COMPRAR EL LIBRO

miércoles, 21 de mayo de 2014

SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.


CAPÍTULO VII

Sissé se encontraba ensimismado en sus pensamientos, reconfortándose con ellos, al tiempo que contemplaba el firmamento plagado de estrellas, que comenzaban a diluirse en el infinito, cuando le sobresaltó una sombra que se prolongaba y avanzaba lentamente hacia él. Se incorporó de un salto felino y distinguió a Sekou, que se había detenido. 
–Hola Sekou. Me has asustado. ¿Te pasa algo? Dijo sobresaltado Sissé.
–Sissé no te voy a permitir que tontees más con Aicha. Déjala en paz si no quieres tener problemas.
–¿Pero qué dices?
–Lo que has oído, Sissé. ¡No te acerques más a Aicha! No te lo repetiré más– sentenció Sekou.
–Eso lo decidirá Aicha, no tú. Y ahora déjame descansar.
Sekou se abalanzó sobre Sissé cayendo al suelo ambos, donde se enzarzaron en una pelea en la que Sekou descargó toda su ira. Se intercambiaron golpes entre ambos y al momento un grito alarmó a ambos contendientes que se vieron sorprendidos y cesaron en su brega. 
–¿Qué os pasa a vosotros dos? ¿No os da vergüenza pelear entre hermanos? Intercedió el vendedor de billetes del barco que remontaba el Níger.
—Éste no es mi hermano— respondió Sekou con agitación.
—Todos somos hermanos. Y tú ¿para eso has venido a Ségou, a pelear?— Le increpó a Sissé.
—Yo no he iniciado la pelea— respondió Sissé sin dejar de mirar a Sekou.
—Daos un apretón de manos y haced las paces, y dejaos de estupideces.
Sekou respondió dando media vuelta y marchándose sin mediar palabra.
—¿Cómo habéis podido llegar a las manos?, sois mayorcitos…
—Parece ser que está enamorado de la chica con la que he salido. Pero ha sido ella la que me ha buscado…
—¡Ay las mujeres! Cuantos dolores de cabeza provocan.
—Pero no tiene ningún sentido. Estábamos todos los amigos cuando ella decidió venir conmigo, y ninguno de ellos, ni de ellas, puso objeción alguna…, no lo entiendo.
—No te metas en jaleos y más estando de paso, muchacho.— Dijo el vendedor de billetes, al tiempo que daba media vuelta, marchándose. 
Sissé se acostó, aunque no pudo dormir, preocupado por lo sucedido con Sekou.
Estaba despuntando el día y el sol tímidamente comenzaba a reflejarse en el río, convirtiéndolo en un manto plateado iridiscente bellísimo, cuando vio llegar a Aicha con una amplia sonrisa.
–No podía dormir y he venido a verte– se disculpó Aicha.
–Yo tampoco he dormido. Y me alegro de que hayas venido. 
—¿Qué te ha sucedido?— Le preguntó Aicha al verle un corte en el pómulo.
Le saludo con un beso y un gesto de dolor le hizo retirarse un poco a Sissé. 
–Lo siento, Sissé...
–No es nada. He tropezado al levantarme y me he dado con el canto de la ventana. 
Aicha le dirigió una mirada de incredulidad que Sissé esquivó encogiéndose de hombros, besándola con sutileza. Quedaron un instante mirándose a los ojos y una leve sonrisa en sus labios les delató de la sinceridad de sus sentimientos. Por un momento quedaron inmóviles, perdidos en el tiempo y en el espacio. Aquello que les rodeaba les resultaba indiferente. 
Llegaron en esos momentos la cuadrilla de amigos que les sacó de su ensimismamiento, de ese estado mágico del que sólo son capaces de disfrutar los enamorados. Una vez todos juntos preguntaron por Sekou, que no había aparecido. 
–¿Que te ha pasado en la cara?– Preguntó Singi de inmediato.
–Nada que he tropezado.
–Sissé, tienes el pómulo hinchado– dijo Leopold
–Es que me he dado un buen golpe– respondió Sissé.
–Ha sido Sekou, ¿eh?– comentó Singi a continuación.
Los ojos de sorpresa del resto de amigos se clavaron en Singi y Sissé alternativamente, mientras ésta mantenía los suyos en los de Aicha. Un momento de silencio que se hizo eterno, confirmó la sospecha de Singi. 
–Bueno, no ha sido nada. Yo creo que ha sido un mal entendido. No tiene la menor importancia. 
El rostro de incredulidad de Aicha se tornó en un momento de ira, no sabía si estaba más molesta por la acción de Sekou o por haberle ocultado Sissé lo sucedido. 
–Vamos a buscarlo– propuso Leopold–, y que nos aclare lo sucedido. Es incomprensible.
–Leopold, no tiene la menor importancia– dijo una vez más Sissé. –En breve aparecerá y no habrá pasado nada, ya veréis. Yo creo que es mejor que organicemos el día y cuando aparezca hablamos con él.
–Eres muy buena persona, Sissé– sentenció Dgeneva. 
–Hablaré con Sekou. Es un buen chico— dijo Aicha.
–A veces los sentimientos nos pueden traicionar y...
–Yo nunca le he dado motivos para pensar que quería estar con él, Sissé. 
–Yo entiendo a Sekou, y no me extraña su reacción, bueno lo que quiero decir es…, ¿quién no va a desear a una mujer como tú?– Dijo Sissé mostrando su sonrisa seductora y repasando con la vista todo su cuerpo. 
–¿Cómo puedes decir eso?— Dijo Aicha al tiempo que se ruborizaba. 
Sissé le pasó su brazo por encima de los hombros y la besó en la frente. Hablaron largo tiempo de sus cosas mientras paseaban por la ribera del río, algo rezagados del resto de amigos. Aicha le insistió varias veces que le explicara lo sucedido con Sekou, a lo que Sissé correspondió con un par de comentarios excusando la reacción de Sekou, restándole importancia. Aicha se encontraba mucho más tranquila, con la cabeza apoyada sobre el hombro de Sissé escuchaba las disertaciones de éste, abstraída. Sissé, le explicó qué era lo que iba a hacer y cómo haría el viaje, que le debía llevar hasta Tessalit. Allí recabaría información de un primo del famma de los duungomá  sobre unos familiares de éste que vivían en Francia. También le explicó cómo pensaba vivir con ella, los planes que tenía para los dos. Aicha de cuando en cuando asentía o negaba, según correspondía, sin entusiasmo ninguno. Mientras él le hablaba de sus intenciones, Aicha jugueteaba con el “bàgan” entre sus dedos, que Sissé llevaba colgado al cuello y que le llamó la atención desde el primer día. 
–¿Cómo has llegado a pensar en acompañarme a Europa?– Le preguntó Sissé.
–Pues ya ves. Qué quieres oír– respondió Aicha con un fingido desdén.
–Sólo tus palabras.
–Cuando te lo dije, fue en un momento..., tonto. De esos momentos que tenemos de vez en cuando... ¡Qué se yo! 
–A mí me hubiera gustado mucho que vinieras conmigo.
–Pues no te hagas ilusiones porque no voy a ir– le aclaró con una sonrisa.
–No me convences, Aicha— insistió Sissé.
–Pero ¿en que cabeza cabe pensar en marchar a Europa con un chico que le conozco dos días? Sólo en la mía y si está poco lúcida. 
–Tres días, Aicha. Son tres días que nos conocemos.
–¿Y qué diferencia hay? 
–¡Venga! Pensaste en venir conmigo porque te has enamorado y alguien te lo ha quitado de la cabeza–, reflexionó Sissé medio en broma.
–Que no. Pero qué dices. Con nadie he hablado de esa posibilidad. Fue un momento en que esa idea pasó por mi cabeza como una estrella fugaz, pero tan fugaz que automáticamente desistí de ella. La descarté sin más.
–No te creo Aicha. Tú no quieres reconocer que sí estuviste valorando la posibilidad de venir conmigo. 
–No eres tan irresistible, ¿sabes?– Al tiempo que le pasó la mano por la nuca y acercándole le besó en los labios y los mordisqueó, haciéndole gemir otra vez.
–Ves. Sí es como yo te digo. Bien, ahora hablando en serio, yo no te lo hubiera permitido. Te quiero mucho. Ya que tú no me lo dices te lo digo yo.
–Ah, era eso. Querías oírme decir que te quiero. Pues que sepas que no te quiero tanto como para estar repitiéndolo constantemente–. Y continuó, –bueno..., si te quiero, Sissé. Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero mucho, por eso me da más miedo, todavía, ese maldito viaje. Bien, ya te lo he dicho, estás contento.
–Mucho– Sissé la besó en los labios con ternura.
Organizaron el día, que sería más tranquilo que los anteriores; una mirada de resignación cruzada entre ambos acabó con la magia del momento. El cansancio comenzaba a hacer mella en todos, al tiempo que vieron a Sekou en un puesto del mercado de artesanos. 
—¡Sekou! ¡Sekou! — Le llamó Leopold.
Cuando llegaron a su altura vieron las marcas que también se reflejaban en su rostro.
—¿Qué os ha pasado? — Preguntó Leopold.
—Nada. No ha pasado nada. Cosas nuestras— respondió Sekou tajante, sin apartar la mirada de Sissé.
–¿Sekou con qué derecho avasallas a Sissé? — le preguntó Aicha.
–Tú y yo estábamos saliendo juntos hasta que llegó él...
–Yo en ningún momento me he comprometido contigo. Y he salido tanto contigo, como con Soungalo, como con mi primo, jamás te he dado ninguna esperanza ni a ti ni a nadie.
–¡Salíamos juntos!– Gritó.  
–Eso no es cierto, salíamos en pandilla, nada más.
–Ya volverás a mí, cuando éste se vaya y entonces...
–No quiero volver a verte, Sekou– sentenció Aicha.
–Te arrepentirás. Y tú y yo ya terminaremos esto– amenazó Sekou a Sissé.
Sissé no le respondió más que con un gesto de sus manos dándole a entender «cuando tú quieras». Sekou dando media vuelta se apartó de sus amigos.
Leopold invitó a Sissé a comer a su casa. Éste se excusó, pero accedió finalmente ante la insistencia de Leopold. También les acompañaría Aicha, que lo haría encantada, como siempre que acudía a casa de sus tíos. Pasaron la mañana de un lado para otro. 
Una vez en casa de Leopold y tras las presentaciones y saludos pertinentes, se sentaron en el suelo sobre una estera en forma de círculo: en el centro habían colocado unos refrescos de limón, sobre una mesa vieja de madera, sirviéndose cada cual un vaso. Después de haberse refrescado, los padres de Leopold, se enzarzaron en una conversación con éste, Aicha y Sissé. La más activa interlocutora fue la madre de Leopold, quien bombardeaba a preguntas a Sissé, hasta el punto de interceder su esposo a favor del azorado muchacho, lo que sirvió de motivo de risas y un placentero relax en la tertulia. Las mujeres prepararon sobre aquella mesa unos trozos de carne seca, quesos, dátiles y unos trozos de pan. Se quedaron las mujeres de pie, tras los hombres que permanecían sentados en el suelo sobre unos cojines. Leopold, incitó a éstas a tomar asiento junto a ellos, con el beneplácito de su padre.
–¿Sissé te molesta que las mujeres se sienten con nosotros?– Preguntó el padre de Leopold.
–En absoluto. Estaré encantado. En mi casa también compartimos la comida con mi madre y mis hermanas. 
–¿Cómo estamos cambiando? Hasta hace nada nadie se habría atrevido a permitir que las mujeres se sentaran junto a los hombres en la comida...
–Es mejor así padre–, replicó Leopold. 
–En mi casa mi madre mis hermanas también se sientan con nosotros cuando comemos. Mi padre decidió, que si ellas trabajan tanto o más que nosotros compartiríamos todo con ellas. 
–Acertada reflexión–, dijo el padre de Leopld. –Aunque cuesta romper con costumbres tan antiguas. Si se enteraran nuestros vecinos quizá oiríamos comentarios poco agradables.
–Padre no debes hacer caso a lo que digan los demás. Tú debes ser fiel a tus sentimientos y obrar en consecuencia. 
–Lo intento, Leopold, lo intento, pero no dejo de pensar en esa posibilidad. 
Tras la comida, Leopold, sirvió el té, que previamente había preparado, y se entabló una conversación distendida en la que el padre de Leopold se interesó por cómo se vivía en Sikasso. Sissé dio toda clase de explicaciones de cómo era la vida de su familia. Les explicó cómo estaba estructurada su comunidad, cuántos miembros formaban su familia y el clan de los duungomá. Sus costumbres, festividades y celebraciones. Aspectos de su viaje, cómo había pasado dos meses trabajando el algodón en Fana. La experiencia tan desagradable que vivió con el accidente de Marcel, de la que guardaba un bello recuerdo. Cómo había llegado su hermana Bee, a penas un mes antes de salir él de Sikasso. Cuál era su proyecto. Pasaron unas horas entretenidas, mientras el sol caía implacable fuera. Sissé agradeció varias veces y de forma expresiva la invitación tanto a Leopold como a sus padres. Les dijo que tenía una deuda contraída con ellos, que correspondería cuando estuviera de vuelta. 
–Es una atención que no olvidaré jamás y estará en mi mente hasta que les haya correspondido– les dijo, mientras salían de la casa.
–Vuelve cuando quieras– le invitó el padre de Leopold. 
Se reunieron los amigos en la Feria pasando otra tarde divertida, era la penúltima jornada del Festival y de estancia de Sissé con todos ellos. No se separó un momento de Aicha, con la que hablaba de forma distendida, habiendo mejorado ostensiblemente su ánimo tras la estancia en casa de sus tíos. Sin percatarse de ello se había convertido el paseo en un monólogo de Sissé en el que Aicha sólo escuchaba, sin mediar palabra de aprobación ni de reproche. Ella caminaba cabizbaja, buscando con la vista dónde ollar el camino, alargando unos pasos y acortando otros, como abstraída en ella misma. Parecía ausente. No quería oír nada relacionado con el viaje que apartaría a Sissé de su lado.
–¿Me estás escuchando? 
–Algo– le respondió Aicha, indiferente.
–En todo este tiempo que te llevo hablando, ¿no has escuchado lo que te he dicho?– Le consultó contrariado.
–Sí. Sí que te he escuchado. Pero no me pidas que me alegre..., entiéndeme.
Se abrazaron, se besaron con esa demostración de cariño del que hacían gala en todo momento y trató de tranquilizarla disculpándose por ser tan torpe y hablarle del viaje, al tiempo que llegaban a la altura de casa de Aicha. La luna llena se había instalado en la noche de Ségou que iluminaba la población. Ella no quería dejar marchar a Sissé. Deseaba con todas sus fuerzas estar con él. Le cogió la mano y le llevó a un punto apartado de su casa en el que había un grupo de ocho o diez balanzan, se sentaron bajo uno de ellos, Sissé con la espalda apoyada sobre su enorme tronco y Aicha apoyaba su espalda en el pecho de Sissé, y hablaban de sus respectivos planes, una vez más, que pasaban irremisiblemente por caminos distintos. Aicha apenada por la marcha de Sissé, fue quien inició la conversación sobre el viaje. 
–Espero que no te olvides de mí durante tu viaje.
–Cómo me podría olvidar de ti. Jamás te olvidaré. Y es más, te prometo que en el momento que me haya instalado te vendré a buscar. Y si no me fuera posible, te haré venir a ti hasta dónde yo me encuentre.
–Sissé, confío en que tus palabras no sean vacías. 
–Puedes estar segura, Aicha.
–No concibo la vida sin ti...
–A mí también me sucede lo mismo. Aicha, sólo es cuestión de tiempo. No sé cuánto, es cierto, pero no es más que una cuestión de tiempo. Te lo juro.
–Se me hace tan duro...
–Y a mí. 
–Pues quédate... Sissé no me hagas caso, no te lo digo en serio. Tengo asumido que te tienes que marchar.
–Pues sí. Si no lo hiciera tarde o temprano mi conciencia no me dejaría vivir tranquilo y seguramente sería mucho peor...
–Claro.
Sissé la abrazó con fuerza, hasta el punto de gemir Aicha, soltándole al instante y disculpándose, lo que ella le agradeció, zalamera. Aicha invirtió la posición que tenía y quedó arrodillada de cara a él. Llevó su mano hasta la entrepierna de Sissé que se excitó enseguida. Le correspondió de igual manera notando su sexo hinchado y húmedo. Todo ocurrió después de forma sistemática, sus cuerpos desprovistos de toda prenda fueron rastreados por manos, labios y lenguas. Una sucesión de carne, saliva y humedad les hacía jadear, entre convulsiones desprovistas del más recatado pudor. 
De vuelta a su casa a Aicha le turbaba los riesgos que conllevaba el viaje de Sissé, así como el tiempo que le supondría culminarlo. Eso sí, evitó hacerle el más mínimo comentario. Se despidieron hasta la mañana siguiente, citándose en el restaurante Lavazza. Sería su último día juntos.

Sissé esperaba impaciente la llegada de Aicha, ocupando una de las mesas de la terraza del restaurante, al poco la vio llegar con paso decidido. Se saludaron con un beso y degustaron un desayuno que les habían preparado para la ocasión, sobre encargo de Sissé. Ella agradeció el gesto y dieron buena cuenta de las viandas. Acabado el desayuno se encaminaron ribera arriba en un paseo en el que se alternaron los largos discursos, sobre todo, de Sissé, con no menos largos silencios. El rostro de Aicha, a medida que pasaban las horas, se iba volviendo más tenso. Su ánimo se estaba resquebrajando. No le era suficiente todo el esfuerzo que estaba haciendo, le costaba asumir que llegara el momento de la despedida, a la que tanto temía. No tardaron en reunirse con los amigos, faltando Sekou. 
Sissé también se encontraba algo tenso por la proximidad de su partida, no podía renunciar a su objetivo, pero por otra parte le irritaba sólo pensar que debía dejar a Aicha, sin saber cuando la volvería a ver. Los amigos le dijeron en varias ocasiones que se quedara en Ségou.
–Por favor, no me hagáis más difícil mi marcha– les rogó, ante su insistencia. 
Continuaron deambulando de un lado a otro, entre bromas, hablando unos con otros. En algunos momentos tanto Aicha como Sissé permanecían callados y sólo esbozaban una leve sonrisa ante algún comentario gracioso de alguno de los amigos. Se había echado la noche encima y estaban ultimando la retirada de los últimos objetos que recordaban al “I Festival sur le Níger”. 
–Vayámonos para mi casa– le pidió Aicha. 
–No, por favor, Aicha. Por qué no esperamos un poco más. 
Sissé quería pasar hasta el último minuto a su lado. A ella cada momento le resultaba más difícil guardar la compostura ante el irremediable final de la estancia de Sissé en Ségou. La congoja le ahogaba, y había de hacer un gran esfuerzo para pronunciar cada palabra. Se despidieron ambos de todos los amigos, demostrándose un afecto sincero. Aquel forastero había calado hondo en los corazones de la pandilla de amigos. Alguna lágrima se derramó sobre todo por parte de Djeneba, que arrastró a Assisa y Singi que no pudieron contenerse cuando la vieron llorar. Aicha tuvo que girarse y darles la espalda porque tampoco ella podía reprimir las lágrimas. La emoción iba en aumento. A Sissé le prometieron todos que mañana a la hora de zarpar el barco estarían allí para despedirlo, lo que agradeció. Aicha se encontraba compungida ante las palabras de sus compañeros. Hacía un gran esfuerzo para no llorar. Un gesto de complicidad de Djeneba que le tomó la mano y le acarició el antebrazo, mientras la miraba a los ojos, fue el detonante para que salpicaran unas lágrimas por su rostro, que no hizo nada por disimular. Se abrazaron las dos amigas. Djeneba que conocía perfectamente el sufrimiento de Aicha, entendía lo desafortunada que se consideraba su amiga ante la inminente marcha de Sissé, la desdicha que le azoraba por no haber sido capaz de retenerlo, tratando de consolarla. Una lánguida mirada de Aicha fue suficiente para agradecerle la empatía a su amiga.
Se alejaron ambos dejando atrás a los amigos. Sissé llevaba cogida a Aicha por los hombros y ésta le pasaba su brazo por la espalda a la altura de las caderas y la cabeza apoyada en su hombro. Caminaban despacio, sin decir una palabra. En un momento le consultó Sissé, casi en un susurro:
–¿Quieres que vayamos al río?
–No. No. No quiero que se nos haga más complicada nuestra separación– le rogó Aicha con voz entrecortada. –Si pasara la noche contigo no podría dejarte marchar solo y no sería justo que te condicionara en tus propósitos. No me lo perdonaría nunca.
–Yo también me siento mal, una parte de mí no quiere apartarse de tu lado, pero la otra me recuerda constantemente el porqué estoy aquí– se excusó Sissé.
–No quiero que te vayas, Sissé. Me gustaría que permaneciéramos juntos siempre– le dijo con vehemencia. –Pero admitiré, de mala gana, eso sí, que cumplas con tu compromiso. No quiero ser yo quien te impida proseguir tu viaje.
–He de hacerlo, Aicha. Eso que tú sientes lo siento yo también, pero no puedo ser egoísta. En mi familia se ha hecho un gran esfuerzo para que yo pueda realizar este viaje y sacarles de la miseria... Y al menos he de intentarlo.
Llegaron a casa de Aicha. Se detuvieron y Aicha se colocó ante él mirándole a los ojos con ternura. Desabrochó la pulsera Tuareg, de piel entrelazada, que llevaba desde niña y que antes había pertenecido a su madre. La colocó en la muñeca de Sissé, le temblaban las manos y apenas si la podía abrochar.
–Espero que la lleves siempre contigo y que sirva para no romper jamás nuestro amor– le susurró al oído.
–Te lo juro. Mientras yo viva la pulsera estará conmigo.
A continuación él le correspondió con su bàgan, se soltó el cordón trenzado de piel de cebú del que pendía el colmillo de marfil exquisitamente tallado, que a ella le llamó la atención en el momento de conocerlo y que tantas veces había tenido entre sus dedos en esos cuatro días.
–Aicha, confío en que tú hagas lo mismo con mi bágan– le rogó, después de emitir un carraspeo y con la voz trémula, –es un regalo de mi abuelo del que no me he desprendido hasta hoy. Es mi pertenencia más preciada y quiero que la lleves tú– le dijo Sissé, mientras se lo abrochaba. –Estoy seguro que mi mò-què te protegerá de cualquier mal, como a mí hasta ahora.
Después de un momento de silencio preguntó Sissé:
—¿Es cierto que no has salido anteriormente con Sekou?
—¡Ahora tú! Creo que quedó claro que hemos salido en pandilla— respondió Aicha con mal humor.
Sissé quedó algo contrariado por la forma de responder de Aicha, creándole cierta inquietud.
—Él lo dijo con mucha seguridad. Además parece que tenga dinero, ¿no?
—Ya te lo he dicho salimos en pandilla. Aunque sí, íbamos juntos, pero dentro del grupo de amigos. Y, es cierto, su padre tiene mucho dinero. 
—¿En qué trabaja? — Preguntó Sissé.
—Es dueño de una compañía de exportación de pescado, junto a dos socios más. Me ha propuesto varias veces que me vaya a trabajar con él a la empresa de su padre.
Permanecieron un momento en silencio mirándose a los ojos. Sissé parecía intentar descubrir si había algo más detrás de aquellas palabras de Aicha, que le habían sorprendido. Las lágrimas corrieron por el rostro de Aicha invadiendo el de Sissé, que le pidió que llegara temprano al puerto, al restaurante L’Explanade, le dijo que quería desayunar con ella antes de embarcar, a lo que asintió Aicha con un movimiento de cabeza. Ella sabía que no iba a estar en el puerto, no acudiría; no podría soportar verle partir. 
–Sissé, te quiero como nunca he querido a nadie. Te querré siempre... Y, siempre te estaré esperando– le prometió con voz entrecortada. 
–Yo, también te querré siempre, Aicha. Jamás podría olvidarte. Y quiero que sepas que en cuanto me sea posible vendré a por ti. 
–Quiero que me prometas que sí en algún momento se encontrara en serio peligro tu vida desistirás y volverás aquí. 
–Por supuesto que te lo prometo, Aicha. Por nada quiero renunciar a ti. 




martes, 20 de mayo de 2014

TALLER LITERARIO DE MANUEL YAGÜE


CÓMO PUEDE AYUDARTE EL TALLER LITERARIO

La escritura de un relato, y no digamos de una novela, exige un esfuerzo grande. Y unos conocimientos amplios. Pero no nos pasemos. Con la ayuda adecuada, todos podemos sacar adelante un escrito.
Desde luego, hay que tener ganas. Y que te guste la literatura. Creo que con esos elementos, y algo de tiempo, siempre acaba saliendo agua del pozo de la escritura.
Si has valorado la posibilidad de buscar ayuda para iniciarte o profundizar en el campo de la creación escrita, aquí puedes ver una lista de opciones. Piensa que siempre podrás encontrar la solución que se acomode a tus necesidades:
  •  Puedes conocer y practicar las estrategias fundamentales con el curso de iniciación al relato.
  • Si ya tienes la idea para escribir un libro de cuentos o una novela, podemos trabajar en la elaboración de un proyecto más largo.
  • Si tienes un libro escrito, pero necesitas saber cuáles son sus puntos fuertes y débiles, y de qué manera puedes fortalecerlo, tienes la opción de recibir una lectura profesional.
  • En el caso de que quieras mejorar algún relato corto concreto, puedes solicitar un servicio que te permitirá reparar y pulir el cuento, a partir de un comentario que incluye propuestas de corrección.

Visita la página del Taller. No dudes en consultar cualquier opción a la hora de aprender a escribir.

Deja un comentario

 
 
 

domingo, 18 de mayo de 2014

SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.



                                         Capítulo VI




Leopold, Sissé, Sekou y Soungalo continuaron su paseo, en esta ocasión más sobrios que de costumbre, sólo alterado por algún esporádico sarcasmo de Soungalo que apenas si celebraban ante el aspecto lacónico de Sekou. Los comentarios que hicieron unos y otros sobre la relación de Sissé y Aicha, enfurecieron aún más a Sekou. Se detuvieron ante varios puestos de artesanos Tuareg.
–Son una etnia nómada del Sahara que en sus desplazamientos recorren las inhóspitas arenas de los desiertos de Libia, Argelia, norte de Malí, Mauritania, Burkina Faso, Níger y el Chad. Presentan, sobre todo, productos elaborados con pieles y metales, como puedes ver, sobre todo la plata: mochilas, pulseras, ajorcas, collares, pieles enteras perfectamente curtidas, amuletos.... Para ellos no existen las fronteras. Jamás se han sometido a gobierno alguno, lo que les ha acarreado, históricamente, más de un problema. Cuando plantan sus jaimas en las noches de los desiertos, les importa poco si ese trozo de arena está en las dunas libias, en Malí o en el Chad–, le iba comentando Leopold.
–Conozco sus vivencias y su historia, aunque vagamente. 
–Pero no te preocupes, puedes seguir hablando–, añadió Soungalo con denostada ironía. 
–Me trae sin cuidado–, proclamó Leopold, al tiempo que le miraba con sorpresa –voy a seguir contándolo. A los Tuareg se los ha llamado "príncipes del desierto", por su porte altivo, su gesto orgulloso y su carácter indomable...
–Y los hombres azules—, puntualizó con sarcasmo Soungalo.
–Es igual, no me vais a hacer callar. Efectivamente, “y los hombres azules”, porque el sudor les decolora sus turbantes y les tiñe la piel del índigo con que tintan las telas de sus atuendos. Son una etnia legendaria, protagonista de muchas historias novelescas. Son aguerridos y valerosos: al mismo tiempo son absolutamente hospitalarios. Son conocidos por sus curiosas costumbres y su reputación de guerreros temerarios, avocados al pillaje por la escasez de alimentos y de pastos para sus ganados. Soy un entusiasta de este pueblo indómito. Admiro su integridad, su forma de comprender la vida. Su capacidad de supervivencia ante las situaciones más extremas. ¿No sé si lo habéis notado? 
–¡Nooo!– Se apresuraron a responder. 
Un grupo de Tuareg, no muy numeroso, deambulaban de un lado a otro bailando la “Tindé”, una antiquísima danza tradicional que solían bailar en acontecimientos especiales, como una boda o el nacimiento de algún hijo. La música era ejecutada por las mujeres, cantando y dando palmadas, mientras los hombres realizaban saltos espectaculares y movimientos de seducción frente a ellas. Lo que era muy admirado por los espectadores. 
Llegaron hasta una gran choza cubierta por una techumbre de paja en la que se hallaba una exposición de máscaras y marionetas bozo y bamana, las dos tribus más antiguas de la región.
Sissé había encajado perfectamente en la pandilla de amigos. Todos ellos coincidían en la bondad y las buenas formas de ese desconocido. Únicamente Sekou se comportaba de forma diferente al resto, contrastando con la apariencia que dio el día en que se encontró con ellos en el restaurante, mostrándose muy jovial y dicharachero. 
No obstante, el buen ambiente seguía entre los amigos, y cuando llegaron las chicas a su altura, se contagiaron de sus risas, a pesar de no saber de que se reían. Se saludaron todos con afecto, se emparejaron como la noche anterior y Aicha se fue decidida hacia Sissé y le asestó un beso en la boca mordiéndole el labio superior haciéndole gemir; aunque al mismo tiempo le supo a gloria. Sissé agradeció esa demostración de cariño: le colocó sus grandes manos sobre las nalgas. Todos irrumpieron en una sonora carcajada, excepto Sekou, quedando ellas cuatro estupefactas por aquella reacción de los chicos que no acababan de entender, al tiempo que se miraban entre ellas con cara de asombro e incredulidad. 
Tras ellos volvía a pasar el desfile de personajes típicos caracterizados, que anteriormente despertara a Sissé. Se había hecho el grupo bastante más numeroso porque se habían unido a la comitiva muchos niños y curiosos. Se empezaba a dejar sentir un calor abrasador. 
Sissé se acercó hasta donde estaba Aicha, que hablaba con Djeneba. Le susurró algo al oído al tiempo que le mordisqueó el lóbulo de la oreja derecha. Se apartaron ambos del grupo y buscaron una sombra. Se sentaron a horcajadas sobre un pretil, de barro rojizo, que bordeaba un pequeño jardín de una bella casa colonial. Uno frente al otro, muy próximos, hasta el punto que ella pasó las piernas sobre las de él, hasta juntar ambas zonas pélvicas, esto en principio excitó ligeramente a Sissé, lo que reconfortó a Aicha que esbozó una pícara sonrisa. Le rodeó el cuello con sus brazos y volvió a besarle. Sissé colocó las palmas de sus manos sobre los hombros de ella y la retiró ligeramente. 
–¿Porqué has tardado tanto en venir?– preguntó Sissé. 

–He tenido que ayudar a mi padre que debía entregar la leche a los agricultores–. Ante la cara de extrañeza de Sissé, añadió Aicha: –Aquí los ganaderos, cada tres días, deben suministrar leche a los agricultores, en compensación por las vainas que consumen los animales. 
–Aicha, quiero que sepas que estoy muy a gusto contigo. Esta mañana deseaba con ansiedad que llegaras, deseaba verte, tenerte como ahora te tengo. La noche que hemos pasado no la voy a olvidar nunca y espero que tú tampoco.
Aicha instintivamente se empezó a poner algo tensa. Presentía que algo no acababa de ir como ella hubiera deseado. 
–Debo hablar contigo porque has de saber que yo tengo unos proyectos que he de cumplir y no pretendo que los ignores; al mismo tiempo, deseo ser yo quien los ponga en tu conocimiento. No quiero que mis objetivos los conozcas por terceras personas.
Aicha sentía en su interior algo de inquietud por las palabras de Sissé y se reflejaba en el rictus de su cara. Estaba expectante. Había bajado la cabeza y apretado los labios en un signo claro de tristeza, esperando que le dijera que no había ido todo lo bien que esperaba con ella: pensó que todo había acabado. Sissé tiró hacia arriba de la barbilla con una mano, con ternura, elevando el rostro de Aicha. Se cruzaron ambas miradas, lánguida y dulce la de Aicha, una mirada que lo decía todo sin necesidad de decir, siquiera, una sola palabra. En esos momentos su mirada había perdido toda la fuerza que derrochara habitualmente. «Casi arrogante la de Sissé», al menos así le pareció a ella, «aunque no exenta de esa ternura que le ha caracterizado a su vez», pensó a continuación. Aicha estaba tan enamorada que sólo el pensar en la posibilidad de perderle le originaba tal desasosiego que era incapaz de ordenar sus ideas. Permanecieron un instante mirándose de hito en hito pretendiendo intuir, ella, qué se le venía encima. Por otra parte no podía imaginar que Sissé permaneciera indiferente, como si no hubiera quedado algo más subliminal tras esa noche de pasión; no quería admitir que solo hubiera sido una noche de sexo. Se negaba a admitirlo. «En sus ojos hay algo que parece sosegado, pero…», pensaba Aicha. Sus pensamientos, se enmarañaron a velocidad de vértigo, siendo incapaz de controlarlos, tan pronto se le presentaba el pensamiento que le creaba inquietud, como aquel que le daba sosiego. 
Sissé le rescató de su estado febril exponiendo el proyecto que le había llevado hasta allí, algo que ya conocía vagamente por su primo Leopold. 
–En mi casa…, mi familia— prosiguió con la voz entrecortada, –es muy humilde, no tenemos nada, salvo un pequeño haz de tierra que mi padre cultiva como aparcero y un puñado de cabras que compartimos con el resto del clan familiar. Por eso voy a Francia. Quiero trabajar allí y poder sacar a mi familia de la miseria. Han puesto toda su esperanza en mí.
Los ojos de Aicha no pudieron reprimir unas lágrimas que corrían sin freno por su rostro apenado. Sissé intentó con su dedo pulgar borrarlas de sus mejillas.
–Yo no te voy a olvidar jamás, Aicha— ratificó Sissé, –siempre estarás en mi pensamiento y en mi corazón, independientemente de dónde me encuentre. No sé que me sucede. Hasta que has llegado me encontraba ansioso por verte, inquieto; cuando te he visto la sangre de mi cuerpo se ha alborotado. Pero, aún así, debo cumplir mi objetivo, ¿comprendes? 
–No–. Respondió Aicha, seca y espontáneamente; limpiándose del rostro un torrente de lágrimas. 

La estrechó entre sus brazos. Sissé tenía un nudo en la garganta que no le permitía articular palabra.
–Sissé, ¿por qué debes marcharte? Tú también tienes una vida que te pertenece. No tienes por qué jugarte la vida– protestó Aicha. –quizá aquí no tengas la vida tan cómoda como allí, pero estás vivo, para comer no hace falta mucho más. ¿Cuántas penurias habrán pasado nuestros padres y abuelos, y qué?, han sacado a sus familias adelante. Éste es tu País. Tú conoces como yo los casos de tantos que han intentado ir a Europa y no se sabe nada de ellos. Muchos simplemente desaparecen– continuó reprochándole Aicha. —Yo estoy sintiendo algo por ti que tampoco me explico, es como si te conociera de siempre, como si llevaras toda la vida conmigo. Desde que me separé de ti esta madrugada no veía la hora en que volviéramos a encontrarnos. Lo que experimenté anoche tampoco yo lo olvidaré nunca. No he dejado de pensar en ello. No me arrepiento de nada de lo que hice. Tampoco me siento orgullosa de haberme entregado a ti a primera vista, pero no me arrepiento, Sissé. Soy consciente de que no te puedo retener, tampoco lo haría si tú no quieres quedarte... Tú también estarás siempre en mi corazón, pero eso no significa que tenga que aceptar tu razonamiento. 
–Bien..., todavía nos quedan cuatro días para estar juntos, aprovechémoslos– le sugirió Sissé, para restar dramatismo a la conversación. 
Sissé pasó sus grandes manos por el rostro de ella para enjugar sus lágrimas; Aicha besó sus manos como respuesta.
El día lo pasaron sin separarse un momento, de un lado a otro, acudiendo a cuantos eventos les era posible. Todos los amigos juntos. Sin cesar las chirigotas y sarcasmos para tratar de animar a Aicha y Sissé que parecían ausentes, sobre todo Aicha, que casi no había hablado en todo el día. Se echó la noche encima y apenas comenzado el concierto, actuaba Dejekoria Fanta y su espectacular coro, se despistaron Aicha y Sissé del resto del grupo a sugerencia de ella. Aicha conocedora del lugar le llevó a otro punto del río, más hacia el norte al de la noche anterior para no ser localizados. 
Esa noche resultó más lujuriosa que la anterior. Hicieron el amor desesperadamente, varias veces, en la orilla del río, sobre una arena fina de la que se rebozaron ambos. Tenían mucho tiempo para hablar y aclarar las intenciones de cada uno de ellos. Pero sería en otro momento. Aicha no quería que Sissé estropeara el momento con sus elucubraciones. Se introdujeron varias veces en el río para refrescarse y quitarse la arena de sus cuerpos. Tendidos boca arriba, con sus cuerpos desnudos, contemplaban las estrellas y se prometían amor por siempre. Sissé le juró que volvería por ella una vez instalado en Francia. A lo que Aicha asintió un tanto escéptica. Observaba a Sisssé, a su lado, que le había cogido la mano: la suya parecía perdida entre la manaza de éste. «Hay algo en él que denota un carácter enérgico, tiene un fuerte carisma, eso es indudable, al mismo tiempo hace gala de su bondad, de su sentido común, de su simpatía, de su humildad y respeto hacia todos los demás. Una fuerte personalidad», convino Aicha que se sentía cautivada. «Un hombre resuelto». Lo miró, mientras éste tenía la vista perdida en el universo. «Los rasgos marcados de su mandíbula, los pómulos ligeramente acentuados, unos hombros voluminosos, continuados por anchos y fuertes brazos y unas manos grandes, encallecidas, al mismo tiempo tiernas y sensibles cuando me abraza y me acaricia», concluyó Aicha. 
Los ojos se le acristalaron pensando en las pocas posibilidades que tenía de retenerlo. Se había enamorado locamente de aquel forastero, casi sin darse cuenta. Una cierta inquietud le invadió al maquinar la forma de retenerlo a su lado y la hizo azorarse, se avergonzó de ella misma, de su egoísmo. Para a continuación convencerse de que no era la mejor idea que había tenido ese día. Podría conseguir el efecto contrario al perseguido y podría perderlo para siempre. Se convenció, no obstante, que podría conseguir su objetivo si realmente se lo proponía, pero inmediatamente reconsideró sus opciones y resolvió que sería mejor dejarlo marchar, sin trabas, si era lo que él quería hacer. «Si realmente me desea volverá a por mí», se convenció. A continuación le asaltó, de nuevo, la inquietud: «tal como yo me he enamorado de él, así mismo, muchas otras mujeres se podrían enamorar» pensó. ¿Y sí él les corresponde? Puede verse tentado. ¿Y si una vez instalado en Francia, se le hace difícil volver? Ah, pues iré yo», resolvió, con decisión. Seguía torturándose considerando más posibilidades de no volverlo a ver si se marchaba, que de poder verlo de nuevo, lo que le provocó mal humor. Un rictus irascible marcó su rostro. Sissé, que la observaba desde poco antes, la notó tensa y presionó algo más su mano, mientras la miraba con ternura. Aicha se giró y se le subió de nuevo a Sissé. Cerró fuertemente los ojos y apoyó su cara sobre el pecho, no quería que la viera con la ira incontrolada que seguro reflejaba su rostro. En ese momento le habría abofeteado con ganas. Hizo un gran esfuerzo para que no saliera una sola lágrima más, sin conseguirlo, ante las caricias y susurros de Sissé para tranquilizarla. Su cara era un poema. Sus ojos una torrentera que desembocaba en el pecho de Sissé… Aicha se incorporó ante el asombro de Sissé. Le tomó la mano y tiró de él con fuerza. Se adentraron en el río y después de lavarse, en el más sepulcral silencio, unas caricias de Sissé fueron el detonante para volver a hacer el amor en el agua, con la misma pasión desbordada de momentos antes. 
Después de salir del río, se vistieron. Aicha llevaba una blusa estampada anudada en el pecho por una lazada de cuero y en la cintura ciñendo la blusa un cinturón estrecho trenzado por varios cabos del mismo cuero, que al final del nudo colgaban sueltos. Los mismos pantalones tejanos del día anterior que remarcaban extraordinariamente sus caderas y piernas. Sissé propinó una ligera palmada en las nalgas a Aicha, volviéndose ésta a colgarse de su cuello.
–No voy a llorar– le aseguró Aicha. 
No buscaron a sus compañeros cuando regresaron, se dirigieron directamente a casa de Aicha. Iba ella agarrada al brazo de Sissé, con la cabeza apoyada en su hombro, entre largos silencios. Empezaba a despuntar el día. Aicha le cogió la mano y se la llevó a la boca despacio, Sissé sólo la miraba con ternura.
–Me haré a la idea.
–Aicha no he querido hacerte daño. Por eso he preferido decírtelo yo antes de que pudieras enterarte por otras personas.
–Ya. Me repondré.
Llegaron a la altura de casa de Aicha, se detuvieron y hablaron un buen rato, para despedirse finalmente con beso.

A las pocas horas, sobre media mañana, se vieron en la terraza del restaurante Lavazza. Un cariñoso saludo rompió el ensimismamiento que padecía Sissé, de dormir tan poco, sentado en una mesa bajo un parasol de paja. Aicha se sentó muy pegada a él, con las manos entrelazadas apoyadas sobre la mesa. La mirada triste de Aicha y un mohín de desconsuelo conmovieron a Sissé que observaba los ojos enrojecidos de ella, por lo que dedujo que tampoco había dormido mucho. Él pidió un café con leche, ella no quiso tomar nada a pesar de la insistencia de Sissé. Sólo se miraban, sin pronunciar una sola palabra. 
–No quiero que te influya mi desánimo, Sissé, entiendo que debes hacer aquello que te ha traído hasta aquí– le dijo, rompiendo el angustioso silencio con voz entrecortada. –Estoy contenta por haberte conocido y haber pasado estos dos días contigo. Es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo— prosiguió Aicha, haciendo un mohín intentando simular una sonrisa. –No podía imaginar que llegara a este punto. Me he enamorado como una tonta. Pero, eso no debe ser un impedimento para que tú hagas lo que quieras hacer.
Sissé, la escuchaba impertérrito sin mover un músculo siquiera. Sin soltarle las manos y mirándola a los ojos la incitó a seguir hablando.
–Me gustaría que me llamases de vez en cuando. No quisiera perder el contacto contigo– Sissé apreció un atisbo de alegría en la mirada de Aicha. –Si en algún momento decides que ya no te importo nada, que no me deseas, dímelo abiertamente. No me lo hagas comprender por medio del silencio.
Sissé le acercó los labios y la besó sutilmente. Una lágrima corrió por el rostro de Aicha, que hizo desaparecer con rapidez con el dorso de su mano.
–Me gustaría hacer tantas cosas contigo, Sissé. Hasta me ha pasado por la cabeza acompañarte; iniciar nuestra vida juntos… Pero no tengo ningún derecho. No puedo entorpecer tus propósitos. 
Mientras hablaban, vieron acercarse a los amigos que tras los saludos de rigor se sentaron junto a ellos, en la misma mesa. Evitaron preguntarles dónde se metieron la noche anterior. Les saludaron sin estridencias, los amigos percibieron la tensión en el ambiente; a lo que correspondieron ambos saludando del mismo modo. Después de tomar unos cafés y tés, se incorporaron a propuesta de Aicha que temía ser interrogada y no le apetecía en absoluto dar explicaciones; y, partieron todos para deambular por el recinto Ferial como los días anteriores. No se separaron un momento, Aicha y Sissé iban cogidos de la mano, caminaban por delante del resto siendo observados por sus compañeros, que murmuraban. Ellos consultando a las chicas si sabían qué les pasaba, y ellas, conocedoras de lo que sucedía, haciéndoles callar, pusieron en evidencia la candidez de los muchachos. A medida que pasaban las horas Aicha se sentía más medrosa por la suerte que pudiera correr Sissé. Desde que se habían conocido había estado muy dicharachera, sin embargo el día anterior habló poco, pero a raíz de llegar los amigos, esa mañana, casi había enmudecido. Su mirada se había tornado triste. Estaba apesadumbrada. Sus grandes ojos se habían empequeñecido. Preocupaba a Sissé el estado de ánimo de Aicha que estaba desconocida. A sus preguntas respondía prácticamente con monosílabos –la congoja que sentía no le permitía pronunciar más de una palabra–, lo que en algún momento exasperó a Sissé.
–Si quieres que me vaya, dímelo, y me iré; pero no soporto verte así.
Ella le respondió con un fuerte abrazo entre sollozos, momento que trató él de descongestionar con besos en el cuello, en la frente... Se prometieron que se reencontrarían. Aicha le juró que le esperaría hasta que volviera y Sissé le prometió que vendría para llevarla consigo, apenas se hubiera instalado en Francia. A pesar de que Sissé trató de hacerle comprender que debían disfrutar el momento, Aicha se sentía incapaz de esbozar una sonrisa. 
Pasaron el resto del día en un ambiente más distendido merced a las socarronerías de Soungalo que pronto fueron acompañadas por el resto viendo que había dado resultado al mejorar sus ánimos. Esa noche permanecieron todos juntos en el concierto, bailando unos con más disposición que otros. Al finalizar la actuación estelar, Aicha le pidió a Sissé que le acompañara a su casa, porque dijo encontrarse muy cansada. Todo el grupo hizo lo mismo y se retiraron tras quedar para el día siguiente. 
Sissé volvió a la dársena del puerto, donde había establecido su residencia, una vez se hubo despedido de Aicha. Extendió la esterilla y se acostó boca arriba, contemplando el firmamento. A él también le invadía cierta melancolía –aunque trataba de no demostrarlo– por la proximidad de su partida. En su mente no había otro pensamiento que no fuera Aicha. De momento se percató de que se había olvidado de su familia y se prometió que llamaría a su madre esa misma mañana. Extrañamente estaba insomne. Repasó concienzudamente los tres días que había pasado en Ségou, con Aicha, Leopold, Sekou, Soungaló, Djeneba, Assisa, y Singi; y daba gracias a su abuelo, con el “bàgan” de marfil tallado entre sus dedos, convencido de que había sido él quien lo había dispuesto todo para que sucediera así.



miércoles, 14 de mayo de 2014

SUBSAHARIANO..., a las puertas del paraíso.



Capítulo V




Una ligera palmada en el hombro de Leopold fue suficiente para situarle de nuevo. Leopold procedió a las presentaciones:
–Sissé, esta es mi prima Aicha– le presentó.  
No exageraron en absoluto, su prima era bellísima, esbelta, de grandes ojos negros, pómulos algo marcados, tez de un color negro intenso, adornada por unos sensuales labios que dejaban entrever tímidamente sus blancos dientes, bien alineados. Tenía tanta fuerza y gran determinación en su mirada que resultaba difícil no rendirse ante tal prestancia. Sus pechos turgentes emergían por entre una blusa de lino blanco ajustada que, junto a un ceñido pantalón jeans remarcaban sus curvas exageradamente. Quedó ella también complacida por la imagen que daba Sissé, que sin llegar a ser arrogante si tenía una compostura un tanto altiva «y unos ojos verdes preciosos de mirada dulce, y esa sonrisa..., seductora», le pareció a Aicha.
–Djeneba–– continuó Leopold con el mismo protocolo, —íntima amiga de mi prima.
Era otra belleza de mujer: ataviada con un caftán multicolor, tocada con un almaizar en la cabeza a juego  con el vestido, sujeto de forma particular; unas gafas grandes de pasta, graduadas, le daban un aire de universitaria. Lejos de afearla, conseguía el efecto contrario, le confería un aspecto liberal y resaltaba todavía más la pulcritud de su rostro, bastante más claro que el de Aicha.
–Esta otra, se llama Assisa; guapa, también, ¿eh?— prosiguió Leopold que la miraba con picardía.
Sissé se percató de que fue en la que había puesto más énfasis hasta ese momento, y una mirada delatora. Sissé supuso que era por la que Leopold tenía una admiración especial. Assisa se sintió algo ruborizada, agradecida por el piropo, ya que también ella le correspondía en su atracción personal. Aquel cuerpo escultural atraía las miradas de unos y otros, molestando en muchos momentos a Leopold que a veces no podía evitar demostrarlo.
–Singi–– dijo Leopold, y acabó de presentar a otra guapísima mujer de tez negra, igualmente encantadora. Sus cabellos estaban jaezados por infinidad de trenzas pequeñas, simétricas, muy elaboradas y adornadas por pequeños objetos de colores, que le daban un aire desenfadado, atrevido, informal y espontáneo. Una peculiar sonrisa, le marcaba dos pequeños hoyuelos en las mejillas que la dotaban de un encanto embaucador. Fugazmente le recordó a la pequeña Marcel.
Dialogaban entre comentarios banales, cuando irrumpió el sonido de la música popular. Un grupo de “gritos”, formado por dos “djembes” con efigies talladas en madera de ébano sobre la caja de resonancia; tres “dundunes”, una “djabara” o “chéquere”; un “balafón”; dos “koras” y un “ngombi”, fue el encargado de abrir el concierto; los gritos se movían en el escenario al compás de la música. Todos los asistentes acompañaban con sus bailes rítmicos los compases de aquella música estridente y contagiosa. A éste, le siguieron dos grupos de similares características, que hicieron las delicias del numeroso público asistente, venidos de muchas poblaciones cercanas y otras no tanto. Después de unos minutos de silencio, que aprovecharon muchos de la concurrencia para refrescar, dio comienzo la actuación estelar de la noche, con música de corte europeo y mezclas de sus músicas autóctonas, demostrando el público su aprobación por medio de gritos, aplausos y silbidos. La pandilla de amigos seguían bebiendo cerveza y los comentarios empezaban a subir de tono, entre risas de unas y de otros. Sekou propuso ir a por otra ronda de dlo, asintiendo todos de buena gana y se dirigieron cogidos por el hombro al restaurante. Ellas que estuvieron bebiendo refrescos hasta ese momento, se decidieron por beber cerveza igualmente, lo que festejaron todos de forma sonora. Se habían emparejado todos, Sissé con Aicha, siendo ella la que se lo procuró antes de que se le adelantaran. Aicha era una mujer lenguaraz compulsiva, y no había dejado de hablar en toda la velada. Bien entrada la madrugada el público seguía bailando, en una noche cálida. Más tarde, Leopold propuso al grupo ir a la orilla del río, todos accedieron encantados, excepto Sekou, que fue de mala gana con Singi, para observar a Aicha, que no le había prestado mucha atención. Una vez allí, cada pareja se apartó del resto buscando un lugar donde disfrutar de su intimidad. Quedaron Sissé y Aicha solos: él fingió parecer sorprendido por la fulgurante desaparición del resto. Fue Aicha quien tomó la iniciativa, cogió de la mano a Sissé y tiró de él, se acomodaron en un pequeño meandro que formaba el río tras unas diminutas rocas intercaladas caprichosamente sobre un banco de arena. El olor a lodo parecía haberse mitigado. A medida que se acomodaba la vista a la oscuridad de la noche, Sissé, se percató de que no eran sólo ellos los que se habían despistado hasta el río. La orilla estaba concurrida de parejas a cierta distancia unas de las otras. Aicha sin soltarle la mano le acercó a la orilla, donde se refrescaron. Ella con cierto desparpajo se echó agua en el cuello y el pecho ante la mirada ansiosa de Sissé. Se sentaron en la arena,  tan cerca que Sissé podía sentir el calor de su cuerpo húmedo. Fingiendo estar azorado hizo ademán de apartarse un poco para dejar hueco a Aicha. Ésta le correspondió realizando el mismo movimiento que había hecho él, para quedar, de nuevo, los cuerpos en contacto. Una mirada tierna, dulce, cercana, cómplice, incitante, sensual..., acompañó a aquel movimiento. Sissé era incapaz de apartar su vista del escote de la blusa mojada de Aicha, que se presentaba tentador, alternaba con mirarle a los ojos para disimular su deseo, sin conseguirlo. Aquel pecho exuberante parecía que iba a salir en cualquier momento de su envoltura. Los pezones apuntaban hacia adelante marcándose descaradamente en la blusa. Aicha le pasó el brazo rodeándole el cuello y le acercó hacia sí juntando sus labios a los suyos, y él respondió sin ningún reparo. Instintivamente su mano se deslizó directa al pecho de Aicha que se sintió reconfortada por la aceptación de Sissé. Un beso prolongado fue el inicio de una entrega de ambos sin reservas, acariciándose cada parte de sus cuerpos. 
–Has perdido rápido el pudor que te cohibía– le dijo Aicha, mientras le mordisqueaba su labio. 
–Si lo prefieres puede aparecer de nuevo el pudor.
–No, es igual. Mejor así. 
Entre tanto, Singi tiraba de un Sekou enfurecido para alejarlo de la zona donde se encontraban Aicha y Sissé que, desnudos los torsos, se rozaban sudorosos y se sumían en el más puro placer. Sus cuerpos rebozados en arena se movían por momentos desacompasados, sintiéndose incómodos. Sissé ayudo a Aicha y se incorporaron, trataron de sacudirse la arena adherida a sus cuerpos sin conseguirlo. Como vieron que resultaba imposible deshacerse de la arena que cubría la parte superior de sus cuerpos, se despojaron de las ropas que todavía les quedaban y se introdujeron en el río, se lavaron a conciencia, primero cada cual para a continuación hacerlo el uno al otro con una sublime sensualidad. La luz de los cañones del escenario que llegaba a reflejarse en el río jugueteaba con sus figuras desnudas. La luna, testigo privilegiada, cubría sus cuerpos de plata, en silencio. Sissé extendió su camiseta en el lugar donde se encontraban echados. El tiempo se había detenido, se había aliado con aquella pareja de jóvenes, entregados sin reservas al goce de sus cuerpos. De nuevo recostados sobre el jubón, sus manos primero y sus labios después, exploraron cada rincón de sus cuerpos. Ambos suspiraban y se estremecían ante la ternura de los besos y las excitantes caricias al deslizar las manos húmedas por sus hombros, por sus torsos, por su abdomen, por su entrepierna… Aicha hablaba en susurros al tiempo que le mordía el lóbulo de la oreja y le besuqueaba el cuello repetidas veces.
–Eres bellísima— le dijo Sissé, a lo que respondió ella colocando el dedo índice en sus labios, incitándole al silencio más sensual. 
Aicha abrió las piernas para entrelazarlas por la espalda de él y con unos delicados movimientos su vulva se tropezó con el pene erecto de Sissé. Se entregaron sin freno el uno al otro. Jadeantes, entre ininteligibles barboteos, detuvieron los movimientos pélvicos en varias ocasiones, hasta recuperar el aliento. Sissé, entretanto, le mordisqueaba con suma delicadeza sus pezones altivos, para continuar con un ritmo vigoroso hasta que alcanzaron el orgasmo a un tiempo. Exhaustos, resollaban, pero sin separarse: el miembro de Sissé permanecía en el interior de Aicha. Ella fue quien a continuación le mordisqueó con verdadero frenesí en el cuello, el pecho, el lóbulo y tiró de los rizos de su pelo, hasta que notó que retornaba el deseo en Sissé. Volvieron a hacer el amor enloquecidos, frenéticamente. 
Sissé se apartó de encima de Aicha, quedaron ambos boca arriba, sobre la arena que se les había pegado con más adherencia que antes a sus cuerpos aún más sudorosos, en silencio, contemplando el infinito plagado de estrellas. Sissé se encontraba dubitativo, pensaba en el jadeo y la excitación que había tenido Aicha. Se sintió reconfortado por lo que había sucedido. Se congratulaba de que ella no se encontrara entre la inmensa mayoría de mujeres mutiladas de clítoris. Pensó en decírselo, pero al mismo tiempo se retrajo por miedo a molestarla. Al rato, ambos se introdujeron en el río, una vez más, y se lavaron a conciencia, mientras cruzaban cómplices miradas y sonrisas delatoras.
El concierto había finalizado hacía ya unas horas. Se vistieron sin prisas cuando apenas empezaba a despuntar el día. El resto de amigos ya les esperaban deambulando por la orilla. Emparejados como habían llegado y entre bromas, excepto Sekou que mantenía un semblante serio y no pronunció ni una sola palabra, les sugirieron volver al Lavazza, que todavía permanecía abierto. Aicha y Sissé, entre tanto, caminaban rezagados del grupo. 
–Me alegra enormemente que hayas disfrutado tanto...
–Y tú, ¿no?– Le interrumpió Aicha.
–Sí. Sí. Por supuesto, y he disfrutado como nunca lo había hecho. Pero me refería a que..., tú no tienes practicada la ablación. 
Reconfortada, Aicha, por el comentario, sin mediar palabra se colocó delante de él y le rodeó el cuello con sus brazos, le asestó un sonoro beso que hizo que se volvieran riendo el resto de la pandilla; sólo Sekou resoplaba de ira. Inmediatamente después, Aicha, comenzó a hablar como si lo hiciera para ella misma en voz alta.
––En mi familia estaba muy arraigada la ablación, de hecho, según nos ha contado mi madre, ella misma, mi abuela, mis tías, a todas les practicaron la mutilación. Mi hermana mayor, Chantal, la tiene hecha y ha sido la responsable de que a mí y mis dos hermanas pequeñas no nos la hayan hecho. Así como a Djeneba, porque su madre se resistió a que se la practicaran; hasta el punto de desaparecer con la niña por no enfrentarse a su familia, según cuentan. Y es que Chantal estuvo al borde de la muerte por una infección que le produjo unas fiebres altísimas durante más de dos semanas. Creían que moriría, pero sobrevivió.  Mi madre y la de Djeneba, vivimos una al lado de la otra, se prometieron que si tenían alguna hija más no permitirían que nadie, fuese quien fuese, las mutilarían genitalmente. Ahora se han convertido ambas en dos de las principales activistas en reivindicar la abolición de la ablación en las niñas, que cada vez la practican a edades más tempranas. Van a estar en la conferencia que dan mañana personalidades venidas de varias ciudades del país— prosiguió. Sissé la escuchaba atento. —Yo le estoy muy agradecida a mi madre por aquella decisión, porque según me cuenta, ella, no siente ningún placer cuándo la penetra mi padre, siquiera ganas de hacerlo. Lo hace porque se debe a él…, es triste— se lamentó Aicha.
Sissé le tomó la mano y le besó en el dorso para a continuación besarla en la boca, mordiéndole sutilmente el labio inferior. Una sugerente sonrisa sustituyó a la mejor retórica. No obstante Sissé comentó:
–Creo que deberíamos estar haciendo el amor...
–Me encantaría, ¿volvemos?– Le interrumpió Aicha.
–Es cuando únicamente has estado callada.
–¡Estúpido!– Le dijo, al tiempo que le daba un empujón.
Llegados a la altura del restaurante Lavazza observaron que estaban cerrando. Cada cual se marchó para sus casas. Leopold invitó a Sissé a ir con él a la suya para que pudiera descansar con mayor comodidad, a lo que se negó para no importunar a su familia. Después de acompañar a Aicha regresó al mismo embarcadero de la dársena del puerto, apoyó la espalda sobre la pared y se quedó dormido, como fulminado.
No sabía el tiempo que podía haber pasado cuando le despertó súbitamente una comitiva que deambulaba por la ciudad, de un lado a otro, a modo de desfile, con un grupo de “gritos” que hacían sonar sus djembés y algún balafón. Iban precedidos de varios delegados de las tribus, tanto de la ciudad como de la región.
–Son “Donsow” de Ségou, “Korodougow”, “Muñecos” de Péléngana y Markala, “Troupe”, de Diakoro y Tiongoni; y muchos más–, le comentó el expendedor de tiques, que se encontraba sobre el entarimado de madera, entre sonoras risas. 
Parecía un desfile multirracial, de organización precaria, de etnias diferentes de ese mismo país; cada cual danzaba y hacía lo que le venía en gana, anárquicamente. Las danzas de máscaras y las grandes marionetas encarnaban personas y animales representando rituales atávicos, viejas historias y ceremonias, con las que idolatraban los recuerdos de sus antepasados. O festejaban el fin del invierno y la recolección; o la “furasi”. Estas funciones siempre iban acompañadas de ritmos de percusión y cantos, que eran seguidos por bailes espontáneos tanto por las personas que les acompañaban así como los que lo presenciaban. Sissé se incorporó rápidamente y se acercó a observar qué era aquel desfile. Quedó complacido por cuanto que parodiaban la vida de la ciudad y la de algunas regiones de antaño; algunos con tintes de humor. La comitiva se dirigió en dirección al embarcadero, seguidos por una multitud de personas que se dispersó por la orilla del Níger. 
–Vencerán los mismos del pasado año– comentó el expendedor de billetes mirando al río, con una gran risotada.
–¿Qué es lo que sucede?– Preguntó Sissé.
–Que ya han empezado las Regatas de Piraguas–, le respondió, tendiéndole la mano, al tiempo que reía de nuevo. –Y no tardarán en pasar por aquí. Esta competición se celebra desde hace siglos en la población de Ségou. Se dan cita los pescadores que habitan en las cinco comunidades situadas en las riberas del Níger a su paso por la región. Se trata de dirimir cuál es la tripulación más rápida.
–Lo supongo– apuntó Sissé imitándole la risa. 
Apenas dio la respuesta cargada de humor, aunque el expendedor lejos de molestarse rió la gracia de Sissé, le tocaron por la espalda.
–Qué tal has descansado– se interesó Leopold.
–Hola. Muy bien, Leopold– le mintió Sissé.
–Hemos quedado todos para dar un paseo por el mercado de los artesanos, una vez acaben las regatas de las piraguas–, le informó. –También dijimos de ir a los varios barracones de exposiciones de arte que versan sobre temas bien diferenciados. Allí se puede hablar con los artesanos que te explican como elaboran sus productos. Es entretenido. 
–No, no lo pongo en duda.
Entre tanto pasaron como una exhalación las piraguas competidoras entre el bullicio de los asistentes. Les seguían un sin fin de piraguas que ya no competían, simplemente acompañaban a distancia la regata, formando una inmensa comitiva multicolor.
—Los ganadores se llevan un premio en metálico, no muy sustancioso, y les colocan el “jonjon” –– dijo Leopold.
A medida que se apartaban de la orilla del río y caminaban hacia el mercado de artesanos, Leopold prosiguió con la información de los distintos actos que tendrían lugar por toda la ciudad.
––Este primer año de Festival se celebra un especial de cine africano y quieren que se repita en las próximas ediciones. ¡Una muestra de cine!, de nuestro cine, llaman aquí; aunque yo la mayoría de las veces no me siento identificado con los argumentos de las películas... Luego están los narradores que hacen las delicias de los más pequeños, y de algunos mayores, no creas.
–Anda. Vamos a tomar una cerveza. Debes estar sediento con lo que estás hablando– le propuso Sissé, al llegar a la altura de la terraza del restaurante Lavazza.
–Si te aburro, me es indiferente– al tiempo que le dio un empellón. –Los cuentos son muy importantes, porque ellos sí definen en muchas ocasiones la vida en las distintas regiones de nuestra Tierra. Es una manera de obtener información que otros medios no dan y tampoco se estudia en los colegios. Sirven al mismo tiempo de entretenimiento, de educación y crea la solidaridad entre todos nosotros, o no—,  Leopold hablaba poniendo un gran énfasis a sus palabras.
Una vez acabadas las cervezas siguieron en su deambular. Entre tanto, Leopld, le seguía explicando detalladamente todo aquello que acontecía ante sus ojos, aguantando Sissé fingidamente las ilustraciones de Leopold. A unos metros delante de ellos, a la sombra, sentados en el suelo bajo un balanzan había un grupo de unos veinte niños, boquiabiertos, escuchando atentamente los relatos de un hombre que se había caracterizado, un “Korodougow”, que sorprendía, a menudo, a los niños con los mitos y las leyendas contadas al tiempo que las escenificaba. En su paseo por el recinto vieron a una extraña tribu bailando una danza que nada tenía que ver con las habituales: eran los “donsow”, los mayores eran los maestros y los más jóvenes sus discípulos.
–Cada maestro tiene un discípulo al que instruye bajo las creencias animistas que practicamos: enseñanzas esotéricas que versan sobre el poder curativo de las plantas, el comportamiento de los animales y el aprendizaje de ciertos encantamientos mágicos–, le explicó Leopold. –Cuando un alumno pasa la evaluación de su maestro se organiza una celebración en la que el joven es reconocido como nuevo miembro de la casta de los maestros. En las danzas de los cazadores “donsow” hay un personaje muy importante: el “Sora”, que representa la memoria de la tribu– concluyó, mientras Sissé hizo un gesto de aprobación.
Mientras Leopold hablaba, Sissé recordaba a Aicha, prestando poca atención a su interlocutor.
–Si quieres puedes probar todo tipo de productos locales: la fruta fresca, los jugos de frutas, los frutos secos, miel de la zona, el pescado...– Le dijo a Sissé.
–Pues nos podíamos traer unas cervezas y estaría bien. 
–¿Sissé, lo pasaste bien ayer con Aicha? 
–¡Sí! ¡Sí!— Se apresuró a responder. 
–Aicha es una gran mujer. Te vi muy acaramelado. Bueno, más bien, a los dos— dijo, sonriendo a continuación.
–Sí. Es cierto. Aicha es una mujer encantadora, excepcional, diría yo. Verdaderamente me encontré muy a gusto con ella, Leopold––, admitió Sissé sin disimular su entusiasmo. –Creo que ella se encontró bien, también.
–¡Te lo aseguro!
–En lo poco que he dormido, me ha dado tiempo a soñar con ella: sus pechos…no los aparto de mi pensamiento, sus labios, sus piernas tersas y largas… ¡Buf! Esa piel sedosa...
–¡Vale! Sissé. Ya vale––, le cortó Leopold. –Verdaderamente es bellísima y agradable. Por eso quiero decirte algo al respecto. Sissé, en mi familia y en ella incluyo a la de Aicha, no se profesa la poligamia, tan arraigada por otra parte aquí. No sé si es también tu caso, sabes que es práctica habitual. Aunque de todos modos..., me sentaría muy mal que mi querida prima sufriera. Me disgustaría verla haciéndose falsas esperanzas. Te digo esto, porque me ha llamado. Estoy viendo que va rapidísima y tengo miedo por ella—. Iba a interrumpirle Sissé, y con la palma de la mano extendida le indicó que no había acabado. —Os he visto disfrutar. Por eso, quiero que si tú no estás en condiciones de ofrecerle algo seguro se lo hagas saber de inmediato. Yo lo entenderé y te lo agradeceré, por ella. No le hagas daño Sissé.
–Leopold. Yo no puedo hablar de intenciones en un sentido u otro. Sí te digo que yo no tengo a ninguna mujer en mi vida, salvo mi madre y mis hermanas. ¡Ninguna!–– sentenció. –Para tu tranquilidad en mi casa tampoco se practica la poligamia, aunque en mi familia sí somos polígamos, no será necesario decirte porque no se practica— enfatizó. Tú sabes cual es mi proyecto. Mi intención no es ilusionar a tu prima para aprovecharme de ella. No quiero crearle falsas expectativas. Por tanto, si después nos vemos hablaré con ella, le aclararé cual es el motivo de encontrarme aquí. Te aseguro que en mi ánimo no está el hacerle el más mínimo daño. Todo lo contrario, Leopold. De todas formas para tu conocimiento cuando llegamos al río y se sentó tan cerca de mí yo me aparté y ella se me vino encima.
–Lo observé.
–Es cierto, también, Leopold, que los momentos que he pasado con tu prima no los cambio por nada en mi vida, ésos no los olvidaré jamás. Pase lo que pase. Porque, ahora mismo, te aseguro, que estoy deseando verla, tengo necesidad de tenerla a mi lado. No puedo explicar qué me está pasando...
–¿No te estarás enamorando?— Comentó Leopold, pasándole el brazo por el cuello. A lo que correspondieron ambos, con una carcajada mientras siguieron su camino.
Entre tanto, les alcanzaron Sekou y Soungalo que llegaban resoplando. Dieron la vuelta por todo el recinto ferial: el puerto, el restaurante Lavazza, hasta que les encontraron en el mercado de los artesanos.
–Parece que os lo pasáis bien. ¿Por qué no nos contáis de qué os reís y así nos reímos todos?– Sugirió Sekou que mantenía su gesto iracundo.