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lunes, 4 de febrero de 2019

RICARD


RICARD







Ricard iba de un lado a otro, sin reparar con quien se cruzaba. A todos les había de decir alguna cosa o un chascarrillo. Lo mismo tenía que ver con una persona mayor, ya fuera hombre o mujer, que con un niño. Se reía hasta de su sombra. Jamás se había molestado porque le hubieran dicho cualquier majadería o grosería. Siempre tenía la respuesta adecuada para cada cual, aunque no tuviera mucho o nada que ver con lo que le habían dicho. Era un joven de mediana estatura, con una tripa incipiente, cabello negro rizado, de ojos grandes y mirada lánguida.

Hacía recados a unos y otros, siempre de poca importancia, por unas monedas con las que solía comprar chucherías. A veces, Ricard, se encontraba haciendo algún encargo, cuando alguien le llamaba para pedirle que hiciera otro. En ocasiones había hecho el que acababan de darle porque había olvidado el primero que estaba realizando. Otras veces cambió el destinatario. A pesar de los entuertos que organizaba de cuando en cuando, era muy querido por todos sus convecinos.

Anselmo, el “pescatero” del pueblo, a pesar de su ligera calvicie conservaba perfectamente su atractivo, había encargado a Ricard que llevara a su casa una bandeja con dos lubinas para su mujer, así aprovecharía él para pasarse por la taberna y tomar unas cervezas con los amigos.

—Ricard, dile a mi mujer que las prepare que cuando yo llegue nos vamos a comer hasta la cola.

Caminaba Ricard canturreando, no se sabía bien qué, con la bandeja de las lubinas en una mano y una moneda de cien pesetas que le había dado Anselmo en la otra, bajo el sol decadente de las ocho de la tarde. La calle estaba bien engalanada de jazmineros, geranios, rosales..., se detuvo para oler una alhábega en la ventana de casa de doña Venancia, que a sus cincuenta y cinco años tenía muy buena presencia. Se encontraba en el vano de su puerta regando dos hermosos geranios, le llamó y dio a Ricard un recado para su hija y le alargó una moneda:

—Ricard, dile a mi hija que vienen a cenar la tía Rosana y sus hijos, que les espero a ellos también, que tienen muchas ganas de verlos.

Muy gustoso aceptó el bonachón de Ricard.

A continuación, Venancia, llamó a su yerno, Policarpo, y le dijo que cenaban en su casa, que venía la tía Rosana y su familia, y ya había avisado a su hija. Una vez acabada la conversación con su yerno llamó a don Ramón, el cura, y le invitó también, quien se excedió en lisonjas palabras, como cada vez que le invitaban a algún banquete.

Ricard no tardó en llegar a casa de Merche, la hija de doña Venancia, que vivía al otro extremo de la calle, y era la esposa del señor alcalde, quince años más joven que él. Pasaba los treinta y tenía una vitalidad arrolladora, bella mujer, de grandes ojos verdes, labios carnosos y una melena negra ligeramente rizada. Sus movimientos de caderas embelesaban al más pintado. En lugar de darle el recado de la madre, Ricard, le dio la bandeja con las lubinas.

—De parte de Anselmo, que las prepares que en cuanto llegue os vais a comer hasta la cola.

A pesar del estupor de la mujer, que pilló un sofocón impresionante, más por si alguna vecina había podido escuchar el comentario y sacar conclusiones erróneas, que por el regalo en sí. Merche ni rechazó ni protestó, más bien todo lo contrario. Se sintió alagada e invitó a Ricard a pasar a su casa con el ánimo de sonsacarle. Le obsequió con una coca-cola, que, éste, bebió con ansiedad; un golpe de tos por la acumulación de los gases de la bebida puso a la mujer perdida, la bata ligera que llevaba resultó manchada de arriba abajo. En su afán de reparar lo que había hecho, Ricard, sacó un pañuelo del bolsillo hecho un ovillo y lo pasó por todo el cuerpo de la mujer, que no conseguía evitar que Ricard la tocara, desinteresadamente, eso sí. Merche ante la imposibilidad de detener a Ricard se dejó hacer, sintiendo un cosquilleo placentero en algunos momentos e incomodándose, sin exteriorizarlo, cuando Ricard decidió finalizar. Merche se recomponía la bata entre excusas tratando de apagar su excitación: —eso no se hace con la mujer del alcalde— le dijo.

Ricard salió dándose de pescozones calle abajo, intentando a toda costa sacarse de la cabeza el haber manchado a Merche, hasta que creyó recordar que tenía que darle un recado a la mujer del “pescatero”.

Se encaminó hacia su casa y cuando la tuvo delante le dijo:

—Socorro, me ha dicho Anselmo que van a cenar en casa de doña Venancia.
—¿De doña Venancia?— Preguntó incrédula.
—Sí. Sí, eso me ha dicho.
—Muchas gracias. Ricard.

Socorro era una mujer entrada en carnes, que iba muy arreglada y perfumada hasta los pies, para ocultar el olor a pescadilla de su marido; y todo temperamento. Ricard que andaba de regreso pasó por el bar próximo a la pescadería de Anselmo, cuando éste le vio, lo llamó.

—Tómate una cerveza, Ricard. ¿Le diste el recado a mi mujer?
—Sí— dijo, al tiempo que se daba pescozones. —Y..., me dijo que cenaban en casa de Merche que viene su tía y sus sobrinos y tienen muchas ganas de verlos.
—¿En casa del alcalde?
—Sí.
—Bien. ¡Muy bien! Ahora mismo me voy para allá.

Al poco tiempo se presentó Anselmo en casa del alcalde y tras tocar en la puerta apareció Merche, con un salto de cama de tul, color turquesa y le invitó a pasar.

—¿No ha llegado mi mujer?— Preguntó, al tiempo que se secaba el sudor con la mano.
—¿Tú mujer?... No. No ha llegado.
—Ah, pues muy bien.
—Claro y tan bien. ¿Un vinito?— Le propuso Merche que le invitó a sentarse a la mesa.
—Venga, tomaremos un vinito.

Un buen plato de quisquilla acompañado de unos cuantos vinos de moscatel seco, de la Marina Alta, muy frío y elaborado en una pequeña bodega propiedad del señor alcalde entonó la cena.

—¡Nos vamos a comer hasta la cola!— Dijo con picardía Merche al colocar una gran bandeja con las lubinas abiertas y excelentemente condimentadas en el centro de la mesa.

«¡La madre que lo parió! Menuda metedura de pata de Ricard. ¡Bendita sea!», se dijo Anselmo.

La bandeja quedó limpia como una patena, solo las colas delataban que antes había exquisito pescado en ella. Habían rebañado hasta el aceite.

—No nos hemos comido las colas— ironizó Anselmo.
—Eso después— le respondió Merche, picarona, mientras se comían con los ojos.


Entre tanto, el alcalde, don Policarpo, tocó el timbre de casa de su suegra y le saludó con dos besos. Era un apuesto hombre maduro que ya pintaba canas, alto, delgado y muy admirado por las mujeres.

—¿No ha llegado Merche?
—No, Policarpo, no ha llegado todavía. El que está en el salón es el señor cura.
—Es al único que no se le hace tarde cuando es para comer— susurró el alcalde    —¿Qué tal, don Ramón?— Saludó el alcalde tendiéndole la mano.
—Muy bien, Policarpo, muy bien.
—¿Un vino, don Ramón? Mi suegra tiene un vino excepcional, ahora verá.

Al poco apareció con una botella de vino tinto de crianza, que proveía él mismo, y tres copas. Don Ramón, sacerdote chapado a la antigua, bajito, regordete, de mofletes sonrosados, siempre vestía con sotana y alzacuellos. Muy dicharachero, buen catador de vinos y mejor comilón.

—Pruebe, don Ramón, pruebe— le sugirió el alcalde.
—Está muy bueno, efectivamente.
—Este vino es de cosecha propia.

Iban por la segunda copa cuando tocaron al timbre de la puerta. Doña Venancia salió a abrir.

—Hola..., Socorro.
—Hola, Venancia. Muchas gracias por la invitación— le dijo mientras se encaminaba hacia el salón. —No sabes las ganas que tengo de saludar a tu hermana.
—Ah, sí. Pues si os llevabais a matar. No sabía que erais tan amigas.
—No tardará en llegar mi marido, dando un respingo.
—Claro..., tu marido— dijo Venancia, que no entendía nada.

Era un salón amplio con vetustos muebles de época, pero muy bien conservados, un sofá y dos sillones con brazos de madera vista torneada, con tapizado de terciopelo rojo y unos tapetes reposa cabezas blancos de ganchillo. Una lámpara de ocho brazos con grandes tulipas en el centro del salón emitía una luz atenuada por la decoración. Bajo de la lámpara una hermosa mesa con dos grandes pies torneados hacía juego con las paredes recubiertas de madera de roble oscuro, con dos quinqués a juego, en uno de los lados y en el otro un gran cuadro, una marina con fuerte oleaje bajo un cielo gris. En el otro costado un ventanal por el que se accedía a un balcón, desde el que se contemplaban unos montes cubiertos de esparto y algún que otro pino y desde los pies del monte hasta la casa huertos de naranjos. Un agradable olor a azahar se filtraba por el ventanal entreabierto.

—Hola Policarpo, ¿cómo estás?
—Muy bien, Socorro. Pero no mejor que tú— correspondió el alcalde.
Socorro hizo un giro coquetón. Llevaba un vestido negro que le quedaba ajustado, con estampados grandes en tonos rosas y la media melena suelta.
—Y, ¿usted don Ramón?
—Bien, muy bien, también. Gracias. Casi también como el señor alcalde.

Policarpo ya llegaba con una nueva botella y una copa y volvió a escanciar vino. Doña Venancia le seguía con un plato colmado de jamón serrano.

—Hum. Está muy bueno— dijo Socorro, después de un buen trago.
—¡Es Sangre de Cristo!— bromeó don Ramón.
—Don Ramón que se va usted por las ramas— advirtió Policarpo.
—Sí, me parece que la “Sangre de Cristo” les ha sacado los colores— apuntilló Socorro, entre risas.
—No hagas caso Socorro— dijo el alcalde, al tiempo que servía otra ronda de vino.

Una llamada de teléfono acabó con las carcajadas del momento.

—Mi hermana, no puede venir— anunció a los asistentes. —Se les ha estropeado el coche. Espero que Merche no tarde.
—Pues sí. Yo ya tengo hambre— reconoció su yerno.
—Bueno, la espera no está siendo desagradable— admitió el cura que tiraba una vez más la mano al plato de jamón.

Una nueva botella de vino se colocó sobre la mesa y una ronda más inhibió a los comensales de los pocos prejuicios que aún les quedaban. Doña Venancia y Socorro sirvieron la cena: unos entrantes y codillos de cordero al horno que se chupaban los dedos. Ya no se acordaban si faltaba Merche ni la hermana de doña Venancia... Como colofón a la suculenta cena unos orujos de hierbas, de café y de miel acabaron por poner la guinda. Un poco de música a ritmo de paso-dobles hizo bailar hasta a don Ramón. El alcalde y Socorro bailaban exagerando los movimientos, algún traspié que otro se intercalaba en el baile chocándose unos con otros, lo que provocaba las risas de todos. Don Ramón que se contoneaba como podía con doña Venancia, se había desprovisto del alzacuellos y se había desabrochado la sotana hasta la mitad del pecho. La velada se alargó mientras quedó vino.

Don Ramón se despertó en la madrugada en la cama con doña Venancia, Socorro y el alcalde que dormían en fenomenal revuelto de cama. 

Don Ramón en su intento de salir apresuradamente del lecho, despertó al resto que se levantaron sin mediar una palabra siquiera.


Salió Don Ramón de casa de doña Venancia con cierta cautela, y apenas cerró la puerta de la calle se tropezó con Ricard.
—A madrugado don Ramón.
—Sí, hijo mío. Las obligaciones... Doña Venancia que se encontraba mal y vine a ver qué tal estaba.
—Voy a verla...
—No. No. No hace falta, ya se encuentra mucho mejor.
—Es que este tiempo de primavera..., don Ramón.
—Sí. Claro, hijo, es el tiempo, la humedad...

No había terminado el comentario cuando salieron Socorro y el alcalde.

—¿Está mal doña Venancia?— Se apresuró Ricard a preguntar al alcalde.
—Mal doña Venancia...— Le hizo un gesto don Ramón. —Ah, sí, le duele un poco la cabeza, Ricard, pero nada más.
—Socorro, ¿también le duele a usted la cabeza?— Le consultó Ricard.
—No, a mí no me duele nada— respondió al tiempo que se ponía colorada.

En ese momento se oía cantar a doña Venancia.

—Ves, Ricard, como no le pasaba nada— dijo el alcalde.
—Sí, está contenta.


Don Ramón se estaba despidiendo de Socorro y Policarpo que se iban para sus casas y les cogía en la misma dirección, cuando le advirtió Ricard:

—Padre, lleva mal abrochada la sotana.

El cura pilló un gran sofocón. Angustiado, no acertaba a ver como se había abrochado los botones.

—Qué indiscreto eres, Ricard. Por un botón de nada..., que ahora no me puedo abrochar. Está mal abrochado el primero...

—Mi padre me enseñó que suelta el que está mal y lo sube y ya puede abrochar los otros bien— al tiempo que le desabrochó el que estaba mal.

Don Ramón en su precipitación por retirarle las manos a Ricard, no pudo evitar que le cayera el alzacuellos al suelo, y quedó a la vista la etiqueta de la camiseta.

—Hay que ver, Ricard...,— dijo el cura.
—Bueno, don Ramón, que nos vamos, no vaya y le desnude— ironizó el alcalde.

Don Ramón, que seguía liado con los botones, se despidió de Ricard, quien continuó con su paseo matinal propinándose algún cachete de cuando en cuando.



Esa misma tarde, en casa de doña Virtudes, muy cristiana ella, acudía todos los domingos a la Iglesia a oír misa de doce, se celebró una reunión de la catequesis, junto al señor cura y a otras compañeras, entre las que se encontraban doña Venancia, Socorro y Merche. Eran reuniones que se hacían en casas particulares muy a menudo. A muchas de estas reuniones acudía Ricard a degustar las pastas o pasteles o cualquier otra vianda, que siempre las había. Estaban disertando unos y otras distendidamente, cuando comentó Ricard:

—El padre Ramón se ha comido un “coñito”.

Al cura le salió una polvareda de la boca del polvorón estepeño que estaba comiendo, al tiempo que su cara atocinada parecía un tomate. Las mujeres quedaron impávidas. Doña Venancia y Socorro se miraron, Merche se cubría la cara con el abanico. Las mujeres se movían incómodas en sus asientos mirando de soslayo al señor párroco, que seguía sin poder hablar, «¡Santo Dios!, cómo se habrá enterado el cabrito este» pensó don Ramón. Un silencio sepulcral acompañaba la desolación del señor cura que no podía hablar.

—¿Cómo…, se lo comió? Ricard— Se atrevió a consultar doña Virtudes, reflejando cierto pavor en el rostro.

Doña Venancia que le vino un acaloramiento tremendo salió de la sala aduciendo que iba al baño, Socorro que igualmente le salieron los colores permaneció en su silla con la vista baja.

—Le mordía y le metió la lengua— respondió espontáneamente, ante la indignación y los aspavientos de las señoras. Socorro que no podía más con la presión anunció que también iba al baño.

—Y ¿cuándo fue eso, Ricard?
—Ayer.
—¿Antes o después de la misa?
—Antes.

Ante las respuestas de Ricard, don Ramón se retorcía en su silla lleno de ira, más rojo que un pimiento morrón, y sin poder pronunciar palabra. Entre tanto las dos mujeres que habían ido al baño se preguntaban cómo podía haberse enterado Ricard, echándole la culpa doña Venancia a su vecina que decía le tenía mucha envidia. Decidieron confesar ante las demás su desliz.

—Y, Ricard ¿estabais solos cuando se comió el “coñito”?— Interrogó doña Virtudes, nuevamente, con un poco de retintín.
—No.

En ese momento llegaban doña Venancia y Socorro dispuestas a confesar su falta y Socorro tuvo que sujetar a doña Venancia que pareció se iba a desplomar. Mientras seguía el interrogatorio a Ricard.

—Y tú, ¿también te lo comiste?
—Sí.
—¿Cómo...?— Le volvió a preguntar, asombrada y con elocuente malhumor.
—Yo me lo comí a bocaditos chiquititos— señalaba con los dedos.
—¡Santísima Trinidad!— Exclamaron algunas de las señoras.

Doña Venancia y Socorro se miraron contrariadas pensaba cada una de ellas que don Ramón había estado con la otra. Un respiro de alivio permitió hablar al señor cura, que parecía que iba a explotar en cualquier momento.

—Señoras, he de decir que los “coñitos” son unos postres dulces, pequeños y redondeados, que me obsequió doña Rosario, la esposa de don Jacinto, que en algún punto están huecos por dentro..., a los que invité a este desdichado y a Joaquín el sacristán, que también estaba en la casa parroquial.

—¡Bendito sea Dios!— Respondieron todas las mujeres, recomponiéndose en sus asientos.

Una risa irónica de doña Venancia y de Socorro que todavía permanecían de pie, hizo que se volvieran todas las señoras presentes; al mismo tiempo cruzaron unas miradas cómplices con don Ramón que propinaba unos pescozones cariñosos a Ricard.


domingo, 16 de diciembre de 2018

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lunes, 3 de diciembre de 2018

PRESENTACIÓN LITERARIA


Os presento el cartel anunciador de la presentación de mi novela "SUBSAHARIANO A LAS PUERTAS DEL PARAÍSO",.
EN PINOSO EL PRÓXIMO DÍA 13, A LAS 19:30 HORAS

lunes, 5 de noviembre de 2018

ATARDECER



                     ATARDECER







             Marcelo caminaba con paso decidido por el camino principal de la finca, sin saber muy bien a dónde. Un portazo tras de sí rompía con su pasado. Por equipaje no llevaba más que un zurrón y un cayado que se confeccionara él mismo con la supervisión de su abuelo poco antes de morir. Su madre lo observaba con semblante serio desde el quicio de la ventana del piso superior de la hacienda donde siempre habían vivido. Su padre había salido muy temprano a trabajar a la Quintilla en unos bancales bastante apartados que el indiano tenía fuera de la finca. 

             La precariedad en su vida y la de su familia fue siempre una constante, aunque nunca les faltó de nada. Marcelo era un joven de veinte años, de complexión fuerte, ciento setenta y cinco centímetros de alzada, ojos verdes, cabello negro y rizado, muy extrovertido aunque últimamente había cambiado de forma ostensible su carácter.

             Una ligera brisa blandía los trigales a su paso. Marcelo los observaba y pasó su mano con fruición cogiendo algunas espigas que se deslizaban entre sus dedos. Aquellos extensos campos de trigo le parecían lo más bello del mundo. Siempre se dijo que él acabaría su vida allí mismo, como su abuelo primero y su padre después...      

Los acontecimientos le obligaban a marchar lo más lejos de allí, en busca de nuevas oportunidades, a requerimiento de su madre.

Aquella misma mañana se enfrentó a don Lorenzo, el terrateniente de la finca en la que trabajaba toda la familia, desde que aquel hombre llegado de América se instalara en la hacienda. Siquiera los prados dorados a la caída del sol le animaban, ¡tanto como le gustaba contemplarlos! Su ánimo roto. Lágrimas furtivas se deslizaban por su rostro de cuando en cuando. No pudo soportar ver a su madre desnuda bajo del cuerpo del patrón en relación amorosa.
   
Aquella mañana, Marcelo, había dejado olvidado el zurrón con la comida en la cocina y a media mañana entró por el porche principal de la casa, unas columnas enmarcaban el acceso, con dos sillones de madera de nogal a ambos lados y yedras por la fachada. Al abrir la puerta que daba entrada a un gran recibidor, vio a su madre echada sobre una gran alfombra y al patrón sobre ella. Propinó tal paliza a don Lorenzo que lo dejó inconsciente.

―¿Qué haces salvaje? Lo vas a matar― le dijo la madre.
―Eso es lo que quiero, madre.
―Va a ser tu perdición. ¡Suéltalo!
―¡Madre quítese de en medio! Y cúbrase.
―Pues no le pegues más.

Marcelo dejó caer al suelo el cuerpo inerte de don Lorenzo con el labio partido, la nariz echando sangre y la cara ensangrentada, entre sollozos se giró para no ver el cuerpo desnudo de su madre.

―Ve a la cocina y trae una palangana de agua y unos trapos limpios― le dijo ella, autoritaria.

El muchacho obedeció sin rechistar y volvió acompañado de la sirvienta que se echó las manos a la cabeza al ver a don Lorenzo desnudo y ensangrentado. La madre de Marcelo se había vestido de mala manera y con el delantal le limpiaba el rostro a don Lorenzo al que había cubierto con sus ropas.
―¡Dios santo! ¿Lucía qué ha pasado aquí?― Exclamó Carmen la sirvienta.
―No ha pasado nada. Carmen tú sigue con lo tuyo que ahora voy yo a preparar la comida.
―¡Qué desgracia! Ya veremos lo que pasa ahora― decía Carmen retirándose.
―Y tú― le dijo a su hijo. ―ayúdame a vestirlo.
―Yo no toco a ese cerdo.
―¡Pues ya te puedes ir de aquí a toda prisa!― Le dijo Lucía a su hijo.

Marcelo giró sobre su derecha y se encaminó hacia una nave contigua donde se encontraban las habitaciones de los empleados.

Marcelo fue en busca de su padre. Pasado el mediodía se encontró con él, estaba a la sombra de un gran roble, comiendo. La mula descargada del arado rebuscaba entre los terruños los restos de  paja y pan que le había echado previamente. El ribazo que delimitaba el bancal estaba justo detrás del roble, tenía esparragueras y matas de hinojo. Un fuerte olor a estiércol de una vaquería próxima llegaba con el aire. A la vista de cómo llegaba  Marcelo, su padre se alarmó y poniéndose en pie fue al encuentro de su hijo.

―¿Qué pasa, Marcelo, qué haces tú por aquí?
―Me voy de casa, padre.
―¿Cómo que te vas de casa? ¿Qué ha pasado para que hayas tomado esa decisión?
―Padre…― después de una pausa continuó ―don Lorenzo ha violado a madre― le dijo con los ojos llenos de lágrimas.

Su padre volvió sobre sus pasos y agachando la cabeza se sentó donde antes se encontraba.

―Le he sacudido, padre. Ha quedado tendido en el suelo inconsciente, sangraba por la nariz y la boca y madre me ha dicho que me fuera enseguida de allí.
―¿Y dónde piensas ir?― Se limitó a decir.
―No lo sé, padre... ¿Dónde cree usted que debo ir?
―No sé. Pero vete lejos, Marcelo. Haz tu vida en otra parte― le dijo con voz lastimosa y sin levantar la cabeza.
―Pero..., padre, ¿no me va a decir más que eso?
―¿Qué quieres que te diga? Eres ya un hombre― le dijo su padre mirando a Marcelo a los ojos
―Padre ¿qué se supone que debía haber hecho? Estaba violando a mi madre― el padre se limitó a mirarle lívido. ―Debemos denunciarlo a la Guardia Civil.
―Marcelo ¿qué crees que va a hacer la Guardia Civil?
―Algo harán. Padre al menos lo llevarán al cuartelillo. No podemos quedarnos cruzados de brazos.
―No harán nada. Y de hacer algo será ponernos a nosotros en evidencia.
―Los guardias son amigos nuestros. Usted ha hablado muy a menudo con ellos y...
―Nosotros no somos más amigos de la Guardia Civil que don Lorenzo. A quien creerían sería a él antes que a nosotros.
―¿Quiere decir que tenemos que estarnos de brazos cruzados mientras un cabrón viola a nuestras mujeres?
―Es mejor dejar las cosas como están.
―No puedo entenderlo, padre. Han violado a su mujer, ¡a mi madre!
―¿Qué crees que puedo hacer yo? Perderme, como tú ahora mismo.
―¿Y no se ha perdido ya? ¿Qué hay de su hombría? ¿Con qué cara va a mirar a sus amigos?
―Posiblemente tengas razón, ya me he perdido, pero no por lo de ahora, sino hace muchos años.
―Padre ¿qué quiere decir? Hábleme claro, que ya no soporto esta angustia.
―Siéntate― casi le ordenó el padre. Marcelo le obedeció, se sentó a su lado, sin dejar de mirarlo a la cara.

El padre de Marcelo comenzó su narración con voz más pausada, casi trémula.

―La hacienda donde vivimos pertenecía a los amos de los padres de don Lorenzo. Sus padres trabajaban en la finca, al igual que mis padres y los de tu madre. El padre de don Lorenzo era el capataz de la hacienda y el propietario le había dado todas las atribuciones sobre la finca, desentendiéndose el amo para atender otros asuntos. El padre de don Lorenzo hacía y deshacía como le venía en gana. Y a decir verdad la finca mejoró mucho, según contaban― Marcelo escuchaba con atención a su padre. ―La mujer del amo era algo más alta que su marido, muy guapa y altiva. Siempre se paseaba por donde estaban trabajando los operarios cuando su marido estaba fuera, levantando la admiración entre ellos. Aquella mujer se encaprichó de su capataz, el padre de don Lorenzo, que no le hacía ascos y al parecer tampoco le medraba los riesgos que corría. De todos era sabido que cuando el patrón faltaba de su casa, su mujer y el capataz tenían encuentros amorosos. A pesar de eso la finca seguía mejorando porque los operarios temían el carácter duro, muchas veces severo del capataz. A todo esto don Lorenzo, tu madre y yo, que éramos de la misma edad, siempre andábamos jugando juntos...
―Padre ¿qué relación tiene esto con mi madre?
El hombre continuó hablando como si nadie le hubiera interrumpido.

―Un día que el amo salió de la finca y los amantes se encontraban en la cama, no se supo muy bien porqué, el amo volvió y les cogió a los dos echados. El amo cogió una escopeta de caza  del armero y no mató a su capataz porque la mujer se interpuso entre ellos asegurando que era ella quien le obligaba a complacerla. Aquel mismo día los padres de Don Lorenzo con su hijo salieron hacia el destierro, en La Española. Y la señora se marchó de la casa y ya no se supo nada más de ella.  Hace veintitrés años que volvió el indiano a estas tierras y compró la finca a su propietario que fue el ultrajado por su padre― continuó narrando. ―Don Lorenzo una vez tomó posesión de la hacienda reunió a todos los operarios, al vernos se le iluminaron los ojos y nos llamó a su lado. Tanto a tu madre como a mí aquel rostro, a pesar de la barba, nos resultaba  familiar, pero en un primer momento no fuimos capaces de saber quién era. A tu madre le dio el puesto de cocinera y a mí el de capataz.
―Ése no es el caso de madre― volvió a interrumpir a su padre, que levantando la mano en señal de que no había acabado continuó.
―Los tres hablábamos muy a menudo de nuestras vidas: don Lorenzo de su aventura en La Española y nosotros de lo aburrida que era la vida en estas tierras. Don Lorenzo nos contó que su madre murió en la travesía del Océano y a los pocos meses de estar allí, su padre, se esposó con una ricachona francesa que le dio dos hijos más y según don Lorenzo esta mujer también murió a los pocos años de unas fiebres que azotaron la isla. Don Lorenzo era un hombre alto, apuesto y mujeriego.
―¿Quiere decir que ahora se venga don Lorenzo haciendo el mismo daño que le hicieron a él?
―Don Lorenzo dejó en La Española unas plantaciones de caña de azúcar muy grandes. Él no estaba dispuesto a vivir con sus dos hermanastros y por eso le pidió al padre parte de la herencia para volverse a España― hizo una pausa. ―Al principio todo iba muy bien, pero Don Lorenzo pronto empezó a fijarse en tu madre: era muy guapa y muy buena cocinera. A los siete meses tu madre quedó embarazada  y don Lorenzo puso a una criada para ayudarla...
―¿Carmen?— Le interrumpió.
―No. Carmen vino después. Es algo mayor que tú, pero en aquella época era una niña. Don Lorenzo, por entonces, cortejaba a Lourdes, la hija de don Camilo, con el fin de hacerse el terrateniente del pueblo. Don Camilo era el dueño de la hacienda de la Loma que linda con esta. Tenía gran cantidad de cabezas de ganado. Pero lo desestimó. Don Lorenzo habló con tu madre y conmigo y nos obligó a casarnos..., y a los seis meses llegaste tú...
―¿Don Lorenzo es mi padre? ¿Cómo llegó usted a aceptar aquello?― Increpó a su padre al tiempo que se incorporaba.

―Marcelo eran tiempos muy difíciles y yo quería a tu madre...

―¿Cómo pudo caer tan bajo? ¿Cuándo pensaban decírmelo? ¿O no me lo iban a decir nunca?
―Marcelo yo he estado muchas veces tentado de hablarte sobre esto, pero después no tenía el valor suficiente, pensaba en el daño que...
―¿Padre sabe el daño que me ha hecho ahora?

Marcelo tras una desdeñosa mirada y sin decir una palabra más se volvió a su casa. Su padre quedó sentado en la misma piedra, cabizbajo. Lo que Marcelo supuso fue una violación, no era más que una relación amorosa que venía de años atrás, de tantos como tenía él. En sus pensamientos maldecía el día que había nacido. Le atormentaba enormemente saber que don Lorenzo era su padre. Ahora empezaba a comprender cómo su padre no había levantado la voz cuando le dijo qué era lo que había sucedido en la hacienda. Marcelo maldecía que su padre consintiera aquella situación y jamás hubiera protestado ni recriminado la actitud de su madre. Nunca les había escuchado discutir airadamente. Aquello que comenzaba a ver con claridad le sobrecogía aún más el alma.  


Marcelo llegó a media tarde a la hacienda con gesto desencajado y un rictus rancio que asustó a su madre, que viéndole llegar  salió a recibirlo con el ánimo de no permitirle la entrada a la casa. Marcelo la apartó con el brazo haciéndola trastabillar, sin dirigirle la mirada. Lucía presintió la gravedad del momento y corrió en pos de su hijo que no la escuchaba. Hijo y madre entraron a la casa casi a un tiempo,  Marcelo cogió una horca que decoraba la pared del porche y se dirigió a la habitación en la que creía estaba su padre. Lucía entre gritos pedía a Marcelo que recapacitara. Apenas entró en la habitación Marcelo levantó la horca con las dos manos en posición amenazante y se dirigió a la cama, se giró hacia su madre y bajó la horca. Lucía retrocedió y aprovechó el momento para dejarle encerrado en la habitación con una vuelta de la llave. Marcelo estuvo durante un buen rato golpeando la puerta hasta desmoronarse entre sollozos.

Después de calmados los ánimos Lucía y don Lorenzo con la cara demacrada, subieron a la habitación y encontraron a Marcelo echado en el suelo, inmóvil y con los ojos abiertos, la mirada fija en ninguna parte. La madre se echó a su lado y le zarandeó hasta hacerlo reaccionar. Los tres se sentaron en la cama y hablaron, hasta que un campesino llegó exhausto. Carmen le condujo a la habitación donde los tres hablaban.

―Don Lorenzo, el padre del chico..., ha sido encontrado ahorcado en el roble de la Quintilla.          




viernes, 19 de octubre de 2018


A MI QUERIDO FRAN
(Poema Jotabé)

Corto viaje el que hiciste por la vida,
fuerte torre tristemente derruida,

quedaste presente de forma extraña
 al paso de la trocha en la montaña,
que al verte, desenvainó su guadaña
segura de tu muerte. Ahora plaña,

porque sabe que creó tal horror
que en el pecho no cabe más dolor.

Me habría cambiado por tu partida,
perdida la pena que me acompaña
negando ese día desolador.



Pero, no quiso Dios nada de mí,
te buscó a ti pero me dañó a mí.

Siempre estás presente en mi pensamiento,
para hacer pedazos mi sentimiento,
no quiero exteriorizarlo, lo intento,
aunque no sé esconder mi sufrimiento.

¡Qué haría por tener mi mente en calma!
¡Cuánto desgarro fatal sufro en mi alma!
  
Pudo, sin perjuicio, escogerme a mí,
no reprocharía en ningún momento
estaría alegre y con Dios, en calma. 



viernes, 28 de septiembre de 2018

LA MÁS BELLA




POEMA JOTABÉ

                    LA MÁS BELLA

Nuestras penas resultan tan vulgares
que se eriza el bello, por ejemplares 

que resulten. Más profunda y sombría
es la espesura infame de la umbría
si el sol ilumina por cortesía
a la amada por la que se porfía.

Feliz alondra por la que me muero,
misteriosa y bella aurora que espero

dulcemente, por entre los pinares.
Revuelta en mi lecho mientras dormía, 
para verte en mis sueños, placentero.

Porque serás para mí la más bella
y la más dulce rutilante estrella

que se pasea por el firmamento,
serás paloma que llegue cual viento,
serás mi bálsamo en cada momento
y la pureza de mi pensamiento.

¡Ay! Lejos quiero que llegue mi vida
para regocijo con mi querida;

entre tus entrañas dejar tierna huella,
sentir con tus palabras el aliento
y juntos tomar la última partida.