso, concentrado en aquello que iban a hacer y que les podía reportar grandes riesgos. No quería ni pensar en la posibilidad de padecer un infortunio. Dio un repaso vertiginoso de su vida en Sikasso, su estancia en Ségou, su relación con Aicha. No sabía si habría nacido su bebé. «Qué esperanza de vida les aguardaba allí. Qué futuro iba a tener él, o el que podía esperar darle a sus descendientes, si cuando llegaba una sequía, que muchas veces, parecían eternas lo destruía todo» pensaba. «Si llovía lo hacía con tal intensidad que la tierra era incapaz de absorber aquella cantidad de agua a las que se les unía las inundaciones de los ríos, desolando, de nuevo, todas las poblaciones ribereñas. Y, si no era suficiente llegaba una maldita plaga de langosta, como la del mes de julio del año pasado, quedando contemplando como los “animalitos” comían mientras ellos no tenían qué llevarse a la boca» se decía. Se convenció de que había tenido mala suerte con haber nacido en uno de los países más pobres del planeta, a pesar de la pasión que siempre despertó su patriotismo. Sissé era un convencido de que daría su vida por Malí, si fuera necesario; pero al mismo tiempo consciente de que él no podía resolver las carencias sufridas por su País, incluso las de su misma familia. De ahí sus ansias por llegar a Francia y «gozar, aunque fuera míseramente, de la opulencia de las tierras de Europa, en las que de hambre no se muere» se animaba a sí mismo. «Tierra de infinidad de oportunidades, en donde el color negro no huele a escarnio...»
Un aviso de atención le devolvió a la realidad del momento. Observó a un lado y otro y vio como los rostros de sus compañeros estaban tan tensos como el suyo. Su concentración era máxima, conocedores de lo que se jugaban. Como dijeran esa misma mañana ––quizá no tengamos otra oportunidad––. Estaba habiendo en esos momentos un cambio de guardia y al poco rato la zona fronteriza se relajó un tanto, ya no había tantos policías en ninguno de los dos lados. «Ahora podría ser un buen momento» pensó Sissé. Posiblemente todos estuvieran pensando lo mismo. Un recuerdo fugaz de Aicha invadió sus pensamientos, de forma instantánea. Al mismo tiempo sintió un miedo cerval ante el recuerdo de aquella mujer. Pensó en la posibilidad de padecer un accidente que le imposibilitara conseguir su meta y eso le azoró. Creía tener los músculos entumecidos, agarrotados. Era consciente de que el momento había llegado y temía por no tener la agilidad suficiente para correr y saltar la verja...
Por fin la señal establecida acabó con sus prejuicios, eran las diez y tres minutos de la noche cuando se lanzaron en tropel sobre la verja. Sus miedos y añoranzas se quedaron petrificados en los roquedos del monte que les escondía. En esa ocasión la gendarmería marroquí había establecido un dispositivo que actuó con extrema rapidez persiguiendo a los indocumentados, algunos se enfrentaron a ellos, lo que permitió a Sissé junto a otros compañeros alcanzar las alambradas de espinos, arrasaron cuanto les quedaba delante de ellos, la Guardia Civil, apoyada por la Policía Nacional, en la zona española, se vieron desbordados ante la magnitud de la avalancha, a pesar de la utilización de material antidisturbios. Sissé pasó a blincos la valla que ya estaba en el suelo. Un pie quedó atrapado entre los alambres haciéndole caer, notó un fuerte pinchazo en el muslo, que no le privó de seguir corriendo. De nuevo un griterío escalofriante se confundía con el sonar de sirenas por todas partes, también al otro lado de la verja se luchaba casi cuerpo a cuerpo a pesar de la desconsiderada diferencia de fuerzas. Los que habían conseguido pasar corrían desesperados hacia la población, siendo neutralizados por las fuerzas de seguridad que actuaron diligentemente. Sissé junto a otros muchos afortunados contemplaba el dantesco espectáculo que tenían ante sus ojos. Mientras unos cuantos policías locales custodiaba al grupo de asaltantes que se encontraba en suelo español, el resto de fuerzas corrieron en ayuda de sus compañeros junto a la verja, mucho más deteriorada que esa misma mañana. Tras la valla varios cuerpos tendidos de heridos que necesitaban ayuda. En las alambradas habían quedado atrapados varios intrépidos que no pudieron zafarse de la trampa de los espinos ni las cuchillas. Ambulancias y personal sanitario comenzaron a acudir en ayuda de los heridos. Varias dotaciones de bomberos se personaron para descolgar a los que habían quedado atrapados sobre la valla.

Por momentos se iba haciendo la calma en todo el perímetro fronterizo, aunque no bajaba la tensión en previsión de que pudieran repetirse las avalanchas. Tanto las fuerzas auxiliares marroquíes en su parte, como las fuerzas españolas en la suya, patrullaban atentas a cualquier movimiento hostil que se pudiera reproducir. Acumularon gran cantidad de efectivos, reforzados por unidades del ejército, por si fueran necesarios. Los servicios sanitarios atendían a los heridos, como buenamente podían. Sissé estaba siendo sujetado por el brazo por un sanitario de Cruz Roja, intentaba éste zafarse, al tiempo que el sanitario le señalaba la pierna, tenía una herida producida por una concertina de la alambrada, un corte por encima de la rodilla de unos diez centímetros de largo en sentido ascendente y algo profundo que estaba sangrando abundantemente. Sissé no se había percatado de la importancia de la herida, recordó el pinchazo cuando calló sobre la alambrada. Estaba absorto por la suerte esquiva de algunos compañeros, maltrechos sus cuerpos verdaderamente. Sissé no cesaba de mirar hacía el monte que parecía desierto. «¿Qué está pasando?» se preguntaba. Cuando de momento una nueva y masiva avalancha se vino sobre la verja que ya no estaba para muchos embates. Sólo las fuerzas de seguridad de ambas partes garantizaban a duras penas la inviolabilidad de sus territorios. De nuevo el estrépito de los desesperados se mezclaba con el sonar incesante de sirenas de todo tipo. De aquel tropel consiguió entrar un pequeño número de personas en territorio hispano. Gran cantidad de cuerpos esparcidos por todas partes yacían tanto en territorio marroquí como entre las dos verjas de la frontera española, que había sido profanada por segunda vez el mismo día.
Con ayuda, Sissé, fue conducido hasta una ambulancia donde le curaron. Varias mujeres también habían pasado en esta ocasión, con sus niños a la espalda igualmente sujetos que los de sus predecesoras, con suerte desigual, alguna de ellas había resultado herida de consideración.
Por la mañana se encontraban en las dependencias de la policía en el C.E.T.I. esperando para ser identificados. Sissé llevaba un vendaje aparatoso de rodilla para arriba, la pernera del pantalón cortada y sentado en el suelo; salvo la inmovilidad que le producía el apósito no tenía dificultad para caminar, la herida parecía que curaba bien. Una vez despachado el asunto de las identificaciones estando paseando por el recinto del C.E.T.I., se encontró con Huffam, su mujer Rachel y su niña Yonaida, a la que se abrazó con verdadera pasión. Junto a ellos continuaba la mujer nigeriana y su niña, que había quedado su marido al otro lado de la verja, a quien también saludó.
La emoción que les produjo el encuentro a todos les hizo correr las lágrimas, se abrazaron siendo incapaces de pronunciar una sola palabra, ante el asombro de Yonaida que observaba con ingenuo descaro a sus padres y Sissé.
––Te has decidido a saltar, ¿eh?— Por fin dijo Huffam.
––Sí, así es. Se me presentó la oportunidad y no quise desaprovecharla, Huffam. ¿Tú también has resultado herido?
––Sí, pero no es de mucha importancia.
––Vosotras estáis bien. No habéis sufrido daño alguno— se dirigió a Rachel.
––Gracias a Ibrahim, Sissé. Es un hombre formidable. El se cortó en la mano con una de las cuchillas para que yo no sufriera daño alguno. Siempre le estaremos agradecidas.
––¿Sabéis dónde está?— Les consultó Sissé.
––No–– respondió Huffam. ––Cuando se cercioró de que estábamos a salvo se marchó. Desapareció literalmente por entre los vehículos que habían aparcados, y aquí en el C.E.T.I. no está. Verdaderamente es extraordinario y le deseo mucha suerte— añadió Huffam.
––Ha sido fantástico Huffam. No les cogimos por sorpresa y reaccionaron rápido pero ante el ímpetu nuestro se vieron incapaces de pararnos, cuando quisieron darse cuenta estábamos dentro.
––Os dejamos el camino allanado por la mañana, la verja en el suelo y los policías pasmados, a los que no les había desaparecido la cara de tontos— todos rieron el comentario.
––Nosotros lo tuvimos algo más crudo— confirmó Sissé, ––los gendarmes marroquíes se lanzaron a por nosotros como fieras ávidas de sangre. Algunos de los nuestros se enfrentaron a ellos con decisión, lo que permitió que otros pasáramos. Ahora veremos que nos espera.
––Aquí los comentarios que se escuchan son nada halagüeños, dicen que casi todos son expulsados, sin tener en cuenta el estatus de refugiados, en muchas ocasiones. Ah, y nosotros hemos tenido suerte de que hemos pasado tantos, hay quien dice que cuando son pocos los que lo consiguen han sido devueltos a Marruecos desde la misma valla, por las puertas de servicio, sin comprobar nada ni informar de nada— se lamentó Huffam. ––¿Es muy profunda la herida?
––No está mal. Pero nada comparada con las de otros compañeros que incluso han tenido que ser hospitalizados. Quedaron enganchados en la valla y con las carnes desgarradas. Les rescataron los bomberos.
Un gesto de horror se apreció en los rostros de Raquel y la mujer nigeriana que estaba con ellos.
––Siempre tenemos que pagar un precio alto por nuestra osadía. ¿Cómo fue haceros el ánimo de pasar esa misma noche, después de lo que les habíamos dado en la madrugada?
––Pues precisamente por eso. Cuando sobre mediodía empezamos a reunirnos en el campamento uno de los que no consiguió pasar comentó la posibilidad de intentarlo de nuevo. Yo pensé que podía tener razón y así lo expuse, dije: ––estando las vallas rotas, en el suelo en muchos tramos, deberíamos intentarlo, quizá no tengamos otra oportunidad y asintieron todos y enviamos a emisarios a los demás campamentos, que, por supuesto, se unieron a la idea. Supongo que habrán hecho lo mismo y se habrán lanzado al asalto, como convinimos.
––No sé si fuisteis muy aguerridos o muy vehementes. Pero sea como fuere me alegro de que estés aquí con nosotros, Sissé.
––Gracias, Huffam. Los aguerridos fueron aquellos que se enfrentaron a los gendarmes. Aquellos nos dieron una lección de abnegación importante.
––Sin duda alguna.
Sissé estaba eufórico. Sacó el móvil del bolsillo e hizo una llamada a Aicha, al tiempo que se apartaba un tanto de donde estaban sus amigos.
––Hola, amor mío–– le dijo emocionado. ¡Estoy en España!
––¡Ay!–– Gritó Aicha, siguiendo con un llanto incontenible.
––He conseguido entrar en Melilla.
––¿Cuando ha sido? ¿Cómo estás?–– Llegó a decir balbuciendo las palabras.
––Anoche pudimos entrar. Y, sí, estoy muy bien. Estoy muy emocionado, Aicha. Ya nos va quedando menos.
––Yo también estoy muy emocionada...
Tú ¿Cómo te encuentras?
Bien Sissé. Yo estoy bien.
¿Has tenido al bebé? — preguntó Sissé, entre un carraspeo.
No, aún no. Estoy esperando a que nazca cualquier día.
Por favor, avísame cuando eso suceda.
Te llamaré, Sissé.
––Escucha, luego te llamaré y hablaremos algo más. He de llamar a mis padres y a Conrad y Asshiá. Se alegraran muchísimo. Adios, Aicha. Hasta luego. Muchos besos. Y di a los amigos que me acuerdo mucho de ellos.
A continuación hizo lo mismo informando a sus padres del éxito conseguido, anunciándoles que iba a llamar a Conrad y Asshiá, para informarles igualmente. Una breve llamada a Mossa para que transmitiera la buena nueva a Conrad y Asshiá, le tranquilizó sabiendo de la alegría que el matrimonio sentiría de saber de él. Una última llamada puso al corriente a Maharafa.
––Hola, Maharafa ¿cómo estás?
––¡Hola Sissé! Qué alegría saber de ti. ¿Cómo estas tú?
––Muy bien. Muy bien. ¿Y tú?
––Yo también estoy muy bien. ¿Dónde te encuentras?
––En Melilla, Maharafa–– le dijo con énfasis.
––Cuanto que me alegro, Sissé. Espero que a partir de ahora tengas mucha suerte.
––Gracias. Muchas gracias, Maharafa. Sé que lo dices de corazón.
––No lo dudes, Sissé. No lo dudes.

––Maharafa, lo siento he de dejarte, nos están requiriendo otra vez. Te llamaré apenas pueda y continuaremos la conversación. Adiós, un beso muy fuerte.

miércoles, 2 de julio de 2014

SUBSAHAARIANO..., a las puertas del paraíso.


Capítulo XIX



Se encaminó hacia el monte de donde no tenía que haber bajado. Se lamentaba de no haber hecho caso a Huffam e Ibrahim. Ahora ya era tarde. Estaba oscureciendo cuando llegó al campamento; Huffam tenía en brazos a Yonaida, que reía ante las caricias y el juego con su padre. Rachel estaba calentando en una olla unos nabos y un poco de arroz que consiguió pidiendo comida en la aldea de Frekhana. Hoy sería una fiesta. Muchos días calentaba el agua con tubérculos y raíces del monte para poder darle al menos a la niña algo que le calentara el estómago. Dejó Huffam a la niña en el suelo, a la vista de Sissé magullado y maltrecho.
––¿Qué te ha sucedido?— Le preguntó Huffam.
––Me han robado y me han golpeado.
––Fuiste muy insensato. Te advertimos que no fueras.
––Pero no me dijisteis que estaban robando a los que intentaban pasar la frontera.
––¿Nos hubieras hecho caso? ¿Qué habrías pensado de haberte dicho que corrías ese peligro?— Le preguntó. Y sin darle tiempo a responder, ––hubieras pensado que no teníamos intenciones de ayudarte, o a saber qué se hubiera pasado por tu cabeza.
Sissé asintió con la cabeza admitiendo los comentarios de Huffam.
––Estuve a punto de ir a denunciarles a la policía… Pero me dí cuenta a tiempo, creo.
––Pues sí. Afortunadamente reaccionaste bien, de no haberlo hecho así ahora estarías más dolorido todavía tirado en alguna celda, en el mejor de los casos.
––Mañana compraremos leche para la pequeña Yonaida.
––No te voy a decir que no, Sissé, máxime cuando mi niña tiene hambre. Pero no sólo mi pequeña hay tres niños más que también están teniendo dificultades.
––Muy bien traeremos leche para todos ellos y agua— propuso Sissé. ––Antes de que me lo roben nos lo comemos nosotros. Ah, y antes de hacer nada por mi cuenta os lo comentaré y haré lo que me digáis.
––Sissé vete a descansar, mañana te reincorporarás a la rutina del campamento— le propuso Huffam.
––¿Dónde está Ibrahim?
––Está observando los movimientos de los guardias.
Sissé, taciturno, movió la cabeza asintiendo al tiempo que recogía su equipaje con una mano y levantó la otra como despidiéndose de Huffam. Todos los allí presentes permanecieron en silencio, observando como Sissé se alejaba. No era una situación nueva para todos ellos, en alguna ocasión algún que otro inmigrante había sufrido igual o parecido incidente. Aunque parecían admitir los lugareños la presencia de estas personas en sus aledaños, realmente no los soportaban, aflorando los más viles sentimientos humanos. Otras veces no les había movido más que la intención de robarles, como presas fáciles que eran. En alguna ocasión alguien de los acampados propuso ir en grupo a vengar a algún apaleado, habiendo sido convencidos por el resto de no hacerlo porque provocaría una reacción más violenta de sus compatriotas e incluso de los gendarmes marroquíes y eso si sería mucho más peligroso para sus esperanzas y sobre todo para sus vidas.
Se echó la noche encima y había refrescado considerablemente. Sissé se recostó bajo el chamizo que hiciera por la mañana, estaba apesadumbrado. Pensando una y otra vez cómo le había podido pasar a él que le robaran tanto dinero, con el esfuerzo que hicieron tantas personas para que él pudiera financiarse el viaje. Un recuerdo especial de Conrad y Assihá, se instaló en su mente, «les he fallado, no permitieron que les diera dinero mientras estuve con ellos y se los he puesto en bandeja a esos delincuentes» se dijo. Aún no se explicaba como pudo pecar de ingenuo de esa manera, habiendo estado hábil en varias ocasiones anteriores y en ésta haberse descuidado de esa forma.
Ibrahim se acercó y le llamó.
––¡Sissé! ¡Sissé!
––Sí. Voy Ibrahim.
––No hace falta que te levantes. ¿Estás bien?–– Le preguntó al tiempo que llegó a su altura.
––Sí. Sí, estoy bien, algo magullado, pero bien— admitió Sissé.
––¿Qué te ha sucedido?
––Me han robado, y algunos golpes sin importancia.
––Estarás dolorido.
––No Ibrahim. Bueno, sí estoy muy dolorido, pero lo que más me duele no son los golpes. Es lo ingenuo y lo imprudente que he sido. Primero por no atender a vuestras recomendaciones y después por mostrar el dinero a esos cuatro cerdos, sin haber conseguido la conformidad del taxista.
––Bien, no te lamentes por algo que has hecho mal y ya no puedes remediar. Debes estar contento porque no te ha sucedido algo peor. Sissé espero que te haya servido de lección.
––Confío en que así sea. Porque en todo el viaje he estado muy atento y en esta ocasión…, no sé en qué estaba pensando.
––Pues es muy fácil. Te has visto en España. Y no has valorado el peligro que corrías con esa gente, que por otra parte, Sissé, algunos están viviendo a costa de nosotros.
––¿Sabes? No nos pueden ver. Mientras me golpeaban me decían ¡negro de mierda!, ¡vete de aquí negro apestoso!, ¡sólo sois escoria!.
––¿Cómo has viajado hasta aquí, Sissé?
––Pues en camión y en barco¾ respondió. Tras una pausa añadió: ¾ me ayudaron mucho varias personas. Sobre todo un matrimonio Tuareg, en Tessalit, con quienes conviví sobre los siete meses en los que me trataron como a un hijo, y no te exagero Ibrahim..., y ahora les he fallado.
––Eso explica muchas cosas.
––¿Qué quieres decir?
––Pues que no has tenido ocasión de comprobar la maldad, la perversidad de las personas. Te ha sido fácil alcanzar tus objetivos. No has sufrido ningún percance serio en tu viaje. El desierto lo has atravesado en camión ¿no es así?
––Pues sí.
––Y seguramente es la primera vez que te apartas de tu familia, que viajas solo.
––Pues sí, así es. Pero ¿qué quieres decir con eso, Ibrahim?
––Que no te ha vapuleado la vida, Sissé. Que no te ha vapuleado— le comentó en tono quejumbroso.
––¿Tanto te ha golpeado a ti?— Le inquirió con cierto desdén.
Le miró con aquella mirada ruda, penetrante, que le hiciera sentir un escalofrío en el momento que le conoció, aunque sin ocultar cierta compasión.

––Más de lo que podrías imaginar, Sissé¾. Hizo una pausa y tragó saliva. ––Yo fui secuestrado en el año 1998 por un grupo armado. Tenía trece años. En mi familia vivíamos con mucha miseria, pero felices, muy felices, en una aldea junto al poblado de Kihindo, ribereño en el lago Kivu. Crecí junto a mis hermanos al amparo de una frondosa selva en la que vivía una colonia de gorilas compartiendo el entorno, no sé si aún existirán o habrán buscado otro paraje para vivir...; era una selva verdaderamente maravillosa, bellísima–– enfatizó. ––El lago estaba situado a mil quinientos metros de altura y tenía una superficie de unos dos mil setecientos kilómetros cuadrados y una profundidad de más de cuatrocientos metros. Decían que era peligroso porque se encontraba rodeado de volcanes y su subsuelo era una bolsa de metano, pero allí nos hemos bañado durante años, hemos comido de sus peces… Hoy no viviría allí por todo el oro del mundo. Al lago Kivu arrojaron miles de cadáveres, víctimas del genocidio— comentó, mientras se le cristalizaban los ojos y tomaba asiento al lado de Sissé. ––Un día que amaneció con niebla no excesivamente densa, mi padre y yo nos quedamos en la aldea esperando que levantara para salir a cazar, teníamos todo preparado, cuando oímos el rugir de motores. Surgieron de entre la espesura un camión y tres todo-terrenos, que se abrieron y cubrieron casi toda la explanada que quedaba delante de las casas. Se bajaron gritando de los vehículos, todavía en marcha, y se pusieron a disparar como locos, primero a todos los hombres y a unos cuantos ancianos, muertos todos impunemente. Después a las mujeres y las niñas; una vez muertas las violaron y las machetearon. A continuación dejaron sus cuerpos esparcidos por todas partes. Mientras los siete niños quedamos petrificados del horror, llorando, todos excepto uno que no pudo llorar y por eso también le mataron. Los otros seis fuimos acorralados, apuntándonos con sus fusiles; había varios chicos jóvenes entre ellos, después supe que eran niños soldados como nosotros.
-¿Cómo, tú eres un niño soldado? - Barboteó Sissé las palabras.
-Sí, Sissé. Yo soy un niños soldado…, ¡o lo que queda de él!-, se lamentó Ibrahim. Y continuó diciendo: -entre sus jefes y unos cuantos más fueron rematando los cuerpos que yacían en el suelo, tanto los que gemían como los que no. Todos fueron rematados. Dos de los milicianos a indicación del jefe del grupo violaron los cuerpos ensangrentados de mi madre y otra mujer que yacían inertes en el suelo. Un manto verde bellísimo, entonces, se teñía miserablemente, por momentos, de rojo. Ninguno de los niños fuimos capaces de derramar una lágrima más ante aquel horrendo espectáculo. Los otros milicianos entraron en las casas y las saquearon, bebieron “araque” hasta la saciedad, lo elaborábamos nosotros mismos, y cargaron en el camión lo que no se pudieron beber. Yo no podía dejar de mirar los cuerpos de mi padre, mi madre y mis dos hermanas yacentes, desangrándose… En un momento el jefe del grupo nos obligó a cada uno de nosotros a limpiar los cuerpos de sangre de nuestras madres y hermanas, primero con hierbas y posteriormente con la lengua entre risas y burlas. A mí me apartó del cuerpo de mi hermana más pequeña ––sólo tenía tres años–– de una patada, y le pasó él mismo la lengua por su pequeño cuerpo, recreándose en las partes más íntimas… ¡Fue horrible!— Relataba Ibrahim, con la mirada fija en el infinito, mientras unas lágrimas surcaban veloces su rostro irremisiblemente. ––Juré que les vengaría. Aquel cabrón no viviría para contarlo. Después de arrojar los cuerpos al lago, a los seis muchachos nos subieron al camión y nos llevaron al campamento de Mushaqui, hacia el Norte, en una zona montañosa desde donde podíamos pasar sin dificultad la frontera de Uganda. Allí estábamos más de dos mil niños y niñas que sufrimos toda clase de vejaciones y de castigos. Nos obligaban a beber y drogarnos, incluso a violar a las niñas que estaban en el campamento para servir a los soldados. Todo aquello, nos decían, era para fortalecer nuestro espíritu y combatir al ejército regular. Allí supe que estábamos en guerra los tutsi y los hutu. Teníamos que preparar brebajes con hierbas, con los que debíamos hacer conjuros porque cómo niños éramos puros. ¡Puros…! Al poco tiempo nos separaron a los seis chicos, ya no he sabido nada de ninguno de ellos. Hicimos incursiones tanto en Uganda como en nuestro País, siempre en aldeas indefensas, donde la gente era incapaz de reaccionar, no corrían mejor suerte que las de mi poblado; y nos obligaban a violar a mujeres y niñas, para después dispararles. Si no lo hacías te disparaban ellos. Sabes qué es lo más cruel de todo esto… — hizo una pausa —que llegó un momento en que disfrutábamos haciendo estas cosas. Ahora cuando me acuerdo... En el tiempo que estuve con el grupo, en dos años, vi asesinar a tres chicos que no tendrían más de doce años, por ser incapaces de disparar ellos a unas niñas que habían violado. Fueron dos años en los que no tuve otra ambición que mi venganza- hizo una larga pausa.
––Ibrahim, si quieres no hables más. Siento ver que estás sufriendo...
––No te preocupes Sissé, aunque sí sufro. Hablar de esto, no obstante, me da ánimo para seguir adelante. Me quito una gran presión de encima. Sólo he hablado de este tema con Huffam y contigo ahora, con nadie más— y prosiguió. ––Tendrías que haber visto la mirada de aquellos niños, en ellas no se veía más que el horror, la desesperación, el odio, la muerte, en definitiva. No necesitabas preguntarles, sus miradas frías, vacías, desconfiadas, no transmitían más que odio que resaltaba sobre sus rictus ácidos. En algunos poblados se obligó a los muchachos, que luego nos llevaríamos, a matar ellos mismos a sus padres y hermanos, el que no lo hacía era asesinado sin contemplaciones allí mismo. En otros ataques rociábamos con gasolina los cuerpos de los que no les interesaba al comandante y se les prendía fuego, obligando a los que después nos llevaríamos a presenciar como corrían sus familiares encendidos como antorchas hasta que se desplomaban en el suelo. Se nos daba la orden de cortar las manos a los hombres que se negaban a dar lo que les pedía el comandante, seguramente porque no lo tenían; pero era lo mismo, no habían contemplaciones. Mientras unos les sujetaban de los brazos otro con el machete le dejaba dos muñones inservibles. También había algún sádico, el capitán, el segundo del grupo era más joven que yo. Aquel niño era el mismo diablo, no tenía empacho en seccionar con el machete el pecho de cualquiera y hurgarle en su interior y extraer algún órgano. O como hizo en varias ocasiones, cortar a la altura de la nuca y beber la sangre del que acababa de asesinar. Decía que era mejor cortar en la nuca porque si cortabas en la garganta los chorros de sangre fluían muy rápido y no te daba tiempo a beberla. Los campos, los arroyos y las cunetas de los caminos se convirtieron en cementerios a la intemperie, los cuerpos mutilados de hombres, mujeres, niños y niñas, muchos de ellos violados, yacían esparcidos por todas partes. No olvidaré en mi vida la incursión que hicimos a un poblado llamado Kihihi, en Uganda, muy cerca de la frontera. Estaba en una zona montañosa, muchos kilómetros hacia el Norte, muy próximo a la población de Fort Portal, cerca del Lago Edward. No sé si fue casualidad o es que nos estaban esperando. Nos recibió una dotación de una veintena de soldados entre los que habían niños no mayores que nosotros, con un armamento anticuado y gentes del mismo poblado con palos, mientras nosotros portábamos fusiles ametralladores K-67, de fabricación soviética. Caía la tarde, después de matarlos a todos, se saquearon las casas y llevamos al camión todo aquello de valor, o simplemente que nos era útil. Encontraron unos baldes con licor elaborado por los lugareños, muy similar al araque nuestro. Se bebió hasta que no se pudo más, se violaron los cadáveres de mujeres, de niñas y niños sin pudor alguno. Estábamos todos borrachos. En un momento que nos encontrábamos tendidos en el suelo, durmiendo la borrachera, el comandante se encaminó hacia el bosque trastabillándose, tropezó conmigo, yo le seguí con la mirada, era quien mató a mi familia y fui tras él. Me percaté de que nadie nos veía, tal era el grado de embriaguez... Apenas se había adentrado entre los árboles se agachó para hacer sus necesidades, con una mano se sujetaba a una rama para no caerse. Me acerqué sigilosamente y con el machete le seccioné el cuello, la sangre le brotó a borbotones. Tuvo una muerte dulce, siquiera emitió un gemido; no la que merecía, pero… Le quité el cinturón en el que portaba la pistola, me lo coloqué. Me quedé un buen rato, de pié, observándolo, la sangre extendió su color con rapidez por su alrededor. La noche era propicia para llevar a cabo mi venganza, una ligera niebla y ni rastro de luna ni estrellas. Esperé hasta que me convencí de que no quedaba más sangre en su cuerpo. Escupí a su lado, no me atreví a hacerlo sobre su cuerpo mutilado… Y me marché. No puedes imaginar la sensación tan placentera que tuve, pero al mismo tiempo tétrica. Lloré lo que cuando asesinó a mi familia no pude llorar. Una paz indescriptible invadió mi cuerpo al poco rato. Los recuerdos de mis padres, mis hermanos, de los vecinos de la aldea donde vivía se amontonaban en mi mente, de unos y de otros todos revueltos, mientras caminaba. Estoy seguro que era su forma de agradecerme el cumplimiento de la venganza que les prometí. Parecía un ritual perfectamente organizado…, bueno, eso creí yo. Pero es cierto que a partir de ese momento yo no fui el mismo, tenía unas ganas desmesuradas de vivir. Antes buscaba el peligro sin importarme nada y después el miedo a cualquier riesgo me sobrecogía. Pero era feliz, muy feliz–– hablaba sin importarle si le escuchaba Sissé, o no. Tal era su estado de éxtasis.
––Ibrahim, me has puesto el alma en un puño. Discúlpame que te preguntara, no podía imaginar que hubieras vivido todo eso. Yo me puedo sentir dichoso, aunque me encuentro mal, evidentemente.
––Ya lo puedes decir.
––Pero, Ibrahim, ¿qué edad tienes?
––Tengo veintiun años— esbozando una sonrisa amarga.
––Si tienes sólo un año más que yo…— comentó Sissé sorprendido.
––Y parezco tu padre, ¡eh!— limpiándose las lágrimas del rostro.
Se incorporó Ibrahim y dijo a Sissé que se marchaba donde estaba Huffam.
––Espera, voy contigo.
––No es necesario, permanece echado y descansa.
––No. No. Te acompaño–– dijo Sissé incorporándose.
––Vamos, pues. He de volver; aunque te aseguro que no me echan de menos–– al tiempo que volvía a pasarse las grandes manazas por su rostro empapado.
Mientras caminaban hacia donde se encontraba Hufam, Ibrahim continuó con su narración.
––Anduve por trochas que en muchas ocasiones tuve que ir abriendo yo mismo, por montañas, despeñaderos, siempre en dirección Noreste; si no me prendían antes, llegaría a Sudán en pocos días, calculé. Antes de amanecer había cruzado la frontera. De nuevo estaba en Zaire. No sabía dónde. Pero era mi País. Caminé, al principio, sólo de noche, por las montañas, nunca me acerqué a riachuelos, poblados, ni carreteras. Después de la primera semana caminando todas las noches, invertí el hábito y comencé a caminar de día, mientras me era posible. Crucé varias veces la frontera, tan pronto estaba en Zaire, como al poco me introducía de nuevo en Uganda, según cómo me convenía más por la orografía del terreno que por estrategia, sin encontrar nunca ningún puesto fronterizo que me detuviera. En quince días me encontré en Sudán, y comencé a sentirme seguro. Varios días seguí el curso del Río Nilo, en principio el que llega desde el Lago Victoria hasta el Lago Alberto para después seguir su curso hacia Sudan. Al poco tiempo llegué a Oraba, ¡por fin!, pude respirar tranquilo y llegué hasta Yei—. Sissé le escuchaba con atención, sobrecogido, mientras seguía narrando. ––Había un comercio increíble en la ciudad, allí se juntaban comerciantes de Uganda y del Zaire con los lugareños y la actividad era muy fuerte. Estuve pensando en quedarme allí, pero enseguida desistí. Estaba muy cerca de Uganda y del Zaire, y continué viaje en paralelo a la frontera, primero con el Zaire, después con la República Centroafricana y por último con el Chad, y eso me libró de muchos problemas porque toda la zona sur de Sudan estaba en un conflicto bélico constante. Bueno como toda la zona, pero a mí me fue bien ir por la selva y las montañas. Es curioso la cantidad de pueblos diferentes que pertenecían a una misma etnia, los “Pojulu” a los que pertenecían Nyori, Morsak, Goduck, Lobora, Mulusuk, Pirisa, Malari, Mankaro y otros pocos más pequeños, todos hablaban Kutuk na Pojulu. A partir de abandonar Yei, en ningún momento volví a sentirme seguro. Desde la selva tuve ocasión de ver ataques de paramilitares a pueblos y aldeas y ya no volví a caminar por caminos ni carreteras. Así hasta que cruce la frontera de Libia. Allí trabajé en el mantenimiento de un gaseoducto, unos seis meses y me marché porque los negros éramos sus esclavos y así nos lo decían. Y hasta aquí, Sissé.
Sissé sintió una cierta empatía con Ibrahim, al que no conocía en su faceta humana. Hasta ese momento le había visto como un hombre frío, calculador, introvertido, casi peligroso. Le consideraba bastante mayor que él y sin embargo tenía un año más. «Qué cantidad de sufrimiento había vivido en tan pocos años» pensó Sissé.
Ibrahim hablaba anteriormente tanto por él como por el resto de niños que vivieron los mismos acontecimientos llenos de terror y horror. Verdaderamente su mirada delataba todo lo sufrido, sin necesidad de preguntas, que, por otra parte, todas serían insensatas e improcedentes. Sissé meditaba sobre la capacidad que este muchacho había tenido para sobreponerse ante tantas crueldades, y la entereza con que las llevaba. Ibrahim caminaba delante de él y Sissé le iba observando, no hacía ruido al hollar el camino, parecía que flotaba sobre la tierra, que no había ramas que romper bajo sus enormes pies. Un mal paso devolvió a Sissé a su mundo, tras el dolor que sintió en el costado.
Al llegar a la altura de donde se encontraba Hufam ––la oscuridad de la noche se había adueñado del entorno— se encontraron con que empezaba a concentrarse un gran grupo de habitantes del campamento junto a Huffam y su familia, al rededor de una pequeña fogata. Sólo el crepitar del fuego y algún gruñido de ciertas alimañas en busca de su sustento interrumpieron un silencio pavoroso, que en una noche oscura, sin luna y sin viento, desvelaba una grey de más de cien personas. Reunidas alrededor de la hoguera discutían, sin levantar la voz, la estrategia a seguir en el momento de realizar el asalto de la valla, que tendría lugar esa misma madrugada.
––Deberá tener mucho cuidado quien consiga saltar la verja, porque los policías españoles estos días atrás han matado a dos compañeros. Posiblemente hayan suavizado los métodos represivos, pero no lo sabemos; y por supuesto con los marroquíes— les advertía Huffam.
––Estaremos atentos a todo lo que acontezca y trataremos de aprovechar las posibilidades que se nos presenten–– dijo uno de los reunidos.
Unas cuantas puntualizaciones sobre pequeños detalles de la operación puso fin a la asamblea, y tras desearse suerte marcharon cada cual a su campamento.
La noche del día catorce de septiembre estuvo alterada por sonidos de sirenas por varios puntos entre los montes de Rostrogordo y Gururgú. Desde poco después de media noche y hasta las cuatro de la madrugada se lanzaron en tromba sobre doscientos subsaharianos a la conquista de la verja que les separaba de su futuro. Apenas salidos de los bosque de pinos se encontraron con los gendarmes marroquíes que les repelieron con violencia. Ibrahim se encontraba en la ladera del Gurugú viendo la avalancha de los compañeros de su campamento. Observó el atrevimiento de unos cuantos a enfrentarse a los gendarmes, que se emplearon con saña. Algunos cuerpos yacían en el suelo y el resto inició una huida dispar hacia su cobijo en el monte, siendo perseguidos por la fuerza marroquí. Ibrahim que contemplaba la persecución de sus compañeros corrió y puso en aviso al resto de acampados, que abandonando todo lo que poseían corrieron como locos hacia el interior del macizo montañoso, sin saber muy bien hacia dónde. Ibrahim, junto a Huffam, su familia, Sissé y unos pocos más corrieron en dirección hacia Farhana, por sendas que conocían bien, lo que les daba cierta ventaja. A la llegada al poblado se quedaron en las afueras, vigilantes, por si veían venir los camiones o todo-terrenos de los gendarmes marroquíes, para no verse acorralados.

Esa misma mañana compraron leche, legumbres y agua, deambulando de un lugar a otro, hasta llegada la tarde, en la que emprendieron el regreso al monte Gurugú, no sin cierta cautela. De vuelta en el campamento, vieron que estaba tal cual lo dejaran ellos en la madrugada, lo que les indicó que la persecución se hizo en otra dirección. No obstante debían estar muy atentos porque generalmente, siempre un asalto a la verja iba seguido de alguna represalia y los gendarmes peinaban los montes. Iban apareciendo compañeros del campamento y alguien les informó que sobre las ocho horas de la mañana, en Rostrogordo, habían llevado a seis compañeros heridos, dos de ellos con bastante gravedad, hasta los acantilados de Aguadú entregándolos a la Guardia Civil española para que fueran atendidos, aceptándolos éstos.
En los cerros de Rostrogordo se había intentado, también, el paso de la verja, con resultados similares a los del monte Gurugú. Allí los policías españoles aceptaron los cuerpos heridos de aquellos seis infortunados, pero los de aquí no sabían la suerte que hubieran podido correr.
––Nos sorprendieron los gendarmes antes de llegar a la verja—, les relataba uno de los asaltantes, que invirtió el sentido de los demás en la huida. ––Cuando empezó la persecución huimos hacia el este, pero yo me vine hacia aquí, pensando en que a uno solo no le perseguirían. Consiguieron que desistieran en la persecución unos centenares de metros más adelante. Les vi desde la distancia retroceder a los gendarmes.
––Mejor que sean tan gandules. Eso va a favor de nosotros aunque no debemos confiarnos, en absoluto— apuntó Huffam.
––No sé los cuerpos de compañeros que recogieron, yo vi recoger a dos, porque cuando ya no les podía ver por el ramaje me vine hacia el campamento.
––Vamos a montar guardia dominando todos los puntos, no podemos distraernos. Sissé, tú harás una guardia por la parte oeste donde fuiste con Ibrahim ayer, si estás en condiciones...–– le encargó.
––Sí. Sí. Me encuentro bien.
Después de designar quienes estarían de guardia, cada cual siguió con su rutina. Esa noche cenaron como si fuera un día de fiesta. La pequeña Yonaida, una vez saciado el apetito y tras unos buenos tragos de leche quedó dormida profundamente.
Ibrahim comentó después de cenar que acompañaría a Sissé en su guardia, negándose éste en principio para aceptar a continuación, por lo que se dirigieron ambos a vigilar los movimientos de la policía en el punto que le indicó Huffam a Sissé.
––Últimamente nos han dado fuerte— le dijo Ibrahim a Sissé, ––han apresado cerca de trescientos de los nuestros, las redadas en las poblaciones limítrofes se están intensificando. Ya en el mes de enero nos asediaron más de mil doscientos gendarmes y militares con veinticinco todo-terrenos, tres helicópteros y guardia de caballería, arrestaron casi a trescientos de los acampados, que al día siguiente fueron conducidos hasta la frontera argelina en Oujda, donde fueron abandonados. Debemos estar muy atentos.
––No te preocupes, no me dormiré.
––Ya lo sé. Ni yo tampoco.
––Tú puedes dormir si quieres, te avisaré si hay cualquier anomalía.
––Yo apenas duermo, Sissé. Hace mucho tiempo que perdí el sueño y cuando lo hago siempre es con un ojo solo, el otro está despierto—. Rieron ambos.
––¿Cuándo pensáis saltar vosotros?
––Cuando las condiciones sean propicias. No es que tengamos plena seguridad, pero si que puedes calibrar los riesgos con una relativa eficacia.
––¿Dónde piensas ir si consigues pasar?— Le preguntó Sissé.
––Si no me deportan, primero quiero ir a Madrid y después a Barcelona y según como esté la situación veré si me quedo en España o voy a algún otro país europeo.
––¿Quieres quedarte en España?
––Sí. Es un buen País. Es el más próximo y de ciertas características similares a las nuestras. Yo diría que incluso tiene ciertas costumbres paralelas a las nuestras. Creo que de poder establecerme estaría muy a gusto.
Desde la posición que ocupaban veían con nitidez la ciudad de Melilla: el polígono industrial, el Barrio Chino, el puesto fronterizo de Hardú, el circuito de motocrós, el aeropuerto y las playas de la Hípica y los Cárabos. Más a su derecha Beni Enzar y a lo lejos la inmensa Nador. Había una tranquilidad reconfortante.
––Tú crees que hay similitud en las costumbres españolas con las nuestras. Además debes aprender la lengua, si no ¿qué posibilidades tienes?
––Claro que has de aprender la lengua. Por esa regla de tres todos los emigrantes deberíamos ir a Francia o Bélgica. ¿A caso allí no tendrías que adaptarte a sus costumbres? Pues un poco más de dificultad, pero nada más. Vivir en un país extranjero debe ser difícil para todo el mundo, pero una vez adaptado ¿qué más da? Y por otra parte, al menos, tienen sol muchas horas al día y muchos días al año, por lo que deben tener costumbres parecidas a las nuestras. Digo yo.
––Yo no me veo aprendiendo un nuevo idioma. Yo iré a Francia.
––Cuenta antes con pasar la frontera y que te permitan quedarte, que no es tan fácil hoy por hoy. Además la sociedad española está más sensibilizada con la inmigración y es más tolerante con los negros.
Estuvieron varias horas en su puesto de vigía sin que hubiera incidente que resaltar. El perímetro fronterizo estuvo muy tranquilo, sólo cada media hora pasaba una patrulla española o marroquí. Otro compañero del campamento vino a sustituirles, eran las cuatro de la madrugada y tras darse las novedades el recién llegado se quedó y los otros dos volvieron al campamento.

Pasaron unos días bastante tranquilos, no hubo redadas ni persecuciones. El personal del campamento estaba elaborando escaleras con ramas de los pinos. Escaleras rudimentarias pero que estaban seguros que serían suficiente para poder escalar la valla con rapidez y seguridad. Estaban preparando otro asalto, que llevarían a cabo apenas estuvieran preparados. Las noches eran ya desapacibles. Hacía bastante frío en el monte, se acusaba más por los vientos que soplaban muy a menudo, generalmente del este, cargados de humedad. En muchas ocasiones soplaba con bastante intensidad, lo que producía más sensación de frío. En el campamento, Huffam, reunió a los cabecillas de otros campamentos, de Rostrogordo y Gurugú en sus diversas demarcaciones, para coordinar el asalto a la verja. No eran cabecillas por sus posibles dotes de mando, sino más bien por la antigüedad en los respectivos campamentos, en la mayoría de los casos. Acudió, también, Ibrahim que trajo a Sissé con él, sin que nadie protestara por ello.
––Debemos actuar coordinados— comenzó Huffam a decir al grupo que le escuchaba atentamente ––y al mismo tiempo en varios puntos, en oleadas, cada treinta minutos, a la orden de cada uno de vosotros. De esta forma cuando crean que han conseguido reducir a los primeros se verán sorprendidos por los segundos y después por unos terceros, con el fin de que no puedan actuar sobre los dos grupos de atrás. Habrá que sacrificar al primer grupo en favor de los otros dos. Seguramente un cuarto ya no podría intentarlo porque habrán llegado los refuerzos…
-Huffam, tendremos problemas con los que designemos para no saltar- dijo el que vino de Rostrogordo.
-Sí. Seguro que en mi campamento también tendremos problemas- protestó otro.
-Entiendo que todos estamos aquí por lo mismo. Pero debemos ser conscientes de lo difícil que está resultando el paso de la verja desde hace un tiempo. Si no conseguimos sorprenderlos no lo conseguiremos- afirmó Huffam.
-Tu plan es bueno, Huffam. Pero hay que ponerse en el pellejo de los que han de sacrificarse en favor de los otros- añadió el de Rostrogordo.
-El plan no es mío, lo ha diseñado Ibrahim- todos los asistentes le miraron con gratitud. -Por otra parte, estoy de acuerdo con vosotros. Pero si no somos capaces de convencer a los últimos que han llegado debemos desistir del plan.
-Creo que no podemos dejar pasar esta oportunidad. Es la primera vez que podemos hacer un asalto organizado, y eso ni marroquíes ni españoles se lo pueden imaginar. Yo si voy a convencer a los de mi campamento- dijo el jefe del otro campamento del monte Gurugú.
-Sí tienes razón. Yo también me comprometo a convencerlos a los de Rostrogordo. Continua Huffam.
-Hay que inculcar a la gente que debemos ser disciplinados para no correr riesgos inútiles. Debemos confeccionar la mayor cantidad de escaleras posibles para poder dejar unas en la primera valla y otras en la segunda. Advertir a los que se lancen al asalto de la verja que no griten cuando inicien la carrera, así tardarán más tiempo en percatarse de la avalancha, y eso podría correr en nuestro favor. Los niños deben ir sujetos a las espaldas de sus madres y a ser posible con un pañuelo en la boca para evitar que puedan escuchar sus llantos. Cada jefe de grupo dará las órdenes que considere oportunas en cada momento, por si viera un peligro desmesurado y tuviera que echar marcha atrás con la operación. Tendréis que hablar cada cual con su grupo con convencimiento y exponer el plan para ver quien lo intenta en el primer grupo, para beneficiar al resto. Debemos prepararlo para fin de mes que nos dé tiempo a coordinarlo todo.
––Para final de mes es muy tarde–– protestó uno de los asistentes.
––Tiene razón, Huffam. El día veinticinco estaría muy bien. Nos sobraría tiempo para organizarnos.
––Hoy es veintidós de septiembre, nos reuniremos para ver como van los preparativos el veinticuatro, salvo que antes alguien deba comunicar algo al resto. Si estamos todos de acuerdo el día veinticinco lo intentaremos, si se dan las condiciones.
Todos asintieron y hablaban unos con otros poniéndose en pie. Se deshizo la reunión y cada cual se fue con los suyos para hacerles conocer los planes que tenían y la estrategia diseñada que la habían considerado acertada, comprometiéndose para el día veinticuatro exponer cualquier duda o consideración que creyeran oportuna.
Huffam con su familia, Ibrahim y Sissé permanecieron juntos, sentados entorno a un fuego en el que calentaba Rachel leche para Yonaida.
––Ibrahim, ––irrumpió Huffam, de pronto–– espero que el día veinticinco se pueda ejecutar el plan. Este plan es el tuyo, es el que proponías con énfasis.
––Y sigo estando convencido que es la mejor forma para conseguir nuestro objetivo Huffam, y al mismo tiempo espero que sea un éxito en cuanto al número de personas que podamos pasar la verja.
––La duda que yo tengo es si el resto de grupos estarán dispuestos a esperar y dejarse mandar por nosotros.
––Supongo que habrá de todo. Si alguien ha programado el asalto antes de esa fecha seguramente lo llevará a cabo, otros imagino que valorarán la estrategia y se esperarán intentándolo cuando nosotros. Pero en fin, eso no lo vamos a saber ahora. De todas formas, casi todas las noches se produce algún intento, unos más masivos que otros, pero prácticamente todas las noches; lo que seguramente no va a cambiar mucho, creo yo. Pero, yo sigo pensando que nosotros debemos ser fieles a nuestro proyecto y lo que hagan los demás no nos debe preocupar demasiado— recomendó Ibrahim.
––Ya, eso es evidente— aceptó Huffam. ––Nosotros nos mantendremos firmes con nuestro plan. De todas formas esperaremos acontecimientos. Ya nos toca, debemos ser nosotros quienes lo intentemos.
––Estoy convencido de ello, Huffam.
––Eso sí, debemos prepararlo bien. Si les pasará algo a Rachel y a Yonaida no sé si lo soportaría.
––Por supuesto. Lo estudiaremos detenidamente.
––Están habiendo muchos muertos en estos últimos días. Son cuatro en menos de veinte días y esto es preocupante.
––Todos sabemos que lo que pretendemos hacer entraña un alto riesgo. Cada vez mayor, por eso no debemos dejar pasar más el tiempo. No obstante y a pesar de los muertos, que no dejan de ser más que números, están consiguiendo entrar a España gran cantidad de asaltantes— enfatizó Ibrahim.
––Ibrahim, ¿cómo puedes hablar con esa frialdad de las personas y sobre todo de los muertos?
––Frialdad dices. Qué quieres si estoy tan acostumbrado a los vivos como a los muertos. Me ha hecho mayor compañía la muerte que la vida. Huffam, hemos ayudado a todo aquel que nos lo solicitó y pudimos hacerlo. Seguiremos haciéndolo mientras nos sea posible, pero eso no significa que tengamos que dejar de pensar en nosotros mismos y además con prioridad–– le dijo a Huffam con un mohín duro, clavando su mirada en los ojos de Huffam.
––Tienes razón, pero al mismo tiempo... Si, debe ser así, como dices–– reconoció Huffam.

En la tarde del día veintitrés corría un rumor por el campamento que no gustó demasiado a los conocedores del plan de Huffam. Comentaban que anoche mismo hubo un intento de pasar la verja por Mariwari en el que se utilizó un sistema similar, primero lo intentaron cincuenta personas y a continuación veinte más. Fueron repelidos por la gendarmería marroquí, quedando once heridos que permanecieron desde la madrugada hasta las once de la mañana tendidos en el suelo, sin poder moverse, hasta que fueron a socorrerles sanitarios del hospital de Nador, acompañados de tres compañeros de los heridos que les dieron la situación, siendo ellos mismos quienes les colocaron en las camillas.