Blog de literatura. En él cabe cualquier tipo de manifestación literaria, sujeta a las críticas más dispares, siempre dentro del máximo respeto.
COMPRAR EL LIBRO
martes, 13 de mayo de 2014
domingo, 11 de mayo de 2014
SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso
CAPÍTULO IV
Sissé pasó varias horas descansando a la sombra del almacén del puerto. Se reincorporó, se echó el dugutaampalan al hombro y se encaminó ribera arriba. Aquel olor a putrefacto le acompañaba por donde quiera que fuera. Aunque su estado de ánimo era inmejorable: una gran satisfacción interior le impulsaba a seguir adelante y se lo agradeció en silencio a su mó-ké.
Volvió la actividad frenética en el río. Un ingente número de pinazas, de varios tamaños y colores surcaban el Níger en todas direcciones. Eran los Bozos, pueblo de pescadores que se encontraban a lo largo de toda la orilla de la otra parte del río. En época de lluvias la mayoría debían abandonar sus chozas, hechas de argamasa, hojarasca y cañas debido a las inundaciones provocadas por la crecida del Níger. Fue el pueblo fundador de Ségou. Sissé se quedó contemplando unas pinazas de gran tamaño, a las que habían incrustado dos mástiles inclinados hacia fuera de la embarcación, a los que sujetaban una vela cuadrada. Justo a su lado, navegaban otras, las más, que iban equipadas con un motor y eran capaces de transportar hasta veinticinco personas, y algunas piraguas más pequeñas, provistas de un mástil sobre el que se batía una vela, raídas muchas de ellas, sujeta a la entena. Los pescadores echaban sus redes esperando las capturas, generalmente abundantes. Muchos, todavía utilizaban métodos ancestrales usando pértigas acabadas en punta, a modo de arpones. Otros con atarrayas y cañas. Pero a todos les unía algo en común: los cánticos con los que desempeñaban sus quehaceres.
A orillas del río, justo detrás del muelle donde se hallaba atracado el barco que remontaba el río hasta Gao, estaban acabando de instalar un escenario sobre el embarcadero. Sissé se detuvo a ver como realizaban el montaje. Un esqueleto metálico que formaba la caja escénica, con una serie de bastidores dependientes del mismo armazón, de donde pendían diversos cañones de luz de distintos colores. Tenía un solo telón de fondo, en el que colocaron distintos motivos alusivos a la actuación del momento, pretendían que el festival sobre el río Níger fuera un gran evento, con el que sensibilizar tanto a la población autóctona como a la comunidad internacional, ante la necesidad de detener la destrucción del río Níger, para que interviniesen aportando iniciativas en favor de su conservación. A Sissé lo que más le interesaba eran los conciertos de música y danza tradicionales, él no acababa de ver el río en tan mal estado.
—¿Qué te parece el escenario?— le dijo una voz a su espalda.
Al girarse vio con placer que era Gerarde, el profesor que ya le instruyera en el autobús que les trajo a Ségou, al que estrechó con entusiasmo la mano.
–¿Que tal profesor?
–Bien. ¿Y tú, has descansado?
–Sí. Sí.
Y como si no supiera hablar de otra cosa, dijo:
–El festival en su conjunto es con lo que se pretende llamar la atención del mundo para conservar la pureza del Níger, que está en proceso de deterioro. Para ello se han convocado diversos encuentros internacionales en los que hay foros singulares, sobre desarrollo sostenible, salud e higiene, educación, costumbres, alimentación…¾ le repitió. ¾Se debatirán temas sobre la vida y conservación del río, sobre la salud e higiene de las personas, sobre todo para abolir la ablación femenina, tan arraigada en Malí. Otra conferencia versará sobre la educación, en la que yo soy el ponente– le anunció. –Exposiciones de pinturas y de artesanías, de artistas autóctonos. Danzas tradicionales y exposiciones de máscaras. Esperamos sensibilizar no solo a la población autóctona si no también a los países extranjeros para que nos ayuden a conseguir los objetivos que nos hemos marcado.
–Yo no veo tan mal el río...
–El río, aunque no lo parezca, sufre un deterioro constante. Si no lo detenemos pronto, tal vez un día no podamos recuperarlo.
–Yo de todas formas sigo sin ver esa necesidad...
–Cuanto antes atajemos ese mal, antes comenzaremos a vivir mejor. Mejorando su salubridad, evitaremos malos olores, los insectos irán desapareciendo, comenzaremos a evitar enfermedades que se originan por el mal estado de sus aguas, y con ello la transmisión de la malaria y la muerte por una simple diarrea.
–Esté contaminado o no, el río, a mí no me da de comer, señor Gerarde.
–¿De dónde vienes?– Le preguntó el profesor.
–De Sikasso.
–Yo he estado varias veces en Sikasso. Allí no se vive mal...
–Lo que no se vive es bien. Aunque es cierto que los años que no padecemos sequías u otros desastres naturales se puede vivir.
–En Sikasso tenéis agua suficiente con la que mantener buenos cultivos.
–Sí. Le repito que cuando tenemos un año tranquilo no se vive mal. Pero el año que se presenta como el pasado, con sequía, inundaciones y plagas de langosta…, ha muerto mucha gente, sobre todo niños.
–En eso tienes razón. En nuestro país estamos muy supeditados a las inclemencias del tiempo. Y ¿qué tal la relación con tu familia?
–Muy bien. Fenomenal. Soy el mayor de seis hermanos y siempre hemos estado muy unidos. Hace sobre tres meses llegó a casa, Bee, mi hermana pequeña.
—¿Has ayudado en la economía de tu familia?
—En todo lo que he podido. He acompañado a mi padre desde muy pequeño, ayudándole en las labores del campo y la caza, y últimamente trabajaba en una barbería, hasta que le dije al dueño que necesitaba tener un sueldo. En ese momento se acabó el trabajo. Pero no ha sido suficiente ante un mal año.
–Es cierto que con un año como el que se ha pasado resulta muy difícil subsistir. Ese es uno de los objetivos que se pretenden conseguir con el Festival...
–¿Qué va a hacer el Festival ante una plaga de langosta?
–Hombre, el Festival puede lograr que nuestro gobierno adopte medidas para evitarlas, como la fumigación, por ejemplo. Podremos conseguir recursos, y con ellos construir, por ejemplo, pozos ciegos que eliminen las inmundicias de las calles, con ello se evitaría que las basuras fueran a parar al río, y que aparecieran los parásitos que trasmiten las infecciones. Hay muchas más cosas por hacer.
–Ya—, dijo Sissé que parecía no entender todo lo que Gerarde le trataba de explicar.
Aún así, el profesor, con su manera de hablar transmitía un optimismo alegre.
–Sabe, profesor, me voy a Francia.
–Lo supe en cuanto te vi montar en el autobús. Por eso te dije aquello de que vivir en Mali aunque fuera de forma más austera podía ser mejor que correr grandes riesgos. ¿Sabes acaso cómo sería tu vida en Francia o en cualquier otro país de Europa?
–En Francia hay trabajo, y soy joven... Lo soportaré, no creo que sea mucho peor que aquí, pero he de sacar a mi familia de la miseria. He de hacerlo.
–Está muy bien que pienses así. Pero se están oyendo muchas barbaridades. Los emigrantes como tú están viviendo verdaderos dramas, y eso el que consigue llegar.
–Dígame, señor Gerarde, qué hacemos con todos los niños que mueren de hambre. Qué hacemos con las sequías, las inundaciones o las plagas, hasta que alguien consiga acabar con ellas, como usted me decía antes. Aquí también nos morimos, profesor. ¡Aquí también nos morimos!
–Tienes toda la razón. Pero debemos luchar todos por cambiar esta situación, Sissé. Harán falta todas las manos y todas las cabezas de los jóvenes que como tú…
–Desde fuera también se puede luchar y ayudar a que esto cambie.
–También en eso tienes razón. Pero hay que ser muy consecuente cuando se llega a vivir en el extranjero para no olvidar a la familia.
–Sí, profesor. Ese es mi único objetivo, poder ayudar a mi familia. Como consecuencia estaría ayudando a mi País creando riqueza, ¿no?
–Sí, es cierto. Aunque hay algunos que cuando han conseguido estabilizarse en su país de destino y vivir sin escaseces se han olvidado de su procedencia.
—Yo no seré así— replicó Sissé, con su habitual ánimo combativo. Luego el profesor le dijo que tenía que marcharse.
Tras desearse lo mejor uno y otro, Sissé se despidió del profesor con un fuerte apretón de manos. Sissé quedó conmocionado por la conversación que había tenido con Gerarde. ¿Le esperaría a él un final dramático? Quiso espantar las turbias imágenes de su cabeza, recordando a su pequeña Bee.
Esa misma noche, según estaba anunciado en un cartel junto a la fachada del restaurante Lavazza, se celebraba el primer concierto: actuaban varios grupos musicales autóctonos y una destacada figura del espectro musical internacional, que era de Malí. Estaba contemplando el cartel anunciador y preguntó la hora de inicio del concierto a unos jóvenes, que estaban bebiendo “dlo” en cuencos fríos, sentados en la terraza del Restaurante.
–Es el “I Festival en el río Níger”, pretenden celebrarlo cada año en Ségou—. Le respondió uno de ellos. —Es un evento eminentemente cultural, de música y danza, exposiciones, charlas..., que dura cuatro días y sus noches. Hay mucho que ver y que hacer, como podrás comprender— le dijo otro. Un tercero le propuso: –Si te acercas podrás ver el programa de actuaciones, es excepcional.
Ante la invitación de los jóvenes, Sissé se aproximó hasta donde estaban ellos y se sentó a la mesa. Le ofrecieron una cerveza, que no rechazó y tras las presentaciones, le pasaron el programa. Entre tanto en el escenario del río seguían trabajando. Le explicaron que el festival se desarrollaba a lo largo de toda la ribera del río.
–Tanto los conciertos musicales como los grupos de danza tradicional tendrán una gran aceptación, son muy buenos–– comentó Leopold, uno de los jóvenes.
––¡Vendrán muchas mujeres!—, prosiguió Sekou, otro de los amigos, en un tono pícaro, al que correspondieron todos con una carcajada.
–Mañana, en la noche, actúa Dejekoria Fanta, es una cantante internacional. Es guapísima— añadió Soungalo, el tercero de los muchachos, haciendo como si se chupase los dedos.
–Si, la conozco–, dijo Sissé.
–¿La conoces?– Dijo Sekou, con ánimo de tomarle el pelo.
–Quiero decir que la he visto una vez— dijo Sissé, ruborizándose, pero divertido.
Las risas continuaron, entre trago y trago. Luego Sissé con la naturalidad de que le era característica, les preguntó:
–Pasaré aquí cuatro días más, hasta que mi barco zarpe. ¿Os importa que vaya con vosotros a los conciertos?
–No. Qué va. Al contrario. Estaremos encantados de que nos acompañes— respondieron casi al unísono.
–¿De dónde vienes?– Le preguntó Leopold.
–De Sikasso.
–Eso está por el Sur, ¿no?– Intervino Soungalo.
–Sí. Está muy próximo a la frontera con Burkina.
–Y, ¿allí hay chicas tan guapas como aquí?– Se interesó Sekou, al que le propinaron unos cachetes sus dos amigos.
–Sí. Por supuesto— repuso Sissé.
—Espera a conocer alguna de las chicas de aquí— le dijo Leopold, dibujando una amplia sonrisa de orgullo.
Prosiguieron en una charla distendida, comentando anécdotas de jóvenes, propias de su edad. Cada cual contaba la suya, a las que correspondían todos con grandes risotadas. Sissé pidió otra ronda de cervezas, que les llevaron muy frías, en aquellos cuencos característicos.
Cuando la conversación languideció, Leopold, le preguntó:
—¿Cómo andan las cosas por Sikasso?
–En Sikasso la vida es mísera. Ahora mismo –hay escasez de muchos alimentos— sin embargo, no suele ser así. Allí tenemos suficiente lluvia y unas zonas inundables en las que se almacena agua suficiente para cultivar todo aquello que se quiera. Aunque la alimentación es poco variada y se ha basado únicamente en la ingesta de arroz o mijo. Pero este año, se añaden las dificultades debidas a la sequía, las posteriores inundaciones y finalmente la terrible plaga de langosta del año pasado, que asoló lo poco que quedaba. Temo por mis hermanos pequeños, y por la salud de mis padres. Quiero llegar a Francia.
Leopold comprobó como cambiaron los semblantes de sus compañeros de mesa ante la exposición de Sissé. Así que tratando de animarles, dijo:
–No hablemos más de cosas tristes. Por cierto, esta noche acudirá al festival mi prima Aicha con sus amigas: Djeneva, Assisa y Singi.
–¡Bien! Exclamaron Sekou y Soungalo. Son unas bellezas Sissé, ya verás.
–Pues..., ya tengo ganas de verlas. Con lo que me estáis diciendo…
—Pasado mañana actúa más arriba Maimouna Barry, un grupo de mujeres que se mueven espectacularmente — señaló Soungalo echando mano del programa.
–¡Están buenísimas!— Sentenció, Sekou. –¿También las conoces?
–No. No las conozco— se excusó Sissé, entre risas.
Al caer la noche se reunieron los cuatro amigos en la misma terraza del restaurante en la que estuvieran en la tarde e iniciaron las rondas de dlo. Justo enfrente estaba el escenario en el que comenzaba a haber movimiento de especialistas de sonido e iluminación que ultimaban sus pruebas. No pasó mucho tiempo hasta empezar a llegar el gentío que se arremolinó alrededor del escenario, otros se acercaron a la terraza del restaurante, que estaba repleta. Unos pedían “Dablenin”, otros, “Djininbéré”, los más, dlo.
Entre comentarios jocosos, estaban los cuatro amigos ansiosos por ver a la prima de Leopold y sus amigas. Songalo y Sekou no hacían más que hablar muy bien de ellas y Sissé que no las conocía permanecía expectante por todo lo que contaban.
––¡Ahí! ¡Ahí están! Ya han llegado. Viene acompañada de Djeneba, Assisa y Singi–– interrumpió Sekou.
––Y mis tíos detrás de ellas— cortó sarcásticamente Leopold. Todos se echaron a reír.
Entretanto, Sissé, escrutó la gran explanada por la que llegaba la gente, tratando de localizar a la prima de Leopold y sus acompañantes. A cada una que se acercaba por la posición que ellos ocupaban acompañada de otras tantas, la veía como la prima de Leopold. «Ya veremos la tal prima si es tanto como la pintan», pensaba. Su vista se dirigió descarada a un grupo de jóvenes ataviadas con trajes típicos, de intensos y variados colores que llamaron su atención. Una de ellas, algo mayor que sus acompañantes, portaba enrollado sobre la cabeza, de forma peculiar, un almaizar del mismo tejido del vestido en color amarillo, con estampados en varios colores, a modo de turbante, que resaltaba enormemente su belleza. Sissé estaba embobado observándola cuando otro grupo de mujeres, igual de hermosas, se detuvo delante de ellos y tras los saludos de rigor a Leopold, Sekou y Soungalo, se quedaron expectantes, mirando descaradamente a Sissé. Éste continuaba ensimismado contemplando, por atrás, a la mujer que un instante antes había pasado por delante de sus narices y le había dedicado una larga mirada y una tímida sonrisa que parecía haberle petrificado.
miércoles, 7 de mayo de 2014
SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.
Capítulo III
Un viejo “kaare”, llegó a Fana desde Bamako, y después de acomodarse los viajeros como pudieron, partió hacia Ségou. El pasillo del kaare estaba completamente cubierto, entre bultos, alguna cabra y personas sentadas en el suelo. Aquel destartalado autobús tenía un colorido de lo más variopinto, por fuera predominaban los colores amarillo, rojo, verde, azul y negro diseminados de forma aleatoria, y sobre los colores, habían pintados rostros humanos, de leones y tigres. El interior había sido pintado sin tanto esmero como el exterior, de un color azulado-verdoso, que impactaba a la vista. Los asientos eran de madera de roble, de “caïceldrat”, y el suelo de láminas de la misma madera enmugrecida y resquebrajada por muchos puntos. Un intenso hedor acompañaba a los viajeros, que llevaban las ventanillas abiertas y, aún así, no mitigaban el olor y el calor reinantes. La alegría, no obstante, se veía reflejada en los rostros de los viajeros. Muchos de ellos cantaban rememorando cánticos ancestrales, otros dialogaban casi a gritos para poder entenderse, y otros tantos reían sonoramente. La algarabía era extraordinaria acrecentándose cuando el kaare cogía algún bache y se balanceaba y crujía como si fuera a partirse en pedazos en cualquier momento.
Sissé observaba con sumo interés todo cuanto veía desde que partieron de Fana, aunque quedó dormido a los pocos kilómetros. Diseminadas por las planicies, durante todo el trayecto, había karités y acacias que iban perdiendo la flor, creando un paisaje agradable, vistoso y perfumado que adormecía el olor a putrefacto del kaare, originando un olor indescriptible.
Sissé se despertó poco antes de cruzar una pequeña aldea polvorienta. En las puertas de muchas de sus casas improvisados tenderetes exponían tejidos de coloridos vivos, llamativos al sol del mediodía.
–Aquí, en Péléngana, se encuentra el mejor taller de “bogolanes”, el tradicional tejido de algodón autóctono teñido con barro y plantas– , le explicó el viajero que iba a su lado, que vio a Sissé girarse observando los tejidos.
El acompañante de Sissé era un hombre algunos años mayor que él, de cabello rizado, aunque escaso, entrado en canas. Unas gafas de pasta de color negro y una barba prominente le daban un aire interesante. Bien vestido, con traje de chaqueta y zapatos de calidad, denotaba que pertenecía a un estatus superior. Después de cuatro horas de viaje en el viejo kaare, llegaron a Ségou. Una gran ciudad. La tercera en importancia de Malí.
–Tiene alrededor de cien mil habitantes–, le apuntó su compañero.
–Parece una gran ciudad–, admitió Sissé.
A medida que se acercaban a la población por el suroeste y después de pasar el puente de hierro sobre el río Níger –le recordó el visto de niño, de madera, en Bamako– Sissé, observó con expectación el trasiego incesante de personas. El río Níger era inmenso en ese punto. La otra orilla se veía empequeñecida, como difuminada en el horizonte. Sus aguas, de color de la arena, corrían tranquilas. En la orilla se veían algunas pinazas varadas, mientras por el río era un fluir constante de barcas de distintos tamaños en todas direcciones, y muchas mujeres y niños permanecían apostados en la orilla.
–Ségou en el siglo XVIII fue cuna y sede del imperio Bamana—. Le indicó su interlocutor. –Los Bamana crearon el reino de Ségou, que se extendía desde Kaarta hasta Tombouctou. A mediados del siglo XIX cayó en manos de Ahamadu I Lobbo, creador del imperio Fulbé, que conquistó las tierras en nombre del Islam; aunque sólo pudo mantenerse por dos generaciones en el poder. En la aldea de Ségoukoro, todavía quedan vestigios de la residencia de los emperadores Bamana. Aquí fue donde se fundó el imperio de Ségou. Junto al río se encuentra la antigua mezquita de Ba Sunu Sacko, que fue construida en honor a la madre de uno de sus reyes–, continuó informándole su curioso acompañante. Sissé le prestaba una especial atención. A Sissé siempre le interesó la historia de su país.
–Cómo es que conoce también la historia de Ségou–, quiso saber Sissé.
–Soy profesor en la Universidad de Bamako y he nacido aquí, en Ségou—, respondió, para a continuación, con una leve sonrisa y un sutil comentario cambiar de tema.
–La vida en Malí puede ser más placentera que en cualquier otra parte que entrañe un serio riesgo, aun siendo una vida mucho más austera—, sentenció. Para añadir, –llegas en el mejor momento a Ségou. Estos días se celebra el I Festival sobre el río Níger. Te divertirás—, le aseguró, mientras descendía del viejo kaare, justo delante de Sissé.
–¿Va en el mismo camino que yo? –Preguntó Sissé.
–Supongo que sí, al menos hasta el puerto. Tú debes ir al embarcadero a comprar los billetes, porque se espera la visita de mucha gente y, podría ser que a última hora no hubiese plazas suficientes.
–Ya me parecía a mí al verle caminar en mi misma dirección...
–¿Cuál es tu nombre?
–Sissé. ¿Y el suyo?
–Gerarde–, le dijo estrechándole la mano.
Sissé por un momento quedó algo dubitativo, «¿por qué le había dicho que era mejor vivir en Malí que en otra parte si él no había comentado en ningún momento sus intenciones de viajar a Europa? Debo llevarlo escrito en la frente», pensó. «O quizá, como el profesor es tan inteligente sea un anzuelo para averiguar si en verdad voy a salir del País». No le dio mayor importancia, sin querer preguntarle por el comentario.
Con paso decidido se dirigieron hacia el Este, Sissé observaba el río en el que navegaban pinazas pequeñas y barcos más grandes en todas direcciones. A alguna de las pinazas les habían colocado sobre el mástil una vela cuadrada sujeta a una entena corvada. Otros tantos se asemejaban a las velas latinas, con la entena inclinada y la vela de forma triangular. Las más grandes, a motor, se dedicaban al transporte entre poblaciones de animales y personas, y toda clase de mercancías. Se escuchaban los cánticos de algunos pescadores mientras hacían sus quehaceres. Las airadas discusiones que tenían otros porque sus aparejos de pesca se habían enredado entre sí, servían de regocijo a terceros. Sissé, a medida que avanzaba, iba contemplando a las mujeres dentro del agua, en la orilla del río, lavando sus ropas, fregando útiles de cocina, o simplemente lavándose a sí mismas, con el pecho descubierto frotándose enérgicamente y a los pequeños chapoteando en el agua, desnudos.
Frente al río, a la otra parte de la carretera, por donde caminaba Sissé junto al profesor, estaban situados los primeros puestos del mercado, se veía que ocupaba una gran extensión de terreno.
–Los alfareros, que elaboran aquí mismo sus piezas de barro, exhiben sus fabricados en una gran exposición: ánforas, tinajas, cántaros, jofainas–, le indicó Gerarde.
Algo más adelante tejedores, que al igual que los alfareros tejían en el lugar proponiendo una extensa muestra de sus productos, ricos en colorido, en los que predominaba el tono ocre: el bogolán. Los artesanos ofrecían sus productos en grupos bien organizados, en mitad de un bullicio ensordecedor: no se terminaba de distinguir cuando discutían, regateaban o charlaban amistosamente sin más.
–Ségou es una ciudad viva, alegre, en la que sus gentes intercambian comentarios sin más. Unas veces asaltando al transeúnte dentro del máximo respeto. Otras veces, sin ningún otro motivo aparente, parándose para recrearse en una conversación que entablan tanto con sus congéneres como con el extranjero de forma espontánea y simpática.
Sissé vio, mientras caminaban, un austero y gran cartel anunciador, ante el que se detuvieron, del I Festival sobre el río Níger, que se iba a celebrar desde esa misma noche del jueves día dos hasta el próximo domingo cinco de febrero.
–¿A qué se refiere esto?— Consultó Sissé, mientras observaban el cartel.
–Precisamente a que se celebra desde hoy el I Festival sobre el río Níger. Hay programados foros en los que se hablará de la conservación del río Níger y su cuenca. Otros en los que se discutirá sobre la vida social de las poblaciones y sus habitantes, de salud, educación, bienestar, alimentación... Exposiciones de arte. Manifestaciones de sus rituales atávicos con festejos de máscaras, marionetas; eventos deportivos y conciertos de música autóctona en la ribera del Río.
–A mí lo que me interesa son los conciertos, profesor.
El profesor respondió a la ocurrencia de Sissé con una alegre carcajada, y añadió:
—Acabarás interesándote por todo lo demás, te lo aseguro.
Siguieron caminando y Sissé observó sobre su derecha ciertas construcciones de casas de barro anaranjado y otras de color rojizo separadas ligeramente unas de otras.
–Son casas habitadas por personas religiosas y esas otras más pequeñas, mucho más abundantes, también de barro, las de color rojizo, son habitadas por el pueblo en general.
Todas ellas se alternaban y contrastaban con edificaciones de estilo colonial que evidenciaba la capital que fuera antaño Sègou. La influencia del colonialismo francés. Caminaban pegados al río y llegaron al mercado de alfarería, de los artesanos de la madera, de textil, para a continuación llegar al de legumbres y verduras, pescado, que se extendían a lo largo del curso del río. Aquí los innumerables puestos también estaban debidamente ordenados por productos, perfectamente organizados, en los que los mercaderes corrían al acecho de cualquier viandante, y si era extranjero mucho mejor: asediaban a los “toubabs” para que compraran sus productos. Un fuerte olor a sangre seca, carne y lodo envolvía el entorno del mercado. Más adelante varios puestos de artesanía en madera con infinidad de figuras diferentes: figuras de animales, figuras femeninas que representaban la fertilidad, figuras de formas alargadas, máscaras utilizadas en sus ritos atávicos para recordar a sus antepasados, utensilios diversos para la cocina y la pesca.
Se detuvieron ante un puesto que llamó especialmente la atención de Sissé: confeccionaban los bágan, en infinidad de formas y motivos diferentes. A pesar de ser mayoritariamente de religión musulmana no habían perdido las costumbres de su origen animista, por lo que en Malí el fundamentalismo del Islam era casi inexistente. Por tanto cualquier objeto o ser, animado o inanimado, adquiría para ellos tintes divinos. Su Dios del Islam lo consideraban muy lejano y por ello rendían culto a los espíritus de sus antecesores que eran considerados más terrenales, más cercanos. Veneraban la sublimación de la cotidianeidad. Por ello todavía mantenían intactos vestigios de sus creencias que profesaban desde antaño, siendo igualmente importantes las máscaras que representaban diversos motivos de sus ancestros. Ante cualquier problema que se les presentara clamaban a sus familiares desaparecidos, y siempre se refugiaban en sus antepasados por medio de amuletos y fetiches.
–Tú llevas un bágan espectacular–, dijo Gerarde
–Me lo regaló mi abuelo.
Había, a continuación, varios puestos en el que ofrecían “Jege kene” del río, el pez capitán, carpas y el gigantesco siluro. Al lado, otro que tenía el mismo pescado, del que Sissé compró unos cuantos “Jege wusu” ahumado, después del regateo protocolario y vivaz, y le ofreció al profesor. Un intenso olor empalagoso a flores marchitas y pescado se distinguía por todas partes, confundiéndose con el olor a establos. El profesor rechazó cortésmente el ofrecimiento, con un gesto de la mano:
—Es un milagro que el río sea todavía una fuente de vida para el país, con lo que lo han explotado y la contaminación que recibe a diario.
Llevaban andados varios kilómetros desde que descendieran del autobús y Sissé no le veía el fin a la población. Alcanzaron, al fin, el embarcadero del puerto.
–Bien, Sissé. Aquí se separan nuestros caminos.
–Profesor. Gracias por todo. Ha sido un placer viajar con usted, los dos hombres estrecharon sus manos con fuerza. ¿Seguro que no quiere un pescado?
–Gracias, pero ahora no, Sissé. Allí, a la derecha, en aquel galpón de madera con la ventanilla, se venden los billetes–, le indicó señalándole con el dedo. ¾A mí también me ha complacido el viaje. Chicos como tú necesita este país. ¡Diviértete!
–Gracias, de nuevo, señor Gerarde.
En uno de los muelles, el de la izquierda, una barcaza trasladaba a las personas y animales de una orilla a otra. En otro, a la derecha, algo más adelante, próximo a un gran meandro del río, estaba amarrado un barco grande, viejo, de varias plantas. Un gran cartel pintado a mano, anunciaba que remontaba el río hasta Gao. «Es el que me dijo el faama, antes de partir de Sikasso», se dijo. En una edificación contigua de madera, la que le había señalado un momento antes el profesor, detrás de una ventanilla desvencijada vendía los billetes un empleado. Un tipo simpático, con una barba anillada y blanquecina. Era belfo, con algunos dientes amarillentos, los que le quedaban, grandes y prominentes, aunque, no tenía reparo alguno en mostrar su accidentada sonrisa. Su rostro transmitía alegría, por el solo hecho de mirarlo. Poseía una vivaz mirada y era un parlanchín inagotable, aunque apenas se le entendía lo que hablaba porque entremezclaba las palabras y las risas, sin llegar a acabar una frase completa. Sissé se interesó por el precio y horario de partida, riendo, también, al mismo tiempo, contagiado de la risa del curioso personaje. Entre comentarios jocosos y risas continuadas compró un pasaje. Le quedaban cuatro días de espera hasta la partida, si todo se daba bien. Zarparía una vez finalizado el Festival sobre el río Níger, así se lo hizo saber el expendedor de billetes. La llegada a la ciudad, el largo paseo con Gerarde y el divertido encuentro con el vendedor de billetes, le parecieron augurios favorables.
Hacía un sol de justicia. En las horas centrales del día era imposible permanecer sin protegerse del sol, si bien, de vez en cuando, se levantaba un hálito de aire que intentaba refrescar algo el ambiente, generalmente sin conseguirlo.
Sissé estaba a la sombra del galpón, se había apartado unos pasos de la ventanilla en donde comprara el billete, que guardó en su dugutaampalan. Desde allí vio como se formaba, entre el puerto y el mercado, un grupo numeroso de gente en círculo, mayores y niños, los más pequeños, con latas vacías, marcaban el ritmo golpeándolas mientras los demás danzaban acompasando aquel ritmo con sus cuerpos, batiendo palmas y moviendo las caderas, entre risas. Decidió acercarse. Aquel círculo se agrandó a penas se escucharon las primeras percusiones. Todos bailaban. Sissé enseguida percibió la concentración en sus rostros, todos parecían estar en un acto ceremonioso; sin importarles el sol implacable. Se secaban el sudor de cuándo en cuándo, unos con pañuelos y los más con el dorso de la mano. Enseguida se sumó todo el mundo a la danza. Se apreciaba una policromía de colores bellísima, meciéndose los “bou-bou” y las “galabiya” al compás. Sissé también bailaba. Unos turistas extranjeros toubabs que observaban cómo se había formado el corro se unieron a la danza, con diferencia ostensible del baile de los nativos. Marcaban sus movimientos cadenciosos de caderas pas –al menos lo intentaban– de hombros y cabeza como bien podían, lo que al mismo tiempo servía como excusa para abandonar la seriedad de sus rostros y reír todos, nativos y extranjeros, que no cesaban de secarse el sudor. Después de un buen rato de baile incesante bajo el tórrido sol, enmudecieron las latas. Se acabó el ritmo. Finalizó la danza. Hablaban entre ellos cambiando impresiones entre risas, entonces si se observaban los semblantes distendidos. Los extranjeros ya no parecían serlo, el polvo en suspensión había cambiado el color de sus pieles y sus atuendos. Comentaban y hablaban con los nativos como unos más de ellos, algunos se ayudaban de las manos para hacerse comprender. Todos seguían secándose el sudor envueltos en una nube de polvo denso, rojizo, asfixiante, que ascendía hasta la altura de sus cabezas, mientras se ajustaban sus vestidos. Sus rostros reflejaban felicidad. Con la misma rapidez que se formó el grupo para danzar se deshizo. Volvieron cada cual a los quehaceres que antes tenían: casi todos sentados en las distintas sombras que proyectaban las acacias diseminadas a lo largo del mercado o las sombras de los mismos puestos, pues en esas horas el sol no permitía muchas actividades.
Sissé se acercó a la sombra de uno de los almacenes portuarios, se descubrió el torso y dejó su jubón extendido sobre el suelo de madera, hizo lo propio con el dugutaampalan, apoyado sobre la pared y se acercó al río, se sumergió. El agua estaba caliente. Salió enseguida, al menos le había servido para quitarse el polvo adherido a su cuerpo con el sudor. A continuación se dispuso a comer el pescado que comprara anteriormente.
Después de poco más de dos meses desde que salió de su casa apenas si recordaba a su familia, salvo algún momento puntual al principio del viaje, lo estaba llevando bastante bien, creía él. Tuvo un tierno recuerdo para Marcel, con la que se encariñó especialmente y le hizo sonreír recordando cómo se le cogió al cuello en su despedida. Se volvió a emocionar. Su estancia en Fana le había resultado espléndida, a parte de la financiación para su viaje que pudo conseguir hasta Tessalit, al menos. El cariño que le dispensaron todos y el que sentía él mismo por todos ellos, sobre todo por aquella pequeña que se llevaba en el corazón. Sissé tuvo otro momento para recordar a su hermana pequeña Bee, mientras saboreaba los Jege wusu, al que sucedió otro entrañable de su mó-ké que le cristalizó la mirada, sus ojos se llenaron de lágrimas y una furtiva escapó incontrolada, surcó veloz su rostro para posarse sobre el bàgan colgado del cuello. Casi al mismo tiempo se llevaba la mano al amuleto, como aferrándose a esa parte inmanente a su propia esencia, en quien se apoyaba y protegía, consciente e inconscientemente ante cualquier eventualidad.
Sissé volvió a recordar, de nuevo, su infancia, rodeado de su padre, su madre, sus hermanos y sobre todo de su abuelo por el que siempre había sentido verdadera devoción. Cuando rememoraba su infancia acababa por centrar sus vivencias en torno a su mó-ké. Hablaba mucho con él y Sissé estaba convencido que le escuchaba y le orientaba en la vida. Lo recordó al poco de salir de su casa y ahora sin ningún motivo aparente lo volvía a hacer. Precisamente a continuación de pensar que estaba llevando bien la separación de su familia. Sabía que en esta ocasión había sido el abuelo quien quería hablar con él. Le vino a la memoria las reuniones a la puesta del sol, bajo la acacia, contándoles su mó-ké aquellas historias que ahora le producían cierta nostalgia. Cómo el abuelo insistió hasta la saciedad a su padre, al que increpó enérgicamente, para que Sissé asistiera a la escuela, habiendo sido antes tan reacio. Sus palabras eran siempre alentadoras cuando Sissé desfallecía. De nuevo el recuerdo de su hermana Bee, se instaló en su mente. «¿Cómo estará, mi pequeña?», se preguntaba. La recordaba tan delgada, tan indefensa... Por otra parte estaba convencido de que su madre la sacaría adelante, como siempre había hecho en toda su vida. Sabía que era muy capaz.
Sissé inconscientemente canturreaba unas canciones infantiles que le enseñara el abuelo en aquellas reuniones. Recordó cómo había soñado en innumerables ocasiones con las hazañas que su mó-ké le había referido y en las que él era el protagonista, haciendo gala de una imaginación sin límites. Una ligera sonrisa se marcó en su rostro. El contacto con su bàgan lo trasladó en el tiempo y le permitió hablar con su idolatrado personaje, al que contó todos sus planes. Se pasó las manos por la cara para limpiarse las lágrimas que fluían desde el momento que rememoró cuando aquella mañana, al levantarse del jergón tendido en el suelo, le anunció su padre que el abuelo no estaba, se había marchado para morir; apenas con unas pertenencias y la hoja de papel en la que Sissé escribió sus primeros garabatos en la escuela, que su mó-ké guardaba como un tesoro. Con el tiempo comprendió por qué su abuelo se había ido en busca de su última morada, por qué quiso morir en silencio, sin molestar a nadie y sin que nadie presenciara su muerte. Sin despedirse. Así había sido desde tiempos ancestrales y así seguiría siendo. En casa de Sissé todos sabían que el abuelo se dirigió a las cataratas de Farako, por las que sentía especial predilección y que les había inculcado primero a su hijo y después a sus nietos. A los pocos días de su marcha fue hallado el cuerpo del abuelo sin vida, sentado bajo una acacia enorme entre un plantel de mangos, con la hoja que Sissé escribiera en su mano, en un pequeño alcor desde donde se divisaba todo el valle y la cascada de agua. Eligió, sin duda, el lugar desde el que se podía contemplar el paisaje más bello del entorno... Sissé aún conservaba medio pescado ahumado que no había sido capaz de ingerir. Apretó con fuerza el amuleto entre sus dedos y arrojó el pescado.
martes, 6 de mayo de 2014
SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso. Capítulo III
MAÑANA EL CAPÍTULO III
Sissé llega a Ségou. Primer acontecimiento importante en la vida del protagonista.
domingo, 4 de mayo de 2014
SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.
Capítulo II
Sissé salió de Kinyan a mediodía y se encaminó hacia Fana. La tierra del camino quemaba al salpicarle sobre las piernas con cada paso. Decidió caminar por fuera de la carretera, entre las acacias y karités de frondoso ramaje, en una fosca intermitente que mitigaba el calor que comenzaba a ser insoportable. El sol parecía emanar fuego en las horas centrales del día y se detuvo bajo la sombra de un gran karité hasta que pasara esos momentos de más calor: el “tilegan”. Aquella era una zona rica en vegetación y karités gigantescos, algunos con más de doce metros de altura, con troncos tan gruesos que le resultaba imposible rodearlos con sus brazos. De ellos prendían unos frutos: como almendras gigantes cubiertas por una fina vaina de un color marrón rojizo, de los que se extraía la manteca de karité, muy apreciada en cosmética, por sus muchas propiedades. Era exportada, sobre todo, a Francia. Ellos, en Malí, la usaban como solución curativa ante cualquier herida o problemas en la piel.
Se sentó bajo el gigantesco árbol, a continuación extendió de forma parsimoniosa, casi solemne, la esterilla multicolor, hecha de borra de la pelusa de las cápsulas del algodón y pelo de cabra. Estaba el suelo con un punto de frescor que contrastaba con la arena abrasadora del camino, recalentada por el sol. De la sombra que proyectaba el karité se desprendía un frescor muy reconfortante. Sacó del dugutaampalan unos cacahuetes y tras comerlos, cogió un tallo de la rama de dátiles que se introdujo entre los dedos de la mano y tiró con la otra hacia abajo, quedaron los tallos secundarios pelados y los frutos en la palma de su mano, de los que dio buena cuenta. Permaneció sentado y la espalda apoyada sobre el inmenso tronco. Se acostó sobre la esterilla y permaneció con las manos bajo la cabeza y las piernas entrecruzadas a los pies del gran karité, con los ojos cerrados bastante tiempo, sin llegar a dormir. Parecía estar aletargado, no gesticulaba, su respiración era muy calmada, casi inaudible. Estaba como ausente. Pasó tres horas en ese estado y de súbito abrió los ojos, se incorporó y oteó a su alrededor, donde nada era sobresaliente. «Los arbustos son iguales los unos a los otros y están diseminados regularmente por entre la arboleda, nada especial», ironizó para sí.
No soplaba, siquiera, un hálito de aire. Se puso en pie de un brinco, enrolló la esterilla con parsimonia y la colocó sobre su dugutaampalan. A lo lejos, a sus espaldas, observaba el poblado de Kinyan, más rojizo que cuando llegó con Alaine. El sol de poniente parecía reavivar el color pardusco de sus casas, transformando el paisaje, creando un ambiente mágico que contemplaba con admiración, «jamás he visto un espectáculo así y si lo he visto nunca lo miré con la misma atención», se dijo. Tras el largo descanso, se colocó la mochila sobre la espalda y retomó la marcha, siguió caminando bajo los árboles para protegerse del intenso calor, que aún era agobiante. Después de algo más de dos horas, comenzó a declinar el sol y se volvió más soportable. Tras dos horas más de camino a paso vivaz empezó a oscurecer. En breve espacio de tiempo se hizo una oscuridad intensa, no había más luz que la de las estrellas, con la luna en cuarto creciente. Se detuvo a pasar la noche en una zona apartada del camino al amparo de un gran karité, para continuar su viaje apenas amaneciera. Recompuso la esterilla de borra en el suelo y se dejó caer a los pies del gran árbol. Habló con sus padres y hermanos por teléfono, contándoles, de pasada, lo que le había ocurrido en ese primer día y la suerte que había tenido de haberle llevado Alaine en su camión un buen trecho, hasta Kinyan. Dio todos los detalles del viaje a su madre, con la que habló más tiempo.
–Madre, estoy muy bien. Ya he salido de Kinyan. He comprado unos dátiles y he tomado unos cuantos, ahora voy a dormir y mañana continuaré viaje.
–...
–No debes preocuparte, lo llevo bien. ¿Y mi pequeña Bee?
–...
–Cuídala mucho.
–...
–Escucha, me han llevado en camión un buen trecho. Al poco de salir de Sikassó me recogió Alaine, un camionero de Burkina, que me llevó hasta el mercado de Kinyan.
–...
–Voy a continuar hasta Tessalit, visitaré al pariente de Françoise. Voy a seguir la consigna que me dieran mi padre y Françoise.
Aquello tranquilizó a su madre, le insistió que siguiera los consejos de su padre y que visitase al pariente de Françoise en Tessalit, que no abandonara la recomendación que le habían dado.
–Está tranquila que así lo haré.
Aquella conversación con los suyos le reconfortó y su espíritu se fortaleció. Había mejorado en mucho su estado de ánimo. Ya no había vuelto a padecer la indisposición que sintiera por la mañana. Se echó mano al “bàgan” –un colmillo de marfil, con ciertas figuras talladas en gran relieve y un cordón trenzado de piel de cebú– que le regalara su abuelo y jugó inconscientemente con él entre los dedos, mientras su vista se perdía en el fosco de la noche, clavada en el piélago de estrellas. Una ligera brisa movió la hojarasca y le sacó de su ensimismamiento. Por entre los huecos que dejaban las hojas se dejaban ver las estrellas que resplandecían hermosas en el infinito. Quizá nunca le había parecido tan bello el espectáculo como en ese momento, como cuando contempló el pueblo de Kinyan esa tarde, «quizá tenga mucho que ver la incertidumbre de verme lejos de casa», pensó. Le vino a la memoria un proverbio bamana que siempre pronunciaba su abuelo: “La realidad es aquella, que cuando dejas de creer en ella, no desaparece”. Se seguían agolpando los pensamientos en su mente: su madre, sus hermanos, su padre, la pequeña Bee. Pensaba, abrumado un tanto, en lo que todos esperaban de él, mientras observaba las constelaciones de estrellas que aparecían y desaparecían según se movieran las hojas. Era una noche clara en la que se perpetuaba el universo de estrellas refulgentes. «Qué bello espectáculo», volvió a pensar.
Recordó la fiesta con la que finalizó su iniciación, la danza que junto a otros jóvenes interpretó para satisfacción de todos, sobre todo de su mó-ké. Como reconocimiento le regaló en aquel instante el bàgan que llevaba Sissé y que igualmente lo heredó el abuelo de su padre. Ante cualquier dificultad se aferraba a él, pidiendo la ayuda de su abuelo. Siempre se terminaba con grandes fiestas de máscaras en las que participaban los recién iniciados que iban de poblado en poblado. Los iniciados se dividían en grupos y los hijos de los herreros danzaban en presencia de “nyeleni”, unas tallas que representaban figuras femeninas con hombros anchos y planos, erguidas y colocadas sobre una pequeña base circular, con sus senos cónicos proyectándose hacia delante. Le vino a la mente las fiestas agrícolas de la asociación “tyi wara”, en la que los agricultores llevaban peinados simulando al antílope, personaje mítico que les había enseñado a cultivar la tierra. Para obtener una cosecha abundante danzaban imitando el paso del antílope durante la fase de la siembra y de la cosecha. El cuerno representaba el símbolo del crecimiento del mijo. La asociación “komo”, dirigida por los herreros, acogía a todos los adolescentes tras la circuncisión o “bolocoli”. Poseían una máscara caracterizada por una gran boca y los cuernos de antílope a los que se añadían elementos varios, como mandíbulas de animales. La máscara, que sólo la lucían los herreros, danzaba ante los miembros del “komo”. Su inquietante aspecto evocaba el interior de la selva y sus peligros. El hecho de danzar durante una fiesta era para un muchacho la ocasión de demostrar su habilidad personal y de adquirir un cierto prestigio; no obstante antes habría demostrado su destreza y condiciones para merecer, de los ancianos, la autorización de exhibirse en público. Si los ancianos no quedaban satisfechos y convencidos de las posibilidades de un muchacho no le permitirían su primera actuación en público. Embebido en tales recuerdos, no tardó en quedar dormido.
Tras cinco días caminando por pistas de tierra rojiza, se cruzó con gran cantidad de personas que acarreaban en “wotoro” mijo u hortalizas, tiradas generalmente por asnos y algún que otro camión, cargados exageradamente. Un gesto de satisfacción se reflejó en su rostro, al contemplar las plantaciones de arroz, cuyo verdor comenzaba a emerger y sobreponerse a las aguas que los inundaban. Las acacias bien enfiladas parecían cerrar el camino más adelante. Sobre ellas reinaba un cielo de un color azul inmaculado que brillaba esplendoroso, sin una nube que tachonara el índigo infinito. La humedad por la proximidad del río alcanzaba un nivel tan grande y denso que se veía a lo lejos como desprendía remolinos de vapor, difuminando el horizonte. Después de caminar todo el día, casi a media tarde, andaba resguardándose de aquel sol tórrido bajo las acacias. Ascendió a un alcor que se presentaba ante él, contempló sobre la vaguada una aldea tras un oued seco. Sus casas bajas de adobe parecían incrustadas entre el terreno.
Rodeaban aquella pequeña aldea extensos campos de color púrpura y blanco, contrastando con el color anaranjado de sus edificaciones y el rojizo de la tierra de los caminos que los atravesaban: los campos de algodón. Habían abierto las campanillas y de ellas emergían sus hebras que las desbordaban. Su padre le habló en varias ocasiones de la belleza de estos campos, que reconoció rápidamente. «En breves fechas deberá ser recolectado y necesitarán mano de obra», se dijo. Sissé se propuso trabajar la temporada de la recolecta y hacerse con algunos francos que le permitieran continuar el viaje. Era un bellísimo paisaje el que tenía ante él: Fana.
Sissé vio desde la distancia a un grupo de niños jugando en el “oued”. Aquella zona era frecuentada por los niños para jugar. Cuando llegó a la altura de los pequeños observó que se deslizaban por un terraplén de tierra pasando por entre dos grandes rocas que jalonaban la rampa de tierra. Estuvo bromeando con los pequeños y él mismo se deslizó por aquel terraplén rozando con su cuerpo las dos rocas.
Apenas hubo remontado de nuevo la pared del oued escuchó un chasquido, seguido por el llanto desgarrado de una niña. Volvió a la carrera sobre sus pasos y vio a la pequeña echada en el suelo rojizo, cubierta de polvo, sin poder mover la pierna. Se llevaba sus pequeñas manos a la altura de la ingle. No podía imaginar que el crujido que escuchó procediera de la pequeña. Tenía la pierna girada hacia fuera, a Sissé le produjo un escalofrío que le recorrió de pies a cabeza. Inmediatamente se arrodilló junto a ella, percatándose de la gravedad de la herida. La inmovilizó y ordenó al resto de pequeños, entre los que se encontraba un hermano de la niña, de tan solo ocho años, que corrieran en busca de ayuda. Les dijo que trajeran una escalera para poder acomodar su cuerpo y llevarla al médico echada, lo que hicieron con celeridad, con el miedo reflejado en sus rostros. La madre llegó azorada sin parar de gritar: ¡Marcel! ¡Marcel! Cuando vio a su hija rompió en un llanto inconsolable. Ayudó a Sissé y colocaron a la pequeña sobre una escalera hecha con ramas y los peldaños atados con cuerdas, la llevaron hasta un ambulatorio, donde le dieron una primera asistencia y le diagnosticaron fractura del cuello del fémur. Sobre una camilla de la consulta dejaron echada a la niña entre sollozos, junto a su madre. El médico, con ayuda de Sissé, tuvo que acondicionar la camilla de forma rudimentaria para el tratamiento. Sometieron su pequeña pierna a tracción, con ayuda de cuerdas que pasaban por unas hendiduras realizadas sobre una vara redondeada, colocada transversalmente, que haría la función de una inexistente polea. El médico colocó un peso en el extremo de la cuerda, para que la pierna de Marcel estuviera en la posición idónea para una perfecta unión de los huesos. Desde aquel momento Sissé se sintió unido a la pequeña Marcel a la que visitaba todos los días. Se granjeó su cariño y el de su madre, así como el del resto de la familia.
Sissé no tuvo mucha dificultad para encontrar trabajo, debido a la gran necesidad de mano de obra que precisaban las cooperativas, casi todas familiares. Le resultó peculiar la cantidad de personas que emitían silbidos al respirar, hasta que supo que era por motivo de una enfermedad común producida por la inhalación de partículas de algodón llamada Bisinosis.
Para la recolección del algodón no era precisa mano de obra experta, por lo que Sissé entró a formar parte de la plantilla de trabajadores de la cooperativa. Esa recolección se realizaba manualmente para obtener el algodón con menos impurezas que si lo hacían mecánicamente. Los obreros invadían los campos, avanzando lentamente por entre las plantas níveas, entre cánticos autóctonos. Por cada tonelada de semilla de algodón recolectada manualmente, se obtenía un promedio de cuatrocientos kilos de fibra, alrededor de los quinientos kilos de semilla y entre cincuenta y cien kilos de desecho. Sissé se mostró como un trabajador eficaz, recolectando casi cien kilos de algodón por día, cuando la media estaba sobre los sesenta kilos. Aquello le hizo granjearse el reconocimiento de patronos y compañeros. Posteriormente, en los almacenes, se realizaba el desmotado: proceso mecánico con el que se trataba la separación de la fibra de algodón de las semillas, por medio de una máquina de rodillos. La fibra así obtenida era denominada algodón oro y constituía la materia prima para elaborar la hilaza. La semilla de algodón proporcionaba aceite, harina y borra. Sissé hizo gala de unos conocimientos exhaustivos sobre agricultura cuando, después de acabada la campaña del algodón realizó trabajos en el acondicionamiento del terreno para la próxima siembra. Demostró, sobradamente, el aprendizaje con su padre aprovechando cada palmo de tierra, la forma de levantar la besana para continuar con el resto de surcos paralelos y oxigenando la tierra. Aquello despertó el interés de sus patrones para que permaneciera con ellos.
También se hizo acreedor del cariño de mujeres y pequeños por su espontaneidad y simpatía, siempre tuvo una sonrisa dispuesta, y un momento para jugar con los niños que apenas le veían llegar se arremolinaban a su alrededor. Sobre todo con la pequeña Marcel, la niña que sufrió el accidente en el oued, a la que durante todo ese tiempo visitó todos los días, acompañándola en sus juegos, aún postrada en la cama. A menudo le llevaba juguetes que confeccionaba él mismo con sus propias manos, con cuerdas y palos, o pequeñas tallas de madera que elaboraba en las noches.
Hasta la primavera no se iniciaría la siembra del algodón. Ahora las oportunidades empezaban a escasear y consideró que había llegado el momento idóneo para marchar. Recogió dinero suficiente para reiniciar el viaje. Había pasado dos meses trabajando en el algodón en una de las cooperativas. Desestimó la oferta que le habían hecho para permanecer en la hacienda en la que estuvo recolectando el algodón y trabajando la tierra. Partió temprano en busca del autobús que le llevaría hasta Ségou. Mientras caminaba pasó delante de algunas casas en las que estaban sentadas en el suelo madres e hijas, a las que saludaba alegremente y era correspondido con una sonrisa o un comentario jocoso que él agradecía. Delante de la sombra de sus casas, entre cánticos autóctonos que habían ido pasando de madres a hijas, generación tras generación, machacaban mijo en grandes morteros con no menos grandes pilones usándolos con ambas manos. También se las veía preparar té o decantando el tan preciado aceite de karité. Niñas y adultas manejaban el pilón con maestría, y le imprimían un ritmo contagioso, incesante, alternándolo con palmadas y con golpes de “pas” y cadenciosos balanceos, reproduciendo movimientos milenarios. Sissé, en algún momento, de pasada, imitó ese balanceo, las niñas reían y se colocaban a su lado para marcar los movimientos con las caderas.
Llegó a la altura de una casa de adobe, sobre el final de otras tantas mal alineadas, ante la que se detuvo y llamó a Marcel. La niña, de cinco años, con la que pasó mucho de su tiempo libre desde que llegó a Fana, salió de su casa corriendo, a pesar de su cojera; al verle se le cogió al cuello, y tras ella su madre que saludó a Sissé con agrado. Debido a su corta edad el hueso unió con rapidez en breve tiempo, lo que acortó considerablemente su convalecencia, apenas algo más de un mes. Pero la unión no fue perfecta y quedó una ligera cojera que no impedía a Marcel jugar con el resto de los niños. Llevaba sus cabellos rizados sujetos con infinidad de lacitos pequeños, de muchos colores, enalteciendo su belleza natural y unos hoyuelos en sus mejillas le conferían un aspecto vivaracho.
Cuando Sissé anunció a la pequeña que iba a continuar su viaje, ésta se agarró con más fuerza todavía a su cuello.
–¡No! ¡No! ¡No!–, decía entre sollozos.
Después de varios intentos de la madre de retirar los brazos de Marcel del cuello de Sissé, al que se sujetaba aún con más ahínco, consiguieron separarla, lo que produjo que llorara con más intensidad. Sissé se sintió emocionado porque había tomado cariño a la pequeña.
–Marcel, cuando regrese vendré a verte y te traeré muchos regalos. No llores... Adiós. Cuídala mucho–, le pidió a la madre.
Tras prometerle, varias veces más, que cuando volviera pasaría a verla y le traería varios regalos, se despidió de Marcel con un beso. La niña, le miraba con languidez. Se alejó encaminándose hacia el centro de la población para tomar el autobús; se giró para saludar por última vez a la pequeña Marcel, que le correspondió entre lamentos. Sissé estaba verdaderamente emocionado. El cariño que se había granjeado era verdaderamente sincero. Los niños estaban encantados con él, pues a pesar de su juventud y su trabajo, muchas veces agotador, siempre tenía una palabra agradable para todos, uniéndose a sus juegos, sobre todo futbol, en los que demostró sobradamente su destreza. Le admiraban.
sábado, 3 de mayo de 2014
jueves, 1 de mayo de 2014
SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso
Capítulo I
Las hojas de los mangos se mecían suavemente ante una brisa placentera que soplaba del Noreste, en la población de Sikasso, al sur de Malí, cercana a la frontera con Burkina Faso. Eran las seis de la mañana del día dieciséis de diciembre de dos mil cuatro, y el sol iniciaba su andadura tímidamente. Remarcaba su Áurea sobre la cima del “Kulu” Mina, que se erguía majestuoso. El monte proyectaba un contraste de luces y sombras que inducían a mil historias fantásticas.
En la “frandes” de tierra rojiza circundada por varias casas de adobe, ante la última de ellas, situada más al Oeste, se concentraba un grupo numeroso de familiares de todas las edades, en animada tertulia. El grupo de casas que rodeaban la explanada pertenecían a descendientes de un mismo antepasado. Formaban de esta manera un clan familiar “duungomá”, al que correspondían y en el que compartían tierras, ganado... Algunos rostros compungidos por la marcha inminente de Sissé que se despedía de su familia, entre sollozos. Estaba abrazado a su madre que, con Bee en sus brazos, su hermana pequeña que contaba con apenas un mes de vida, sollozaba, ante la inseguridad de volver a ver a su hijo. Sissé dedicó una última mirada llena de ternura a Bee, que presentaba una delgadez considerable, y con un beso se apartó de ellas, bajo la mirada atenta de su padre y Françoise, “faama” de los “duungomá”. Los más pequeños, delgados, también, ajenos a lo que acontecía y a pesar de la hora, correteaban unos tras otros entre una sonora algarada. Se desplazó todo el grupo hacia el final de la última casa situada más al este, donde empezaba el camino de tierra rojiza. Sissé se disponía a iniciar su viaje hacia el norte. Su objetivo era alcanzar Europa, como tantos otros soñadores, y sacar de la miseria a su familia. Atrás quedaban sus tres hermanos y dos hermanas junto a la madre y el nutrido grupo de familiares, tíos, primos…, esperanzados todos ellos en el éxito de Sissé. Frente a su casa pastaban unas cabras famélicas, mal alimentadas debido al escaso pasto que había como consecuencia de la sequía tan brutal de ese año y una posterior plaga de langosta, tanto o más maléfica que la propia sequía. Sobre un banco de argamasa recubierto de lajas arcillosas, que se prolongaba a lo largo de la fachada de la casa, se veía un haz de mijo y algunas verduras, que comenzaban a brotar después de casi un año. Samuel, padre de Sissé, ya las había recogido antes de despuntar el día de un pequeño trozo de tierra que cultivaba muy próximo a la casa. La caza también se había resentido de forma considerable, hasta el punto de que algunos animales disputaban los escasos recursos a las personas.
Tras los últimos consejos y recomendaciones tanto de Samuel como de Françoise, Sissé, se colgó al hombro, en bandolera, su “dugutaampalan”, que su padre compró hacía unos años en el mercado de Bamako y se la regaló con el fin de mantener el vínculo familiar. Era una mochila de piel de cebú negra, que se anudaba en la parte superior y con una solapa de la misma piel que se sujetaba por medio de una correa que en su extremo llevaba un pasador de hueso de cabra. Le cubría más de media espalda. Por equipaje no llevaba más que unos cacahuetes, un trozo de queso, que elaboraba de forma artesanal su madre y una hogaza de pan. Una esterilla de tejido grueso y áspero, de borra de algodón, de amplio colorido, para ejercer las veces de jergón, junto a unos cuantos francos africanos y su teléfono móvil que compraron con gran esfuerzo para la ocasión.
Después de bordear las casas, apenas había caminado un centenar de metros, alcanzó Le Grande Avenue. Un ligero olor putrefacto se dejaba sentir por las inmundicias que se depositaban a los lados de la Avenida, mezclándose con el aroma de las flores perfumadas de las acacias. Se volvió para gritar ¡ka an be!, a los suyos al tiempo que alzaba el brazo y se preguntó cuándo sería eso de volverlos a ver. Indicó a los pequeños que le acompañaban que volvieran sobre sus pasos y se quedasen con sus padres. Le Grande Avenue era una avenida amplia, de tierra, también rojiza y arteria principal de Sikasso, bordeada de grandes “baobabs”, de enormes troncos y hoja alargada, no muy tupida, con largas espinas en su base. Su flor era amarilla y florecía por esas fechas, por lo que la Gran Avenue presentaba un aspecto espléndido, bellísimo. Era un árbol de hoja caduca y hermafrodita que comenzaba a perder las hojas después de finalizar la época de lluvias, a partir de los meses de septiembre u octubre, para volver su foliación sobre el mes de mayo; su forma aparasolada proporcionaba una apreciada sombra en las horas centrales de sol. Aquellos grandes árboles eran muy apreciados por los lugareños que pasaban muchas horas a su cobijo. «Un buen hombre debía parecerse a un baobab: robusto, austero y paciente», decían los lugareños.
Se había iniciado el trasiego de personas en Sikasso. Muchos de ellos saludaban a Sissé, se detenían para interesarse por cada uno de los miembros de su familia y entre uno y otro familiar consultado, reían ambos, cuanto más sonora era la risa más valorado era el saludo. Todos le deseaban mucha suerte en su andadura. Entre saludos de unos y otros, Sissé se giraba hacia los suyos agitando el brazo derecho para despedirse. Había andado un buen trecho de la Grande Avenue, Sissé se volvió para ver a su familia por última vez. Le saltaron las lágrimas. Un nudo en la garganta le impidió pronunciar palabra. Ya no les pudo ver, pero aún así, levantó el brazo derecho y lo agitó para despedirse. Con el dorso de la mano se secó las lágrimas que corrían libremente por su rostro. «Por fortuna me han obedecido los niños y no han venido tras de mi. Me hubiera sentido muy mal si los pequeños me hubieran visto llorar», se dijo a si mismo. Se perdió entre la arboleda tras un recodo que giraba a la derecha para salir de Sikasso. Era consciente de ser la esperanza de los suyos; tenía que llegar a Francia. Lo prometió a sus hermanos: una vez instalado les llevaría con él y podrían gozar de una vida mejor.
Cuando pasó delante del Kenedougou Palace Hotel le invadieron los recuerdos de cuando correteaba con sus hermanos en busca del blanco que siempre les obsequiaba con algún presente. Con el reverso de la mano se volvió a secar las lágrimas que no podía reprimir y seguían brotando irremisiblemente, empañando la visión de sus ojos. «Cuando vuelva, seré yo quien les de unas monedas a los chavales que se me acerquen», se dijo así mismo. Entre tanto, una ligera polvareda se levantaba con cada una de sus pisadas, que habían adquirido un paso enérgico y decidido. «Por fortuna no me han visto llorar», se repetía una y otra vez.
Entre la desazón, su familia permanecía inmóvil, las tres mujeres abrazadas, también sin poder contener las lágrimas, junto al resto de familiares que continuaban con su charla, al tiempo que daban ánimo a la madre. Hacía un buen rato que ya no le distinguían; aunque su madre y sus hermanas continuaban inmóviles. Sus tres hermanos varones se alejaron anteriormente para no verle marchar. Entre tanto su bwa y Françoise conversaban sobre las condiciones de Sissé para superar la prueba, algo ajenos a los sentimientos del resto de familiares.
Dejó atrás la tumba-palacio de Babemba, rey de Sikasso y un recuerdo fugaz de su mó-ké le vino a la mente y recordó casi literalmente sus explicaciones cuando durante las horas de más fuerza del sol y en su ocaso, el abuelo les reunía a sus hermanos y niños de la familia a la sombra de la gran acacia que estaba frente a su casa. Sonrió con cierta nostalgia al recordar las caras estupefactas de todos los pequeños ante aquellos relatos, «como años antes sería la suya», pensó. Aquellas historias habían pasado de padres a hijos, generación tras generación y a él siempre le interesaron de una forma especial. Cuando no las relataba su abuelo espontáneamente era Sissé quien le pedía que lo hiciera, le gustaba escuchar a su mó-ké por el que sentía especial predilección, accediendo, éste, gustoso, a las peticiones de su nieto. Aunque él tuvo la suerte de acudir a una escuela durante seis años y algunas de esas historias también las había estudiado:
«Sikasso fue fundada a principios del siglo XIX por Mansa Douala Traoré que reinó del año 1845 hasta el año 1866. La ciudad fue una pequeña aldea hasta 1876 cuando Tieba Traoré, cuya madre procedía de Sikasso, se convirtió en rey del Imperio Kénédougou, de 1866 a 1893 y trasladó su capital a Sikasso. Estableció su palacio en la colina sagrada de Mamelon donde construyó un muro o fortificación de defensa, “tata”, de nueve kilómetros de largo por seis metros de alto que rodeaba la ciudad, para resistir los ataques de Samora Touré o Samory Touré. Samory Touré fue un guerrero islamista que pretendía implantar el Islam a toda costa y se distinguió por hacer la guerra, únicamente, para enriquecerse capturando mujeres y haciendo prisioneros para venderlos a los negreros como esclavos. La ciudad resistió un largo asedio de 1887 a 1888, tanto por el ejército de Samory Touré como el francés, que se habían aliado previamente. Su ejército estaba dividido en dos alas: el ala de infantería “sofa”, iban armados con un escudo de madera o cuero y una “tamba”, y los arqueros que eran más numerosos portaban un escudo y dos aljabas de flechas de hierro con púas inclinadas, generalmente envenenadas. Y, el ala de caballería, la formaban más de tres mil jinetes llamados “mandekalus”. Aquel ejército tenía entre treinta mil y treinta y cinco mil hombres
Ante la imposibilidad de romper sus murallas, Samory Touré, se retiró presionado por los franceses, llegando, éstos, a un tratado de amistad con el rey de Sikasso, Tieba Traoré, en ese mismo año de 1888 para luchar contra los “Ouatara”, en Burkina Fasso. Su hermano Babemba Traoré que le sucedió en el reinado en 1893 hasta 1898, tras la desconfianza generada con el ejército francés se enfrentó de nuevo a ellos que finalmente conquistaron el reino el 1º de mayo de 1898. En lugar de rendirse al ejército colonial francés, Babemba Traoré, antes de ser capturado pasó su fusil a un soldado de su escolta y gritó por su honor en su lengua Bamanankán (Bambara o Bamana): "Saya ka fisa ni os maloya" (la muerte es preferible a la vergüenza). Al tiempo que daba la orden al soldado de que le disparase, pasando en un instante a ser mártir de la independencia de Malí».
En su mente permanecía la imagen nítida de su mó-ké. Sissé apenas contaba con la edad de diez años cuando su mó-ké murió, no derramó una sola lágrima. Un día su abuelo desapareció de casa y nunca más volvió, su padre le hizo saber que se había marchado para morir sin molestar a nadie. Sissé apenas si habló unas palabras con su padre hasta pasados unos días a pesar de que la muerte era celebrada festivamente.
Continuaba con su caminar constante con la ilusión desbordada, entre recuerdos, dirección Noroeste, rumbo a Fana; aunque al mismo tiempo dubitativo por el futuro incierto que tenía ante sí. Nunca se alejó de su familia y, desde luego, jamás había emprendido viaje alguno en solitario. Con diecinueve años de edad, pelo negro y anillado, de tez de color negro intenso, cordial, humilde, hablador, se relacionaba fácilmente con los demás. Poseía un gran sentido de la orientación. De constitución fuerte, atlética, grandes manos, hombros anchos, pectorales fornidos y piernas largas, fuertes y musculosas, superaba los ciento ochenta y cinco centímetros de alzada. Sus rasgos faciales bien proporcionados le conferían un gran atractivo. Era un buen conocedor de las artes agrícolas y poseía una habilidad especial para la caza, por empeño de su padre. Era el mayor de seis hermanos. Tenía asumido que se enfrentaba al gran reto de su vida. Conforme iba avanzando le asaltaban los recuerdos, aún frescos, de la vida junto a los suyos. Pero sobre todo, quizás porque era lo más parecido al reto que recién afrontaba, recordaba, las veces que salió a cazar con su padre. Cómo le insistía una y otra vez en la flema que debía tener para no ahuyentar las piezas, como tantas veces les sucedió, lo que le había supuesto más de una reprimenda del padre. Las labores de la tierra que tanto énfasis pusiera su padre en enseñarle, y los trucos para que fuera lo más fértil posible. Le vino el recuerdo cómo su padre le enseñó a hacer la besana con la azada y posteriormente con el arado. Cuánto le costó hasta conseguir hacerlas rectas, como le exigía su padre; hoy se sentía orgulloso.
Su mente era un torbellino en la que se amontonaban los recuerdos entremezclándose unos con otros. De momento comenzó a visualizar los lugares pintorescos de Sikasso – parecía estar viéndolos por primera vez –: el mercado, del que le gustaba sobremanera el griterío de los vendedores para ofertar sus productos. Las mujeres portando sobre sus cabezas grandes bultos, en equilibrio, con los productos que iban a vender. El regateo característico ante la compra de cualquier cosa, que resultaba ser como una liturgia de los pueblos africanos. La tumba del antiguo rey de Sikasso, que acababa de dejar atrás, un mausoleo poco ostentoso que a Sissé le servía para enorgullecerse y recordar a su abuelo. El hotel, Kénédougou Palace, sobre todo cuando llegaban los “toubabs” europeos y americanos, que junto a sus hermanos les asediaban para recoger algún paquete de galletas o de chicles, o alguna moneda que les hacía especial ilusión, máxime, si eran de sus países de origen. Después las cambiaba su padre reportándoles pingües beneficios, con los que se permitían algún pequeño lujo. Recordó cuando compró su padre la bicicleta nueva en la que transportaba toda clase de mercancías, incluso a ellos mismos, con unos dólares que les dieron unos turistas americanos. Sissé todavía se movía con la bicicleta por Sikasso. El gran impacto que le causó la primera vez que acompañó a su padre a Bamako, capital de Malí y vio aquel gran puente de madera, inmenso, que cruzaba el río Níger de orilla a orilla. Aquella imagen del puente sobre el río la recordaba en muchas ocasiones y con gran deleite. Las grutas de Missirikoro, en el sur, entre unas extensiones de vegetación exuberante, sobre todo de matorrales y bananos. Tenían un verdor espectacular haciendo contraste con el color rojizo de los caminos de tierra que las atravesaba, intercalada, al mismo tiempo, de campos de cultivos de Mangos. Ese año no era así a causa de la sequía. La gruta de entrada formada por grandes rocas fuertemente erosionadas ocultas tras un espeso ramaje. Sus galerías hechas por oquedades ovaladas de formas caprichosamente redondeadas, por la erosión del agua y el tiempo. Y, las cascadas de Farako, esos parajes le fascinaban especialmente, muy próximas a la frontera con Burkina Faso, en donde destacaban sus plantaciones de té, a tres kilómetros más al sureste de Missirikoro. Cada vez que iban se bañaban en sus aguas cristalinas, frescas y tranquilas en el remanso, tras la caída del agua, a la que tenían prohibido acercarse, a pesar de que Sissé era un excelente nadador. Se le agolpaban las imágenes, una tras otra, sin orden ni control. Parecía como si se le acabara el tiempo, ese tiempo que jamás había condicionado sus vidas, que nunca valoraron, que no les acuciaba.
En un instante se detuvo y respiró hondo, profundamente, varias veces, y se insufló valor él mismo. Se sintió mal y se inquietó. Le temblaban las manos. Las piernas le pesaban una enormidad, así como los brazos que parecían de plomo. Le apareció un sudor extraño. Se sentó al borde del camino, sobre la raíz sobresaliente de una acacia que no tenía esas largas espinas características. Contempló su alrededor y le dio la sensación de no ver con claridad, se le presentaba todo aquello que tenía delante turbio, borroso, como en cualquier día de calima. Entretanto, la respiración seguía agitada. Se puso en pie. Siguió respirando profundamente, extendió los brazos en cruz varias veces para abrir más la caja torácica como les indicaba un ex jugador de fútbol, que ejercía de entrenador en el equipo de Sikasso, del que formó parte hasta un año antes. Tras unos momentos de incertidumbre, de respirar profundamente comenzó a sentirse más tranquilo. Aunque seguía asustado. Por un momento sopesó la opción de volver a su casa. Observó su alrededor hasta donde la tierra se unía al horizonte, ruborizándose de pensar lo que le había sucedido. Era la primera vez que se apartaba de su familia y eso le creó cierta inquietud. No obstante, Sissé era un joven de fuerte carácter: «este viaje servirá para mejorar la vida de los míos», se dijo a sí mismo. Ese pensamiento le reconfortó. Unos minutos después su respiración volvió a ser acompasada, normal, más relajada, parecía que se aligeraba el peso de piernas y brazos, aunque aún continuaban algo romos. Respiró hondo varias veces más. Se colocó el dugutaampalan a la espalda y reinició, de nuevo, el camino.
Atravesó campos plantados de mangos, mandiocas y bananos, que comenzaban a tomar sus tonos verdes, y algún que otro en los que cultivan hortalizas, aunque todavía se apreciaban plantas secas víctimas de la terrible sequía. Su zona era una zona rica en agua. Privilegiada. Generalmente gozaba de una época amplia de lluvias con relación a otras del centro y norte de Malí, por donde no transcurría el curso del río Níger, aunque este año también estaban pasando verdadera escasez. Eso había provocado que los productores acaparasen el poco grano que había en la región, lo que aumentó su carestía y su enriquecimiento. En otras épocas, podían mantener zonas inundadas con las que asegurar el riego de sus plantaciones, lo que les permitía cosechar cereales, legumbres y hortalizas; aunque la base de la alimentación en Sikasso continuaba siendo el “too” casi exclusivamente y algo de carne en ciertas ocasiones especiales, cuando la caza se daba bien. Aunque ese privilegio se había perdido en gran parte del territorio desde el mes de noviembre pasado, en el que unas inundaciones inusuales destruyeron todos los campos y pastizales de la zona. También las inundaciones hicieron estragos en el sur de Mauritania, en Burkina Faso y en el noreste de Níger. Esas inundaciones fueron el colofón de una sequía tremenda que alguna otra vez les azotaba. Una gran plaga de langosta se sumó a la desdicha de estos pueblos. Arrasó las plantaciones en los países de Mauritania, Senegal, Malí y Níger, y provocó una hambruna a casi la totalidad de aquellos pueblos. De la hambruna no se libraron, siquiera, los pueblos ribereños del río Níger. Sufrieron la destrucción de sus riveras y zonas aledañas por su desbordamiento, y la posterior plaga que acabó con sus escasas posibilidades de vida.
Apenas si había andado Sissé diez kilómetros, perdido en sus pensamientos, en aquellos recuerdos que no le abandonaban, sin percatarse de lo que sucedía a su alrededor. Caminaba porque era inherente a su objetivo. Jamás el africano había sido esclavo del tiempo, la flema les caracterizaba. Era casi media mañana y hoyaba el borde de una pista de tierra en la que a ambos lados había extensos bosques de acacias, donde poder protegerse del fuerte calor, acompañadas de una vegetación incipiente. No se cruzó con nadie en un par de horas. De pronto se detuvo un viejo camión a su lado, cargado de maíz, que le hizo sobresaltarse a pesar de haberle escuchado que se acercaba desde hacía un buen rato.
––¿Dónde vas, muchacho?— Le preguntaron desde el interior del camión.
––Voy a Ségou… Señor–. Respondió, sin ver a quien.
––¡Anda! Sube. Hasta Kinyan te puedo llevar–, le invitó un solícito camionero, belfo, con una gran sonrisa en su cara, dejándose ver ligeramente por la ventanilla derecha del camión. –Voy hasta Koutiala, donde debo cargar algodón, después de descargar el resto del maíz. Parte se queda en Kinyan.
–Pero ¿hay maíz en alguna parte?
–No hay mucho, no creas, pero quien lo tiene...
–¡Gracias!¡Muchas gracias, señor! Mi nombre es Sissé––, le dijo, tendiéndole su mano, después de haber tomado asiento en el camión.
–Yo soy Alaine, de Bobo Dioulasso, en Burkina. Siempre viajo solo. Hago las rutas de…, bueno las que me contratan. No obstante es muy aburrido viajar solo, por eso si veo alguien que viaja caminando lo recojo. Así se hace más ameno el viaje––, soltó una gran risotada. Y sin dejar hablar a Sissé, prosiguió ––ahora voy al mercado de Kinyan, de modo que te aliviaré al menos ese recorrido, aunque viajo lentamente; el camión es algo viejo, algo más que yo.— Otra risotada hizo que mostrara sus dientes grandes y ennegrecidos de mascar “siramugu” para a continuación escupir por la ventanilla del camión, dándole un gran impulso. Llenaba sus pulmones de aire y lo expulsaba bruscamente por entre el clareo de sus dientes, le faltaba el incisivo central.
–¿Dónde vas? Aunque creo adivinarlo: Europa–, dijo mirándole a los ojos, perdiendo de vista la carretera.
–Sí. Efectivamente. Viajo a Francia—. Asintió, incluso con la cabeza, al tiempo que esbozaba una sonrisa, –es mi intención llegar allí y trabajar duro para mejorar la vida de los míos y la mía propia.
–Sabes que es peligroso, ¿no? Si no viajas en avión es muy complicado. Te encuentras con situaciones muy desagradables. Yo mismo tengo un sobrino, André, hace algo más de tres años que partió, como tú, ahora, él lo hizo por Senegal, es menos comprometido que viajar a través de Argelia para llegar a Marruecos–, le dijo. –Hace más de un año que no sabemos nada de él, desconocemos si está vivo o muerto— se lamentó. –Ahora tendrá sobre veintisiete años y es más bajito que tú, menos corpulento, pero con muchas agallas y más guapo que tú–, al tiempo que otra gran risotada dejaba a la vista su boca, grande, abierta, que casi escondió su cara; en ese mismo momento cogieron un gran bache que hizo tambalearse el camión, Sissé se propinó un coscorrón en la ventanilla, lo que provocó más risas de ambos, mientras Sissé se frotaba con vehemencia la cabeza para mitigar el dolor.
En dos horas de viaje parsimonioso no había dejado de hablar el camionero. Entre frase y frase soltaba una carcajada mostrando hilachos de “siramugu” entre sus prominentes y ennegrecidos dientes, para a continuación escupir por la ventanilla del camión. Le contó con todo lujo de detalles los innumerables viajes que había realizado tanto dentro de Malí, como fuera, en los países vecinos y algún que otro hasta Libia y Egipto.
–A lo largo de todos estos años se han perdido demasiadas personas, hermanos que no se han conformado con la vida de nuestros países…
–Que no se han conformado no, que no tenían posibilidad de vivir y menos dignamente—, le interrumpió Sissé.
–Bien. Algunos, verdaderamente, no tendrían posibilidades de vida en sus países, pero otros lo intentaron por mejorar sus formas de vida, sólo, porque no estaban conformes con lo que tenían. A los del norte no les importamos nada los negros, les resulta indiferente si se siembran los campos y caminos de cuerpos negros, imagínate qué les puede importar si desaparecen en el océano que no quedan los cuerpos para denunciar las tragedias que suceden a diario. Nosotros para ellos no somos más que un trozo de carne con forma pero sin voz, sin alma; por tanto sin derechos. No te equivoques, Sissé, debes estar siempre muy atento y no fiarte de nadie, debes hacer aquello que realmente puedas hacer y administrar tu mismo. No esperes que alguien interceda por ti. Escurre el bulto al menor atisbo de problemas con gendarmes o militares, o en los que puedan aparecer éstos, porque no te van a preguntar–, concluyó.
Siguió dando a Sissé todo tipo de detalles de su sobrino, por si coincidiera con él o llegara a saber qué suerte corrió y poder informarle. Después se pasaron ambos los respectivos números de teléfono y le dio muchos consejos, que le llegaron a abrumar. Le recomendó que viajara por Senegal que era una ruta menos peligrosa, así evitaría cruzar el desierto de Tanezrouft.
Alaine le advirtió de que no cruzara el desierto en solitario, que se uniera a cualquier convoy que hiciera la ruta y atravesara el Tanezrouft en compañía. Le continuó alertando que había de tener mucho cuidado en Argelia y en Marruecos, donde los hombres negros no eran vistos con buenos ojos y aprovechaban cualquier ocasión para robarles. Llegaron, entre tanto, al mercado y después de desearse ambos la mayor de las suertes se despidieron con un abrazo y una nueva risotada, acompañada con un escupitajo de Sissé, que les sirvió para reír a ambos. Le agradeció, otra vez, el favor de haberle llevado hasta Kinyan y se despidieron chocando sus puños cerrados.
–Permíteme que te ayude a descargar el camión, Alaine–, se ofreció Sissé.
–Ni mucho menos, aquí no descargo yo. Aquí me descargan mientras yo descanso–, le agradeció con una señal de la mano a modo de despedida.
Sissé atravesaba el mercado observando todo lo que ofrecían en él. Se detuvo en un puesto de dátiles y compró una rama. «No hay diferencias con el mercado de Sikasso, si bien éste es bastante más pequeño», se dijo. Se recreó en los distintos puestos regateando los precios con cada uno de los vendedores que le ofrecían sus productos. Los puestos estaban en una situación muy bien organizada, lo que llamó su atención. Se podían encontrar tallas de madera, vasijas de cerámica, productos de piel, algunos tipos de verduras y frutas, algún puesto de prendas de vestir, de calzado, de pay pays, una mujer cargada con su niña a la espalda vendía leche de cebú...
Sissé se retiró varios metros más allá de donde acababa el mercado, y apostado sobre el tronco de una acacia, observaba la actividad de las personas. Descolgó la mochila de su hombro y colocó en su interior la rama de dátiles.
Me gustaría recibir vuestros comentarios.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







